METAMORFOSA

por Alberto Navia

Por Alberto Navia

“La jibia no me impedirá amar a mi mujer, pero mi mujer sí a la jibia”

León Tolstoi, Anna Karénina

Si he de acercarme a ti debería de tomar mis precauciones. No es fácil, ¿saben?, y puede resultar bastante riesgoso y aunque, no lo creo, mortal, verdaderamente podría salir, por lo menos, dolorosamente lastimado. Todo comenzó de una manera sutil pero, al parecer, era realmente inexorable.

metamorfosis2-Isabel Galve Burillo

metamorfosis 2 » Isabel Galve Burillo

 

Hace cinco años ―días más, días menos― felizmente nos emparejábamos. Vivir los días compartidos y compartiendo todo o, más bien, casi todo, puesto que es necesario comprender que entre dos seres divididos por el género no es posible la total compartición de los elementos propios de uno y de otro. Pero nuestra intimidad, es cierto, superó muchas barreras de formas por demás inverosímiles e insospechadas. Un amor boyante mantenía cálido nuestro hogar y ardientes nuestras noches.

Los típicos días de jóvenes adultos trascurrían enredados en los avatares del día a día laboral y de los compromisos con los amigos y familiares. Nada especial, ciertamente. Pero las noches eran nuestras únicamente, igual que, como supongo, sucede entre todas las jóvenes parejas inmersas en el torrente intrépido y avasallador de su cariño.

Las nuestras, las noches, también eran refugio contra la cotidianidad y la ausencia. Tú, joven, de cuerpo sinuoso y sensual, distraías todos los conflictos cotidianos de mi mente y yo, me decías, servía al mismo propósito dentro de tus pensamientos. Así que, como frecuentemente sucede, nuestros encuentros amorosos eran episodios que solían terminar en la amorosa violencia a la que nos arrastraba la pasión dejándonos huellas de ella en forma de arañazos, mordiscos, chupetones y alguno que otro magullamiento por los imprevistos inimaginables de la exaltación. Tu cuerpo era elástico y fuerte y tu satinada piel se conservaba sorprendentemente fresca aún en los días más calurosos.

Pero algo, sí, algo había diferente. De cuando en cuando, mientras la pasión de los cuerpos explotaba nuestros sentidos, tu maravilloso cuerpo sufría sutiles trasformaciones que solían ser breves y efímeras y que, además, te otorgaban el poder de incrementar el nivel de la pasión en nuestros íntimos encuentros. En un principio fui sorprendido por tales inusitadas veleidades, pero poco a poco las fui encontrando deliciosas e intensamente sensuales. Aumentaban el nivel de placer de tus caricias extraviándome en deliciosos torrentes de fruición. Sólo ocasionalmente, cuando alcanzábamos insospechadas cumbres de placer amatorio, aquellas trasfiguraciones corporales duraban más allá del medio día posterior. Aunque tu habilidad para sortear tales imprevistos, era absoluta y rotunda.

Así han trascurrido estos cinco años, pero he de reconocer ―sí, hay algo que debo reconocer― que desde hace algún tiempo soy yo el único que sale por las mañanas al trabajo y vuelve, muchas veces, hasta muy entrada la noche. Sí, también reconoceré que mi entusiasmo por nuestros íntimos encuentros nocturnos ya no es el mismo de antes. También aceptaré ―¡caramba!―, sí, también lo he de reconocer, que ya no me pareces tan sensual y atractiva como en aquellos, distantes ahora, primeros años. Y, sí, también debo admitir que ―¡demonios!― tus caricias ya no me resultan tan estimulantes ni agradables.

Tu cuerpo, tu bello y elástico cuerpo, se fue tornando cada vez más y más fuerte. Tu fresca y perfumada piel sigue siendo de suave satín, pero hora hay algo de viscoso en ella. Tus grandes ojazos azules y profundos se han ido tornando aun más grandes, más húmedos, ¡más sobresalientes! Tus bellos brazos y tus largas y torneadas piernas han terminado por transformarse en fuertes y fibrosos tentáculos.

Ahora estoy aquí, observando por el ventanal los últimos destellos de este precioso día. La puerta de nuestra recámara permanece abierta y hasta mí llega tu ardiente llamada. Quieres tenerme junto a ti en nuestro lecho y reclamas firmemente mi presencia con un sonido que tiene más de chillido de pájaro que de voz humana. Ha terminado por anochecer y me acerco lentamente al quicio de la puerta de nuestra recámara. Tú esperas ya por mí, completamente desnuda y tendida en nuestro tálamo de amor, con los largos y fuertes tentáculos tendidos hacia mí mientras todo tu cuerpo brilla en la oscuridad del cuarto con un arcoíris de brillantes colores que recorren todo tu cuerpo.


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