LA LLEGADA DE QUETZALCÓATL

por Rafael González Alva

Para ti el tiempo / ha sido sólo un afán de saber. / Pero el estudio, la meditación y la ciencia / fatigan al hombre. / Aquí hay cosas mejores, / pero, para gustarlas, / hace falta sumergirse en la vida. –Miguel León-Portilla

México- Autoridades metropolitanas informaron esta mañana la detención de Moctezuma F. bajo diferentes cargos tras haber sido identificado como el popularmente apodado “Huey Tlatoani”. Moctezuma F. es acusado, entre otros cargos, de fuga, homicidio, estafa, robo a mano armada y, especialmente, de lesa patria, pues se vincula con los conocidos intentos de usar tecnología espaciotemporalmente dirigida para alterar a beneficio personal ciertos sucesos de la historia nacional. El presunto criminal fue localizado cerca de las cinco de la madrugada en las inmediaciones de la colonia Texcoco ocupando de manera ilícita el predio de una exhacienda hotelera. El comandante Fernando Monroy, jefe del operativo, comentó a Twenty-two C. News que “el llamado ‘Huey Tlatoani’ fue abatido por elementos del Cuerpo de Seguridad Metropolitana cuando éste mantenía encendido un dispositivito de desplazamiento espaciotemporal y se preparaba para cruzarlo portando varias armas de fuego”, agregó que “fue gracias a que el susodicho estaba santiguándose con una medalla de la Virgencita que los muchachos lograron alcanzarlo antes de que cruzara”; asimismo, comentó que “la jefecita Lupita nos protegió a todos los mexicanos, pues no quería que le cambiaran la historia de nosotros, sus hijos de ella”. Por su parte, autoridades gubernamentales remarcaron el esfuerzo conjunto de los organismos policiacos federales, estatales y el Instituto Nacional de Antropología e Historia, INAH, el cual supuso esta victoria para el pasado y el presente de la nación. Tras neutralizar a Moctezuma F., el predio fue requisado por completo, hallándose en él más de 70 rifles antiguos identificados como “cuernos de chivo”, dos kilogramos de peyote adulterado, una docena de PC’s cuánticas no registradas y la mencionada “máquina del tiempo”. El “Huey Tlatoani” fue trasladado al Reclusorio Norte 21 “Rey Nezahualcóyotl”, donde esperará fecha de juicio. 

Ni siquiera las 20 tazas de café y el pilón de nicotina con cannabis de la mañana habían logrado disipar de la mente del Dr. Thomas León y Dawn las escasas pero sustanciales líneas del artículo del Twenty-two. Y no era el hecho de su mentida memoria eidética lo que le jugaba en contra del olvido, sino el plan que tan rápida y maquiavélicamente había urdido para sí, como una vieja araña en su apartado y familiar rincón, a partir del solo hecho de conocer personalmente al actual director del INAH. En efecto, el doctor conocía a sus muy reducidos pares, especialmente los de su especialidad, pues había sido compañero de juergas y estudio de todos ellos. El Dr. Ignacio Portones-Barigay no era la excepción, y sabía que con una llamada que le hiciera tendría ante sí en un abrir y cerrar de ojos la tan tentadora máquina del tiempo. El gobierno estaba muy lejos de siquiera aceptar su solicitud de adquisición y tampoco podía acudir a la iniciativa privada, pues incluso internacionalmente la legalidad del libre viajar por el tiempo seguía siendo debate abierto. En definitiva, el viejo Nacho Portones era su mejor opción. ¡Cuántos artículos nuevos, cuánto libros, cuántas teorías zanjadas y enigmas develados para siempre! ¡Cuánta más fama y renombre no sólo académico, sino público, por fin público! Quizá lo procesarían, quizá no, pero sería un pionero ciertamente, un agente de cambio histórico. Sólo tenía que encontrar el número entre sus contactos y… León y Dawn puso su celular en la mesa, se levantó y se alejó de su escritorio. Cerró con llave doble su cubículo y se convenció de lo cansado que estaba para excusar su regreso a casa.

Llegó directo a la cama, esperando que otros sueños disipasen los que tan fieramente habían acometido su cabeza. Mas no logró dormir en toda la noche, que gastó sin querer en sin fin de elucubraciones y elucubraciones sin fin. Veíase ya el buen doctor laureado cuanto menos de una MacArthur vitalicia cuando no del Premio Nobel de Historia, del cual aún podría ocupar uno de los tres primeros lugares en conseguirlo desde su institución. Intuía que tendría que regresar a los Estados Unidos, pero con todo su emeritazgo a cuestas no le pesaría en nada tener que dejar la pequeña patria del águila y la serpiente, y aún más se detenía en la fantasía de saborear los dulces vítores con que regresaría al patrio nicho. En definitiva, con semejantes contactos los dados estaban echados y sólo él, americano providente en las empresas, podía levantarlos. Únicamente faltaba decidirse por dónde, dentro del vastísimo horizonte histórico mesoamericano, comenzar o, mejor dicho, recomenzar sus investigaciones.

Se imaginó, primero, camuflado entre las tropas cortesianas, quizá un 21 de abril o un 8 de noviembre de 1519. Ambas fechas le interesaban pero no lo suficiente, adherirse a las huestes españolas era una mera necesidad técnica impuesta por lo pálido de su piel septentrional, pues aunque mesoamericanista, no se especializaba en estudios cortesianos. Mejor se sentía decidiendo entre el Preclásico y el Clásico, o entre Cuicuilco y Teotihuacan, La Venta y Monte Albán. En todo caso, de decidirse por el Posclásico nahuatlaca, no se conformaría con la tan manoseada Tenochtitlan, mejor se iría a Texcoco, Tlaxcala o Huejotzinco, o quizá, mejor aún, se decidiría primero a iluminar de una vez por todas las sombras del mítico Aztlán y el origen de los aztecas, tema tan en boga entre sus colegas dadas las recién descubiertas pirámides de la Isla Tiburón. Casi cualquiera de esos tiempos o lugares le convenían a sus varias líneas de investigación, pero en todos ellos se presentaba el mismo problema de la piel. En tiempos tan remotos, si acaso quisiera interactuar de alguna forma más directa con los naturales, no dejaba de pensar que su incólume palidez le granjearía un obstáculo falsamente nimio. Ante tal situación extraordinaria todos los protocolos existentes venían a ser tan útiles como un becario no graduado. León y Dawn incluso comenzó a redactar en su mente la introducción del nuevo manual protocolario para investigaciones de campo sincrónicas que seguro publicaría cuando agotase sus líneas principales y que supondría la joya en la corona de su obra. Todo en su cabeza estaba ya bien estructurado, como si sólo faltase bajarlo al papel, pero carecía aún de un pequeño detalle: la hipótesis. ¿Cómo pasaría lo más desapercibido posible entre los naturales mesoamericanos del siglo I o X o cualquier otro, siendo él tan diferente, tan posmoderno, tan blanco?

Nunca en su vida como ahora el color de su piel le había traído tantas mortificaciones al buen doctor. Aún recostado, con los ojos pesados pero bien abiertos y fijos, Thomas no sentía sino una injuriosa burla propinada por todo lo pulcro de su blanco y silencioso techo. Tomó como una victoria personal cuando halló en toda ese mar albino una mácula insignificante pero insidiosa de un rojo fortuito. Supo entonces lo que debía hacer.

León y Dawn entró como una cabra a su cubículo; ignorando los más de cien mensajes virtuales y físicos que lo poblaban, se avocó a la búsqueda desesperada de un libro que sabía que conservaba desde hace mucho. Cuando por fin lo encontró, leyó lo escrito en su lomo y lo regresó a donde estaba. El solo pasar los ojos por el título de La huida de Quetzalcóatl le bastó como información para hacer una investigación preliminar, a manera de prólogo auto-escrito, antes de adentrarse de lleno en una obra que no recordaba ser una informal comedia. Repasó, así, desde los clásicos más clásicos, como los Anales de Cuauhtitlan, Sahagún e Ixtlilxóchitl, hasta los clásicos más modernos, como Garibay, León-Portilla y López Austin. Revisó también los estudios más recientes hasta llegar a los de sus colegas y los suyos propios, en varios de los cuales no confiaba del todo, pues sabía muy bien de qué pie cojeaban. Entonces prefirió regresar a las fuentes primarias y se detuvo especialmente en un autor famoso y que hasta había citado pero que en realidad solo conocía de oídas: Fray Servando Teresa de Mier. Su Sermón guadalupano, sin editar desde hace más de un siglo, lo conmovió a pesar de su filiación providencialista y su evidente falta de originalidad, pues la teoría del Quetzalcóatl misionero estaba presente al menos desde Motolinía. Pero la seguridad de Fray Servando y el patetismo de su estilo arrobó de tal manera al buen doctor que en un abrir y cerrar de ojos pasó de oír el sermón en la viva carne de un fiel creyente de finales del XVIII a ser el mismísimo Santo Tomé predicando ya en tierras indianas en las postrimerías del siglo I de Nuestra Santa Madre Iglesia. Pero fueron, en realidad, las inmensas similitudes que León y Dawn no dejó de hallar entre su persona y la del viejo apóstol lo que le hicieron no despegar un punto los ojos de las líneas del sermón, pues además de la concurrencia de los nombres, el fraile decía que Quetzalcóatl “era hombre blanco, crecido de cuerpo, frente ancha, ojos grandes, cabellos negros, barba grande y redonda: es puntualmente la fisonomía de Santo Tomás”; lo mismo que la mía, pensaba el buen doctor. Y no sólo eso, sino que le sorprendió uno de los epítetos adjudicados a Quetzalcóatl que extrañamente coincidía con sus apellidos: “El Señor del Alba”, pues no sólo “Dawn” era literalmente ‘alba’, sino que el ilustre académico sin duda atinaba en imaginar que, siendo rey y señor de todas las bestias, el león con todos sus fueros y por antonomasia, podía ostentar su nombre como sinónimo de ‘señor’, significando así “León y Dawn” no otra cosa que el mismísimo “Señor del Alba”.

A tan oscuras retóricas llegaba ya la mente del buen antropólogo cuando cayó en cuenta de que no hacía más que seguir el barroco juego de Fray Servando. Dejó el sermón y regresó a la tierra firme de las mejores y más actuales fuentes secundarias, al cabo de lo cual no tardó en dar con otra referencia tan culta como oculta que le llevó varios días rastrear y finalmente consultar, rendido ya a regresar al mar abierto de las fuentes primarias con todas sus Escilas y Caribdis. El “documental” Feathered serpents: the other side of the myth era por mucho un trabajo libre y para nada serio, pero formaba parte fundamentalísima en el amplio estudio de la historia cultural de la primera mitad del siglo XXI en cuanto respectaba al imaginario colectivo del dios prehispánico del viento. La clasificación categorial y categórica de Quetzalcóatl como un alienígena reptiliano cambiaformas bienhechor residente en Venus sacó más de una carcajada al escéptico Dr. León y Dawn, con lo cual recordó por primera vez en mucho tiempo lo entusiasta pseudocientífico que siempre habían tenido muchos de sus connacionales. Mas una vez terminada la película y bien miradas las ideas de los teóricos de los antiguos astronautas, no le parecieron del todo imprácticas para el objetivo que actualmente perseguía. Así, barajando entre ufólogos y Fray Servando y creyendo que la originalidad era algo hija de la bizarría, el buen doctor se dispuso a entrar de lleno con el libro cuyo título le había despertado una epifanía la noche de su primer desvelo.

Tan rápido como la huida del dios serpentino el académico leyó la comedia. Más que la poética autoría del autorizado León-Portilla, le sorprendió el corroborar que éste y los otros documentos, al igual que todos los demás, apuntaban en una misma dirección, hacia un mismo proceder, el cual no era otro que el que se había tímidamente imaginado aquella tarde tras leer el artículo del Twenty-two.

Llamar al Dr. Portones-Barigay y verse frente al portal abierto fue todo una misma cosa. Y allí, frente al espejo rojo del alba nueva que le ofrecía el torrente del tiempo, Thomas reclamó sus muchos nombres: Topiltzin, Kukulkán, Héumac, Gucumatz, Votán… y se preguntó por primera vez, justo tras cruzar el portal, cuántos investigadores y aun eméritos ya no vestirían también el nombre de Quetzalcóatl y harían del mismo tiempo pretérito su Tlapalan personal, además de su línea de investigación.

 

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La conquista >> Jorge González Camarena., México, 1908-1980.

Rafael Alejandro González Alva nació en la Ciudad de México en 1993. Es Lic. en Diseño por la Universidad Autónoma Metropolitana y Lic. en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha trabajado en empresas y proyectos relacionados con el diseño gráfico y la literatura, de entre los que destaca haber sido parte del grupo de trabajo del PAPIME “Leliteane. Lengua, literatura y teatro en la Nueva España”, dedicado a la difusión y estudio de las letras novohispanas. Actualmente cursa el XVI Diplomado de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, que imparte el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura desde 2010. En 2020 comenzó a publicar verso y prosa breves en medios digitales.


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