LA HOJA EN BLANCO

por Héctor Vargas

Nunca he temido a la hoja en blanco, es cuestión de letras, y las letras saben ejercer muy bien su oficio. Cada una posee la fuerza para detonar una palabra, la que a su vez desencadena otras que se continúan con sólo incitarlas. Para llevarlo a cabo es necesario dejarse conducir por la acción de la hoja misma. No es algo de lo que pueda jactarme, ya que la posesión se sirve de su simpleza, que es impersonal, y aunque es sencillo adoptarla, no significa que en el acto salga algo bueno. El resultado final, en mi caso, es puesto a prueba, por lo menos, a tres meses de envero, que designarán si la idea escrita será liberada, o no, para ser leída por alguien más.


Es fascinante la introspección que se genera al escribir, vivir la multiplicidad de mundos que cohabitan la creación, compartiendo un mismo espacio. Esos mundos, los de los escritos salidos de la utopía blanca, parecen inacabables. Se explayan en la capacidad de percepción, y plasmado de cada escribiente, y de cualquiera que sepa escuchar la voz desde la hoja. Ser un apilador de letras, como es mi caso, exige aguzar los sentidos, descubrir más allá de lo perceptible. Me he prometido que aunque deje de inmiscuirme en la escritura, seguiré en la habilidad mental requerida para permanecer en el método; el cual vas más allá de culminar sobre papel.

Esa idea ha venido a reforzarse debido a mi proclividad a viajar. Me dedico, de este lado del ordenador, a dar servicio a equipos de rayos-x y, aunque no se asemeje a la retórica, de alguna manera le contribuye. Los viajes, por cuestiones de trabajo, me han permitido descubrir el alma de las ciudades, su portal a sitios ocultos. Me viene a la mente uno de ellos, en el que caminaba con el cansancio de más de doce horas de labor. Yo era el nomenclátor de un rayos-x solicitando un respiro en un hotel cercano. Al otro lado de la acera se escuchaban los latidos de un jazz, provocando a mi espíritu creativo. Me detuve a sentirlo. Quería desarmarme, regresar al cuentista que se atreve a entrar a un bar para vivirlo de cerca, pero el agotamiento ganó la batalla, a pesar de las luces y el ensueño musical.

Me he considerado, desde siempre, un escritor de la calle, quien no precisa llegar a un fin. Cada que el cansancio me lo permite, desternillo al manual de rayos-x andante y, cambiando el chip, recibo lecciones narrativas de cualquier motivo, razón o circunstancia. Con ello abrevo al universo del literato, siempre en busca de escondrijos por revelar. Sí, es maravilloso despertar en sitios distintos, inmiscuirme en su laberinto insular, eso se lo digo a  mi sombra amiga, aunque no tenga tiempo, como quisiera, para transcribirlo. Me conformo con llevar, en mi juego de herramientas, los sentidos de creación a todas partes.

Debo sincerarme de que antes me oponía a creer que soy dominado por el devenir de una hoja. Desde que acepté ser consecuencia de algo mayor, las cosas han mejorado. No me preocupo si he de dar la cara por el escritor. Dejo que el tiempo se dé de la mejor manera para cerrar el ciclo. Entonces eso que dije de que nunca he temido a la hoja en blanco, no es sino confirmar que es la hoja quien me domina. Al aceptarlo, por devoción, acepto la vacuidad del escritor que quiere existir; el que predomina, por cansancio, a no poder existir.

La nada es el impulso que me obliga a buscarme más allá del obrero. La duda incita a mi inteligencia, de si esa totalidad infinita, de la que hablé, existe, y trato de demostrarlo con un trasfondo, y lleno, línea tras línea, con símbolos que se vuelven legibles para otros, pero el vacío nunca cede, se sigue redundando en su destino blanco e infinito. Sólo permanece la confianza de que al interactuar en la cuestión de ser o no ser (como fundamento del pensamiento), continuaré escribiendo.

Ahora que saben que le pertenezco a la hoja, y que hemos cambiado posiciones, he pasado a ser, para mi escrito, la letra “N” con que inició el texto, la que a su vez detonó la palabra “Nunca” y desencadenó otras que le sucedieron hasta aquí. Espero que la hoja, ahora parcialmente llena con setecientas setenta y siete palabras, haya podido explicarse, para yo, en definitiva, desvanecer y dar por terminado este razonamiento del cansancio, que se da cada que alcanzo el espíritu de la pluma, y que pretendo sobrepasar con una construcción de letras.

Aquí se termina

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La carta >> Óleo >> Miguel Ángel Yunquera

Héctor Manuel Vargas Núñez nació en Benjamín Hill, Sonora, el 16 de julio de 1972. A la  edad de cuatro años, después de desordenar los tipos de una regla de composición de  una imprenta mecánica, fue llevado a Puerto Peñasco, Sonora. A los diecisiete años, en un viaje en un barco camaronero, después de un intenso día de labores, decidió por las letras que lo aproximaran a explicar lo que vivía. Escritor intuitivo, inició a colaborar, a finales de los noventa, en la sección de música de la revista Ahí Tv’s. Debido a la apertura que otorga internet fue publicado, a principios del dos mil, en la página Ficticia.com. En la actualidad colabora, desde septiembre del 2015, en la revista digital Sombra del Aire, con los seudónimos de Equum Domitor y Eleuterio Buenrostro.

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