EL IMPRESCINDIBLE EROTISMO EN TAJIMARA Y OTROS CUENTOS ERÓTICOS

por Marisela Romero

Por Marisela Romero

Juan García Ponce nació en Mérida Yucatán el 22 de septiembre de 1932. Se formó académicamente como profesor de Letras Alemanas en la Universidad Nacional Autónoma de México y se desempeñó como escritor, ensayista, y crítico literario.

TajimaraMiembro destacado de la llamada “Generación del medio siglo” (también conocida como “Generación de la ruptura” o “de la casa del Lago”), junto a José de la Colina, Salvador Elizondo, Inés Arredondo, Sergio Pitol y su hermano, el pintor Fernando García Ponce. Dirigió y colaboró en diversas revistas y obtuvo por sus obras múltiples e importantes reconocimientos.

En esta ocasión deseo compartir con ustedes el goce excelso de la lectura con el deleite adicional de un tema inherente a la condición humana: el erotismo.

Por naturaleza, hombres y mujeres tienen deseos. Desean objetos, situaciones, condiciones de vida. Apetitos que pueden llevar a experimentar las más gratas sensaciones o el sufrimiento más atroz.

El matiz que tomen los deseos, dependerá básicamente de la historia de vida de cada persona; la naturaleza de los mismos es diversa, sin embargo al escuchar “deseos”, de inmediato se piensa en situaciones sexuales. Casi podría asegurar que el 90 por ciento de las personas, lo refieren primordialmente a la sexualidad.

A pesar de lo anterior, pocas personas expresan su sentir, niegan el deseo o simplemente evitan hablar de “esas cosas”. Afortunadamente, escritores como Juan García Ponce, plasman estéticamente estos humanos apetitos, que tal pareciera que cuanto más turbio se les considere, mayor es su atractivo.

En Tajimara y otros cuentos eróticos, se puede reconocer un libido in crescento, como analogía de la evolución de la sexualidad en cualquier persona común y corriente, así como los diversos senderos por los que se puede alimentar, incluso satisfacer. Incesto, voyeurismo, zoofilia, ninfomanía; parafilias y perversiones que pueden ir de la fantasía sexual, a verdaderas patologías e incluso la locura.

En todos los textos, García Ponce plantea la posibilidad de que todo por lo que pasan éstos pintorescos personajes se queda en la fantasía, que quizá sea en lo que radica el poder del deseo, es decir, considero que lo realmente grato del deseo es la imposibilidad de realizarlo. Aunque algunas veces, al satisfacer un deseo, también renace en el anhelo de que se repita una y otra vez.

Considerándolo de este modo, el disfrute del deseo permanece en tanto no se lleva a su realización; de qué otro modo el protagonista de “La noche”, podría haber mantenido vivo el interés por saber y ser testigo de lo que pasaba con sus vecinos, especialmente Beatriz, en quien descubre licenciosas costumbres por las que llega a sentir un vehemente deseo de participar.

O cómo podría Ramón, el reconocido psiquiatra de “Enigma”, consumar sus inmorales deseos por Rosa, sin llegar a la locura. Particularmente en estos dos ejemplos, se percibe una carga de culpa en los protagonistas; con lo que se intensifica el carácter pecaminoso de sus deseos.

No así D y la amiga (“El gato”), Liliana y Arturo (“El rito”) y Julia (“Un día en la vida de Julia”), quienes dan rienda suelta a su sexualidad para satisfacer sus deseos —sin culpa— ya sea en el imaginario o en la realidad, transgreden los límites de la culpa, sin consecuencias.

Un elemento que me parece interesante, es el exhibicionismo manifiesto en “El rito”. El placer que experimenta Liliana, se gesta desde el momento mismo en que es objeto de lascivas miradas —principio vital del rito de la pareja— justificado por ella misma, a través de su rigurosa educación religiosa (y a pesar de ésta):

Sabiéndose mirada y conociendo desde el principio de su estricta educación la importancia de la vía contemplativa, a la que ahora ella permite existir, se ofrece en espectáculo desde un generoso desprendimiento mediante la que, tal vez, finalmente deberá mostrarse el espíritu a costa de la carne, sirviéndose de ella como su único posible vehículo (113).

Quien asegure que no le importa como lo vean los demás, que empiece por salir sin verse al espejo, sin peinar, sin elegir minuciosamente lo que vestirá (sea cual sea su estilo). Ciertamente a algunos les importa más que a otros, pero invariablemente, es cualidad humana cuidar por lo menos de manera somera, el arreglo personal, para asegurar la aceptación —más aún— la admiración de los demás, disfrazada quizá de “bienestar personal”.

Si es este el comportamiento de manera cotidiana, la preocupación por el arreglo personal se incrementa considerablemente cuando se trata de conquistar, de seducir, llamar la atención de la pareja, incluso si la intención es alimentar el ego –—erótico— debo aclarar.

Por otro lado y a propósito de la pareja, “Envío”, más allá del deseo, me parece que refleja la evolución de la pareja en el sentido del interés mutuo. El deseo de estar con “esa persona especial” lleva a los involucrados a atender minuciosamente los intereses y acciones del otro. No importa la naturaleza de la pareja (novios, amantes, esposos), la relación llega a un punto en el que ese interés y las atenciones, disminuye y en algunos casos se pierde por completo.

Como es de imaginarse —de acuerdo con el texto— una relación de amasiato ve más lejano su fin, incluso, si termina, sucede que pervive el deseo, justamente por lo que argumentaba al principio: por la imposibilidad de mantenerlo como una realidad, porque hay otras personas que obstaculizan que esta pareja comparta su vida al cien por ciento.

Finalmente, debo decir a favor del deseo, que nada como esa grata sensación de desear, anhelar de manera pertinente, sin necesidad de llegar a la obsesión, el delito, la locura o la muerte, que para eso se puede recurrir a imaginación y la magia de la literatura.

Obra Consultada

García Ponce, Juan, Tajimara y otros cuentos eróticos, México, Era, 2010.


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