EL HUMOR EN DOS CRÍMENES, DE JORGE IBARGÜENGOITIA

por Nidya Areli Díaz

Dos crímenes (1979) de Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato, 1928 – Mejorada del Campo, 1983) es una novela de corte humorista que narra la historia de un hombre doblemente acusado de crímenes que no cometió. Desde esta novela intentaremos descifrar los enigmas del humor, de la misma manera que hemos de descubrir el uso que el autor le da.

El escritor pone de manifiesto mediante ciertos trucos —tropos en su mayoría—, una serie de elementos que van a ir dándole un tono divertido a su trabajo. En este sentido, han de salir a la luz, desnudos, sin engalanar el lenguaje, sin rebuscar adjetivos elegantes, los defectos humanos, situaciones bochornosas, absurdos, actitudes y hábitos exóticos, así como menoscabos del sistema policial o la propiedad privada de nuestro país.

Para tal efecto y siempre mediante el lenguaje literario, las situaciones han de salirse total o parcialmente de contexto, de modo que una frase que originalmente se espera desemboque en un “lugar común”, viene a causar sorpresa mediante un giro inesperado pero ingenioso: “Fue también la noche en que la Chamuca y yo hicimos una fiesta para celebrar nuestro quinto aniversario, no de boda, porque no estamos casados, sino de la tarde de un trece de abril en que ella ‘se me entregó’ en uno de los restiradores del taller de dibujo del departamento de planeación” (7). Luego, es constituyente también, la asignación de sobrenombres que quedan fuera de lugar, así, “la chamuca” que evoca demonológicamente un ser infernal, repugnante, va a ser asignado a una mujer, socióloga, que por alguna razón se desempeña como mecanógrafa. Actitudes y hábitos exóticos van a causar en el lector un sentimiento de extrañeza, a la vez que se sentirá identificado, atribuyendo quizá a algún conocido o, por qué no, así mismo algún vicio similar: “Ifigenia se había soltado la melena y comenzaba a hacerse las trenzas. Es su costumbre. Si llega a una fiesta de cola de caballo, se hace trenzas, si llega de trenzas, las suelta, se cepilla y sale de cola de caballo, pero deja en cualquiera de los dos casos cuatro o cinco pelos gruesos, largos y muy negros, inconfundibles” (9).

Luego, el escritor hará uso de ciertos adjetivos y sustantivos que socialmente se consideran irreverentes, lo que imprimirá al texto por el hecho de considerarse una obra literaria y por lo tanto seria, una especie de insolencia. Es inesperado ver escritas frases y palabras intrépidas, grotescas. En este modo la literatura se acercará en forma más consanguínea al lector, causará simpatía en él, leer palabras o formulismos que él utiliza en un tono atrevido en la vida cotidiana produce mofa en la identificación directa, uno se ríe del reflejo sin hacerlo de uno mismo, o al menos no en forma directa. Otro de los recursos de que ha de valerse el creador son sin duda las situaciones embarazosas, así, dos personas que no desean estar juntas, se ven obligadas a hacerlo. La descripción particular de los personajes ha de hacerlos chuscos, se les puede comparar incluso con animales en tono de mofa, aclarando claro, que la burla va de afuera, es decir del lector hacia el texto, pero que en voz del narrador parece muy natural, es quizá este rasgo lo que produce más gracia: “Él es un viejo chiquito, de pelo blanco, con anteojos de aros redondos y nariz picuda. Parece una lechuza” (23).

El presentar al desnudo escenas de la vida cotidiana como pequeñas catástrofes de las que nadie se salva, por ejemplo del matrimonio: “No sólo iba Evodio a dormir en la casa, sino que la Chamuca se había puesto de mal humor. Para apaciguarla la ayudé a recoger lo sucio ya a amontonarlo en el fregadero. La Chamuca sacó del closet lo necesario y tendió cama en el diván [ . . . ]” (14), o bien de carácter escatológico: “La Chamuca fue por una aspirina a la recamara y yo por un vaso de agua a la cocina. Cuando Evodio se tomó la aspirina, le dijimos dónde estaba el apagador de la luz y le dimos las buenas noches. Cuando entré en el bañó encontré el olor de la caca de Evodio, abrí la ventana y asomé a la calle […]” (15). La exageración de las mentiras, ciertamente un tipo de hipérbole: “—¿Qué marca es? —preguntó el gringo. / —Una pick up Internacional —mentí, porque no podía decir que mi Volkswagen estaba en la Procuraduría” (46), la descripción innecesaria, en el sentido en que se expresan elementos o adjetivos que bien podía ignorar el escritor serio: “Al cruzar el umbral tomados del brazo tuvimos que apretujarnos un poco y sentí en mi muslo la presión de su nalga. No sé si fue accidente. La parte de mi camisa que estuvo en contacto con ella quedó oliendo a heliotropo” (48), son otros motivos de risa para quien lee la novela. De igual modo al contrastarse versiones de diferentes personajes, las cuales no coinciden en absoluto y ponen en evidencia a alguno de ellos, es también objeto de mofa porque opera en el lector como una especie de incentivo para la identificación del inconsciente:

Se oyó un pelotazo y dos muchachos entraron en el patio, jugando fútbol y maltratando las plantas.

—Son mis hijos —dijo Gerardo, orgulloso—. Los traigo con frecuencia a que saluden a mi tío Ramón, porque él los adora, ¿verdad Fernando?

—Sí, parece que no le caen mal.

En ese momento mi tío apareció en la puerta de su recamara, en su silla de ruedas, empujada por Lucero y Zenaida. Vio el juego de fútbol y dijo:

—Gerardo, haz que esos niños se vallan a jugar a otra parte.

—Saluden a su tío Ramón, niños, para que puedan irse a la casa.

Los muchachos fueron a besarle la mano sana a mi tío y después se retiraron sin despedirse de nadie.

Cuando iban por el zaguán mi tío dijo a Lucero:

—Trae un trapo con alcohol para limpiarme la mano (50-51).

El escritor recurre también a formulas ya probadas, como el padre que sale de la casa a comprar algo, cigarros por ejemplo, y no regresa nunca más; el casamiento forzado, etcétera, que aunque restan originalidad en la novela, son recetas infalibles que resultan siempre. Sabemos también que por lo menos la comedia, que mucho tiene que ver con el humor, está basada en la propiedad privada, en los vicios y defectos del ser humano, pero sobre todo en el enredo de carácter sexual, por eso no es extraño que aparezcan algunos elementos de tal materia mostrando al sexo como un bien de carácter remunerativo pero en un contexto casi de decencia y castidad: “[…] Le dije: “lo que hubo entre nosotros se acabó, Angelita, tú eres joven y yo no quiero ser un obstáculo en tu futuro”. Le ofrecí mil pesos para limar asperezas. ¿Qué creen que me contestó? Que le debía cinco mil, porque había sido virgen cuando me conoció” (116).

El final de la novela recuerda muy claramente las comedias de enredo llevadas a la cinematografía en los años cincuenta, el ritmo de la lectura se acelera progresivamente, los personajes se desatan en una histeria colectiva que conduce al absurdo, se lee un testamento que en igual manera resulta un disparate y al fin la madeja parece desenredarse repentinamente gracias a un “mesías” —Don Pepé— que va salvar la situación por medio de su inteligencia y capacidad de observar.

El humor va a poner siempre de relieve la corrupción de las dependencias gubernamentales así como de la iniciativa privada:

—Cuando lo agarré —dijo Santana— me ofreció cinco mil pesos. “Perdóneme”, le dije, “pero yo soy fino”. Casi me ofendió. Ahora el tipo está en la cárcel. Cinco años le echaron, por abuso de confianza. Lo interesante de este caso, don Pepe, es que ese hombre había tenido en sus manos más de un millón de pesos una semana antes del robo. No lo tocó. Se fue una semana después con los cincuenta mil pesos que había en la caja. Parece que andaba enredado con una mujer y tuvo que salir huyendo del pueblo. “Si se hubiera usted ido con un millón”, le dije cuando lo apresé, “no lo alcanza a usted ni Dios Padre”. Porque quinientos mil pesos, don Pepe, no hay agente que los resista. Usted me entiende, don Pepe (180).

Los pecados capitales van a poner en riesgo la integridad o la propiedad de quien los padece, las situaciones comunes que sin embargo resultan cómicas al verlas como un reflejo de uno mismo, etcétera. Aquí es de suma y estratégica importancia el tono y la psicología del narrador, éste debe narrar con gracia para otorgarle al texto lo picaresco. Así mismo los tropos van a desplegarse creativa, astutamente. La literatura al final es una madeja de tropos entrelazados con inteligencia para conseguir un fin y la finalidad del humorismo es la risa.

 

REFERENCIA

Ibargüengoitia, Jorge. Dos crímenes. Col. Obras de Jorge Ibargüengoitia. México: Joaquín Mortiz, 1979.

IMAGEN

La alcahueta >> Johannes Vermeer., Países Bajos, 1632-1675.

Nidya Areli Díaz nació en la Ciudad de México el 30 de noviembre de 1983. Poeta, narradora, crítica, editora, promotora y gestora cultural. Egresada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Cursó durante varios años el taller de creación literaria impartido por el poeta Julián Castruita Morán en el Instituto Politécnico Nacional. Entre 2004 y 2007 fue miembro del Foro de la Décima Irreverente liderado por el productor, editor y etnomusicólogo Rafael Figueroa Hernández. Ganadora del segundo lugar en el Concurso Interpolitécnico de Poesía en 2001, y del primer lugar en 2002. Ganadora en 2012 del tercer lugar en el certamen de cuento Ciudad Imaginada organizado por Office Max y el Gobierno del Distrito Federal. Colaboró en 2013 con la Academia Mexicana de la Lengua en la revisión, corrección y actualización del Diccionario de mexicanismos. Su obra poética y narrativa ha sido publicada en diversas antologías y revistas impresas y electrónicas.


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