8. EL EQUILIBRIO DE LOS OPUESTOS (2/4)

por Alejandro Roché

ABRAXAS

A un ademán de Dadahellux, Némesis, Alecto, Tisífone y Mequera se desvanecen en una bruma y, con ellas, los dioses encadenados. Instantes después se materializa ante Dadahellux y Deizkharel una roca circular, y sobre de ella Alétse yace dormida.

De entre sus ropas, Dadahellux entrega a Deizkharel una daga, y ambos dirigen su mirada a Alétse.

—De su pecho brotará la sangre purificadora, ella ha de borrar toda duda anidada en tus pensamientos y cualquier apego a tu vida mortal. Renuncia a ella y ofrécemela en oblación, demuestra que eres digno de mi aprecio.

Deizkharel suelta la daga, cae de rodillas en llanto.

—Mi querido hijo, no me defraudes y hagas pensar que una mortal posee mayor valía a la de tu padre. Anda, sé fuerte; cuando en el cielo la oscuridad se acrecienta es porque Aurora  despierta a Helios, para que él, en su cuadriga, surque el firmamento.

Dadahellux toma la daga del suelo, depositándola en manos de Deizkharel, y lo conduce a donde Alétse. Él levanta los ojos arrasados en lágrimas, en tanto sus manos empuñan la daga. Sabe la promesa de llevar a cabo la voluntad de su padre, sabe que esa mujer es sólo una mortal, pero también está consciente de que fue su esposa y de que, a pesar de todo, fue un aliciente para no desfallecer cuando desconocía su naturaleza, y por ello mira a su padre con la esperanza de que la Diosa Blanca sea capaz de revocar la sentencia para con Alétse. Dadahellux, con mirada profunda, le confirma su voluntad y Deizkharel evoca un recuerdo:

—Domine, si potest fieri, transeat a me calix iste.

—… y Abraham levantó un altar. Preparó la leña y ató a su hijo Isaac, poniéndolo en el altar, sobre la leña. Estiró la mano y tomó el cuchillo para degollarlo.

Ese dios ingrato pidió en ofrenda la sangre del tesoro más preciado de su siervo; yo tan sólo quiero la sangre de una mortal, únicamente eso.

—Domine, si potest fieri, transeat a me calix iste.

—Muchos de tus hermanos no sólo piden un corazón casto, sino el de muchas vírgenes, son sangrientos, crueles, yo sólo te pido un sacrificio para que nuestra alianza quede escrita en sangre; sólo así guardaré mi promesa de no agredir a tus hermanos.

—Domine, si potest fieri, transeat a me calix iste.

—¡Mi pequeño! Aquel egoísta hermano tuyo entregó a su propio hijo al matadero. ¿Yo cómo podría entregarte a tus hermanos y permitirles confundir tu mente pueril? Dime, ¿crees que sería capaz de tal osadía, si antes de venir contigo se postraron a mis pies, pidieron perdón e intentaron hacerme creer en tu suicidio? Ahora estamos juntos y la única forma para perdonarlos es que tú seas ungido, porque tú no sólo eres el primogénito, también gozas de mi predilección. Anda, pues, sé digno de tu padre y satisfácele.

Siendo el cosmos, qué mejor cumplido podrías darme que tu posesión más preciada. ¿Podrá haber un regalo más precioso que la sangre? ¿Habrá un votivo de más valía que la vida humana? ¿Existirá una ofrenda de mayor aprecio que un corazón bañado en la pureza?

Hincado a un lado de Alétse, Deizkharel comprende que nada revocará la decisión de su padre, sabe que esa mujer le confortó en su solitaria asfixia, brindándole pequeños respiros al sentirse protegido en su regazo, tal cual bebé arrullado por su madre. Él esta agradecido con ella, pero ya no necesitara de Alétse, porque ahora sabe quién es, ya no hay duda, y con la lucidez ahondando sus pensamientos, encumbra la daga por sobre todas las cosas hasta tocar el cielo y, con la fuerza del rayo, tres veces desciende en el pecho de su esposa, enraizándose la tercera ocasión en el corazón de Alétse. De las puñaladas brotan sangre y agua. Deizkharel extirpa el corazón aún palpitante, ofreciéndolo a Dadahellux. Él lo recibe con sus manos de fuego carbonizándolo instantáneamente y, mientras las cenizas caen al cielo, ella abre los ojos y habla.

—¡Deizkharel! Mi gemelo, mi hermano, mi amigo, mi esposo, mi Dios.

Deizkharel, estupefacto y con mirada desafiante, voltea a ver a Dadahellux en pos de confirmar lo escuchado.

—Deizkharel, no te conviene dar morada a Némesis en tus ojos, no sea que ella se apodere de mi razón. Mi descendencia no puede degradarse con mortales, por ello tu mujer es reencarnación de tu hermana, nadie más es digno de ti, sólo Batel, la hija de Dios, podía ser tu esposa.

Al escuchar tales palabras, Deizkharel comprende quién realmente es Alétse, al tiempo en sus pupilas se vislumbran un par de lágrimas.

—Ni siquiera pienses en llorar, porque no ablandarás el corazón de nuestro padre y tampoco es digno de ti. No resistas, entrégate a él, no eres lo bastante fuerte para luchar contra su potestad. Que tu flaqueza no entristezca tus días, porque no hay quien sea capaz de contradecir los designios de la Natura, ya que en su diestra Nique ha decidido morar; tal situación no debe apaciguar los ánimos de triunfar sobre ella, pues Eolo y sus vientos benignos llevarán a la diosa Nique hasta donde estás para envolverte en sus alas.

No llores, yo partiré, mas no estarás solo, una Flor de Lirio renacerá de mi sangre y te dará fuerzas para luchar en contra de la Natura.

No llores mi ausencia, yo estaré contigo. Nunca mires atrás; el pasado no existe, sólo el presente y el futuro… El futuro ya llegará.

Acércate, hermano; déjame tocarte por vez última, en tanto penetro en tus pensamientos para que mis caricias resuenen sobre tu piel en mi ausencia.

—No, tú no puedes morir, hermana; somos inmortales, somos dioses,  Eternidad es el límite de nuestra vida, ella no existe sin nosotros. La carne que ahora te aprisiona será polvo, pero tu espíritu reencarnará nuevamente para volvernos a encontrar, y seremos inseparables como en nuestros primeros mil años de vida.

—¡Hermano mío! ¿Has olvidado que nuestro espíritu se extingue si ésa es tu voluntad? ¿Olvidas que tus manos son la única arma que puede matar a los dioses? Ellos ingenuamente creyeron que tú podías matar a nuestro padre, cuando él ni siquiera es un dios; él es el todo. Su voluntad ni siquiera puede ser revocada por las Parcas, porque sólo son un rostro más de nuestro padre. Los dioses primigenios y sus hijos pronto se darán cuenta de que no pueden ir en contra de la Natura. Deben ser pacientes y esperar la llegada de nuestra hija, pues sólo la Flor de Lirio será capaz de que nuestro padre vuelva a su sueño perpetuo… No entristezcas, no moriré del todo. Por voluntad de nuestro padre mi espíritu se ha fraccionado…

Instantáneamente, el vientre de Alétse se inflama, tal cual en cinta, Dadahellux desgarra su bata y prendas íntimas para dejar libre su entrepierna, de ella brotan un par de manos abriéndose paso a través de los labios vaginales de Alétse, dejando libre el cuerpo de una pequeña. Apenas libre del calor materno, otras manos asoman de su vulva. La primera bebé ayuda a salir a su hermana. Una vez liberada, sale una tercera ayudada por las otras.

—Estas niñas son el fruto de las tres veces que los hermanos se amaron como mortales; las demás ocasiones era el alma de la mortal, dueña de este cuerpo, quien te hacía el amor, porque fue de ella, y no de mí, de quien te enamoraste.

Ve a nuestras hijas, ámalas, cuídalas, ellas estuvieron en mí y yo estaré en ellas. Son esencia de tu hermana, la hija de Dios. Protégelas, pues de ellas nacerá la Esperanza que dormida deambula en mi corazón, y ahora vivirá en ellas. Sé al tiempo padre y madre, pues son carne de mi carne y esencia de nuestro espíritu.

Mira a nuestras niñas; impolutas, fulgurantes en belleza y hermosura. La magnificencia halla la expresión máxima en su naturaleza. La Sabiduría Divina, la Quietud Celestial y el Poder Sagrado se contemplan en su mirada; por ello, la mayor será evocada como Aya Sofía, la segunda tomará el nombre de Aya Irene y a la menor llamarás Aya Dinamis .

Deizkharel mira a sus hijas; no obstante, de ninguna manera son infantas, sus cuerpos desnudos son ya de mujeres.

—Levántate, Deizkharel, tu hermana ha muerto, comparto la pena que a tu corazón subyuga. Mas, ahora no es momento de exequias. ¡Alégrate! Yo te agraciaré en mi buena voluntad, y he aquí el amor que el padre profesa a su hijo, el más amado de entre todos sus niños.

 

Alejandro Roché nació en el Edo. de Méx. en 1979. Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el Instituto Politécnico Nacional. A la par de su desarrollo profesional como programador informático, se ha ejercitado desde temprana edad en la disciplina de la Literatura, sobre todo en el campo de la narrativa. Lector ávido. De 2000 a 2005 formó parte del Taller de Creación Literaria del escritor Julián Castruita Morán dentro de las instalaciones de la ESIME-Zacatenco del IPN. Durante los próximos años escribió la novela Abraxas, hoy publicada por entregas y disponible en este medio. Colabora con profusión en Sombra del Aire desde mayo de 2015.


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