EL CONFINAMIENTO

por Nidya Areli Díaz

Para Pedro

Al inicio de la cuarentena mil eventos se habían atravesado por su vida, de tal suerte que tuvo muy poco tiempo de antelación para asimilar lo que pasaba. Primero la muerte de su primo, luego la depresión natural sobrevenida apenas pasados los rituales. En seguida todos los problemas del trabajo de siempre que, durante la etapa del duelo, se fueron apilando uno a otro como una fila indecorosa de ratones muertos. Pasaba por la montaña rusa de su cabeza un carro lleno de asuntos pendientes que resolver en calidad de urgencia. Por el día quería estar todo el tiempo dormida y por la noche no la dejaban descansar las postergaciones de la jornada. Toda aquella madeja le resultaba insoportable y al mismo tiempo vital, y era de esta manera que apenas le habían pasado de noche las noticias sobre la situación y el encierro forzado, como si la vida no fuera de por sí complicada para sobrellevar, como si no fuera bastante tristeza, suficiente dolor y sobrada incertidumbre la reciente muerte de Paco. ¿Qué podía entonces importarle que se estuviera acabando el mundo? Tantos y tantos problemas y pesadumbres en la vida no dejaban lugar ni al Apocalipsis ni al Juicio Final ni a infierno alguno real; infierno el que vivían sus tíos, eso sí; el que estarían pasando sus primas con la pérdida de un hermano de una manera tan trágica.

Una vez en la soledad de casa, sólo se pudo suponer en la obligación de conservarse lo más sobria de sentimientos posible; sobria de tristezas a pesar de todo, para no dejarse llevar por sus propios demonios que, prestos siempre a devorarla, aprovechaban cualquier resquicio de su carácter, cualquier tristeza no oportunamente tratada, para empezar a roerle las entrañas. Sabía en su corazón que dedicar su energía a cualquier otra desgracia fuera de la de Paco, podría acabar con la poca cordura que todavía le quedaba. Así, una madrugada de la tercera semana del confinamiento, en tanto deambulaba por la casa, sosteniendo una veladora encendida para Paco, escuchó un lamento llamar a la ventana de la sala. ¿Acaso puede un lamento pronunciar palabras? Éste las pronunciaba. La llamaba por su nombre. —¡Iiiiirrrrrmaaaaaa! ¡Iiiiirrrrrmaaaaaa!—, le decía, e Irma, muerta de miedo, pero todavía más viva de curiosidad, se acercó con paso quedo a correr ligeramente la cortina, tratando de atisbar de dónde venía el llamado. El lamento cesó entonces, en tanto ella permanecía observando al exterior del minúsculo patio. Pensó, insegura de lo que había escuchado, como le pasaba de ordinario, que se trataría de una alucinación auditiva transitoria. Mas, apenas descorrida la cortina otra ves escuchó al lamento: —¡Iiiiirrrrrmaaaaaa! ¡Iiiiirrrrrmaaaaaa!— Fue en ese instante que, sin darle tiempo al lamento a ocultarse, se precipitó no a asomarse, sino a abrir la puerta al exterior, con el objeto de pillar infraganti al atrevido.

Ella no podía dar crédito, pero en el patio estaba el fantasma de Paco, tan grande y gordo como en vida, con la sonrisa de niño travieso que no había acabado de dejar nunca, ni siquiera de muerto. —¿Pero qué haces acá, Paco? Tus papás no te dejan de llorar— atinó a articular Irma, como en un acto de conciliación de persona a fantasma. Paco se quedó pensativo y tan transparente como el mismísimo reflejo de la luna. Si bien para Irma su muerte representaba un golpe muy duro, en realidad ellos no habían tenido nunca una relación muy cercana; es más, los últimos años apenas se habían visto algunas veces y algunas de ellas pasaban sin siquiera saludarse; sin embargo, durante los rosarios y el velorio, recordaría amorosamente lo niño francamente desmadroso que era Paco de pequeño, un chamaco mimado a más no poder, berreante como el que más, gritón y chillón, pero también todo lo adorable que puede llegar a resultar la propia sangre, todo lo amado, todo lo cercano. Irma hubiera querido abrazarlo y decirle que siempre lo había querido —porque así había sido aunque nunca ninguno de los dos hubiese estado consciente de eso—, pero tuvo mucho miedo de que Paco se desvaneciera para siempre sin decirle para qué era buena. Él no parecía triste sino todo lo contrario, aunque no necesariamente se dibujara en su rostro la sonrisa aquella con la que todo el mundo lo recordaría durante el velorio. Estaba pensativo y un poco chiveado. Quién hubiera dicho que los aparecidos fueran capaces de semejantes boberías; pero Paco sí, chiveado a los veintiséis añotes bien servidos con los que un mes antes se había ido para siempre.

—Estamos en cuarentena, ¿te enteraste?— le dijo Irma en un nuevo intento de romper el hielo. Paco entonces le sonrió. Levantó la vista y con una profundidad que ella no conocía, le dio a entender que lamentaba haberla asustado, pero claro, muchas veces había visto en las películas que así se aparecían los éteres de los muertos. —No te fijes, primo. En cambio, deberías ir a despedirte de tus papás, te digo que te siguen llorando mucho—. Y entonces otra vez sin palabras, pero dándose perfectamente a entender, le hizo saber que había venido precisamente para eso, para darles el recado de que estaba bien después de todo. Volvió a sonreír y se desvaneció sin más, y fue entonces que Irma se acordó otra vez, o más bien tomó conciencia de la cuarentena y de la pandemia y de todos los días que llevaba durmiendo de día y deambulando de noche, se fue a acostar irónicamente en paz, despertó al otro día sin saber muy bien si había soñado o había vivido de verdad aquello, y entonces empezó a regresar a la anormal normalidad de la vida de aquellos días, donde los noticieros daban a todas horas los pormenores de la situación, el número de muertos, la gravedad de la vida y la tragedia que todo aquello representaba, como si no tuviera ya, cada quien, sus propias tragedias independientes.

 

IMAGEN

Vestal >> Arnold Böcklin., Suiza, 1827-1901.

Nidya Areli Díaz nació en la Ciudad de México el 30 de noviembre de 1983. Poeta, narradora, crítica, editora, promotora y gestora cultural. Egresada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Cursó durante varios años el taller de creación literaria impartido por el poeta Julián Castruita Morán en el Instituto Politécnico Nacional. Entre 2004 y 2007 fue miembro del Foro de la Décima Irreverente liderado por el productor, editor y etnomusicólogo Rafael Figueroa Hernández. Ganadora del segundo lugar en el Concurso Interpolitécnico de Poesía en 2001, y del primer lugar en 2002. Ganadora en 2012 del tercer lugar en el certamen de cuento Ciudad Imaginada organizado por Office Max y el Gobierno del Distrito Federal. Colaboró en 2013 con la Academia Mexicana de la Lengua en la revisión, corrección y actualización del Diccionario de mexicanismos. Su obra poética y narrativa ha sido publicada en diversas antologías y revistas impresas y electrónicas.


Visitada 72 veces, 1 visitas hoy.

TE PUEDE INTERESAR

Dejar un comentario