DE LA CONCENTRACIÓN

por Antonio Rangel

Por Antonio Rangel

Últimamente en cada tema que camino termino por llegar a la callejuela de la concentración. Este asunto, como un imán, me jala. Aunque he querido reflexionar sobre otras cosas, ya sean densas o entretenidas: las maneras de usar la cama y los grados de lectura, la relación entre memoria y melancolía, las formas de medir la calidad literaria y los museos inexistentes que me gustaría visitar; luego de pensarlos un rato, me topo con el problema de la concentración.

Para muestra un botón, vi que en una conferencia, Giorgio Agamben propuso filosofar en el uso que le damos a las cosas, según él se ha pensado demasiado en las cosas en sí, en su esencia y valor, pero escasamente en su uso. Ponía de ejemplo a la cama, si bien sabemos lo que es y su utilidad regular, también es cierto que puede ser usada para fines en apariencia extraños: para comer, para clasificar libros, para dar una clase virtual, para brincar y más. Así como utilizamos la cama, usamos de formas raras otros objetos, por ejemplo, los bolígrafos cuando girábamos los engranajes de los antiguos cassettes. Supongo que un buen observador de las costumbres podría citar cientos de casos curiosos. Yo sólo quiero mencionar algo que me asombró recientemente: vi a dos trabajadores de la universidad abrir sendas puertas con una llave, sólo que sin introducirla en la rendija de la cerradura, sino en el espacio liminar entre la pared y el pestillo para, a modo de palanca, hacer que la cabeza de la chapa, al recibir un empujoncito, como tortuga se escondiera en su concha y la puerta como si le gritaran ¡sésamo!, se abriera. ¿Qué dirían los filósofos de estos chambeadores que abren puertas con este estilo heterodoxo? Quiero decir, el hecho de que una puerta se pueda abrir con cualquier llave y no solamente con la que fue destinada para tal efecto, es un fenómeno que se presta para interpretaciones alegóricas. Si yo leyera:

El hombre frente a la puerta, después de palmear sus bolsillos y virar la cabeza, superó el gesto de frustración preguntando al muchacho que se hallaba allí cerca si le prestaba una llave, cualquiera, no importa el tamaño. El chico, aun sin enterarse de qué se trataba, ofreció su llavero, enseguida vio que el pesillo de la cerradura se resguardó ante el embate de la azarosa llave.

Como lector enviciado, confiaría plenamente en que tal pasaje es simbólico, y que quizá el autor veladamente dice que por senderos alternativos es posible resolver problemas. En otras palabras, yo ya no me conformo con el sentido literal de las frases, a fuerza considero que entrelíneas hay un mensaje desentrañable. En lugar de pensar que los vocablos son un llavero que de forma pragmática abre determinadas puertas, creo que son mucho más: palancas y poleas, separadores y armas, por supuesto, símbolos y conceptos manipulables. Este grado diferente de lectura, implica una complicidad o una amistad intelectual, es un entendimiento dichoso: el lector sabe que el autor es inteligente y que no escribiría sólo por llenar páginas, sino que considerando él a su vez inteligente al lector, le destila mensajes secretos. Para mí la calidad literaria se relaciona con la sensación de complicidad intelectual, pues cuando leo quiero que se me valore y respete, que el autor me exija atención y capacidad deductiva, análisis y sensibilidad. Abandono los textos en cuanto tengo la sensación de que un escritor me explica en exceso cosas fácilmente comprensibles. Por mi parte, aunque no suelo dirigirme al lector, me imagino que él/ella sabe que respeto las portentosas redes de su mente.

Creo en el lector, intérprete omnisciente, creador de los significados y los símbolos; creo en el público, encarnación de los lectores, concebidos por obra y gracia de la materialidad. Creo en la teoría de la recepción, en las encuestas y en la Estadística, por el tiempo en que prevalezca este mismo contexto socioeconómico. Amén.

Ahora bien, hay textos literarios fascinantes que más que apelar a la capacidad intelectual, hacen un llamado a la sensibilidad o sensorialidad de los lectores. Me parece que es el caso de Proust, para gozar su lectura hay que conectarse con lo táctil y lo olfativo, con la contemplación calmada y la escucha fina, por lo mismo diría que hay que pensar poco, casi nada, a menos que consideremos que conectarse con la sensibilidad también es pensamiento. Esto no es descabellado, pues los sentidos iluminan la memoria, y en mi caso, cuando me clavo en los recuerdos, en el momento en que siento que el presente no es mi verdadera casa, para salir de ese extravío, recurro al pensamiento crítico. Gracias al discurrir lógico, la solidez sentimental se me desvanece; así me he defendido de las melancolías que causa la memoria.

No entiendo a la gente que busca lo contrario: preservar a toda costa el pasado, arrastrar un gran equipaje de experiencias y souvenirs, incluso si son cosas en apariencia intrascendentes, como es el caso del Museum of Endagered Sounds, que recolecta ruiditos de finales del siglo pasado. ¿Podemos imaginar a un Proust 2.0 que a partir de oír una máquina con Windows 95 tenga una experiencia cautivadora que arrastre su mente por infinidad de recuerdos en el intento de reencontrar tiempos extraviados? No lo sé, mas si en alguna ciudad un museo resguardara cientos o miles de sonidos escasos, pasados de moda, me gustaría visitarlo. ¿Cuántas conexiones nostálgicas podría redescubrir? Y después para librarme de esa concentración de nostalgias, ¿cuántas reflexiones necesitaría hacer?

A menudo mi pensar es un modo de darle la vuelta a sentimientos incómodos. Por esto es que la concentración me parece fundamental para la vida. Más en esta época en la que se nos demanda demasiada atención, es una época de ubicuos claxonazos publicitarios. Con razón abundan los TDA. Necesitamos discriminar, seleccionar, eliminar, a pesar de que temamos que en lo suprimido se pierda una cosilla clave para abrir la cerradura que resignifique nuestro tiempo de vida. Sólo que si no existe tal cerradura ni tal llave, si es posible abrir toda puerta con cualquier llave, si en cada texto la interpretación que sea es aceptable, si las cosas no tienen esencia sino sólo una serie de posibilidades de uso, pareciera que no importa vivir concentrado; sin embargo, como nuestros sentimientos también dependen de nuestro nivel de concentración, sin ella nos volvemos esclavos de las emociones, por eso la concentración es vital: es equiparable a la fuerza de voluntad… pero, ¿por qué estaba escribiendo esto?

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Hangover Suzanne Valadon >> Óleo >> Henri de Toulouse Lautrec

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