CALVILLO VINO A VERME

por Eleuterio Buenrostro

No sé si crean en la unión invisible que nos une a ciertas personas y que terminamos designando como amistad. Yo sentía esa afinidad por Calvillo, un músico que vivió por un tiempo a un costado de mi casa. El buen hombre era de estatura baja, amplia sonrisa y cabello oscuro. Me gustaba escucharlo tocar la guitarra a través de un marco de puerta, cubierto por una hoja de triplay que dividía nuestras casas. Lo admiraba a escondidas, observando por un orificio acompañar su guitarra con potente voz. Debido a mi edad no tuve el valor de pronunciarme ante él. De haber sabido que su muerte estaba próxima, se lo hubiera hecho saber. Quizá fue porque mi padre, quien se perdió en alta mar, nunca lo tuvo en confianza debido al tipo de gente con que se mezclaba. Tampoco, por esos mismos motivos, me atreví a acercarme y hacerle saber que sentía interés por la música.

Calvillo poseía un porte de viejo lépero, pero yo nunca tuve ningún problema con él o los suyos, a pesar de ser advertido de que en la casa contigua se fraguaban vicios malos. Muy al contrario, cierto día en el que el suelo me sujetaba debido al recuerdo de mi padre, Calvillo se mostró correspondiente. No hizo por tratar de levantarme a la fuerza o desesperar con gritos, como otros, para que lo hiciera. Calvillo se tiró junto a mí cargando su guitarra, luego buscó en el registro de sus canciones y dio con una que por más que quisiera no me permitió seguir sujeto a la depresión. Yo tampoco sé cómo evitarla, me dijo al terminar de cantar, está en nosotros y la llevaremos por siempre, pero sé que existen cosas que pueden disuadirla, como la música; la otra es intentar levantarse cada que sientas la acometida de sus golpes, afirmó sonriendo.

Supe de la repentina muerte de Calvillo un sábado por la mañana, tomándome por sorpresa. La carroza llegó un día después a la casa vecina. Su cuerpo fue el primero que viera dentro de un féretro, boca arriba y sin vida. Su semblante era serio y no le hacía justicia a su yo verdadero. El velorio estuvo poco concurrido; la mayoría estaba por morbo. Su amigo Tello, el ciego, fue conducido hasta la guardia derecha, dando a su cabeza, y entonó con su guitarra melodías tristes que remitían a seguir acostado. El cuarto donde fue velado era amplio y lúgubre. Me recluí al fondo para no ser visto. Allí me encontré al Tranzas, cruzado de piernas, en la posición que lo hacen las mujeres y fumando afanosamente. Su café olía a licor. Para allá vamos todos, dijo alardeando, a la par que exhalaba el humo, cabeza arriba. Es extraño lo que voy a contar, continuó, ayer en la mañana, Calvillo fue a verme a la casa. Tocó tres veces a la puerta. Estuvo platicando conmigo, se le veía feliz. Yo no sabía que había muerto antier por la noche, pero tampoco sé cómo explicarlo, terminó. La esposa del Tranzas, doña Tere la costurera, afirmó exagerando en su movimiento de cabeza.

El Tranzas era conocido por sus malas mañas y nunca fue de fiar. A mi corta edad sentí resentimiento de que su historia de Calvillo fuera verdad y de no haber sido tomado en cuenta, por el músico, para hacerme una visita fantasma a mí —su amigo secreto—, antes de abandonar la tierra. En varias ocasiones, después del suceso, le pedía al Tranzas que me contara con lujo de detalles su último encuentro con Calvillo, y él cambiaba de versión en cada plática. El común denominador era su cierre diciendo que no valía la pena hablar de alguien que se había quitado la vida. El Tranzas fue, a partir de entonces, punzante en sus palabras. Se convirtió en un abusivo al que quise partirle la cara. Al darse cuenta que lo procuraba por Calvillo, comenzó a atraerme con su historia cambiante, para luego soltarme algún chisme referente al pasado de mi familia que yo desconocía. Nunca pude entender el porqué de su abuso hacia alguien tan chico como yo. Dejé de procurarlo y si lo topaba por casualidad, procuraba evadirlo.

Crecí y me convertí en un marinero, como era de esperarse para alguien a quien le disgustaba la escuela. A fuerza de trabajo llegué a ser el maquinista del Lucía Rosas, una embarcación vieja, de bodega mediana, que se alzaba a la mar en temporada de pesca. La incidencia de las depresiones no se hacía presente en alta mar, a pesar de estar alejado de mis seres queridos. El arduo trabajo no me lo permitió y el control de mis emociones fue equiparable, a bordo del barco, a cuando el mar reposa en serenidad. Hubo malos tiempos, por supuesto, pero siempre vi la luz del faro para llegar a puerto. Llegué hasta a olvidar a Calvillo y sus recomendaciones, pero como él mismo había mencionado, la depresión estaba en mí y la llevaba conmigo. Cierto día, el mar erizaba presagiando una tormenta, habíamos perdido el ancla y como cierre de acto, el motor principal había perdido potencia. Me fue imposible arreglarlo en alta mar. La presión, en esos casos, cae sobre el maquinista, que era yo, y no en el viejo navío.

Regresamos a puerto a paso lento, llegamos de madrugada. Estaba cansado del poco dormir y esperaba solucionar el problema lo antes posible. Bajé del barco y me dirigí a casa, atravesando el muelle en una oscuridad densa. Le daba vuelta a mi mala pata, ahogándome en un vaso de agua, debido a mi trastorno. En el camino topé con más marineros que me hacían la pregunta obligada: ¿Cómo había ido la pesca? Regresamos debido a un problema en el barco, les respondía. Esos problemas déjaselos al maquinista, contestaban sonriendo. Cuando aún surcaba el muelle, escuché unos pasos y al volver, miré el destello de un cigarro y el humo subiendo hacia arriba en un silbido. Era el Tranzas que trataba de darme alcance. ¡Eh, muchacho, traigo nuevos recuerdos de Calvillo!, me dijo. Ya no soy el niño de antes, contesté, ya supe que lo del músico no fue suicidio, como decías. El viejo murió de cirrosis, respondí. Fue un suicidio a la larga, insinuó, pero puedo contarte más cosas sobre tu familia. ¿Sabes por qué te interesa tanto Calvillo? Porque eres hijo de él y no del que se decía tu padre. Ni bien había terminado la frase cuando mi puño cerrado rozó su labio, lanzando el cigarro al suelo. La oscuridad y la astucia del viejo hicieron que mis puños fallaran y sentía los suyos asestando en mí. Intenté varios más y por cada uno que acertaba, recibía dos de él, hasta sentir uno, al oído, con el que perdí el equilibrio y caí al suelo.

Al despertar, el Tranzas esperaba sentado en un carrete de madera para cuerda, con un nuevo cigarro y su sonrisa de idiota. Sentí, al verlo, el taladrar de mi problema conductual con más fuerza, sobre mi mente. Me levanté en un salto y me hice de nuevo a los golpes. Las tantas veces que caía, eran las tantas veces que me levantaba para seguir dando batalla. Mi juventud ganó por encima de la astucia en los golpes del viejo. El Tranzas permaneció tambaleante, bañado en sangre, sabiendo que no desistiría y que, en una de esas, él terminaría por cansancio. Con un único ojo abierto miró tras de mí y con semblante de espanto se alejó trotando por donde había llegado. Al volver la vista, en una alucinación inducida por los golpes, miré a Calvillo observándome. Si hubiera alguien por quien tuviera que regresar sería por ti, afirmó. Luego se esfumó en una sonrisa.

En la tarde de ese mismo día, el Lucía Rosas viajó de regreso para hacer de las suyas en alta mar. Tuvimos una buena temporada de pesca ese año, a pesar de los problemas iniciales. Yo volví al movimiento ondulatorio al que pertenezco, disfrutando de la vida de marinero, la que siempre quise como destino. Al amarrar barcas, en temporada de veda, me arropo en la calidez del puerto. Ocasionalmente retomo la guitarra, con la que no soy tan bueno, sólo para constatar que no fue un llamado de sangre lo que lo trajo aquella noche, sino la unión invisible que nos une a ciertas personas y que terminamos designando como amistad.

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IMAGEN

The Spain frigate >> Nicholas Pocock., Reino Unido, 1740-1821.

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Eleuterio Buenrostro Calatrava, de profesión, escanciador de almas, es un ser inmortal insuflado, no nacido, el 14 de marzo de 2002 en Manuel Núñez. Sobre este último se sabe que es un seudoescritor intuitivo, que se escuda en heterónimos, y latinismos que desconoce, por falta de credenciales como escritor. Vino al mundo un 16 de julio de 1972, en Benjamín Hill, Sonora, cuando el tren de las seis de la tarde anunciaba su llegada. Fue entintado por los tipos de una vieja imprenta, perteneciente a su padre. Marcado en su niñez, se fue a bañar, desde los cuatro años, a las playas de Puerto Peñasco, Sonora, y a secar, desde los dieciocho, en el sol de Mexicali, Baja California, donde reinicia como escritor de tiempo incompleto. Colaboró a finales de los noventa en la sección de música, en la revista Ahí Tv’s. Debido a la apertura que otorga internet fue publicado en la página Ficticia.com, y actualmente colabora en Sombra del Aire, siendo Eleuterio Buenrostro —su nombre de tinta y verdadero artífice—, quien guía su pluma desde el escondrijo. Non plus ultra.


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