Mi nombre es Luisa, y esto es lo que les voy a contar… Hay una hora, entre las seis y las siete de la tarde, en que la niebla del puerto sube desde el río como si el agua quisiera reclamar el cielo que alguna vez le perteneció. Esa hora es la que yo prefiero para entrar al jardín. No sé si “entrar” es la palabra correcta. Tal vez debería decir que es la hora en que dejo de resistirme.
Todo comenzó con Andrés. O tal vez todo terminó con Andrés, y lo que vino después fue simplemente la manera lenta y minuciosa en que un mundo se despide de otro. Nos casamos jóvenes, con esa impaciencia con que se casan los que temen no encontrar nunca más a nadie que los mire de ese modo, como si uno fuera la única cosa cierta en una tarde llena de niebla. Andrés era ingeniero, o eso decían sus diplomas, aunque yo siempre sospeché que en realidad era un hombre que había nacido para construir países que no existían. Pasaba las noches frente a las pantallas de computador en su estudio, en la vieja casa de los Zúñiga que habíamos heredado junto al río, dibujando arquitecturas invisibles, ciudades hechas de luz, jardines que ningún jardinero tendría que regar jamás.
—Un mundo dentro de otro mundo —me decía, con esa voz baja y persuasiva que usaba solo para hablarme de sus inventos, nunca para hablarme de amor—. Y dentro de ese, otro. Y dentro de ese, otro más. Hasta que ya no se sepa cuál fue el primero.
Yo lo escuchaba sin comprenderlo del todo, tendida en el diván de terciopelo verde que había pertenecido a mi madre, mirando cómo la lámpara proyectaba su sombra contra el cielorraso, alargada y extraña, como la sombra de un árbol que creciera hacia adentro de la casa en lugar de hacia afuera. Pensaba, sin decírselo nunca, que Andrés amaba más a esos mundos suyos que a mí. Que yo era, para él, apenas una habitación más de esa casa infinita que estaba construyendo en secreto, noche tras noche, mientras la niebla subía desde el río y yo envejecía despacio junto a la ventana.
Una madrugada de julio, Andrés no volvió a la cama. Lo encontré en su estudio, con los ojos abiertos y fijos en la pantalla del computador, respirando apenas, como si algo se lo hubiera llevado a un lugar demasiado lejano para que su cuerpo pudiera seguirlo del todo. Los médicos hablaron de un colapso nervioso, de un exceso de trabajo, de tantas cosas que dicen los médicos cuando no saben qué decir. Yo, en cambio, tuve la silenciosa certeza de que Andrés había entrado, por fin, en uno de sus mundos, y que ya no sabía cómo volver al mío.
Vivió tres años más, si es que se le puede llamar vivir a permanecer sentado junto a la ventana con la mirada perdida en la niebla, murmurando nombres de lugares que yo nunca había oído: Ciudad Vesperal, el Jardín de los Espejos Dobles, la Casa que Sueña. Yo le llevaba el té a las cinco, como siempre, y él me miraba con una dulzura ausente, como se mira a alguien desde muy lejos, desde el otro lado de un vidrio empañado.
Murió una tarde de niebla espesa, igual a esta. Y en su estudio, meses después de enterrarlo, encontré el cuaderno donde había anotado, con su fina y apretada letra, las coordenadas de aquello que llamaba “el Jardín”.
“Cuando ya no quede nadie que distinga un mundo de otro”, había escrito, “solo entonces sabremos cuál era el verdadero”.
No sé por qué decidí encender aquella máquina que Andrés había construido en el sótano, entre cajas de libros húmedos y retratos de antepasados que ya nadie recordaba. Quizás porque la casa, sin él, se había vuelto demasiado silenciosa, y el silencio, cuando dura demasiado, empieza a parecerse a una forma de la locura. Quizás porque en el fondo yo siempre había querido saber qué era exactamente aquello que le había robado a mi marido, poco a poco, con la paciencia de la niebla que sube desde el río. La primera vez que entré, no vi. nada extraordinario. Un jardín, apenas. Parecido al nuestro, con las mismas camelias, el mismo sauce inclinado sobre el agua, la misma banca de piedra donde Andrés y yo nos habíamos sentado muchos años atrás, cuando todavía éramos capaces de mirarnos sin ese pudor triste de los que ya se conocen demasiado. Pero había algo distinto en la luz. Una claridad sin sombra, como si el sol de aquel jardín no viniera de ninguna parte, o viniera de todas a la vez. Caminé por los senderos, reconociendo cada piedra, cada gajo de enredadera, con esa mezcla de ternura y desconfianza con que se reconoce, en sueños, la casa de la infancia. Y entonces, al fondo del jardín, encontré una pequeña puerta de madera oscura, exactamente igual a la del sótano donde había encendido la máquina.
La abrí sin pensarlo. Adentro había otro jardín.
Era el mismo, y sin embargo no lo era. Las camelias tenían un color más pálido, casi de cera. El sauce se inclinaba hacia el lado contrario. Y en la banca de piedra, esta vez, estaba sentada una mujer que se parecía a mí, pero que no era exactamente yo: una mujer más joven, con el cabello suelto, esperando a alguien que quizás nunca llegaría, del mismo modo en que yo había esperado, tantas tardes, a que Andrés levantara la vista de sus pantallas y me mirara como se mira a una persona y no a un recuerdo.
Aquella mujer no pareció sorprenderse al verme.
—Sabía que ibas a venir —me dijo, con mi propia voz, aunque más limpia, sin el cansancio que los años le habían puesto a la mía—. Andrés siempre decía que tarde o temprano alguien tendría que cruzar todas las puertas.
—¿Dónde está él?
—Más adentro. Siempre más adentro. —Sonrió, y en esa sonrisa reconocí una tristeza que era, sin duda, mía—. Cada mundo que construyó era un intento de encontrar el mundo original, el primero, el que no fue hecho a partir de ningún otro. Pero cada vez que abría una puerta, encontraba solo otro jardín. Y detrás de ese, otro. Creo que dejó de buscar la salida hace mucho tiempo. Creo que solo buscaba una razón para seguir entrando.
Le pregunté si ella era real, y la pregunta, apenas formulada, me pareció absurda, porque ¿qué quería decir “real” en un lugar donde la luz no proyectaba su sombra y las camelias no olían a nada?
—Tan real como tú —respondió—. O tan poco. Eso ya no lo sé decir.
Volví a mi casa —a la casa del río, a la niebla, a las auténticas tardes, si es que existe todavía esa palabra para algo— con la sensación de haber dejado una parte de mí atrás, sentada en aquella banca de piedra, esperando eternamente a un hombre que ya no volvería. Regresé al jardín muchas veces después de aquella primera vez. No podía evitarlo. Había en aquella arquitectura de luz sin sombra algo que me atraía con la misma fuerza silenciosa con que el río atrae, dicen, a quienes ya no encuentran consuelo en la orilla. Cada vez que abría una nueva puerta, encontraba un nuevo jardín, una nueva versión de mí misma esperando en la banca de piedra, cada una un poco más joven, o un poco más triste, o un poco más parecida a la mujer que yo había sido antes de conocer a Andrés, antes de aprender a querer a un hombre que amaba más los mundos que no existían que el mundo donde yo, todas las tardes, le servía el té a las cinco. Empecé a preguntarme, con el tiempo, cuál de todas esas mujeres era la verdadera. Si la que envejecía junto al río, cuidando una casa demasiado grande para una sola persona, o la que se multiplicaba puerta tras puerta, jardín tras jardín, esperando eternamente en una luz sin sombra a un hombre que tal vez tampoco había sido nunca del todo real, sino apenas la versión más lograda de todos los mundos que había construido para no tener que habitar el único que le habían dado.
Una tarde —no sé si fue la última tarde o si simplemente fue la tarde en que dejé de contar las tardes— llegué hasta una puerta distinta a las demás. Era más pequeña, y estaba hecha de algo parecido al vidrio empañado, como si detrás de ella no hubiera un jardín, sino solamente niebla. La abrí, y no encontré ningún jardín. Encontré una habitación vacía, sin ventanas, iluminada por una luz gris que no venía de ninguna lámpara. Y en el centro de esa habitación, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, estaba Andrés. Pero no el Andrés que yo había enterrado, ni el Andrés joven de nuestros primeros años, sino un Andrés sin edad, casi transparente, como si la costumbre de habitar tantos mundos hubiera terminado por desdibujar los bordes de su propio cuerpo.
—Aquí no hay nada más que construir —me dijo, sin levantar la vista—. Llegué a la última puerta. Y detrás de la última puerta no hay ningún mundo. Solo esta habitación vacía. Solo esta luz que no viene de ninguna parte.
—Entonces todo lo que construiste…
—Todo lo que construí fue una manera de no tener que llegar hasta aquí. —Por fin me miró, y en sus ojos reconocí la misma fatiga infinita que yo sentía cada tarde, al ver subir la niebla desde el río—. Pensé que si seguía abriendo puertas, encontraría, al final, el mundo que les dio origen a todos los demás. El mundo verdadero. Pero ahora creo que no existe tal cosa. Creo que todos los mundos son copias de copias, jardines dentro de jardines, y que en algún punto, hace mucho tiempo, alguien abrió la primera puerta sin saber que detrás no habría nunca una respuesta, sino solamente otra puerta.
Le pregunté si podía volver conmigo, a la casa del río, a la niebla, a las tardes en que yo todavía le llevaba el té a las cinco aunque él ya no estuviera para bebérselo.
Sonrió con una tristeza que ya no parecía humana.
—Yo ya no sé distinguir cuál de los dos mundos es el que debería llamar mío. Tal vez ya no importa. Tal vez lo único que importa es que alguien, en algún jardín, en alguna tarde, siga esperando en la banca de piedra. Eso ya es suficiente para que un mundo continúe existiendo.
No supe qué responderle. Cerré la puerta de vidrio empañado y volví, atravesando jardín tras jardín, mujer tras mujer, hasta la salida que Andrés había dibujado hacía tantos años en su estudio del sótano. Cuando abrí los ojos, la niebla seguía subiendo desde el río, exactamente igual que siempre, y la lámpara de mi madre seguía proyectando su sombra alargada contra el cielorraso. Por un momento no supe si acababa de regresar de un sueño o si apenas estaba entrando en otro, más largo, más silencioso, del que quizás ya no volvería a salir del todo. Desde entonces he dejado de preguntarme cuál de los mundos es mi mundo original. Sigo bajando al sótano algunas tardes, entre las seis y las siete, cuando la niebla hace que la casa entera parezca flotar sobre el río en lugar de estar apoyada sobre la tierra. Sigo abriendo puertas, encontrando jardines, reconociendo, en cada mujer sentada sobre la banca de piedra, un fragmento distinto de mí misma. Y he aprendido, sin alegría, pero también sin desesperación, que tal vez la pregunta nunca fue cuál mundo vino primero. Tal vez la única pregunta es cuánto tiempo puede una mujer seguir esperando, en la niebla, a que alguien —un marido, un mundo, una versión más joven y menos cansada de sí misma— cruce por fin la última puerta y regrese.
A veces, cuando la niebla es particularmente espesa y el río parece querer subir hasta la ventana de mi cuarto, me pregunto si no seré yo, también, apenas un jardín más, construido por alguien que nunca conoceré, esperando eternamente en una banca de piedra a que otra mujer, en otra tarde de niebla, abra la puerta y me encuentre.
Y si así fuera, si yo también fuera solamente una de esas copias sin origen, una habitación más dentro de la casa infinita que Andrés soñó construir, entonces solo me quedaría una pequeña y silenciosa certeza: que aun en el más artificial de los jardines, aun en el mundo más lejano del original, alguien puede aprender a querer la niebla que sube desde el río, y a esperar, sin desesperar del todo, a que la tarde vuelva a caer.
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Las dos Fridas >> Frida Kahlo., Méx., 1907-1954.
Francisco Araya Pizarro nació el 15 de Diciembre de 1977 en la ciudad de Santiago de Chile, hijo de Eduardo Araya y María Cristina Pizarro, es Diseñador Gráfico, Artista Digital, Asesor Gráfico para ONGs ligadas a las Naciones Unidas, Community Manager y Escritor de Ciencia Ficción. Publicó cuatro libros en Amazon.com (Las Crónicas de Marte, La Gata Relámpago, Codei Humanitas y Lid), tres relatos suyos han sido incluido en antologías (Hoy Despierto, Un Horizonte Oscuro y Un Guardián en las Profundidades), sin olvidar su participación con su cuento estilo cyberpunk “Fragmentos del Éter” para el programa de Radio U.Chile “La fábrica de cuentos”. Muchos de sus cuentos están en diversas revistas literarias de habla hispana, también se pueden encontrar sus relatos cortos en www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
Actualmente reside en Santiago de Chile, desempeñando su labor profesional como diseñador gráfico y escribiendo relatos que mezclan fantasía y tecnología.

