Desde que empezó a conducir a sus dieciocho años, Michael Andrade confiaba plenamente en su primer y único vehículo, regalo de su padre, un flamante Pontiac GTO de 1970 color negro metalizado, que rugía igual que una bestia furiosa.

Y también confiaba en las carreteras, le parecían honestas, claramente destinos definidos, claro está, para quienes sabían hacia dónde se dirigían.

Necesitaba llegar a la ciudad de Verfall por motivos de negocios, aún le esperaba un largo trayecto. Por eso no le gustó que se desatara una nevada al dejar atrás la última ciudad en su camino.

En un inicio fueron copos dispersos, casi decorativos. Luego, una cortina blanca que engulló los faros y borró el asfalto.

Se detuvo en una gasolinera solitaria, apenas una luz amarilla en medio de la nada. Compró café caliente, frituras, una barra de chocolate. Y gasolina que estaba más cara de lo normal.

El dependiente —un hombre flaco, de barba descuidada y con las primeras canas asomando en los laterales de la cabeza— lo miró con insistencia mientras le devolvía el cambio.

—No siga —dijo—. No esta noche. Hay un hotel en la ruta a unos tres kilómetros: Última parada de Gabriel. No es el mejor lugar, pero es mejor que seguir en ruta, así con esta… nevada.

Michael sonrió con incomodidad. Siempre fue un poco terco, eso ya le había costado dos matrimonios. Respondió después de chasquear la lengua en el paladar:

—Solo faltan un par de horas a Verfall.

El hombre negó despacio, acompasado, casi rítmico.

—Las noches nevadas por aquí son peligrosas. No solo por la carretera… —bajó la voz—. Sino por las cosas que se ven cuando el frío cala hasta los huesos.

—¿Qué? ¿Qué quiere decir?

—Estas nevadas no son normales, amigo. Y cuando llegan, cosas malas suelen suceder…

Michael sonrió, más por nervios que por burla. En cambio, el dependiente no sonrió. Tenía esa mirada severa, de cuando alguien está diciendo algo con completa convicción.

—Gracias por el consejo. Supongo —dijo lo último en un tono casi inaudible—. Aunque no soy supersticioso.

Eso al final si lo dijo de manera audible.

—No es superstición, pero como decía mi abuelo, quien no escucha consejos no llega a viejo.

Volvió a la autopista con esa nieve que caía como cascada. La visibilidad estaba reducida a menos de unos pocos metros. El mundo: blanco, sin horizonte ni profundidad. Michael apretó el volante mientras el corazón le golpeaba el pecho con la fuerza de un tambor ceremonial, acercando al máximo el rostro al parabrisas.

Alcanzó a divisar un edificio al costado izquierdo de la vía, con un letrero en luces de neón que decía Última parada de Gabriel. Frunció el entrecejo y pasó de largo.

Algunas rectas. Algunas curvas… Entonces el coche patinó violentamente. Un segundo de ingravidez. El impacto seco. Un árbol apareciendo de la nada.

Y, oscuridad…

Despertó envuelto en un silencio ominoso, apenas quebrantado por el crackeo de las direccionales que se habían activado con el impacto. Estaba confundido, reposado sobre el volante.

Pero esa afonía que le acogía no era la tranquila de una madrugada, sino una espesa, antinatural. El coche estaba torcido, el parabrisas hecho añicos. El aire era tan frío que respirar le quemaba los pulmones. Volvió en sí. Pensó en lo inquietante de sobrevivir a tal impacto. Intentó encender el vehículo: nada. Motor agonizante.

Nuevamente: peor aún. Motor muerto.

Insultó a la nada mientras desistía de intentar encenderlo. Mantuvo su mirada enfocada, primero en el tablero, después al frente.

Exhaló profundo.

Fue entonces cuando la vio: Una niña, de espaldas, a pocos metros del coche. Vestía un abrigo antiguo, demasiado delgado para la nieve. No parecía tener prisa alguna.

—¡Oye! ¡Oye! —gritó Michael, sintiendo una leve esperanza, pero al mismo tiempo inquietud de que una niña así estuviera ahí en la misma nada.

La niña giró lentamente la cabeza para intercambiar miradas. Su rostro era pálido, imperturbable. No habló. Solo retiró la mirada y dio unos pasos hacia la profundidad del bosque.

Michael dudó solo un segundo… y salió del coche.

El frío le mordió los huesos de inmediato, pero fue esa inquietud opresiva, mortuoria, lo que lo empujó a seguirla. La niña ya se internaba entre los árboles, y algo en su andar —demasiado firme, demasiado seguro— anuló cualquier duda.

El bosque se cerró cuando Michael ingresó.

Los troncos estaban torcidos, arqueados, como si fueran costillas del cadáver de un animal putrefacto boca arriba. Y Michael tuvo la sensación absurda de que caminaba dentro de algo que aún vivía, respiraba. Las ramas crujían, no solo bajo sus botas, también arriba, a los lados, detrás… parecía como si el bosque estuviera reacomodándose con cada paso que daban. La nieve no amortiguaba el sonido de sus pasos, todo lo contrario, parecía amplificarlo.

La niña avanzaba sin vacilar. Alzaba la mano para señalar los desvíos apenas perceptibles: senderos angostos, espacios entre tallos, descensos abruptos que parecían finales del camino. Michael, quien hasta hace horas era un terco sin remedio, ahora obedecía sin preguntar, fuera de su zona de confort estaba obligado a obedecer.

Entonces, Michael con la respiración ardiéndole en la garganta, lo sintió.

Una presión ajena que se posó sobre su espalda, como si alguien lo estuviera mirando muy de cerca sin tocarlo.

Después llegó el ruido. Arrastre pesado e irregular. Lento y deliberado. Algo enorme estaba en el bosque, vigilándolos.

Michael se giró a tiempo para ver una sombra gigante deformarse entre los árboles. Ni oso. Ni lobo. Ni animal rastrero. Demasiadas extremidades para algo conocido. Una silueta que parecía cambiar mientras avanzaba.

Corrieron más rápido.

La niña levantó la mano bruscamente, una clara señal, y giró hacia un pasaje estrecho entre troncos casi adheridos por el hielo. Michael se lanzó tras ella, raspándose los brazos, sintiendo cómo la ropa se enganchaba y reventaba algunos hilos.

El ruido se hacía cada vez más cercano.

Una respiración les seguía, profunda, cavernosa, como si algo monstruoso aspirara el aire del bosque entero. Michael escuchó el crepitar de unos troncos, un movimiento rápido… y luego el sonido de algo quedando atascado.

Por un instante, creyó que habían escapado. Pero entonces el ruido volvió. Más cerca.

Entonces eso que parecía imaginación, sucedió: el bosque comenzó a cambiar frente a sus ojos. Los árboles se inclinaban, cerrando caminos que antes estaban ahí. La nieve se arremolinaba en ciertos claros, moviéndose sola, como si ocultara algo bajo su superficie. La niña evitaba esos lugares con un cuidado absoluto.

Michael tropezó y cayó de rodillas, clavándose en la nieve. Cuando alzó la vista, la criatura estaba ahí.

No completamente visible, pero sí lo suficiente para que Michael viera. Bestia famélica. Con muchas extremidades elongadas. Con una boca de enormes dientes afilados y torcidos. Y muchos ojos en su rostro impío, que no seguían simetría o algún patrón específico de ubicación.

Pero todos esos ojos estaban enfocados en él. Michael sintió que no solo lo miraba, físicamente hablando, porque lo miraba más allá, desnudándolo simbólicamente, parecía estar observando su alma.

La niña lo tomó del brazo con una fuerza imposible para su tamaño y lo arrastró hacia un descenso abrupto. Michael rodó, golpeándose el costado con unas rocas, apreciando el crujido de algo que pudo ser una costilla… o una rama. Igual sintió el dolor, pero pronto desapareció, tal vez producto de la adrenalina.

El ruido quedó arriba y nuevamente el silencio ominoso regresó.

Michael supo, sin necesidad de verlo, que la criatura no se había ido. Estaba esperando. Escuchando. Analizando los movimientos de su presa: ellos.

La niña señaló otro camino.

Michael se puso de pie, titilando, con una certeza clavada en el estómago: No lo estaban persiguiendo para atraparlo rápido. Esa criatura parecía estar jugando. Y el bosque entero parecía estar de acuerdo con ese juego. Es más, el bosque parecía ser ¿el campo de juego de la criatura? Sacudió su cabeza, tratando de sacarse la idea.

Fue en ese instante que entre los árboles Michael descubrió la fila: personas congregadas, caminando silentes, una detrás de otra. Rostros pálidos, inexpresivos. Michael, anonadado, llegó hasta ellos, pero nadie notó su presencia. Gritó, los sacudió, lloró. Nadie reaccionó.

La niña se detuvo detrás de una pareja mayor, que, al verse, la tomaron de las manos sin mirarla siquiera. La niña levantó los ojos hacia Michael una última vez con compasión.

Musitó, bueno, pareció musitar:

—Mantente en la fila, porque de lo contrario irá detrás de ti.

Entonces una pared de árboles se abrió y de nuevo la criatura que les había acechado: llegó.

Michael tragó saliva. Cayó al suelo.

¿Cómo escapar de algo que manipula el bosque a su antojo?

Esa criatura imposible empezó a recubrirse en un manto de sombras y cambió: su cuerpo se irguió lentamente, sus extremidades se reajustaron, su cabeza se transformó. Asumió una forma antropomórfica.

Era La Parca, la mismísima Muerte hecha forma y sustancia.

Era altísima, delgada, con una forma humana que parecía mal ensamblada. Llevaba una túnica alargada que cubría su rostro.

—¡No! no puedes ser tú. Yo estoy…

—¿Vivo? No. Con ese impacto en la carretera, sucedió de inmediato —dijo con voz calmada.

Michael negó con desesperación.

—¡Pero estoy aquí!

—“Estar” es algo demasiado metafórico. El alma se resiste, siempre lo hace.

El suelo tembló. Pero no era el suelo en realidad, era Michael quien se estremecía incontrolablemente.

—¿Y…? —habló con inquietud—. ¿Si es cierto, qué sucederá ahora?

—Deberás unirte con los marchantes. Viajaremos al inframundo.

Michael cayó de rodillas.

—¿Qué pasa si no me uno a la fila?

—Te llevaré por las buenas o por las malas.

Michael agachó la mirada. No había escape. No podía negociar con La Parca. Solo podía aceptarlo… o de lo contrario sería castigado.

Pensó —absurdamente— en todo lo que había dejado inconcluso.

Asintió. Se puso de pie, temblando, y caminó hasta el final de la fila. Cuando se unió, sintió cómo algo se desprendía de él: el dolor, el miedo, el sinsabor.

La fila avanzó y Michael avanzó con ella.

La nieve continuó cayendo mientras la multitud desaparecía.

En la mañana siguiente, un conductor encontró un coche destrozado contra un árbol: un Pontiac GTO de 1970. Dentro, estaba el cadáver congelado de un hombre con los ojos abiertos y una expresión extrañamente serena.

***

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Las luciérnagas >> Rosa López Callul

Cristian Guevara (Cali, 1989) es escritor y psicólogo colombiano. Concibe la escritura como un territorio donde explorar los límites de lo real y lo imaginario. Su obra se centra en poesía y cuento, con afinidad por el suspenso, ciencia ficción y terror. Busca que cada relato genere un impacto duradero en el lector, sumergiéndolo en atmósferas inquietantes y despertando reflexiones que trasciendan la última página. Entre sus influencias figuran P. K. Dick, Chuck Palahniuk, Ursula K. Le Guin, Arthur C. Clarke, Clive Barker, H. G. Wells, Ray Bradbury, Stephen King y H. P. Lovecraft. Ha publicado en más de un centenar de revistas y antologías hispanoamericanas, entre ellas: Pactum, Dogevena, Codex Sulpurista, Albores caipell, Paladín, Inquisidor, Narrativa, Sonámbulo, El creacionista, Clan kütral, Sarape de neón, El nahual errante, La navaja extraviada, Nova talassa, Crónicas ómicron, Aion.MX, Casa Usher y Voces indelebles, consolidando su presencia en el panorama literario contemporáneo.

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