TOTIPOTENCIA

por César Vega

Volker iniciaba el turno de guarda a las veinte horas en punto, su vida era un desastre atroz, así que lo más temprano que pudo llegar fue alrededor de las veinte con veinte. Cummin lo increpó severamente, para él era imposible que ese sujeto fuera tan irresponsable; cada día la situación era más insostenible. Volker llegaba un minuto por día más tarde y el Oficial Cummin lo odiaba por ser el proyector de todos los retrasos de su vida social ya venida a menos. Cada vez era mayor el rancio hedor a cerveza que despedía Volker a su llegada al penal, a veces, a leguas se le notaba que no se bañaba en días, que traía el mismo uniforme de cargo percudido de la jornada anterior, sólo Dios sabría si siquiera se lo había quitado para dormir la noche pasada. Las sendas pantallas monocromas del cuarto de CCTV le daban a Volker un aire fantasmal y Cummin sólo se resignó a arrojarle un gesto despectivo desde el radial más lejano de su corazón. Entregó las llaves de las celdas, las bitácoras, el radio, el bastón de electrochoques, el tolete, y se marchó con un aire tan definitivo que pudiera asumirse, de aquella partida, que era la última vez que se miraba a Cummin por ese lugar…

Volker era un sujeto infame, de fortaleza física impresionante, bastaba verle a menos de dos metros frente a frente para sentir como todos los ánimos del corazón se le fugaban a uno en una carrera vertiginosa filtrados por el aliento. Todas las formas de odio provenidas del más hondo infierno se transfiguraban en las manos de Volker; cada recluso del pabellón norte llevaba colgada en su corazón, la marca más dolorosa de los embates torturadores de aquel custodio de guardas. Volker tenía un especial talento para hacer sucumbir al espíritu humano bajo la fortaleza de sus garras bestiales, tenía una destreza deleznable para, con sólo mirar a los ojos, escudriñar en las pupilas el color del peor miedo e infligirlo en su víctima con el magistral suministro que sólo tienen los médicos para suministrar medicamento. Cada alma afligida de ese maldito pabellón rendía una pleitesía irremediable y tenebrosa, atiborrada de miedo, al gran tirano Volker; todos esos remedos humanos en cada celda tenían el ser tan minado, pues lejos de ser su purga lo que les arruinaba el corazón, era la mano volkeriana, capaz de penetrarle a uno tan profundo y hacerlo sentir prisionero no sólo del cuerpo sino también del alma. Sólo había dos cosas en este mundo que el verdugo Volker, adusto, no controlaba: una era la impasibilidad de Patrick, que parecía sostener una fortaleza inquebrantable ante los arietazos de Volker; parecía que se fugaba entre las páginas de los libros que a diario solicitaba de la biblioteca de la penitenciaría, parecía que de ellos absorbía el blindaje que lo mantenía lejano de las vejaciones corruptas que cada tres noches Volker le sustentaba. La otra cosa que Volker no podía controlar era su fobia a los perros.

Llegó el día, o mejor dicho, la noche, en que Volker finalmente pudo ejercer un plan que largamente había aquilatado en aras de tronchar la fuerza del joven Patrick, y así, a la hora de llevar el carrito de la biblioteca y repartir los títulos que los presos habían ordenado para la lectura de la semana, Volker escogió un panfletito muy peculiar que difería fuertemente de las lecturas que Patrick frecuentaba. Al llegar a su celda se lo extendió con una sonrisa terrible en el rostro, los demás reclusos miraron con una curiosidad incipiente tratando de atisbar la índole de aquella lectura. Volker se retiró largamente por el pasillo silbando, sin molestar a ningún otro interno, lo que provocó entre todos ellos, la peor de las zozobras: algo tramaba, y seguro que era terrible. Volker se escurrió con rapidez hacia el cuarto de CCTV y se arrellanó frente a la pantalla que vigilaba la celda de Patrick, tratando de escrutar cada sensación de desazón y fastidio en la infantil cara del prisionero; si lograba su cometido, lograría quebrantar de a poco la voluntad del muchacho, jactándose así de que ninguna alma humana podía resistirse a su mano constrictora; si desbarataba el refugio que los libros constituían para el joven reo y su fuga incorpórea, poco a poco podría tener más control sobre sus miedos y con ello desmenuzarle la libertad del alma.

La mirada atónita de Volker sólo pudo observar a Patrick acomodándose gustosamente sobre su catre, abrir el panfleto y leerlo con la misma avidez que leía su libro la semana pasada. Los puños de Volker cayeron como metralla sobre el tablero, sus dientes se lijaban los unos contra los otros de desconcierto y rabia; sabía que la actitud del joven era sólo aparente y que fingía degustar esa lectura, sólo era cuestión de tiempo para que el tedio comenzara a causar mella. Volker se embozó la levita y se quedó inmóvil contemplando hasta la más minúscula actividad en la celda patrickiana. Pasaron cerca de dos horas y el joven seguía leyendo el panfletucho que ni el más imbécil lector leería con tanta lentitud, aquella lectura no daba para más de quince minutos leyéndola con una pausa diezmada. De pronto, Patrick se levantó en las penumbras, Volker se incorporó para acercarse a la pantalla, el joven recluso se miraba entre los grises y blancos del televisor, en la luna del espejo de su celda, se rascaba la cara y las orejas, poco a poco con mayor violencia, después empezó a arrancarse la piel de las manos a dentelladas, a jalarse las orejas hasta arrancarlas en cachitos irregulares, a meterse primero las uñas y luego los dedos debajo de la piel para arrancársela con una horrible mansedumbre, se sacó los ojos y los devoró habiéndoles lamido la sangre segundos antes, los jirones de carne se colgaban de la estructura contrahecha, caía cabello, sangre, dedos, ropa…, todo ante la mirada terrorífica de Volker que no podía ni mover el más frágil temblor de sus pupilas, cuando lo último que pudo ver de entre la maraña de carne subhumana fue brotar un perro negro, lamerse brevemente los vestigios de sangre que le empapaban el pelaje, escabullirse por entre las rejas de la celda y perderse en el punto donde la cámara de circuito cerrado no podía alcanzar. Volker aulló, se arañó la cara, mordió sus labios hasta reventarlos y salió despavorido huyendo en dirección desconocida. La noche transcurrió con lentitud, abriendo el cielo a la luz solar del siguiente día, el custodio de la mañana encontró dos evidencias inexplicables de los sucesos de la noche: la celda de Patrick P. Voormann vacía con un panfleto de razas caninas abandonado sobre su camastro, una odre de piel y sangre mosqueándose en el piso y, por otro lado, un cadáver con uniforme de custodio penal y el rostro deshecho a mordidas, al igual que las manos y los pies, muerto por desangramiento, que se presume pueda ser el cadáver de Volker. Mientras tanto, la última reja limítrofe del penal era atravesada por una figura canina meneando la cola de dicha al verse en libertad a eso de las siete de la mañana.

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San Roque en prisión visitado por un ángel >> Jacopo Colin (Tintoretto)., Italia, 1518-1594.

César Abraham Vega nació en la Ciudad de México el 30 de abril de 1981. Narrador, crítico, promotor cultural y traductor. Cursa la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Tiene estudios formales de Informática e idiomas.  Algunos de sus textos han sido publicados en diferentes medios impresos y electrónicos. Actualmente se desempeña como webmaster y editor en Sombra del Aire.


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