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19 enero
2018
Reseña Reseña crítica Teatro
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SALOMÉ 2117, UNA DISTOPÍA TITIRITERA

Por César Abraham Vega

Alerta de Destape (Spoiler)

Basada, o más bien, inspirada en la tragedia de Oscar Wilde (1891), Salomé 2117 (2017), es una seductora puesta en escena que nos cuenta cómo sería el idilio de Salomé y Juan el Bautista si hubiera sucedido  cien años en el futuro, por si no sonara lo suficientemente locuaz e interesante, los intérpretes de esta obra son, ni más ni menos, títeres. Es esta la propuesta de la compañía Tlacuache Títeres.

Salomé es una de las obras más populares y representadas en la historia del teatro desde su estreno en 1892; desde entonces y hasta ahora han existido un sinfín de adaptaciones y versiones de la obra, inclusive muchas de ellas han llegado a las casas de ópera, a la televisión, al cine, a la radio; de hecho leer el libreto de Wilde, es por sí solo, un acto gozoso. Pero no abundemos en ello, la cuestión de importancia reside en la propuesta de esta compañía bajo la tutela y dirección de Sergio Aguilera. Por ello ¿Cómo refrescar un eminente clásico del teatro y la literatura? ¿Que de nuevo se le puede aportar a una obra que ha sido representada miles de veces en todos los rincones del planeta por infinidad de compañías, muchas de ellas, con un avasallador aparato histriónico y de producción? Y lo más importante ¿Cómo lograr que el público de un país que no lee, que difícilmente se acerca a las manifestaciones artísticas y culturales de cualquier índole, se vea cautivado por una obra de casi ciento treinta años de antigüedad y que versa sobre pasajes de los remotos tiempos bíblicos, cuantimás cuando se trata de un público joven (adolescente) al que todo aquello que tenga más de diez años les parece anacrónico y aburrido? Todas estas son preguntas que seguramente rondaron la mente del director cuando se planteó llevar a las tablas una representación más de la tragedia de Wilde; y son cuestiones que supo resolver, junto a su compañía, de manera harto virtuosa, pues a mi parecer esta puesta no es una más; a continuación detallo el por qué.

Inmersa en una atmósfera post-apocalíptica y situada en el año 2117, la obra nos presenta un mundo aparentemente irreconocible, muchas cosas lucen distintas, sin embargo, los grandes vicios y perversiones humanas parecen seguir intactos: la intriga, los celos, el machismo, el hedonismo desenfrenado, el asesinato, la opresión y el capricho parecen ser los móviles que articulan los ejes de la trama. El escenario es un palacete dantesco pero suntuoso y bizarro, al centro el trono de Herodes rodeado de columnatas doradas, se extiende ancho en su envergadura para poder alojar la enorme y pesada humanidad del rey de Judea; en torno a él, en ‘columpios’ se despliega su corte y al frente, en el plano más bajo del teatrino, una terraza se despliega sobre el proscenio, en ella sólo una banca y la compuerta de un foso carcelario comparten espacio. El claroscuro se dibuja en todas las áreas del foro, y al correrse el telón los títeres silentes nos escrutan esperando su turno; las actrices (Denisse León y Úrsula Sánchez) surgen como sombras en el tinieblar justo en medio del teatrino y se pasean entre los columpios de los que penden los títeres, juegan un poco con ellos y giran, suben, izquierda, derecha, viceversa y se centran en la larga y contemplativa mirada del Herodes que se pierde entre las sombras de la gradería; así la obra comienza sembrando un hito de curiosidad irreprimible en nosotros, los espectadores. Y así discurre teniéndonos cautivos de su desarrollo desde los primeros minutos de la puesta; un factor que es vital cuando se trata de un trabajo que está principalmente dirigido al público juvenil, si uno no logra captar su atención desde un principio se les ha perdido para siempre.

Las cualidades que hacen a esta obra un excepcional espectáculo están cimentadas en una multiplicidad de aspectos, la primordial se afinca en el teatro de títeres (que ciertamente no es para niños), el emplear este tipo de teatro para conectar al público joven con una obra clásica es algo plausible e ingenioso; el uso de múltiples referentes al bagaje cultural de los espectadores también es algo que se agradece y dinamiza el flujo de la trama; hay guiños muy gratos a la parafernalia apocalíptica de películas como Star Wars Episode VI: Return of the Jedi (1983), (Herodes me trae a la memoria a Jabba, el Hutt, y el atuendo de Salomé tiene ciertas reminiscencias a la princesa Leia esclavizada por el mismo Jabba) o Mad Max: Beyond the thunderdome (1985) (Herodías, de hecho, está evidentemente inspirada en Aunt Entity interpretada por Tina Turner). Es poco probable que el público joven logre identificar estas referencias ya que pertenecen a la década de los 80, pero, sin duda, el implemento de las mismas será un rasgo de la obra que les resultará fascinante.

Por otro lado, la manufactura ex profeso de los títeres y el teatrino desde su diseño primigenio en papel hasta  la conclusión de los vestuarios y maquillajes a manos de los propios integrantes de la compañía, es una labor titánica que se ve recompensada a la hora de la función; los personajes tienen una movilidad sorprendente, una expresividad facial inquietante y un rol dramático tan interesante que se nota un gran cuidado en la elección de la fisonomía de cada personaje con la finalidad de que cada uno de ellos retrate un vicio humano o un defecto de carácter: por ejemplo, la similitud del personaje del joven capitán sirio con el personaje presidencial de nuestro país, se vincula a través de retratar la pusilanimidad, la cobardía, la ineptitud y la debilidad de carácter; Salomé por otro lado retrata la sensualidad, el deseo, el capricho y el orgullo; Herodías proyecta soberbia, intriga, celo y envidia; Herodes representa lujuria, la gula, el abuso de poder, el machismo, la intemperancia y la opresión; Juan por su lado, podría ser el único personaje al que se le atribuyen virtudes, sin embargo también encara vicios y faltas de carácter entre las que están el orgullo (por su engreimiento) , la soberbia (al proclamarse moralmente superior que el resto), la necedad, la ira (con sus vaticinios inmisericordes de castigo divino) y tal vez otros. Los demás personajes también interpretan cada uno por su parte algún vicio o pecado capital.

El papel de las actrices es invaluable para una obra de estos vuelos, se nota a leguas la capacidad de manejo de diversas cargas (roles) dramáticas, incluso algunas de ellas simultáneas, al interpretar los múltiples personajes a través de la manipulación de sus marionetas, pero además son ellas, por sí solas, personajes y narradoras de la obra; sus voces femeninas son idóneas para enarbolar el manifiesto feminista que promulga la obra, no por ser mujeres, sino por saber aportar con su técnica una verosimilitud discursiva que articula la obra de Wilde, el pasaje bíblico y la propuesta de Aguilera con la vindicación del papel de la mujer en la sociedad (de todas las épocas).

El diseño de audio es otro elemento arrobador que aporta muchísimo a la atmósfera sórdida de la obra, en las pláticas que tuvimos con la compañía después de la función,  se nos mencionó que este punto no estaba del todo listo y que había que pulir ciertas particularidades en su implementación, sin embargo, considero desde mi visión particular, que la música y efectos sonoros adicionan la tensión dramática justa para fortalecer la experiencia estética que acontece en el teatrino.

Por último quisiera destacar el trabajo de dramaturgia y dirección que Aguilera imprime en esta puesta; y para ello me voy a basar en dos puntos concretos; el primero trata sobre la forma en que el director logra condensar las metáforas de Wilde en la escena, un ejemplo de ello es cuando en el punto cúlmen de la obra Herodes refiere una y otra vez escuchar el aleteo del ángel exterminador; en este sentido la metáfora se resuelve al escucharse en el fondo el sonido de un helicóptero que hace alusión a la guerra; este tipo de implementaciones vertidas en las mentes del público joven hace que la obra cobre sentido y su lenguaje metafórico sea mucho más comprensible y garantiza el efecto catártico en los espectadores.

El segundo punto al que quiero ponerle el reflector es un ‘desnudo frontal’ que implementa Salomé cuando baila para Heródes a cambio de la cabeza del bautista; así es, ¡un desnudo frontal de un títere!, ¡poderosísimo!, plenamente justificado e interpretado de una manera tan impecable y verosímil, incluso mucho más que muchos desnudos (humanos) que he presenciado en obras de teatro de corte académico, independiente y profesional. La explosión catártica de esta sola escena es tan erótica y exuberante que el desconcierto sobreviene cuando uno cae en cuenta de que el acto primoroso de ese baile lo encarna una actriz perfectamente enfundada en un unitardo negro a través de una danzarina titíritesca con los pechos al vuelo; el acto sensual de este baile desnudo sigue un hilo transmisor de alta fidelidad surgiendo del ingenio del dramaturgo, pasando por el artificio del director, metabolizado por la tejido sináptico virtuoso de la actriz que a su vez lo transmite al cuerpo y la piel del títere Salomé, de donde brota para llegar al iris del espectador sin que haya perdida alguna de emoción o tensión dramática.

En fin, cualquier cosa que podamos escribir sobre la obra, será un mero accesorio de la misma; es menester verla para comprender lo que hemos relatado, y es mucho más gratificante descubrir por cuenta propia lo que hay en ella, pues el teatro, como cualquier otra disciplina artística, le dice a cada uno cosas distintas tamizadas por nuestras experiencias de vida. Hay que hacer teatro, y esta propuesta es un testimonio fehaciente de lo que hacer teatro debería significar, pues el quehacer del teatrero engloba un universo multidisciplinar además de postular el aparato ideológico de un grupo de artistas que se juntan para contar algo que se necesita contar; a veces como artistas no perdemos en el fondo por ponderar la forma, y en ocasiones el fondo es tan trascendente en nuestra concepción que la forma en que se asuma se llega a descuidar. Hay que buscar el justo medio y a mi parecer Salome 2117 lo logra bastante bien.

***

SALOMÉ 2117.

Espectáculo para títeres inspirado en Salomé de Oscar Wilde, de Sergio Aguilera.*

Úrsula Sánchez Mejía. Actriz titiritera y asistente de construcción de títeres secundarios.

Denisse León. Actriz titiritera.

Arianna Escárzaga. Asesoría de dirección; peinados de títeres secundarios.

Brenda Castro Rodea. Diseño y realización de maquillaje para títeres; diseño y realización de peinados de títeres principales.

Francisco Cano. Asesor, asistente y realizador de teatrino escenografía e iluminación.

Emilia Reneé. Asistente de dirección y producción; modelado de cabezas; coordinadora y realizadora de títeres; vestuario de títeres y escenografía.

Sergio Aguilera* Dirección de escena; dirección artística; dramaturgia; diseño y construcción de títeres y escenografía; diseño sonoro; iluminación; coordinación de montaje y de producción.

* Becario del Programa Creadores Escénicos con Trayectoria 2017 – 2019 del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

Proyecto apoyado por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

Dedicada a todas las mujeres que cada día luchan por su libertad.

Una producción de Tlacuache Títeres. México 2017

IMÁGENES

Al exterior: Herodes, del archivo de Tlacuache títeres, Derechos reservados

Al interior: Fotografías de la presentación del 17 de diciembre de 2017 >> César Abraham Vega, Derechos Reservados

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2 comentarios en “SALOMÉ 2117, UNA DISTOPÍA TITIRITERA

  1. Ser Coyotl dice:

    Muchas gracias por esta critica, me agrada mucho su punto de vista y lo bien escrito de la misma.

    1. César Vega dice:

      Gracias por leernos.

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