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15 julio
2019
Cuento Literatura Narrativa
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LAS MARCAS DE ESTA VIDA

Por César Abraham Vega

Por un momento me fue imposible distinguir si el discurso aquel provenía del despertador o si era producto de mi propia imaginación, yo pensé que soñaba:

Alfombras Walkless, la única alfombra con multi impulsores imantométricos que le permiten a usted desplazarse levitando por toda la habitación, por toda la oficina, por toda la casa o por cualquier lugar que usted haya alfombrado; ya no use más la vieja y horrible costumbre de caminar, ahora levite y disfrute su vida con plenitud y comodidad. Además a alfombras Walkless le preocupa su salud y por eso todos nuestros productos solo tienen una bajísima tasa de 48% de producción de cáncer, así que puede utilizarlos con toda confianza y seguridad. / AIClock le da la hora: 7:35. señor Héctor, levántese ya…

Y mientras escuchaba el parloteo del AIClock Despertador, yo me imaginaba en sueños flotando por toda la habitación, haciendo piruetas, machincuepas, rebotando de una pared a otra, del techo al piso, con una inconmensurable libertad, con júbilo estremecedor que no había sentido antes…, y de repente sentí perder el control y, en uno de los rebotes, salí proyectado derechito al ventanal, atravesándolo con un estruendo horrible para caer en picada desde el octogésimo piso y estrellarme en el pavimento de la calle donde ninguna alfombra Walkless me aguardaba para recibirme suavemente…, y entonces caí de la cama golpeando secamente el piso desnudo de mi apartamento. Eso definitivamente me despertó.

Yogurt Sunday en cinco fabulosos sabores: sandía risueña, mora enamorada, papaya lujuriosa, piña contemplativa y fresa antidepresiva. Sunday, el único yogurt que cambia su estado de ánimo. 13% de índice cancerígeno, solo para fines informativos. / AIClock le da la hora: 7:45. señor Héctor, levántese ya.

¡Ya estoy de pie! Le grité horrible al AIClock y este solo contestó entendido, y se puso de inmediato en estado de inactividad. Luego me arrepentí, sentí feo, lo admito; pero el daño estaba hecho ya.

Me incorporé lo más rápido que pude, no había tiempo de tomar una ducha, era bastante tarde y Samantha me reprendería si llegaba demorado una vez más; así que me vestí con lo primero que alcancé a agarrar: unos pantalones Fockers, una camisa Paco Rabón, una sudadera Aberzombie and Hitch y los primeros tenis Mike que encontré debajo la cama.

La audición era a las nueve, en el Conservatorio Nacional Capuchino El Montecito y tenía menos de una hora para recorrer una distancia que en condiciones normales tomaría lo doble, la única manera de lograrlo era ir por subterráneo, primero debí tomar la línea Cía. Telefónica de América hasta la estación Teléfono Xerixsonn 10 000, de ahí transbordar a la línea Banco Intercontinental y descender en la estación Chequera Ahorro Cochinito Plus. Cuando llegué a la superficie nuevamente el cielo estaba oscurísimo y al principio supuse que estaba nublado, pero luego recordé que la colonia Héroes de Bandasonic por ser zona comercial, estaba totalmente cubierta de espectaculares que difícilmente dejaban pasar la luz del sol.

Atravesé sin titubear el parque municipal Carolina Ferrera hasta la estación del Megabús Expreso El Montecito, lo abordé con tropel; ya pasaban de las nueve y quince y el corazón quería salírseme por la garganta, el operador del Mega Bus no parecía tener ninguna prisa y se tomaba las cosas con demasiada calma y yo quería arrancarme todos los pelos de la cabeza y seguramente lo habría hecho si hubiera tardado un par de minutos más en llegar.

Bajé de un salto del Megabús, y corrí como si mi vida dependiera de ello. De hecho una parte importante de mi vida sí dependía de llegar a tiempo para ver a Samantha audicionar. Ya alcanzaba a divisar los espectaculares de los patrocinadores coloreando el domo del Conservatorio, cuando de pronto un Intendente de Consumo me paró en seco apuntándome fríamente con su terminal verificadora. No podía hacer caso omiso, me metería en un lío muy grave si desacataba la autoridad de un agente comercial, ¡En fin!, ¿qué más podía hacer? De cualquier modo iba bastante tarde ya.

—¡Buenos días, joven! Solo necesito verificar su corte matutino de consumo ¿me permite su huella digital?

¡Me lleva!, pensé. Eran ya las nueve y media y yo no había quemado ni un solo crédito de consumo. ¡Maldición! Me van a arrestar.

Quería escapar pero eso solo iba a poner las cosas más feas. Le tendí la mano toda temblorosa por el extraordinario esfuerzo que había hecho al correr, el agente escudriñó mi huella con la terminal y frunció severamente el seño al percatarse de mi saldo al corte matutino.

—Usted tiene un sobre saldo de tres mil créditos de consumo. ¿Lo sabía? —Yo asentí con levedad. Mire, haremos esto —me dijo—, le doy quince minutos exactos para que queme todo su sobre saldo y haremos como que no pasó nada, joven. Pero tiene que consumirlos en esa tienda de allá —me ordenó indicándome con el brazo extendido. Solo puede ser en esa tienda Costoxxo, nada más; y cuando pague, con toda discreción dígale al cajero que es con comisión al código 78110 ¿estamos? —asentí con mucho énfasis, me estrechó la mano con falsa gentileza y salí corriendo a la tiendita.

Cuando llegué a la tienda no me di el lujo de escoger lo que compraría, únicamente me aproximé a la caja y tomé con desesperación todo tipo de productos que estaban colocados junto al despachador, el cual se tomó su tiempo repasando mi compra y enunciando producto por producto arrastrando la voz.

—Unas papas Sabrimbo, un chocolate Perchis, doce latas de Perci Soda, un paquete de condones Imprudent, toallas sanitarias Never, una cajetilla de hyper cigarrillos Dromedary, un 26 pack de cervezas energéticas Red Lion, un peine para el pubis Super Furry Pussy y una chupeta para bebé GuguDada. ¿Algo más joven?

—Nada más. ¡Ah! Es con comisión para el código 78110 —dije desesperadamente.

—¡Ahhh! —Dijo con un gesto perverso—, son… 4987 créditos con doce micro unidades.

¡Maldito! Pensé, me había quemado mucho más del saldo que estimé. Ni modo, ni modo. De cualquier forma me había librado de una detención.

Puse mi dedo en la terminal de paga, se me descontaron mis créditos, salí tan rápido como pude de la tienda y en el primer basurero que encontré eché las bolsas completas con todo lo que había comprado, seguro que no me dejarían entrar al Conservatorio con tanta cosa y no tenía tiempo de ingeniármelas para guardar todo en algún sitio. A la distancia alcancé a ver al Intendente de Consumo saludarme con una desfachatez asquerosa.

Por fin estaba ante las puertas del Conservatorio, registré mi entrada y comencé a buscar con horrible desesperación la sala Descafeinado El Montecito donde sería la audición. Entré estrepitosamente y me tropecé con unas butacas, algunos asistentes me miraron con recriminación y con un gesto me exigieron silencio. En el proscenio estaba Samantha bellamente arreglada con un traje carísimo Roche & Armada, sostenía su instrumento con una pasmosa solemnidad, con tanta destreza. Tocaba la bellísima y tristísima tonada del himno de Tiendas Mall Mart y todos los asistentes la miraban tan emocionados que parecía que fueran a llorar. De hecho yo también tuve que contener mi llanto, cuánta nostalgia había en esas notas, y cuánto amor desbordaba mi Samantha al tocarlas.

Cuando Samantha terminó de interpretar la pieza, los poquísimos espectadores diseminados por toda la sala le aplaudieron poniéndose de pie. Los jueces, sin levantarse de sus lugares en la primera fila, fueron los únicos que se mostraron inmutables y registraban anotaciones en sus Máquinposh.

Samantha hizo un par de reverencias, yo desde las butacas le saludé con emoción, ella me lanzó una mirada helada y luego abandonó el escenario. Seguramente se había percatado de mi retraso.

Fui al área de los camerinos para felicitarla, pero evidentemente estaba enojada, no me abrió la puerta durante al menos media hora. En ese momento me arrepentí de haber desechado los Dromedary, si los hubiera tenido conmigo me hubiera puesto a fumar mientras esperaba. Por fin salió Samantha y con un rostro muy seco me barrió la mirada. Le dije lo bonita que se veía en el escenario, lo virtuoso que había sido su desempeño tocando el flautín Llamajawey, que yo apostaría todos mis créditos del mes a que seguro le darían el puesto de flautinista líder en la Banda Desfiladora de Tiendas Mall Mart, pero ella no se inmutó con ninguno de mis comentarios. Se detuvo de pronto y, mirándome sobre el hombro, me dijo que tenía mucha hambre. El escuchar su voz me alivió un poco.

Salimos del Conservatorio y la llevé a comer a un restaurante Mac Donas, ordené un par de esas rosquillas tan suculentas que están rellenas de dos libras de carne de hamburguesa sazonada con la nueva salsa aquella Hot Chilli Guacamole que en realidad no picaban nada,  la carne a la primer mordida se desinflaba, el pan estaba un bastante duro y la salsa de tomate con maple muy rancia. O tal vez me supieron tan feo por el enfado de Samantha. Durante toda la comida, ella no me dirigió ni una sola palabra, ni una sola mirada.

Sinceramente, yo me sentía muy tenso; que ella me ignorara de esa manera me hacía querer gritar, necesitaba romper el hielo de alguna forma, reconciliarme con ella, así que la invité al museo Jugos Mesclé, un compañero del trabajo me contó que estaban exhibiendo una colección exquisita de pinturas que ilustraban la cronología de los logotipos de la marca desde su fundación hasta la época actual; estaba tan seguro de que esa era una gran idea y de hecho depositaba toda mi fe en que la ida al museo desenfadaría a Samantha; cuando se lo planteé ella no puso ninguna objeción y hasta podría jurar que vi cierto brillo de entusiasmo en sus ojos.

Sin embargo, cuando salimos de la exposición Samantha seguía tan fría y despectiva como al principio, la situación ya me estaba desesperando; le compré un ramo de rosas perfumadas con Garnachannel No. 5, pero ni siquiera su perfume favorito la hizo reaccionar; la llevé al cine a ver una película de Capitán Eléctric; un filme bastante bueno, de hecho, que hablaba de la guerra que libró y ganó el capitán en un antiguo país llamado Panamá en contra de unos campesinos terroristas que odiaban el progreso y que querían impedir a toda costa que el Capitán construyera fábricas y que usara los recursos del lugar para hacer todo tipo de gadgets fabulosos como un bombillo eléctrico, lavadoras, un sinfín de artículos electrodomésticos y algunas armas. Debo admitir que a mí la película me fascinó, el Capitan Eléctric venció a todos los malos y logró imponer el progreso a fuerza de metralla y patadas en el trasero. Sin embargo, aunque las películas de acción histórica eran las predilectas de Samantha, esta no pareció sacarle de su entripado.

Para cuando salimos del Cine Holograpolis, yo ya me había dado completamente por vencido, Samantha estaba enojadísima y seguramente no se le pasaría en al menos un par de semanas. Me sentí tan infeliz.

—Héctor, tenemos que hablar —Por fin se dignó a decir mientras me sujetaba del antebrazo para guiarme a una banca tapizada de anuncios luminosos. Nos sentamos. Ella me miró con unos ojos que no le había visto jamás.

—Ya no puedo estar contigo…

—Pero… —intenté interrumpirla.

—¡Shhh! ¡Cállate! No eres un mal sujeto, pero eres un irresponsable y ya estoy cansada de sacarte de la cárcel de consumo porque a cada rato se te olvida quemar tus créditos como Dios manda. Además eres… digamos… no me lo tomes a mal pero eres un inepto para la vida. Yo quiero cosas, Héctor, quiero muchas cosas en la vida. ¿Tú me las darás? ¿Verdad que no?

—Sí, yo puedo dártelas, ¿qué quieres?, ¿qué necesitas? —repliqué con desesperación.

—No se trata de nada en específico, Héctor; estoy hablando de toda la situación ¿entiendes?, ¿qué pasaría si por ejemplo se me antoja tener una alfombra Walkless? Es algo que quisiera tener en algún momento de mi vida, y muchas otras cosas, ¡miles!, ¡millones de cosas más!, ¿o acaso crees que no las merezco? Sé muy bien que tú no me las darás.

—Pero…

—¡Shhh! ¡Cálla ya! Es lo mejor, ya lo veras, te estoy haciendo un favor.

—Pero tú sabes que con el trabajo no me alcanza, si tuviera nivel Alpha ya no tendría que rendir cuentas a los Intendentes de Consumo, pero para eso necesito ganar 10 000 créditos por hora y…

—¡Exacto, Héctor! Y tú no quieres trabajar, no sales de tu trabajito de medio tiempo, ¿crees que con una jornada de 12 horas diarias te va a alcanzar para todo lo que necesito?, ¿por qué no eres hombrecito y trabajas 18 horas como todos los demás?

—Pero…

—Lo sé, Héctor, no te preocupes, yo sé que no lo harás, tú eres así. ¡Qué más da! Pero yo ya me cansé, lo siento, no puedo continuar.

Me entregó el ramo de rosas, se levantó y salió huyendo, nunca miró atrás.

Samantha tiene razón, soy un inepto, soy un desastre, pensé. Me percaté de que ya pasaban de las cinco de la tarde, mi día de descanso había terminado y tenía que prepararme para entrar a trabajar, pero no tenía ganas de nada, el mundo dejó de importarme tan de repente; recordé que para las seis tenía que cumplir con el corte vespertino y quemar mis últimos trescientos créditos para no caer en sobre saldo. ¡Al demonio! Quería que me arrestaran y que no me soltaran nunca más, que me despidieran del trabajo; terminé por mandarlo todo al caño.

Regresé muy triste a casa y me metí en la cama, me cubrí con la hyper manta hasta la cabeza y alcancé desde el buró mi JaiPad, en días así lo único que me hacía sentir menos miserable era contemplar por horas una vieja estampa electrónica que era de mi bisabuelo. Aquella imagen era tan pura, tan sutil y a la vez tan libertina.

La estampita mostraba a una muchacha recostada en una playa, la arena estaba completamente vacía, no había ni un solo anuncio; en el agua del mar no flotaba ningún cromo comercial; el traje de baño de la chica era completamente rojo y ajustado; no tenía marca alguna por ningún sitio y su piel era totalmente blanca y pura, sin tatuajes promo ni logotipos; ¡hermosa!; sus cabellos rubios y ensortijados colgaban de su cabeza como una cascada de espuma dorada, el rostro de la muchacha era tan suave, tan tibio, tan inocente, tan bello; poseía una sonrisa tan tierna y una mirada tan limpia.

En una de sus manos la joven sostenía un cilindro rojo que, por más que lo escudriño, no logro entender de qué se trata; algún objeto de aquellos tiempos, supongo que muy valioso, pues lo sujetaba con mucha sutileza entre sus dedos. Mi bisabuelo me contaba que así era el mundo de antes, yo creo que era un poco aburrido, pero en ocasiones me gustaría viajar en el tiempo y descansar en una playa así, junto a una chica como ella, sin que me importen cosas como el trabajo, Samantha o los créditos de consumo.

Suspiro ante la estampa y la pantalla de mi JaiPad se empaña de vaho, qué hermosa imagen, tan extraña, si las galerías de arte estuvieran llenas de estampas como esta, seguro que no saldría de los museos. Mi bisabuelo me regaló clandestinamente la estampita en uno de mis cumpleaños, y es a lo único que me aferro cuando siento que caigo.

Le echo un último vistazo antes de irme al trabajo, me siento enamorado de esa chica, cautivado por esa playa, intrigado por el cilindro rojo y fascinado por el talento de aquel artista que, en una lengua muerta y desconocida, con grandes letras blancas y sinuosas, firmaba su autoría en una de las esquinas de la bella estampa. Suspiro de nuevo y pienso, que grande pintor eres tú, querido Bebe Coca Cola.

IMAGEN

Latas de sopa Cambells >> Andy Warhol

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César Abraham Vega nació en la Ciudad de México el 30 de abril de 1981. Narrador, crítico, promotor cultural y traductor. Cursa la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Tiene estudios formales de Informática e idiomas.  Algunos de sus textos han sido publicados en diferentes medios impresos y electrónicos. Actualmente se desempeña como webmaster y editor en Sombra del Aire.

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