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12 septiembre
2018
Cuento Literatura Narrativa
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EL FUNAMBULISTA DEL HAMBRE Y MIEDO

Por Eleuterio Buenrostro

Al observar por primera vez el cuadro de Caspar David Friedrich, titulado: El caminante sobre el mar de nubes, pensé que el autor pretendía caminar entre montañas sobre una cuerda invisible. La obra se expone abierta a múltiples interpretaciones, pero fue hasta contemplarla, en detenimiento, que deduje el sentido de intimidad en su trazo.

Perder el tiempo no me está permitido en las labores de la fábrica, en la que me encuentro activo como trabajador, pero me siento a salvo al interior de la oficina del Gerente General, el señor Falquez. Me escabullo, ocasionalmente, en este su refugio, donde el tiempo se detiene entre obras de arte y mi corazón late, afirmándome como un ser vivo.

Al dar la espalda a la obra, advierto a un niño sentado, que, a su vez, le da la espalda a un espejo y que no reacciona a mi presencia. Sonríe atrapado en su trisomía del par veintiuno.

La pintura demuestra que todo está destinado a caer, aunque nos esforzamos por llegar más alto, me dice con la mente, sin mover los labios. ¿Quién eres?, pregunto sorprendido por su habilidad. Soy el hijo del dueño, responde. ¿Eres hijo del señor Falquez? No, por supuesto que no. Soy Arucol, hijo de Hefesto, responde haciendo más amplia su sonrisa.

Desvío la atención a lo que nos rodea. Todo parece estar en su sitio: la colección de discos, las pinturas, la escultura de El sacerdote de Cádiz, el sonido ambiental. Todo, salvo este pequeño, de alma blanca, al que desconozco.

Volvamos al cuadro, me ordena al notar mi desconcierto. Estarás de acuerdo conmigo que se observa bien desde las alturas, pero que es imposible oponernos al destino en declive e iluso pensar que se puede caminar sobre las nubes, termina.

Dejo de lado la conversación y selecciono un disco compacto, de jazz, para cambiarlo en el reproductor. Después de dejar las cosas en su sitio, decido abandonar la oficina. Arucol me despide, mentalmente, con un hasta nunca; afirmando que lo que vine a buscar aquí no me pertenece. Regreso a mi estado natural, al ruido de todos los días. En el ambiente debe haber un olor metálico que le da sabor a la comida, pero que con el tiempo pasa desapercibido. Solo los peones nuevos dan cuenta de ello y nos advierten, aunado a la sensación de que algo está a punto de explotar.

Camino entre cubículos, arrastrando mis problemas, acompañado por mi reflejo en los vidrios polarizados de los jefes de personal. Estoy viejo y no queda nada del joven soñador que era, aquel que pretendía cambiarlo todo. No pertenezco más. Ahora soy, o es ese, a quien no reconozco en reflejo, un objeto que se ha dejado oprimir por lo que rechazaba y fue marcado con su signo de lasitud en el rostro. Hace tiempo que habla lo necesario, desde que se percató que repetía la misma plática, en el mismo instante, y lo confirmaba al ver la cara de susto de quienes lo escuchaban.

Está decidido a abandonar el mundo, pero antes de intentarlo pretende acabar con la representación de la maldad en la fábrica; responde al nombre de Malaquías Nicolveo. Lo ha visto reír y sabe que haría un bien si lo lleva por delante. Rodea el cubículo para entrar. Camina entre sus compañeros, los cuales parecen también un reflejo. Nadie sabe la locura que cargan en conjunto, solo se imagina al observar la amargura en sus rostros: el directamente proporcional a los años que fueron usados como objeto.

Mi sombra llega ante Malaquías quien inicia a platicar algo, pero no lo escucha. Lo observa mover sus labios, apenas soportados por su pequeña barbilla. Lo ve a los ojos y sabe que ninguno de los dos merece vivir. Ha sobrepasado la culpabilidad del superviviente, dejando de lado el racionalismo que debería gobernar al que se diga humano y se excluya del automatismo. Malaquías representa el egoísmo más grande de la maquiladora. Lo odia desde que notó su descaro de pasar por encima de los demás para lograr sus objetivos.

Enfrascado en su plática, Malaquías no nota la locura en él. Baja a abrocharse la cinta de los zapatos, lo hace con naturalidad. El peón toma una fuente de poder de sobre el escritorio, y aprovecha el momento en que mantiene la cabeza baja para tratar de asestarle un golpe. Aunque no lo vea, cara a cara, nota que continúa hablando.

¡No lo hagas, Diógenes Tercero!, lo interrumpe la voz de Arucol en su cabeza.

Desposeído de cordura vuelve la vista al vidrio, desde donde escucha su voz. En el reflejo mantiene sus manos arriba, dispuesto al acto y al verlo se reconoce a él mismo. El pequeño no sonríe como solía, en su lugar muestra una cara de susto. Al advertir en sus ojos, es fácil perderse en su bondad. Diógenes deja la fuente sobre la mesa y se dirige al sanitario, abre el grifo, para lavar su rostro, intenta recomponerse de la tercera persona.

Pasado el delirio me veo al espejo para confirmar la sensatez. Bajo los hombros en símbolo de rendición y me dirijo a la salida. El guardia en turno intenta detenerme, pero lo paso decidido. Soy mi propio jefe de seguridad, y continuar aquí es una locura. Las persianas cerradas me obligan a salir por una puerta más pequeña. El perfume de Jennifer, en el aire, la delata, sé que me observa, pero sé que tampoco saldrá a despedirme. La luz del día genera un pinchazo en mis ojos. Me detengo para adaptarme a un resplandor que no me permite ver. Por encima de la nubosidad lumínica veo edificios que me incitan imponentes y sonrío temeroso al reconocer el miedo de saberme sobre la cuerda floja de lo que llaman realidad.

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