UN EXTRAÑO A LA MESA

El joven Andresín sobrellevó durante cada uno de sus seis otoños aquella mochila de angustia cargada a la espalda. Como además su espíritu sensible estaba lacado con una fina, pero firme, película de estoicismo (cosa no tan común en casos como el suyo), casi nunca exteriorizaba la ansiedad de manera paroxística, de modo que siempre tuvo que gestionarla solo. Enuresis, encopresis, pasar días enteros sumido en un mutismo que apenas resquebrajaba muy de tanto en tanto para no levantar sospechas en su familia, dejando transcurrir casi toda la tarde metido en su habitación. Todos ellos indicios de un tipo de perfil, de personalidad, que la psicología tiene a bien designar, en sus listas de perturbaciones, como PAS (Personas de Alta Sensibilidad). Pero que en su caso no había sido diagnosticado por la simple razón de que, entonces, todavía no se había inventado ese diagnóstico.

El caso es que un día en la vida de Andresín era un continuo salir de la sartén de un agravio que lo sumía en un mar de interna conflictividad (el pequeño abuso de un compañero de clase que barruntaba su delicadeza de carácter, pongamos), para caer después en las brasas de la visión de una injusticia (la pedrada propinada a un perro callejero por parte de cualquier gamberro, digamos) que lo diezmaba en lo más profundo de su ser por largo rato. No era, desde luego, una escuela pública española en aquellos primeros años del posfranquismo el lugar más apropiado para un espécimen como Andresín, adelantado a su tiempo quieras que no. En contraste, era difícil que indispusiera sus nervios la programación televisiva de aquella época. Una televisión sana que carecía por completo del prurito tendencioso que más tarde conocería. Ello no era óbice, claro está, para que el noticiero continuo de aquel día en particular no trastocase todo su universo a causa de los efectos colaterales: los disparos de aquel tal Tejero sobre el techo de ese sitio que a él le parecía una enorme aula para adultos, con todos sentados allí escuchando al maestro en pie sobre el atril, aunque siempre echaba de menos la pizarra; y quién habría de ser el citado tipo de los disparos sino uno de esos inspectores que se pasaban por las escuelas de vez en cuando; y al que, por lo que se ve, no gustaba nada como tenían aquello organizado. Eso sí… ese alumno, ese Suárez, hay que reconocer que le echó un par de narices; y más si cabe aquel viejo delgaducho, un tal Gutiérrez al que, al parecer, le debía de faltar algún diente. Y después, ya a la noche, los tanques que atravesaban Valencia… Sin tener ni idea del significado de todo aquello, Andresín sufría su sufrimiento descompensado porque veía la preocupación en sus padres; como la veía también cuando el Real Madrid perdía en el trofeo ese de la Copa de Europa: por culpa de tan peregrino disgusto anual adherido en el rostro de su padre durante dos o tres días, fue que empezó a aborrecer ese estúpido deporte. Y no digamos cuando, muy de vez en cuando, sus padres discutían por cualquier nimiedad. En todos estos casos, y aún en muchos más, el joven Andresín no tenía más remedio que intentar drenar por algún lado el exceso de energía negativa. A veces se mordía las uñas hasta tal punto que le sangraban las puntas de los dedos; otras veces, agarraba una chincheta con la mano cerrada en un puño y la apretaba hasta hacerse un poco de daño, tampoco demasiado. Era como si esa pizca de dolor físico, al irse, retirase también consigo parte del otro, del propio del espíritu. Lo anterior no era óbice, sin embargo, para que cuando la angustia le sobrevenía a causa de alguna desavenencia directa con alguien conocido o de su propio entorno, tuviera Andresín, de manera creciente, una manera de proceder que, siendo como era, no dejaba de resultar curiosa: se autoimponía el deber de obviar a esa persona durante largo rato, tal vez días. Incluso, de ser posible, hacerle al perpetrador del agravio un poco de luz de gas. Fue así que, aquella noche, dejó de tener padre; con total naturalidad.

Ocurrió mientras su progenitor, un hombre por lo demás dulce y entregado con él, le leía el cuento de todas las noches para que su hijo, el único que tenía, conciliase el sueño, en la medida de lo posible, sumido en un universo de fantasías limpias, blancas, sin aristas que pudiesen desgarrar el delicado tacto de su mente durante la fase onírica. Con tal fin, adaptaba sobre la marcha las zonas rasposas de las historias, los detonantes o puntos de inflexión que pudieran resultar lesivos para la psique sin piel de aquella sangre de su sangre. Es solo que, aquella noche, el hombre ya había llegado trastabillado del trabajo y su rato a solas con su hijo no pudo desarrollarse en tiempo y forma. Además, no estaba fino para las adaptaciones sobre el terreno que convirtiesen la lectura en algo apto para el niño, su único público al cabo. Y el error llegó y la historia para dormir rechinó en la aterciopelada inteligencia del zagal, que para mayor escarnio hubo de soportar lo que le pareció un asomo de abulia por parte de su padre y protector, que sucumbió al agotamiento acumulado durante el día y despachó con cierta precipitación la narración de esa noche.

Con fuerza callada se activó en el niño la sigilosa, discreta venganza de silencio. Nada dijo a su padre por la mañana, en el desayuno, donde coincidieron. Conocedor este del estado de tensión en el que su vástago había posicionado los elementos diplomáticos individuales para con él, había decidido comenzar a restañar heridas ya a la hora del próximo almuerzo, donde lo volvería a ver. Sabía que la reconstrucción del estatus perdido era cosa delicada y ardua, así que no había tiempo que perder. Quiso la suerte proterva, sin embargo, que los condicionantes laborales impidiesen al hombre llegar a tiempo para coincidir con el niño al mediodía, de modo que habría de esperar a la noche. Además, pensó, todo ese tiempo sin verse con su hijo —una jornada entera, cosa inhabitual— habría de servir para que este bajase sus defensas y se mostrase más receptivo; al fin y al cabo, sabía que su vástago lo necesitaba para respirar, tal y como él precisaba de su hijo; porque entre los dos generaban en derredor una atmósfera respirable para ambos sin la cual la vida no sería posible.

Por fin llegó, la hora de salir de aquella notaría asfixiante donde trabajaba; deseando llegar a casa para empezar a acercar posiciones con su retoño. Se le hizo eterno el trayecto por la carretera de Circunvalación, atestada de tráfico a aquella hora punta, con todos esos tipos, como posesos, regresando después del trabajo. Aún le costó lo suyo encontrar aparcamiento; ¡por el amor de Dios! … si en aquel barrio siempre hay espacio para estacionar, y precisamente hoy… Cuando al fin lo logró, agarró su maletín y aceleró el paso (llegó a mirar sus pies: ¿sería aquello posible? Al parecer, sí: ¡estaba corriendo!) hasta ganar el portal de su bloque.

Dentro, en el saloncito de casa, mujer e hijo esperaban para cenar, a la mesa, la inminente llegada del padre; ambos charlaban para recortar el tiempo. Como un rumiar de llaves en la puerta y, al fin, el hombre asomó la cabeza, con una sonrisa franca, esperanzada dibujada en el rostro, con la gruesa montura de sus gafas deslizándosele nariz abajo por culpa de la película de sudor que le había brotado en el rostro a causa de la premura, de la propia alacridad por mirar a su hijo a los ojos. Mientras, al otro lado del salón, sentado frente a su plato aún vacío, el niño, Andresín, miró hacia la puerta con aire indolente, y entonces, algo pensó: «oh, vaya… llega un extraño. Al parecer, tendremos a un extraño a la mesa…».

***

>> Más contenido de Manuel Caballero <<

Imagen ilustrativa

Pinocho >> Técnica mixta sobre panel >> Alias Torlonio

Juan Manuel Caballero Parejo nació en Sevilla (España), el 12 de julio de 1970, aunque se crio en Extremadura. Residió en Madrid entre 1992-2007, donde alternó el trabajo con estudios de cine en la Escuela de Artes Audiovisuales, y de Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado dos libros de relatos (Por de Dentro y Nieve sobre Quantico, Virginia). Publica en revistas como El Coloquio de Los Perros, Almiar, El Espejo, Espacio Fronterizo, El Narratorio o Letralia. El verano pasado fue entrevistado por la revista The Citizen; la entrevista fue publicada en el número correspondiente. Ha firmado ejemplares en algunas Ferias del Libro, como la de Mérida (España). Entre sus influencias literarias se encuentran Ribeyro, Horacio Quiroga, Cheever, Sherwood Anderson o Hemingway. Trabaja en el sector de la Seguridad Privada.

TE PUEDE INTERESAR

Dejar un comentario