TRADUTTORE-TRADITORE

por Antonio Rangel

 Por Antonio Rangel

Ahora que lo pienso, esta historia comenzó una vez que, según Valentina, Dudu usó piyama todo el día. Pensé que quería pedirme un consejo. ¿Yo por qué, Vale? Tú decidiste casarte con un rumano achacoso con tal de quedarte en las Europas y dártelas de mujer de mundo. No recuerdo si me contuve y sólo pensé mi respuesta, lo cual es bastante probable porque por pura dignidad me parece indecente aconsejar a una mujer con quien haya estado empiernado.

TRADUTTORE-TRADITOREEl mentado Dudu Lucescu ha traducido al rumano, ni más ni menos, que a Jaime Sabines y a Eduardo Lizalde y a otros poetas latinoamericanos que no conozco. No sé qué se imaginará de Latinoamérica. Tal vez piensa que nos rescata del olvido; estúpidos europeos eurocéntricos. La verdad es que me caía gordo en ese momento simplemente porque acariciaba por las noches los muslos de Vale, no lo creía capaz a su edad de otra cosa que las caricias. ¿Qué estabas pensando al casarte con un cincuentón, Vale? Pero si tú eres una insaciable: quieres coger hasta tres veces al día, como si no supieras que el semen tarda 24 horas en regenerarse, no mames. Los días que estuvimos juntos no me hacía caso y muchas horas desperdiciamos o invertimos en la improductiva cogedera. Por cierto ni recuerdo exactamente cuánto fue, dos o tres meses, entre agosto y noviembre, o algo así.

Yo iba a empezar a tomar ginseng y esas cosas que llaman bombas sexuales cuando Vale me salió con una beca para irse a Rumania. ¿Y en ese pinche país qué? Mejor vete a Guatemala. Ella me dijo que tendría la oportunidad de actuar junto a Maia Morgenstern y que serían sólo cuatro meses, que Bucarest tiene un hermoso lago y que si no iba entonces para qué había estudiado rumano. Eso, decía yo, ¿para qué? Si a esa vieja ni la conoces y si quieres un lago vete a Chapultepec o al bosque de Tláhuac, monta aquí una obra, quédate conmigo, stand by me, no seas puta.

Lo bueno de que Valentina se fuera es que me puse a escribir todos los días y me metí a estudiar italiano, que no es cualquier cosa, no es una lengua sin prestigio como el rumano. Unas semanas después, por fin me avisaron que publicarían un poemario mío pero de la cabrona ni sus luces. Primero dijo que en lugar de cuatro meses, serían ocho, luego que todo un año y finalmente lo obvio: conocí a una persona. ¿Una persona? Es alguien muy interesante, hace traducciones de poesía en español, le he comentado de ti. ¿Es hombre o mujer? Pues qué iba a ser, si Valentina no aguanta a su propio género ni sus congéneres la soportan. Es de esas mujeres que sólo sostiene relaciones con hombres. Yo no sé para qué pregunté. Me soltó todo el currículo de su Dudu. Valentina, ¿no ves que tiene nombre de perro?, ¿cómo puedes acostarte con ese cabrón? Es muy talentoso y creativo, aunque nunca ha publicado algo suyo, salvo ensayos críticos. ¿Y a mí me dejarás botado? La ingrata intentó darme largas, me quería marear, pero al final me confesó que de hecho ya estaba casada con el pinche Lucescu.

Me olvidé de Vale y de su rumano un buen tiempo. Hasta que un día me la topé en el Facebook y me salió con eso de la piyama; resultaba que el pobrecito traductor rumano estaba en una crisis existencial. Cómo no, con la chingaquedito de Valentina. Me la imagino con ansias de visitar todas las tabernas de Bucarest, mientras el Lucescu lleno de celos traduce a José Emilio Pacheco a la luz de una vela. Eso o algo más moderno. Quizá haga trampa con Google Translate, yo qué sé, realmente no me importa enterarme cómo será el oficio de traductor y eso que Vale convenció a su transilvano de que tradujera mi poemario. ¿Para qué si nadie le va a pagar? Por puro gusto. Qué gusto ni qué nada, me dije, maliciándome que la malvada Vale quería picarle el orgullo comparándolo conmigo, y de paso tenerme a mí, aunque sea a la distancia, igual de idiota por ella.

Así que don Dudu comenzó a hacer un espacio entre las seis horas semanales de cátedra que impartía en la universidad, las traducciones que le encargaban editoriales españolas y la cafetería que administraba, para traducirme a mí, que soy no sólo un poeta más desconocido que el promedio de los poetas más desconocidos de México, sino el tipo que solía vivir con su ahora esposa, Valentina Aguirre. ¿Cómo iba a traducir al rumano los versos que escribí sobre la vagina de su nueva cónyuge?

Entonces, el buen Dudu, en lugar de conformarse con traducirme me asedió por el mundillo entero de las redes sociales. Quería contarme los problemas que tenía con Valentina, sólo que sus problemas eran muy aburridos: cosas de la limpieza de la casa y de las reuniones familiares. Dale una buena zurra cuando se te ponga rejega, le sugerí, por convivir. No sé si lo habrá hecho, pero días después comenzó a contarme que se sentía frustrado por otras causas. Frustrado yo, que ejerzo de terapeuta sin sueldo, le decía, pero el Dudu ni se inmutaba, al contrario, se descosía: me he dado cuenta de que no he dejado huella en ninguna persona, mis familiares, por ejemplo, no comprenden lo que yo hago como traductor ni como profesor universitario, sólo saben que gano bastante poco dinero en comparación con mis dos hermanos que no tuvieron instrucción superior. Tampoco he dejado huella en mis camaradas de cantina, ignoran mis flaquezas, mantengo relaciones demasiado superficiales con ellos. Aun es más doloroso para mí ser consciente de los pocos recuerdos que tienen de mí las mujeres que he conocido. Mira, Dudu, le dije como si fuera mi carnal de toda la vida, tu problema es que escribes como un pinche traductor. Olvídate de la gramática, métele el dedo por el culo a Valentina para que cierre el pico y escribe como se te pegue la gana. Además para qué quieres que te recuerden ni que te vinieras cada vez que alguien se acuerda de ti.

Dudu Lucescu me tomó una extraña confianza. Un día me dijo: me gustaría pensar como un muchacho de tu edad, así que dime, tomaré el consejo que me des, ¿renunciarías tú a un lugar en la universidad cuando te faltaran pocos años para la jubilación? Pues sí, Lucescu, ya estuvo bueno de clasecitas, mejor dedícate a tus propios textos. Y después de cada sesión terapéutica gratuita que nos echábamos por Skype me mandaba en rumano algún poema mío; por supuesto, yo no podía saber si estaba bien traducido.

Cuando sí me preocupé por mi cuate rumano fue el día que Dudu afirmó que la poesía había caído en un pozo. Toda la poesía occidental. Los franceses, los italianos, los ingleses, todos escriben significancias insignificantes. Lo significante insignificante, me explicó, era un concepto suyo para señalar que las intenciones comunicativas no generaban mensajes perdurables. O sea, le decía yo, que tú le das la vuelta a las páginas de todos esos poetas sin que te lata un solo verso. Ni un latido, amigo, ni un latido. Me conmovía que me llamara “amigo”, porque ninguno de mis amigos me dice así. ¡Pinche Lucescu, me estabas pegando lo patético!

¿Qué arte puede ser trascendental si se concentra en pequeñeces sensoriales? Dime un poeta vivo con la altitud vital de Dylan Thomas. Yo ni siquiera sabía a qué se refería con eso de altitud vital, ¿qué podía contestarle? Estoy desconsolado por mi impotencia creadora, insistía el paisano de Drácula. Con que no tengas impotencia sexual, dije yo para joder, sólo que me salió el tiro por la culata. Tampoco es adecuada mi relación con nuestra Valentina: ella queda muy satisfecha sexualmente pero yo no. No me atrevía a decirle que no le creía nada. ¿Valentina satisfecha, si es una infame ninfómana?

Odio traducir, amigo, me voy a retirar por completo de todo, incluso cerraré el café y me dedicaré por entero a la creación, aunque escribiré una novela, el único género que sobrevive de lo que alguna vez fue el arte literario; si bien sobrevive a duras penas dado que las librerías están llenas de mierda autocompasiva, consejerías para dummies e historias de suspenso absurdo. Supongo que en tu país ocurre algo semejante. Sí, Dudu, sí Dudu. Yo francamente le daba el avión, no suelo estar de humor para aguantar amargados.

No puedo, amigo, no puedo avanzar en la novela. Nuestra Valentina me insiste mucho en que no use ropa de cama durante el día y yo sólo pienso en mi novela. Sí, Dudu, sí Dudu. ¿Qué debía decirle? La trama consistía en esto: a un profesor universitario, durante los ochenta, contrario al régimen socialista, le tendían una trampa para acusarlo de acoso sexual, luego iba a prisión y allí conocía un ambiente lleno de sociópatas y transas. ¿Qué le decía yo? Pues escribe, Dudu, échale ganas.

La pérjura Valentina me insistía. Si ya es tu amigo, aconséjalo, que vuelva a sus clases, que reabra el café, que necesitamos dinero, que se ha descuidado mucho, que jamás plancha sus camisas, que pasa hasta una semana sin bañarse, que no escribe ni madres, que tampoco traduce y que para colmo ya no es tan bueno en la cama como antes. ¿Tan bueno? Pues que se le pudra, Valentina, a mí qué. Por principio, ese güey ni es mi amigo. Yo tampoco plancho mis camisas y mis padres no me heredaron un café y para qué chingados quieres que se bañe diario. Ándale, porfa, decía la muy pérfida, y yo ahí iba.

Es duro aceptar que uno no es tan bueno como quisiera serlo, amigo. Ya me di cuenta de que no podré ser nunca un buen novelista. No me conviene engañarme más tiempo. Lo peor es que he comprendido que las demás cosas de la vida no me importan. Valentina cada vez que tiene un orgasmo me dice que tengamos un hijo, pero nada de eso quiero, tal vez ni seguir con ella. Tal vez será mejor no seguir con vida. Carajo, Dudu, no sé qué decirte. Era cierto, no sabía: la pinche Valentina a mí me había dicho que sólo una vez en su vida había tenido un orgasmo, que no me preocupara por eso, que no tenía nada que ver conmigo. Claro que también me preocupé por Dudu. El tipo en el fondo me caía poca madre.

Sólo que ya no quería saber más de Valentina. Uno tiene su ego y no lo quiere destrozado cada mañana. Lamentablemente ya no volví a encontrar al gran Dudu Lucescu, el genial traductor rumano de poesía latinoamericana. De Valentina tampoco supe porque corrió la misma suerte, por así decirlo, que su esposo.

Quiero decir no supe por Skype ni por las otras formas de contacto virtual. Supe por una reseña que apareció en El País: “La creatividad impotente: Una novela ácida de Dudu Lucescu, quien era conocido por su labor como traductor, pero ahora ha sido catapultado a la fama libresca en Europa, gracias a la historia de un poeta atormentado por su incapacidad de complacer sexualmente a su pareja, una actriz que tiene sueños cosmopolitas. La novela además presenta importantes reflexiones sobre los puentes que se pueden trazar entre el género lírico y el narrativo”. No seguí leyendo. Comprendí a la perfección eso de traduttore-traditore.

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3 comentarios

Paz 09/06/2015 - 22:11

bunisima! me encanto.

Raquel Rangel 10/06/2015 - 10:15

Muy interesante e ingenioso

rosa 30/06/2015 - 19:55

en el audio empezaba con una voz de terror y algo del infierno de Dante y que bien que no están en el texto pues no me parecían de la voz del autor , él tendría que haber puesto algo como “desde la chingada … ”
o algo asi

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