SOPA DE RABO VERDE

por Héctor Vargas

Con el pasar de los años la cotidianidad ganó a mis expectativas de vejez. El exterior a las afueras de mi vivienda, que era mi enclaustro en la jubilación, se existía sin importancia. Los días de la semana transcurrían siendo el mismo; supuse que era la edad. Mi apatía hizo meya en lo que solicitaba mi presencia. El polvo y la humedad ganaron terreno en todo sitio y al interior de mi mente, en los recuerdos que antes me conformaban. Quienes más sufrieron y emularon mi condición fueros los árboles y vegetación del jardín, al que por mucho tiempo cuidara con esmero. Sus hojas, ahora anémicas y sin intención, no me daban goce para alimentar su espíritu y, junto con el mío, decayeron con los días, a expensas de la monotonía.

Nada aliviaba la pérdida de vitalidad, y no fui del tipo que se saben con el ímpetu contenido, del mucho por hacer, pero limitados por la edad, como otros. Temía morir solitario, eso sí, así que viendo que lo que en algún tiempo me exigiera cuidados sufría a consecuencia de mi desánimo, decidí poner en práctica una rutina que levantara, si no a mi espíritu fallido, sí al del jardín de alma verde al que comencé a compadecer. Cada mañana iniciaba el recorrido dedicándole atención sin quejarme, viendo como retribuía a entregarme sus frutos. Quizá esperaba que al salvarlo, salvara, también, una parte de mí.

Un día, de los parecidos a cualquiera, llamaron a mi puerta. Era una joven de cabello suelto y de poco cuidado. Su cara, aunque sin maquillaje, era hermosa y brillaba como el sol. Dijo haber visto la fachada que sobresalía por el enrejado, al interior del jardín, donde los arcos y celosías tupían en vegetación, y decidió conocerlo de cerca. Parece la entrada a un edén por descubrir, agregó, y pidió permiso para un recorrido. Abrí la reja que daba al frontis, para que sintiera seguridad al no cruzara por mi casa, y la dejé sola en la tranquilidad que la naturaleza otorga cuando se le contempla. En ella, su alegría era natural, se detenía a descubrir los aromas en cada flor o hierba, tomando un bocado de algún fruto, polinizando con sus propias manos a otras flores, como si ésa fuera su condición. Yo la seguí por el ventanal, cubriéndome en la opacidad de las habitaciones.

Si existiera la naturaleza en forma de mujer, diría que era ella. Aquel día le propuse que volviera al jardín cuando quisiera y que dispusiera de sus frutos, y así lo hizo. Llegaba de sorpresa, vistiendo diferente en cada visita, como las hortensias, que dependiendo de las condiciones varían en color. Yo conté cientos de ella, y todas eran hermosas como ella misma. Con sus cuidados, el jardín ganó en ánimo. Las ramas comenzaron a ser podadas y retiradas de sus hojas secas, y, como de alguna manera estamos mimetizados, lo mismo sucedió en mi persona. Corté mi cabello y lo teñí para ocultar la vejez. Animosamente, en una de las ocasiones, levantó un par de poros, miró a la ventana donde era espiada, y gritó: ¡Hemos logrado nuevas hortalizas! Me sentí apenado al ser descubierto, y me oculté tras la cortina, sin dar respuesta.

Así fue como el ánimo regresó a mi existencia, confiándome a la sed de amor. Los días volvieron a tener nombre y variaban entre ansiedad o agrado, dependiendo de si el jardín era visitado por ella o no. En su ausencia levanté el cobertizo de madera que daba al parterre, renovando el moblaje y dejándolo dispuesto para convivir. Un día que las caléndulas estaban en su apogeo, mientras ella deambulaba el jardín, realicé el mejor de mis guisos y la invité al cobertizo a disfrutar de lo preparado. Se sorprendió al ver aquel espacio renovado y pareció disfrutarlo. Al terminar, le confié mi sentir. A lo que ella se sonrojó. No se confunda, me dijo, el amor es como una planta condicionada a cuidarse entre dos. Pero si quiere saber lo que opino, en la próxima visita la preparación de los alimentos correrá por mi cuenta, dijo segura.

El tiempo parecía trascurrir lento en su ausencia, pero al final, como al invierno le continúa la primavera, a mi intranquilidad le llegó su hora. Para mi sorpresa, vino con las manos vacías. Fue y vino entre el jardín que esperaba tan confundido, como yo. Tomó unos poros de aquí, unas papas de allá, hojas de olor; lo necesario para la preparación. Su energía era sorprendente. La cacerola hirvió, ingresó los ingredientes, aguardó a la espera. El aroma era exquisito: olía a juventud. Sobre la mesa dispuso dos platos hondos. Al servir vi que del poro había utilizado solamente el rabo, sobresaliendo por el color verde de sus hojas. Al notarlo, no tuve cara para enfrentarla, con la cabeza baja di el primer sorbo. Debía saber bueno al gusto, pero mi paladar viejo se había vuelto lábil para un sabor tan intenso. Si la sopa era la respuesta a mi propuesta de amor, el mensaje era directo, con tanto polvo, humedad y sedentarismo, me había convertido en un viejo rabo verde.

FIN

IMAGEN

La flor de la alquimia >> Óleo sobre triplay,  1947-1948 >> Manuel González Serrano (Lagos de moreno, Jalisco, 14 de junio de 1917 – 17 de enero de 1960).

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