Las prisas no ayudaban a que la urgencia se aliviase, más bien al contrario. Debía llegar a casa lo antes posible para relevar a su marido, que tenía que asistir a una reunión importante. El tráfico estaba rabioso, un tanto desordenado, de modo que su vehículo pasaba varado más tiempo que en movimiento. Por momentos, se imaginó sumida en una de esas calles de la India. El calor de agosto acompasaba bien la ensoñación.

Alguien en la tienda de bombones tuvo la idea de colocar en la puerta como reclamo al sobrino de una amiga, que daba el tipo y, de paso, se ganaría unos euros. Cuando el chico llegó, le colocaron una camiseta negruzca, del color del chocolate puro. Luego tenía que levantársela del abdomen y taparse con esa parte frontal la cabeza, de manera que su gorda y flácida barriga quedase al aire y la cabeza, tapada. Después de hacerlo, una de las empleadas pintó sobre su panza unos grandes ojos y una boca sonriente, además de dos puntos que hacían las veces de orificios nasales. Sobre la cabeza tapada del joven, por fin, le colocaron un cartelito de publicidad de una marca de bombones. Es verdad que la inteligencia detrás de la estrategia publicitaria tal vez escaseó, habida cuenta de que poner a un niño gordo a anunciar bombones no parecía lo más apropiado en aquellos tiempos (todavía cercanos, en realidad, al menos en eso, el tiempo: digamos que entonces no rebullían en la entraña de los días esa sensación de extrañeza), pero nadie dijo que la dueña de la chocolatería, ni tampoco ninguna de sus dos empleadas, fueran expertas en los entresijos del márquetin. Como fuera, el trabajo del niño consistía en permanecer junto a la puerta del pequeño negocio, quieto y sin poder ver un pijo.

Cuando la conductora llegó a la altura de la tienda de bombones, el tráfico se paró otra vez por culpa de un maldito semáforo, y para placar los nervios miró a su alrededor: a los caminantes en las aceras, a las tiendas, a la chocolatería y, de pronto, a la cosa esa que había junto a su puerta. Sintió entonces un repentino estupor y notó como que se le detuvo el flujo interno de sangre. Tal vez los nervios del tráfico, en combinación con la prisa, fue lo que la predispuso, pero el caso es que la visión de aquello, de esa especie de cara bípeda y enorme, con esas manitas regordetas que le salían de la parte de la cabeza, que se movía apenas un paso adelante y otro atrás, la introdujo de golpe en un mundo extraño que enseguida reconoció. No sabía si existían técnicas para evitar su aparición en momentos de especial estrés, pero ya era tarde de todas formas, porque aquella aparición inesperada y completamente ilógica la había sumido bruscamente en un episodio de desrealización, de efecto campana del que no se veía capaz de salir de momento, tampoco cuando el tráfico reanudó la lenta marcha.

Dadas las circunstancias y a pesar de su estado, aprovechó la oportunidad y tomó una rotonda que le salió al paso, que la desviaba a la carretera de circunvalación. Era la primera vez que tomaba aquella desviación en concreto, pero le pareció la mejor opción para ganar tiempo. Todo esto lo pensaba y lo ejecutaba como desde dentro de un acuario, como si los coches de alrededor no fueran del todo reales o no discurriesen por su mismo medio. Quizá, pudo pensar, lo más cabal hubiera sido continuar por el trayecto de siempre, estando como estaba. Pero lo cierto es que tenía prisa de verdad, por lo de que su marido se tenía que ir con verdadera urgencia. Porque si eso salía mal y se retrasaba en su reunión, igual daba al traste con todo el resto del plan. El plan empezaba por que su esposo cuidase del bebé, de apenas dos meses, mientras ella regresaba. Pero luego seguía con lo de la pequeña celebración de su primer aniversario de boda, que caía ese día. En un principio, un par de semanas atrás, habían pensado en salir a cenar por ahí para festejarlo, pero al final resultó que el día del aniversario les había salido ajetreado y no tuvieron más remedio que renunciar a la íntima conmemoración. Al final, mira tú, iba a resultar más íntima todavía: resolvieron celebrarla en casa, al final del día, con una copa de champán y una buena película. Pero aún hubo una vuelta de tuerca más: se dijeron que un primer aniversario no era poca cosa, que era símbolo de que su relación quedaba afianzada también como matrimonio; que, además, al año había que añadirle el buen rumbo del trabajo y, por si fuera poco, el nacimiento de su hija, nada menos. Lo harían, por tanto, a lo grande, pero en pequeñito. Y cuando ella llegase a casa, el pavo que él había encargado estaría allí, junto con la botella de champán. Quizá ahora se arrepentía un poco de lo del pavo, dado que no acababa de sacarse de encima el puñetero semionirismo ese, provocado por la visión de la cabeza gigante. Pero ya era tarde; y mira que él le insistió: «Compremos el pavo ya asado, mujer, que no es cuestión de que te tires toda la tarde cocinando; ya tienes bastante lío fuera de casa…». Pero ella, hala, se empecinó en preparar el pavo porque, aunque no fuera mujer de casa, era lo único que un día aprendió a preparar, siendo muy joven, enseñada por su madre. Y le había asaltado ese reto personal de preparar el pavo con el punto que su madre lograba darle, que desde entonces era también el suyo, y que tiene su truco: meter el pavo en el horno precalentado, durante quince minutos, antes de embadurnarlo con la salsa de especias que, por lo demás, debía ser leve, porque en su casa nunca fueron de comer muy sabroso y preferían aderezar después este tipo de carnes con simple jugo de limón natural. Aunque pareciera sencillo, esa forma de preparar el pavo tenía su toque, y ella sabía dárselo.

Enseguida, pues, pensó que no se arrepentía de nada, en realidad; que el día iba según lo previsto aunque llegase a casa diez minutos más tarde, que no deja de ser una tardanza asumible para todo el mundo. Sabía también que esa cosa de la desrealización se le pasaría pronto, y que, además, ni siquiera tendría que trabajar mucho, porque el pavo era pequeño, de no más de cuatro kilos; y aun así, tendrían para el día siguiente. Ella no solo sentía como una herencia esa forma de preparar el pavo (por más que su madre estuviese muy viva), sino que le parecía muy sano revisitar de vez en cuando instancias del cerebro que tenía en desuso, como la de enfrentarse a una cocina con todas las de la ley, y no solo para freír un huevo o cortar una lechuga. De paso, le demostraría a su marido esa faceta casi desconocida en ella, la de cocinera. Aunque solo fuera cocinera de pavos.

Cuando llegó a casa, el marido se marchó pitando: «muac, muac, te quiero cariño, hasta esta noche». La voz de su esposo le sonó como si saliera de dentro de un pozo. Mientras se desplazaba hacia la habitación de la niñita, se asomó un momento a la cocina: allí estaba el pavo, sobre la encimera, tal y como le había dicho a su marido. Nada de meterlo en el frigorífico, hombre, si en cuanto ella llegase iba directo al horno. Todo esto lo iba pensando a pesar de los extraños rodeos de la realidad de fuera, que seguían haciendo de las suyas, enrareciéndolo todo, estirándole el tiempo o algo por el estilo. Luego entró en la habitación de su hija, su razón de ser desde el momento mismo en que la parió. Estaba dormida en su cuna, su padre hizo un buen trabajo dándole de comer a su hora. Salió otra vez al pasillo para ganar el salón y hacer lo que sabía que tenía que hacer desde que entró por la puerta: tumbarse unos minutos en el sofá y relajarse por fin, hasta que aquello se le pasara. No era la primera vez que le ocurría, ni mucho menos, pero nunca antes había sido tan recalcitrante. Claro que tampoco le había coincidido en un momento de tanto trajín. Cerraría los ojos un rato a ver si se le quitaba de una vez y podía volver a tener contacto directo con el mundo, esperando que el recuerdo, mientras cerraba los ojos, no le trajese de nuevo aquella maldita cabeza gigante de la chocolatería.

Mientras reposaba alternando los ojos cerrados con abiertos para ver cómo evolucionaba su estado, pudo comprobar que mejoraba. Menos mal, pensó, por un momento creí que se iba a hacer crónico. Entonces un enorme ruido de frenazo sonó en la calle, lo que le hizo dar un bote en el sofá. No se trató de un frenazo cualquiera, sino de algo gigantesco, como si una recua de elefantes callera entera por un acantilado. Se levantó agitada del sofá y se asomó a la ventana. Un autobús urbano había frenado en seco, justo delante de su casa, para no atropellar a un tipo que cruzaba la calle por un lugar inadecuado. El hombre casi atropellado paseaba con uno de esos perros shar pei, esa raza china con la cara arrugada por exceso de piel. Cuando vio la escena (el conductor gritando como un endemoniado, los pasajeros tratando de recomponerse por el topetazo con el asiento de delante, el dueño del can tratando de huir con su pellejudo compañero de la escena de su dislate), notó que su crisis disociativa se reactivaba, tesitura que no solo quedó bien anclada sino que empeoró cuando se le ocurrió mirar al perro mientras trotaba, pues no en vano pasó frente a su puerta mientras se escabullía de aquel lugar junto a su dueño: ¿qué clase de animal era ese?, parecía incomprensible a toda lógica, con todos esos pellejos penduleando en su papada mientras la bestezuela trotaba. Como todo había sucedido delante de su casa (¿era esa su casa, no?), volvió a mirar al hombre del autobús asomado a la ventanilla: su reprimenda, que seguía a su mirada que a su vez seguía al hombre que llevaba a aquel monstruo amarrado en su huida, sonaba embozada y más lenta que lo que venía siendo el discurrir del tiempo de toda la vida. Y los pasajeros de dentro, algunos, miraban hacia el exterior, pero sus rostros le parecieron cruzados por un ondulante flujo proveniente de alguna profundidad líquida y tenebrosa.

Dándose media vuelta, se apoyó un momento en el respaldo del sofá y cerró los ojos. No era momento de descansar más, tenía que activarse. Hizo un movimiento de asentimiento con la cabeza, una especie de reafirmación; los volvió a abrir y se introdujo en el pasillo en dirección a la cocina; entró en ella, pero se detuvo nada más hacerlo y volvió a asomarse al pasillo con expresión confusa; miró hacia el cuarto del bebé, que estaba situado al final del pasillo, y entró en él. Se acercó a la cuna de la pequeña, que seguía dormida como un tronco, y miró su inmaculado rostro como solo una madre puede mirar a su bebé, sumido su cerebro en el lecho de oxitocina a pesar del olor de las deposiciones tiernas de la niña, que debía de haber defecado en el ínterin en que ella estaba tumbada en el sofá; el olor le provocaba un achinamiento de la mirada que se entreveraba con su sonrisa de madre realizada. Del armarito de la misma habitación cogió los pañales y demás utensilios para cambiar al bebé y la tomó tiernamente, llevándola hasta la cama del dormitorio conyugal, donde contaba con más espacio para maniobrar. Pero la cama estaba llena de carpetas y documentos de su marido y creyó más fácil cambiarla sobre la mesa que había en la cocina: solo era preciso abrir la ventana para airearla mientras lo hacía y, tal vez, durante otro rato después.

Decaía la tarde cuando el marido regresó. Nada más entrar en casa lo primero que lo recibió fue el olor dulzón del pavo. No recordaba que el pavo asado oliera así, aunque, a decir verdad, tampoco si alguna vez había estado tan expuesto a las emanaciones directas de un pavo al horno. ¡Qué demonios!, ni siquiera se acordaba de si había comido pavo asado alguna vez, aunque daba por hecho que sí. Como fuera, el caso es que el olor era aún más extasiante de lo que cabía esperar, y notó cómo empezó a salivar. Le extrañó no escuchar a su mujer, tal vez estaba en el baño. Dejó atrás el recibidor y entró en el salón; y fue allí que descubrió a su mujer, dormida en el sofá. Se quedó mirándola mientras se quitaba la chaqueta, y sonrió. Tenía que despertarla, claro, tenían mucho que celebrar; se alegró de que su mujer se hubiera echado un rato; había tenido un día duro y seguro que estaría más fresca para lo que tenían previsto hacer. En cuanto a él, estaba cansado, sí, pero la perspectiva que tenía por delante le mantenía firme y feliz, y el hambre que le había despertado el olor de aquel pavo contribuía a espabilarlo, vaya que sí. Por si fuera poco, se las había arreglado para no tener que ir a trabajar por la mañana temprano. Dudó si despertar a su mujer con un beso en la frente o suaves cosquillas en los pies. Antes, eso sí, iría a ver al bebé, cuyo silencio significaba que su esposa le habría dado de comer no hacía mucho. Se congratuló de la suerte que habían tenido incluso en eso: su niña, además de preciosa, no daba mucha tabarra.

Antes de entrar en la habitación de la pequeña pasó junto a la puerta de la cocina y el olor del pavo le hizo sentir un pinchazo en las glándulas salivares. Su esposa se quedó corta con lo de que tenía que ser ella quien preparase aquel pavo, y le pareció eterno el momento de empezar a hincarle el diente a semejante delicia. Pero lo primero era ver a su bebé, y ya en la habitación de la niña se esmeró en no hacer ruido para no despertarla. Se acercó a la cuna con una sonrisa babeante que mezclaba los dos estímulos principales que en ese momento lo guiaban; la luz, que todavía entraba por la ventana de la pequeña habitación, haría posible verla sin necesidad de encender la lámpara y así no correr el riesgo de despertar a su niñita. Y, ciertamente, pudo ver sin dificultad, o eso creyó en primera instancia; solo que al mirar al interior de la cuna, su rostro quedó demudado. Decidió, ahora sí, encender la luz de la habitación para poder ver con toda claridad y deshacer aquella visión estúpida que sus ojos le habían brindado. Pero no, no se había equivocado en su primera impresión. El pavo, totalmente crudo, reposaba allí, en aquella cuna mullida, su particular sueño de los justos.

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Juan Manuel Caballero Parejo nació en Sevilla (España), el 12 de julio de 1970, aunque se crio en Extremadura. Residió en Madrid entre 1992-2007, donde alternó el trabajo con estudios de cine en la Escuela de Artes Audiovisuales, y de Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado dos libros de relatos (Por de Dentro y Nieve sobre Quantico, Virginia). Publica en revistas como El Coloquio de Los Perros, Almiar, El Espejo, Espacio Fronterizo, El Narratorio o Letralia. El verano pasado fue entrevistado por la revista The Citizen; la entrevista fue publicada en el número correspondiente. Ha firmado ejemplares en algunas Ferias del Libro, como la de Mérida (España). Entre sus influencias literarias se encuentran Ribeyro, Horacio Quiroga, Cheever, Sherwood Anderson o Hemingway. Trabaja en el sector de la Seguridad Privada.

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