ORIGEN DIVINO

por Alberto Navia

Por Alberto Navia

“En el principio era el verbo. […] y el verbo fue hecho hombre” nos dice Yohanan “el bien-amado” pero se olvidó de especificar qué verbo era aquel que había encarnado. ¿Sería el verbo ser o el verbo hacer? ¿Es por eso que se “hizo”? ¿O qué verbo fue el elegido para tornarse en hombre? La incorregible necedad de lo críptico, de volver las cosas oscuras hace las cosas innecesariamente confusas, ¡carajo!, y terminamos como siempre o como casi siempre con un palmo de narices. Es así, supongo, que el misterio entra en nuestra existencia y, puesorigen divino nada, que durante siglos se pensó que el verbo que se había vuelto hombre era ser, pero ser divino y así algunos abusadillos se pusieron por enfrente y nos contaron el cuento de que eran “ser divino” más “ser divino” que los demás o por lo menos el “ser preferido del Divino” que podía hacerla de portavoz entre la divinidad y el popolo. Así, comenzaron a ordenar la vida de los demás y a amenazarlos con castigos provenientes de la tal divinidad que les otorgaba el poder de juzgar los actos de los demás y que, además, respaldaba sus decisiones. Así, la voz de unos cuantos vivillos se volvió ley, ley divina. El pensamiento autónomo se volvió, entonces, un acto peligroso y aquellos que se atrevían a levantar su voz para restar poder a la Divinidad y sus achichincles humanos se volvieron asado público, tal como aquel libre-pensador napolitano: Giordano Bruno, que se atrevió a colocar al Sol como uno más de la generalidad del conglomerado celeste o sea que no era algo superespecial creado por la Divinidad y, si no había tal Divinidad, entonces tampoco tenían por qué existir hombres de naturaleza especial. Peligrosos pensamientos, definitivamente.

La hegemonía del imperio del verbo ser (ser el consentido de la divinidad en turno o ser el designado para gobernar la vida de sus prójimos) duró demasiado tiempo: desde las primeras civilizaciones humanas hasta principios del siglo XX ¿¡Increíble, verdad!? Pero lo más inverosímil es que en la actualidad aún existen pueblos sometidos a un ser privilegiado por derecho divino —y no estoy hablando de los gobernantes de los países latinoamericanos—. Castas con “derecho de sangre”, esto es, nacidos superiores al resto de sus congéneres. Veamos cuales son algunos de esos personajes que en la actualidad ostentan un “poder superior”: Isabel II, Reina del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y soberana de los Reinos de la Mancomunidad de Naciones; Felipe VI, Rey de España; Enrique, Gran duque de Luxemburgo; Alberto II, Príncipe soberano de Mónaco; Margarita II, Reina de Dinamarca; Akihito, Emperador de Japón; Abdalá II, Rey de Jordania; Qabus bin Said al Said, Sultán de Omán; Salmán bin Abdulaziz, Rey de Arabia Saudita y continúa, desafortunadamente, un largo etcétera de seres nobilísimos con tratos propios de la Edad Media: “Su Majestad”, “Su Excelencia”.

Las ideas darwineanas que nos dieron a todos los habitantes de esta nave azul interplanetaria un único ancestro común emigrado a la tierra continental desde el limo marino y, por lo tanto, los mismos derechos de vida a cada uno de los integrantes de la especie humana no han permeado lo suficiente y han sido relegadas, convenientemente, a una mera discusión científico-teológica. No hemos comprendido aún la vital importancia de tal descubrimiento maravillosamente revolucionario y democrático. Basándonos en él podríamos derogar o por lo menos discutir los privilegios absurdos y abusivos de las castas de sangre azul, pero no ha sucedido nada. Después de más de 150 años de la primera edición de El origen de las especies mediante la selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida (más conocido como El origen de las especies) de Charles Darwin seguimos aceptando la imposición del origen divino de la superioridad de algunos hombres. Algo para reflexionar ¿verdad?


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