LITERATURA Y AJEDREZ

por Nidya Areli Díaz

Según el Diccionario de la Real Academia Española, el ajedrez es un “juego de mesa entre dos personas que se practica sobre un damero en que se disponen las 16 piezas de cada jugador, desiguales en importancia y valor, que se desplazan y comen las del contrario según ciertas reglas”. Así, con esta escueta definición, con la que, seguramente, los amantes, aficionados y practicantes asiduos no estarán del todo de acuerdo, dado el universo que supone dicho “juego de mesa”, y que va mucho más allá de la práctica abstracción, comenzaremos este modesto ensayo y, haciendo un intento por ahondar un poco más, podemos también asomarnos someramente a esas “ciertas reglas” a las que se aduce. En este tenor, la Federación Internacional de Ajedrez, consigna en su manual Leyes del ajedrez de la FIDE, de manera harto pormenorizada, tales reglas de juego, que apelan, como en la vida, a los recursos y límites de los jugadores para ganar una partida. En su primer artículo, señala “Sobre la naturaleza y los objetivos de la partida de ajedrez”:

1.1. La partida de ajedrez se juega entre dos adversarios que mueven alternativamente sus propias piezas sobre un tablero cuadrado, llamado “tablero de ajedrez”.

1.2. El jugador con las piezas claras (el Blanco) realiza el primer movimiento, y posteriormente los jugadores mueven alternativamente, con lo que el jugador con las piezas oscuras (el Negro) realiza el siguiente movimiento.

1.3. Se dice que un jugador “está en juego” cuando se ha realizado el movimiento de su adversario.

1.4. El objetivo de cada jugador es situar al rey de su adversario “bajo ataque”, de tal forma que el adversario no disponga de ningún movimiento legal.

1.4.1. Del jugador que alcanza este objetivo se dice que ha dado “mate” al rey de su adversario y que ha ganado la partida. No está permitido dejar el propio rey bajo ataque, ni exponerlo al ataque ni capturar el rey del oponente.

1.4.2. El adversario, cuyo rey ha recibido mate, pierde la partida.

1.5. Si la posición es tal que ninguno de los jugadores puede dar mate, la partida es tablas (1).

Luego, en los subsiguientes artículos, la FIDE se encarga también de abordar los pormenores de: “La posición de las piezas sobre el tablero”, “El movimiento de las piezas”, “La acción de mover las piezas”, “La finalización de la partida”, “El reloj de ajedrez”, “Irregularidades”, “La anotación de los movimientos”, “La partida de tablas”, “Puntuación” y “El papel del árbitro”. De esta suerte, podemos plantearnos ahora, ¿para abarcar el universo del ajedrez con sus arcanos será suficiente con saber que es un “juego de mesa” y tener algún avistamiento de las reglas que se siguen para jugarlo? Algunos de sus fieles amantes seguirán pensando que no, puesto que también sería necesario mencionar la ingente habilidad necesaria para crear estrategias adecuadas; la inteligencia implicada en los buenos enfrentamientos; la memorización y habilidad necesarias para manejar las leyes a modo; la entrega requerida y el tiempo invertido que son menesteres para lograr el dominio de estas leyes y la maestría en el desempeño para ser un jugador medianamente decente.

Habría además que añadir el toque de adicción que provoca tan complejo mecanismo, como un juego diseñado únicamente para las mentes comprometidas, brillantes y estrategas…, y en fin, habría también que mencionar los torneos de ajedrez alrededor del mundo, la comunidad ajedrecística cubriendo todo el orbe, sin distinción casi de clases sociales, pues lo mismo lo juegan y han jugado reyes que obreros, y es en la mesa, frente al tablero, donde se miden por igual, teniendo el mismo poder cada contrincante sobre sus piezas, blancas o negras, de los más diversos materiales, como madera, marfil, vidrio, metales varios, piedra y hasta donde la imaginación pueda abarcar. También, por supuesto, habría que mencionar la belleza, el halo mágico y estético, que encierra el tablero con sus piezas por sí mismo; todo un reto de maestría para toda clase de hacedores de maravillas —recuerdo ahora haber visto hermosos tableros de ónix, obsidiana y sílice en Teotihuacán, por allá hace algunos años, admirándonos mi querido Iván y yo de la maravilla y la creatividad de los artesanos.

Luego entonces, habría también que remontarse al origen hindú y al significado de este juego de mesa magistral, hermoso y estratégico, pues en él se encarna indisolublemente la escenificación de la guerra. Al respecto, el Diccionario de símbolos de Jean Chevalier explica:

El simbolismo de este juego originario de la India forma parte manifiestamente del relativo a la estrategia guerrera —incluso literalmente hablando— y se aplica, como también el relato del Bhagavad Gita, a la casta de los kshatriyas. Se desarrolla allí́ un combate entre piezas negras y piezas blancas, entre la sombra y la luz, entre los titanes (asura) y los dioses (deva). El juego de tablillas entre el rey Wu-yi y el Cielo era un combate entre el búho y el faisán: la baza de la batalla es, en todos los casos, la supremacía sobre el mundo.

El arcidriche es una figura del mundo manifestado, tejido de sombra y de luz, alternando y equilibrando el yin y el yang. En su forma elemental es el manda/a cuaternario simple, símbolo de Shiva transformador, equivalente también del yin-yang chino. El arcidriche normal tiene 64 escaques o casillas (64 =cifra de la realización de la unidad cósmica), es el Vastupurushamandala, que sirve de esquema para la construcción de los templos, para la fijación de los ritmos universales, para la cristalización de los ciclos cósmicos. El tablero es pues «el campo de acción de las fuerzas cósmicas» (Burckhardt), campo que es el de la tierra (cuadrado), limitado a sus cuatro orientes. Por supuesto, siendo el mandala el símbolo de la existencia, el aludido combate de tendencias se puede transponer al interior del hombre.

Como se ve, es un juego muy antiguo que a través de los siglos ha seducido a propios y a extraños; según el mismo Chevalier, en sus inicios estaba sólo destinado a reyes y personajes de alto linaje. Sin embargo, con el correr de los siglos otros muchos en el orbe cayeron rendidos a sus misterios y encantos: en el ajedrez, todos podemos ser reyes, dueños de un imperio propio, pero a condición de estar en guerra y de defender precisamente el reino que nos toca mandar; el negro o el blanco. Los escritores no han sido ajenos a esta fascinación, y así nos encontramos con incontables nombres quizá imposibles de rastrear a lo largo y ancho del mundo, siglo tras siglo y época tras época. Así, Christian Díaz Peña en su tesina El ajedrez y sus múltiples posibilidades en la literatura, enumera a unos cuantos:

Ahora bien, la lista de poetas y narradores que han recurrido al ajedrez en sus textos es extensísima e inabarcable. Dentro del primer grupo destacan autores como Dante, T.S Eliot, Ezra Pound, Mayakovsky o Borges. Por otro lado, la narrativa se hace presente con nombres como Stefan Zweig, Vladimir Nabokov, Fiodor Dostoievki, Miguel de Unamuno, William Faulkner, Vicente Leñero o Lewis Carroll (2).

Por su parte, Fernando Gómez Redondo, realiza un artículo en torno a la pasión de Pío Baroja (1872-1956) (de quien por cierto ahora estoy, encantada, leyendo El laberinto de la sirenas [1923]) y Rafael Urbano (1870-1924), escritores e intelectuales de la llamada generación del 98 —movimiento literario español por todos conocido—, y en él señala y festeja la rivalidad contertulia de tablero que sostuvieron estos dos monstruos de la producción literaria en su época, así como algunos de los motivos ajedrecísticos que más tarde habrían de plasmar en sus respectivas obras. Luego, cita a Pío para señalar que Urbano parecía siempre llevar la delantera:

Urbano me había impulsado a mí a jugar al ajedrez, y me ganaba de todas las maneras. Me daba de ventaja una torre, después dos torres, luego las torres y los alfiles, y siempre me ganaba. Unía a la victoria algunos comentarios irónicos. Yo me iba amoscando. Evidentemente, no tenía condiciones para el juego del ajedrez (3).

Del mismo modo, Manuel Azuaga se ocupa de tratar la pasión por el ajedrez de Vladimir Navokob (4), el indiscutiblemente maravilloso escritor ruso, autor de la novela Lolita (1955), luego vuelta película en 1962 con dirección de Stanley Kubrick, y en 1997 con dirección de Adrian Lyne. Pero volviendo al ajedrez, Navokob además de escribir Lolita, también dejó testimonio de su pasión ajedrecística en su novela La defensa (1930), que trata de las aventuras, cuitas, fortunas e infortunios de un ajedrecista llamado Luzhim. Dice Azuaga: “es cuestión de criterio y por tanto opinable, pero quizás estemos ante la obra maestra de la literatura del noble juego”. La novela, señala Azuaga, fue adaptada al cine con el nombre de La defensa Luzhin, en el 2000, bajo la dirección de Marleen Gorris, pero, a juicio del articulista no fue un trabajo muy bueno. Yo, personalmente no he leído el libro, así que habrá que agregarlo a la lista de pendientes. De Navokob y el ajedrez, también se puede decir que solía jugar con su esposa Vera Slónim y que participó en la película documental La fiebre del ajedrez (1925), dirigida por Vsevold Pudovkin y Nikolai Shpikovsky; “En el film participan jugadores tan fuertes como Capablanca, Marshall, Reti, Grunfel o el mexicano Carlos Torre”.

Finalmente, Sergio Ernesto Negri, historiador de la FIDE, refiere que nuestro genio originario de Ciudad Guzmán, autodidacta, apenas con la escuela primaria terminada por todo estudio formal, vendedor ambulante en bicicleta, panadero, periodista, burócrata, catedrático de la UNAM, etc., etc., Juan José Arreola (1918-2001), además de practicar apasionadamente el ajedrez, sería un gran promotor del juego a lo largo de los años, al grado de fundar instituciones para su cobijo y de llegar a ser presidente de la Federación Nacional de Ajedrez de México (FENAMAC). Con todo, cita Negri a Arreola:

El ajedrez me ha significado un dolor muy grande original: el dolor de que mi padre, un hombre ejemplar que realizó con mi madre uno de los pocos matrimonios verdaderamente increíbles que yo he visto en mi vida, no me haya enseñado a jugar al ajedrez. Él lo jugaba, y por no sé qué misterio inconcebible jamás nos enseñó a mi hermano y a mí. Yo sería un hombre feliz y no tendría ningún problema literario, ni moral, ni amoroso, si hubiera llegado a ser un gran ajedrecista. Y no lo pude ser porque aprendí a jugar muy tarde, a los veintidós años (5).

Y asimismo, afirma Negri que Arreola reconocerá que “no le ha dedicado a la literatura ni la milésima parte del tiempo que le ha dedicado al ajedrez”, puesto que se puso a su práctica todos los días a partir de aprenderlo, y en fin, Negri cuenta los ires y venires del escritor mexicano en su alocado apasionamiento por el juego de los reyes.

El ajedrez así, tomado por los escritores, parece influir fuertemente en sus desarrollos creativos, toda vez que no sólo le dedican horas, días, ingenios y letras, sino que además constantemente lo utilizan como metáfora de otros temas. Christian Peña refiere al respecto:

[…] existen tres tratamientos principales del ajedrez dentro de la obra literaria, cada una con sus características especificas. El primer tratamiento tiene un enfoque más especulativo, en donde el ajedrez es un accesorio o agregado de la composición artística que busca otorgarle cierto aire de intelectualidad al ambiente, al tono, o a algún personaje que se destaca por habilidades analíticas o resolutivas. El segundo tratamiento es mucho más alegórico y representativo, puesto que relaciona al ajedrez como un elemento que puede tener múltiples lecturas, y abunda en comparaciones entre los elementos propios del juego y el amor, la guerra, la política, o las relaciones humanas. El tercer tratamiento es el más complejo de todos, pues busca plasmar las dificultades del ajedrez dentro de la obra literaria al volverse el tema fundamental de ella, adoptando el lenguaje del juego y reflexionando literariamente sobre el mismo y todo aquello que lo rodea. Asimismo, en esta ultima clasificación se podría observar el constante cruce o solapamiento del sistema ajedrecístico y literario a través del juego de las decisiones, lo cual complejiza la estructura narrativa de la obra, por lo que se vuelve necesario algún conocimiento del ajedrez para lograr acceder a los mensajes signados en los fragmentos” (6).

En el ámbito de la poesía, me vienen tres poemas ya clásicos con temáticas y títulos de ajedrez que más bien canalizan otros tópicos, y los comparto aquí como aportación. El primero de ellos, de la mexicana Rosario Castellanos (1925-1974), muestra al juego como una guerra que a su vez metaforiza al amor; esto es, el amor visto como guerra entre dos contrarios, puestos lo mismo sobre un tablero que sobre un campo de batalla o a la venia de la vida misma, donde algunas veces se pierde y otras tantas se gana.

Ajedrez

(Rosario Castellanos)

 

Porque éramos amigos y a ratos, nos

amábamos;

quizá para añadir otro interés

a los muchos que ya nos obligaban

decidimos jugar juegos de inteligencia.

 

Pusimos un tablero enfrente

equitativo en piezas, en valores,

en posibilidad de movimientos.

 

Aprendimos las reglas, les juramos respeto

y empezó la partida.

 

Henos aquí hace un siglo, sentados,

meditando encarnizadamente

como dar el zarpazo último que aniquile

de modo inapelable y, para siempre, al otro.

El segundo, del argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), como una metáfora del tiempo que se lleva la vida sin remisión, donde los jugadores (seres humanos) somos dejados, puestos sobre el tablero de la vida, con ciertos recursos, limitados unas veces y otras mejor dotados, donde habremos de jugar nuestras batallas; esto es, la vida como una lucha.

Ajedrez

(Jorge Luis Borges)

I

En su grave rincón, los jugadores

rigen las lentas piezas. El tablero

los demora hasta el alba en su severo

ámbito en que se odian dos colores.

 

Adentro irradian mágicos rigores

las formas: torre homérica, ligero

caballo, armada reina, rey postrero,

oblicuo alfil y peones agresores.

 

Cuando los jugadores se hayan ido,

cuando el tiempo los haya consumido,

ciertamente no habrá cesado el rito.

 

En el Oriente se encendió esta guerra

cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra.

Como el otro, este juego es infinito.

 

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada

reina, torre directa y peón ladino

sobre lo negro y blanco del camino

buscan y libran su batalla armada.

 

No saben que la mano señalada

del jugador gobierna su destino,

no saben que un rigor adamantino

sujeta su albedrío y su jornada.

 

También el jugador es prisionero

(la sentencia es de Omar) de otro tablero

de negras noches y de blancos días.

 

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonía?

Y, el tercero de ellos, del mexicano Fernando Sánchez Mayans (1923-2007), poeta, diplomático y dramaturgo; según Alí Chu Macero, el mejor sonetista mexicano del siglo XX. Creo, además, este soneto particular está fuertemente influido por los de Borges y, por lo demás, metaforiza también a la vida cruel como una guerra sobre el tablero del mundo, donde el ser humano se enfrenta al juego encarnizado de su propia existencia, con un tiempo finito que no da marcha atrás. ¿Qué queda luego? Las memorias, únicamente.

Ajedrez

(Fernando Sánchez Mayans)

 

Jugar al ajedrez de la memoria

Puede ser un olvido que no olvida

El transcurrir del tiempo. Si la huida

Que con ser infinita es transitoria.

 

No hay adversario para tal historia

Ni olvido sin recuerdo. Ni vencida

Estrategia de reina transferida

Al tablero del tiempo y la memoria.

 

Todo es cuestión de un acto que tropieza

Cuando el olvido lentamente empieza

A dibujar las sombras que no advierte.

 

Mas sea el tiempo nuestro propio aliado

Para que este azar jamás ganado

Lo gane en la memoria nuestra muerte.

Para concluir, vale la pena disfrutar el ajedrez en sus diversas manifestaciones; ya sea en la vida, en la guerra, en el amor o en la literatura; como poema, como novela, como pasión o como metáfora, acaso nos brinde ocasión no sólo de sufrir sus derrotas, sino también, de vez en cuando, de celebrar las victorias que provee.

 

NOTAS

(1). Federación Internacional de Ajedrez. Leyes del ajedrez de la FIDE. Atenas: FIDE, 2017.

(2). Peña Díaz, Christian. El ajedrez y sus múltiples posibilidades en la literatura: una aproximación taxonómica al ajedrez en La vida que se va. Tesina de Licenciatura. Viña del Mar: Pontificia Universidad Carólica de Valparaíso, 2019.

(3). Gómez Redondo, Fernando. “El ajedrez y la literatura. Pío Baroja y Rafael Urnabo: ajedrecistas del 98”. Rinconete. Publicado el 26 de marzo de 2019. Disponible en:

 https://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/marzo_19/26032019_01.htm

(4). Azuaga Manuel. Cap. 27: “Navokov, el escritor que amaba el ajedrez”. Ajedrez social. Publicado el 19 de septiembre de 2014.

Disponible en:

https://ajedrezsocial.org/cap-27-nabokov-amaba-el-ajedrez-bilbao-chess-2014-entrevista-al-gmi-txelu-fernandez/

(5). Negri, Sergio Ernesto. “Arreola, el escritor mexicano que le dedicó más tiempo al ajedrez que a la literatura”. Ajedrez con maestros. Publicado el 8 de noviembre de 2019.

Disponible en:

https://ajedrezconmaestros.com/2019/11/08/arreola-el-escritor-mexicano-que-le-dedico-mas-tiempo-al-ajedrez-que-a-la-literatura/)

(6). Peña Díaz, Christian. Op. Cit.

OTRAS REFERENCIAS

Borges, Jorge Luis. Ficcionario. México: FCE, 1985.

Castellanos, Rosario. Poesía no eres tú. México: FCE, 1972.

Chevalier, Jean. Diccionario de los símbolos. Barcelona: Herder, 1986.

Real Academia Española. Diccionario de la lengua española. 22 ª ed. México: Espasa Calpe, 2001.

Sánchez Mayans, Fernando. Experiencia del silencio. México: FCE, 1998.

Nidya Areli Díaz nació en la Ciudad de México el 30 de noviembre de 1983. Poeta, narradora, crítica, editora, promotora y gestora cultural. Egresada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Cursó durante varios años el taller de creación literaria impartido por el poeta Julián Castruita Morán en el Instituto Politécnico Nacional. Entre 2004 y 2007 fue miembro del Foro de la Décima Irreverente liderado por el productor, editor y etnomusicólogo Rafael Figueroa Hernández. Ganadora del segundo lugar en el Concurso Interpolitécnico de Poesía en 2001, y del primer lugar en 2002. Ganadora en 2012 del tercer lugar en el certamen de cuento Ciudad Imaginada organizado por Office Max y el Gobierno del Distrito Federal. Colaboró en 2013 con la Academia Mexicana de la Lengua en la revisión, corrección y actualización del Diccionario de mexicanismos. Su obra poética y narrativa ha sido publicada en diversas antologías y revistas impresas y electrónicas.


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