EN EL MALECÓN

por Maria Gorodentseva

Aunque la temporada todavía no comenzaba, en la playa había muchas personas. La gente se cambió sus grises ropas de oficinistas por trajes de baño, y extendiéndose en la orilla atrapaban las caricias del sol indeciso. Aún no había bañistas. A pesar del buen tiempo, las olas eran demasiado fuertes y los cuerpos flojos, después del descanso invernal, no podían combatir dignamente contra los elementos del mar. Los hombres se incitaban unos a otros, chupando pitillos, y recordaban a los nadadores de antaño.

De hecho, había algo simbólico en todo esto; el primero que se atrevía a meterse en el agua era proclamado como alguna especie de Neptuno, y recordado al menos durante los años siguientes.

Cerca de la playa, había un pequeño malecón. Todavía no se habían instalado carpas con comida y bebida, y los transeúntes sólo podían entretenerse mirándose unos a otros o al mar. Ellos se sentaban en los bancos y meditaban sus asuntos cotidianos.

En uno de los bancos paralelos se acomodaron un anciano y un joven. Eran diferentes en todos los aspectos: edad, ropa, origen, mas había algo que tenían en común: los pensamientos. El muchacho, disimulando el disgusto, miraba el rostro arrugado y laso del viejo, sus ojos llorosos, las manos temblorosas, el cuerpo encorvado, y pensaba que a esta ruina quedaba muy poco, tal vez unos meses, tal vez un año; él juzgaba cuánto tiempo más podría vivir, disfrutar, descubrir, mientras el anciano se iba a pudrir en la tumba. El viejo pensaba en lo mismo; observaba el cuerpo fuerte del joven, el cabello azabache, los ojos vivaces, los hermosos labios, y calculaba cuánto más viviría el muchacho, cuántas amantes conocería, cuántos países visitaría, cuántos…

Olvidando todas las reglas de la decencia, el chico abiertamente examinaba al anciano. Notó que aquel tenía zapatos lustrados y de buen cuero, anillo de oro, bastón tallado: el anciano era rico. Él, a su vez, vino caminando desde los suburbios, sus viejos tenis se veían más polvorosos que nunca, y en el bolsillo no había ni un centavo para comprar siquiera una cerveza. Sin embargo, tenía algo que no se puede comprar con dinero: la juventud, y levantándose enérgicamente del banco, se dirigió hacia el mar. Sabía que el anciano lo estaba contemplando y, quitándose los harapos, se metió en el agua. Los hombres, tirando sus cigarrillos, comenzaron a vitorearle; más gente se reunió en la orilla.

Luchando contra las olas frías, nadaba más y más lejos. Ya no se escuchaban los gritos de la multitud, pero el muchacho no se detenía, en su cabeza palpitaba el deseo seco de demostrar su superioridad ante aquel viejo arrogante, de demostrarle que era más fuerte, más resistente, que era más…

De repente, los gritos de alegría fueron reemplazados por los alaridos de las mujeres y los gestos inquietos de los hombres. Era inútil buscar a los salvavidas, la temporada aún no había comenzado, alguien llamó al puerto para que enviaran un bote de rescate, pero ya no tenía sentido, el chico no se veía por ningún lado.

Sacudiendo el cansancio del mediodía, el anciano se levantó y caminó hacia el auto. Todavía estaba vivo y tenía muchas cosas que hacer.

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Puesta de sol en el mar >> Oleo sobre tabla >> Enrique Ramírez Portilla

María Gorodentseva nació en Moscú, Rusia, el 20 de mayo de 1994. Es aficionada de la literatura y de las lenguas. A los veinte años descubrió el mundo hispano. Le gustan las culturas precolombinas. Sabe hablar quechua y quiere aprender náhuatl algún día. En sus ratos libres traduce cuentos de escritores latinoamericanos y sueña con las cosas que nunca van a pasar. Por el momento, su libro favorito es Los juegos verdaderos de Edmundo de los Ríos. Desde 2018 forma parte de un taller de literatura, donde escribe en español. La proximidad de su trigésimo cumpleaños la ayudó a decidirse finalmente a publicar sus propias historias.

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