Apenas el sol emprendía su camino, intentando ocultarse tras el horizonte, todos los gatos del edificio número ocho de la calle de los Héroes Nacionales salían de sus departamentos. Subían a toda prisa al tejado y allí, al unirse finalmente, formaban un círculo. Gatos y gatas de diversas razas y pelajes se levantaban de sus cuatro patas y, extendiendo sus manos delanteras los unos hacia los otros, echaban la cabeza hacia atrás y abrían las fauces. En ese instante, de sus pequeñas bocas brotaba un sonido gutural y prolongado, algo parecido al xöömej tuvano, solo que a la manera felina. Al mismo tiempo, sus lenguas ásperas se bifurcaban como las de las serpientes, sus pupilas se volvían horizontales como las de las cabras, sus colas se tornaban largas y afiladas como las de los lagartos, y de sus suaves patitas rosadas brotaban garras de buitre. Los gatos y gatas rezaban al unísono a un dios invisible, cantando salmos mientras el sol moría lentamente, volviéndose rosado, rojo y púrpura…
—¿Y a dónde se ha escapado otra vez tu pulgoso? —preguntó el hombre con voz somnolienta. Dio un sorbo a su botella de cerveza fría y luego miró a su amante, a quien visitaba cada segundo jueves de mes, porque esos días su esposa tenía club de lectura.
—En el edificio de al lado están descargando carne en la tienda —respondió ella bostezando, acurrucándose en su hombro—. Siempre se escapa allí al atardecer para mendigar un trocito de algo…
Pim-pim, pim-pim…
La puerta se abrió y un joven, con la sonrisa más amable del mundo, dijo:
—Señora, una entrega. Un tal Sergio Ramírez le envía un paquete y he venido a entregárselo…
—¡Agárralo! ¡Detenlo! —una anciana se lanzó tras el gato, que se escabulló rápidamente escaleras abajo—. ¡Sujétalo! Este travieso siempre huye al atardecer, y luego tengo que buscarlo por todos lados como una loca…
—¡Nooo! ¡No puedo más! ¡Intento sacar el sol bemol y no me sale nada! Ese griterío ahí arriba… ¡No puedo! —chillaba la niña, agitando el arco del violonchelo amenazadoramente hacia todos lados.
—Pequeña, ¡pero si no hay nadie arriba! Compramos el piso en la última planta precisamente para que nadie te molestara mientras practicas… —intentaba calmarla su madre.
—¡Ese aullido! ¡Esos ruidos! ¡No puedo alcanzar el sol bemol!…
Cuando la elegía a la divinidad desconocida terminó, los gatos y gatas recuperaron su aspecto habitual y regresaron a sus hogares. Caminaban arrastrando las patas perezosamente, fatigados por el largo servicio religioso, y se lamían con avidez los hocicos esperando encontrar algo rico en sus cuencos llenos, como de costumbre, hasta el borde.
—¡Ay, te quiero! ¡Ay, te amo! —gemía el hombre.
—¡Y yo a ti! ¡También, también! ¡Pero venga ya, por favor! —dijo la mujer que yacía bajo él. Su cabeza no estaba girada hacia su amante, sino hacia la ventana, donde poco a poco asomaba la luna.
—¿Pero por qué tan rápido, mi amor? ¿Acaso no te gusta? —jadeando preguntó él, deteniéndose por un instante.
—¡Claro que me gusta, amorcito! Pero mi gato… Mi gatito es tan celoso, tú no lo imaginas. Y pronto volverá de su paseo vespertino. Y si te viera conmigo en la cama va a ponerse ofendido o furioso, o melancólico, o va a declararse en huelga de hambre. Todo depende de…
—¡Pero qué tonterías! ¡Los animales no tienen tales sentimientos! ¡No pueden experimentar tales emociones! —el hombre perdiendo todo el ánimo se levantó y se puso a vestirse.
—¡Claro que pueden! No sabes, querido, el carácter y los gustos que tiene mi gatito: es una personalidad íntegra, una individualidad extraordinaria. Es poeta, artista, filósofo. Su alma ansía la belleza, anhela la tragedia. Precisamente por eso escapa a la azotea, para observar con una tristeza sádica cómo agoniza otro día vivido…
En ese momento, un gato azul y regordete saltó por la ventana abierta de la cocina y, como avisando a su dueña de que estaba de vuelta, maulló un par de veces. Luego entró con aire majestuoso en el dormitorio y, tras subirse a la cama que aún no había tenido tiempo de enfriarse por el calor del cuerpo masculino, se acomodó en la almohada. Midió al amante con una mirada evaluadora y despreciativa, y el hombre, asustado por la frialdad de sus ojos verdes, se retiró rápidamente del apartamento. No tenía el menor deseo de pelear con el gato, pues temía, por descuido, perder contra él.
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Imagen al exterior
Gato II >> Óleo sobre cartón >> Alias Torlonio
María Gorodentseva nació en Moscú, Rusia, el 20 de mayo de 1994. Es aficionada de la literatura y de las lenguas. A los veinte años descubrió el mundo hispano. Le gustan las culturas precolombinas. Sabe hablar quechua y quiere aprender náhuatl algún día. En sus ratos libres traduce cuentos de escritores latinoamericanos y sueña con las cosas que nunca van a pasar. Por el momento, su libro favorito es Los juegos verdaderos de Edmundo de los Ríos. Desde 2018 forma parte de un taller de literatura, donde escribe en español. La proximidad de su trigésimo cumpleaños la ayudó a decidirse finalmente a publicar sus propias historias.
