LA LECCIÓN DE LAS TRES

por Luis Lamper

Las clases de piano de Rosangela comenzaban a las tres de la tarde. Ella sabía que debía estar lista antes de esa hora para sus lecciones en la casa donde vivía con sus padres. Ellos como cualquier otros, se preocupaban porque su hija recibiera la mejor educación y el talento de esta para la música era algo que había estado presente en ella desde muy pequeña, podría decirse que desde que estaba en el vientre de su madre. Esta muy especialmente lo sabía puesto que, cuando estando embarazada de la niña, se sentaba también a tocar el piano y podía sentir dentro suyo cómo la bebé daba patadas en su vientre, y el instinto materno no se equivoca, sabía que en su hija había un talento, algo especial, una artista en potencia, así que había que descubrir ese talento y explotarlo para saber hasta dónde podía llegar.

Los padres de Rosangela decidieron contactar a un profesor de piano, uno muy reconocido y con una larga trayectoria para que viniera hasta la casa de la niña a impartirle las clases. Ella se sintió feliz, muy feliz al saberlo, porque realmente sentía un enorme deseo por aprender a tocar el piano, un instrumento musical que desde tiempos inmemoriales ha sido la insignia de los más grandes músicos. En primera instancia, se pensó en impartir las clases los fines de semana, pero debido a la ocupada agenda del profesor, se cambió a los días martes y miércoles por las tardes después del colegio y de la comida. Pero había otro inconveniente y era que probablemente los padres de Rosangela no estarían en casa para observarla y ver a la niña tocar, ya que debido a distintos compromisos profesionales estaban fuera la mayor parte del día; sin embargo, estarían las mujeres del servicio contratadas también por los señores para hacerse cargo de las labores domésticas y del cuidado de la niña mientras estuvieran fuera.

El profesor llegaba puntual a la casa de la niña para sus clases, siempre puntual, a las 3:00 pm, era un hombre adusto y circunspecto con cierto aire de bohemio, lo caracterizaba su disciplina a la hora de impartir sus clases. La familia sabía que era un profesor de música de larga trayectoria y que además del piano podía tocar otros muchos instrumentos musicales. El piano que se encontraba en la vivienda de los papás de Rosangela, había sido mudado de la casa de uno de sus abuelos y ubicado en una habitación dispuesta exclusivamente para las lecciones de la niña con su profesor. Él no debió grandes esfuerzos para hacer que esta aprendiera a tocar el piano, puesto que, tal y como era de esperarse, Rosangela demostraba una habilidad excepcional para tocar el instrumento, era como si ella y este estuvieran destinados. Él, como parte de su instrucción, se sentaba al lado de la niña y con gestos sutiles y voz enfática instruía a su pupila. Pero a veces Rosangela se sentía incómoda a su lado porque sus manos y sus gestos ya no buscaban las teclas del piano, sino que querían estar colocadas sobre partes de su cuerpo como su espalda, sus piernas. Ella podía sentir cómo sus manos suaves y delicadas la acariciaban, a veces, se posaban sobre una de sus piernas y lograban rozar o tocar partes íntimas y prohibidas de su cuerpo infantil.

Rosangela se encontraba aún en una etapa muy ingenua y vulnerable de la vida, no veía ningún rastro de maldad en el hombre, por el contrario, lo veía como una especie de autoridad, como un segundo padre que la vida le había dado, alguien hacia quien sentía un especial cariño y que merecía su respeto; de hecho, sus padres ya le habían ordenado “respeto y obediencia al profesor durante las clases, no queremos quejas”.

Rosangela fue adquiriendo cada vez más conocimientos y una pericia muy notable en cuanto al manejo del piano, su talento se fue volviendo cada vez más y más notable y esto, sin lugar a dudas, era gracias a él, al profesor que sus padres le habían encontrado para que la enseñará a tocar el piano. La mayor parte del tiempo, él y ella estaban solos, salvo por las mujeres del servicio que muy raras veces interrumpían sus encuentros, y la soledad de la habitación era la ocasión propicia no solo para que las notas en las partituras y las melodías fluyeran mejor, sino también para que él pudiera estar cerca, muy cerca de ella, se colocará justo detrás de donde se hallaba tocando el piano y, con sus manos, acariciara sus brazos, su cuello, sus cabellos y sus hombros, mientras ella podía sentir como él la tocaba. También, con el pasar del tiempo, partes del cuerpo de la niña habían empezado a cambiar, Rosangela se encontraba justo en el momento de la transición de la niñez a la adolescencia.

La sonata No. 5 de Mozart era una de las piezas preferidas del profesor. Él le pidió a su alumna tocarla una vez más. Ella tomó el cuaderno con las partituras de la sonata, las colocó sobre el piano y comenzó a tocarla. Lo hacía de manera armoniosa, pulcra y con la gracia que la caracterizaba. Al terminar de tocar la melodía, él una vez más volvió a hacerlo: tomó asiento a un lado suyo y la abrazó fuerte, un abrazo que duró más de lo normal. Ella sentía su pesado cuerpo sobre el suyo, el roce con las ropas de él, el olor del perfume que usaba y cómo sus delicadas manos nuevamente comenzaban a buscar su espalda, sus senos que inevitablemente habían empezado a cambiar de tamaño, sus costados. La niña permanecía inmóvil y nerviosa, él era su profesor y merecía respeto y obediencia. Por un instante, sus miradas se cruzaron y ella observó cómo su boca se acercaba a la suya para besarla, sintió su respiración y su aliento muy cerca, pero minutos después él se levantó, se alejó de ella y retomó nuevamente la compostura que tanto lo caracterizaba. Frente a los padres de Rosangela, el profesor era alguien distinto, no tenía mucha cercanía con ella, no se atrevía a tocarla, había una imagen, trayectoria y reputación que debía cuidar.

Casi año y medio bastó para que Rosangela aprendiera a tocar el piano y se volviera una asidua al instrumento. Después de todo este tiempo de clases, disciplina y dedicación, el profesor le hizo saber a los padres de la niña que ya no podría continuar porque viajaría fuera del país por tiempo indeterminado. Ellos respetaron su decisión, además, le estaban muy agradecidos por todo el buen trabajo que había hecho con su hija. Los señores, por supuesto, no querían que Rosangela dejara de aprender a tocar el piano y mucho menos después de ver todo lo que había avanzado, pero sí que se tomara un breve descanso y dedicara tiempo a sus estudios y a aprender otras cosas necesarias para la vida, ella era tan solo una adolescente, apenas comenzaba a vivir y a descubrirse a sí misma. Rosangela nunca había hablado con sus papás absolutamente nada sobre los encuentros cercanos e íntimos que había tenido con él, a decir verdad, le causaba mucho temor, nervios y angustia tener que hacerlo, así que decidió optar por el silencio, pero ella, muy en el fondo, estaba marcada. De igual manera, tampoco esperaba tener que encontrarse nuevamente con él, después de todo, había pasado por su vida para enseñarle algo y esto, sin lugar a dudas, sería más que una lección, un recuerdo y una marca que ella nunca olvidaría.

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Reflejos >> Xilografía y serigrafía sobre papel >> Myrna Baez

Luis Guillermo Lamper (Zulia, Venezuela, 11 de noviembre de 1993) es licenciado en Administración de empresas por la Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt, es autor de la selección de cuentos Itinerario de solitarios, publicada por el Fondo editorial de la misma universidad. Entre otras actividades de índole literaria y cultural, ha participado como ponente en algunos coloquios literarios. Descubrió su vocación por la escritura desde muy joven, siendo lector de autores como Franz Kafka, Oscar Wilde, Horacio Quiroga, Joyce Carol Oates e Isabel Allende.

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