El viejo patriarca estaba dentro de su chabola, la más magnificente de aquella parte de Pitis. Rodeado de los suyos, esperaba a su hijo y a su yerno, que tenían que regresar para hacer cuentas con él después de la jornada de menudeo del caballo y de la farla. Para colocar esta última tenían que tratar con todo el pijerío que llegaba de la ciudad, pero valía la pena aguantar el trago porque les dejaba pingües beneficios.

Alguien llamó a su puerta trasplantada, que era una puerta robusta que en su día habían recogido de la calle, apoyada como estaba contra el muro de un casoplón a la espera de que el ayuntamiento enviase a los que retiran el mobiliario viejo, en uno de esos barrios residenciales de alto standing. El Primo que había aporreado la puerta asomó la cabeza luego de que el patriarca, el Capi, le concediese el permiso para entrar, y dio un escueto mensaje: dos finolis del ayuntamiento se dirigían hacia allí, hacia su casa, para hablar con él, como estaba previsto. El viejo hizo un gesto de aprobación con la cabeza y el emisario volvió a cerrar la puerta. En pocos minutos volvieron a llamar para comunicar que aquellos hombres ya estaban allí, así que el patriarca, ayudado tal vez por una de sus hijas, se levantó de su sillón raído y decadente (pero de una decadencia hermosa, que denotaba que alguna vez había servido en algún salón con clase), anduvo con su andar cansado y ya doliente, y ya necesitado de su báculo que él mismo fabricó con la rama madre de una encina, hasta la puerta, y accedió al exterior. Allí, bajo el sol vespertino y ya casi postrero de principios de junio, un hombrecillo y otro hombre larguirucho del ayuntamiento trasladaron al anciano la noticia de que los pisos de protección oficial para su familia estaban listos para ser entregados y que, a tal fin, debían estar en tal lugar a tal hora de tal día, donde se haría efectiva la entrega de las llaves en solemne acto que hasta sería transmitido por la televisión regional.

Partículas de sudor al contacto con el sol derrengado perlaban la frente del patriarca entre el filo de su sombrero y las cejas oscuras y pobladas, que servían como parapeto a las veleidades de la transpiración a sus ojillos enterrados y negros como el infierno. Con ellos así protegidos, escrutaba el rostro, los ojos, el ligero temblor de manos del hombrecillo, que ahora tomaba la palabra él solo, para explicarle, grosso modo, sobre las costumbres a adoptar en la que habría de ser su nueva comunidad en breve. Así, aquel conato de hombre le expuso con cautela, pero también con rigor sobre los horarios para tirar la basura, sobre la obligatoriedad de asistencia a las reuniones vecinales, donde el ayuntamiento tenía depositadas firmes esperanzas de avenimiento entre gitanos y payos. Un experimento al que igualmente habían alentado a los otros, a los payos con los que tendrían que compartir comunidad, y que tenía que salir bien en vista de que el consistorio pretendía no demorar demasiado el desmantelamiento de aquel macropoblado chabolista.

El viejo miró un momento a su alrededor; otros gitanos, apartados unas decenas de metros más allá, miraban aquel parlamento desde lo lejos, conscientes del deber de no acercarse demasiado por no pertenecer al mismo clan. Algunos, incluso, habían tenido sus más y sus menos con el clan del patriarca que ahora era objeto de la atención de aquellos lechuguinos. El anciano volvió a clavar su vista en los del ayuntamiento y frunció por un momento su tupido mostacho. Ahora, el tímido sudor había empezado a acumulársele en los agujeros agrietados del rostro cobrizo y curtido, consecuencia de la viruela que sufrió cuando niño, formándole en la cara una especie de salpicón de pequeños charquitos. Eso significaba una cosa: que el tiempo que le estaba dedicando a aquellos dos tipos empezaba a ser demasiado. En ese preciso instante, sin embargo, el larguirucho tomó el testigo de su compañero y continuó: «cuando estén instalados en la nueva comunidad, yo le recomiendo —el ayuntamiento les recomienda— que tengan presente lo que los payos con los que compartirán el bloque les digan acerca de las costumbres que deben ser aplicadas, para el buen funcionamiento de los bienes y servicios… del patio comunitario, del buen uso de los buzones…, así como de lo que sería recomendable para los aledaños de la comunidad, y para los portales y escaleras y zonas comunes en general. Porque se haría necesario que en esos lugares no se realicen determinado tipo de actividades… ya sabe, poco salubres. De resultar totalmente necesario, nosotros —acercó algo su cara a la del viejo y bajó un poco la voz de manera absurda— le recomendaríamos que hagan sus cosas, sus industrias, en otro lugar, a las afueras o donde sea… pero lejos de la nueva comunidad para el bien de todos, de ustedes también…». El otro tipo miraba a su compañero mientras hablaba y asentía tímidamente con la cabeza.

El anciano sacó un pañuelo de tela plegado del bolsillo de su chaqueta algo polvorienta y se secó el sudor de la frente y las mejillas con un movimiento de mano saltarín de presión sobre la piel. Al hacerlo, el reloj de oro macizo que llevaba en la muñeca chocaba con la esclava de idéntico material que tenía ajuntada, emitiendo un leve sonido metálico. El mismo hombre que estaba hablando, continuó: «entiéndaseme: no quiero decir que ustedes deban seguir las órdenes de nadie… esos ciudadanos payos con los que compartirán el nuevo barrio son gente humilde también…».

Al poco, los dos mensajeros dejaron de hablar; habían terminado de dar sus instrucciones, su mensaje. Se miraron entre sí ante el silencio del patriarca, que no había articulado palabra durante todo el rato y se había limitado a mirarlos atentamente, con aire entre cansado y displicente. Uno de ellos, el pequeñajo, le extendió entonces un papel impreso que sacó de una especie de carpeta forrada. «No sé si le importará firmarme esto… no es más que un documento de confirmación de que ha recibido usted este mensaje que acabamos de darle. Con que ponga usted una cruz aquí (le señaló el lugar destinado a la rúbrica) es suficiente». Le dijo esto último mientras le extendía un bolígrafo con la otra mano. El viejo tomó el papel y lo miró por encima con expresión relajada, aunque tuviera que arrugar la frente para afinar la visión sobre aquellas letras. Se diría también que con un ligerísimo punto guasón; como curado de espanto, en todo caso. Después agarró el bolígrafo que aún permanecía en la mano de aquel paliducho y estampó su firma con un movimiento complejo de los dedos, que se juzgó largo en el tiempo según el mensajero. Devolvió ambas cosas al hombrecillo y les hizo un gesto con la cabeza en señal de despedida antes de darse media vuelta y meterse en su suntuosa chabola, seguido por las dos mujeres que le habían servido de acompañantes en aquel parlamento únicamente de una parte; en aquel soliloquio, en realidad, considerando la de aquellos dos hombres (ciertamente, llegó a pensar el viejo, una sola entidad con dos cabezas), una sola voz.

Mientras caminaban hacia la salida de la inmensa civilización levantada con cartones, tablas, chapas y plásticos de todos los colores, con una dosis de miedo que habían presumido menor que la que experimentaran a la entrada pero que a la postre no lo estaba siendo, acompañados por el mismo gitano que los guio al entrar, el bajito, que portaba consigo el papel firmado por el viejo patriarca, decidió, en parte para disimular su mal trago ante la mirada torva de toda aquella gente a su paso, echar un vistazo a la firma cuya elaboración le había llamado la atención un momento antes.

Y fue así que, al posar la vista sobre ella y a pesar de que nada le apetecía más que aligerar el paso para terminar cuanto antes aquella travesía por el fin del mundo y llegar al coche, hubo, por un momento, de detenerse para acumular crédito sobre lo que en aquel papel ponía. «Prefiero vivir a la intemperie». Eso era lo que allí, en el espacio para la firma, aquel gitano había escrito.

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Juan Manuel Caballero Parejo nació en Sevilla (España), el 12 de julio de 1970, aunque se crio en Extremadura. Residió en Madrid entre 1992-2007, donde alternó el trabajo con estudios de cine en la Escuela de Artes Audiovisuales, y de Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado dos libros de relatos (Por de Dentro y Nieve sobre Quantico, Virginia). Publica en revistas como El Coloquio de Los Perros, Almiar, El Espejo, Espacio Fronterizo, El Narratorio o Letralia. El verano pasado fue entrevistado por la revista The Citizen; la entrevista fue publicada en el número correspondiente. Ha firmado ejemplares en algunas Ferias del Libro, como la de Mérida (España). Entre sus influencias literarias se encuentran Ribeyro, Horacio Quiroga, Cheever, Sherwood Anderson o Hemingway. Trabaja en el sector de la Seguridad Privada.

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