A Noel Olaya Perdomo, mi maestro
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Los ardorosos años de combate abatían nuestros ánimos sin esperanza alguna. Muchas vidas aqueas habían mordido el polvo del campo de batalla, y un clamor conjunto en nuestros pechos anhelaba desatar las naves y regresar a los hogares, al lado de nuestras esposas e hijos, antes de que el furioso Ares nos condujera a las oscuras puertas del Hades. La guerra llevaba nueve años y el triunfo sobre la ciudad de Príamo, prometido por los sempiternos dioses, parecía irrealizable. Apolo nos había azotado con una funesta peste que recorría nuestros ejércitos como un vendaval de muerte y hacía presa de los perros y de las aves a muchos héroes aqueos. Aquiles había decidido no continuar más en el combate, retirándose a su tienda con todos los mirmidones, después de haber reñido fuertemente con Agamenón, pastor de hombres. Todos esperábamos que por estos hechos se abandonara la empresa de invadir a Troya para recuperar a Helena, la esposa del rubio Menelao, de manos de su raptor, Paris.
Una madrugada, Agamenón se levantó excitado y ordenó a los heraldos que convocaran a todos a una asamblea. Allí nos dijo con palabras muy convincentes que Zeus le había ordenado abandonar la empresa y regresar sin la prometida victoria. La alegría conmovió el ánimo en nuestros pechos al escuchar aquellas palabras, y el regreso se habría producido si Odiseo no hubiera regañado y arengado a nuestros jefes, para que no abandonaran la lucha como si fueran cobardes mujeres, trayendo a relucir el oráculo de la serpiente, que Calcante descifró cuando esperábamos en Áulide la calma del mar de muchas olas para poder embarcarnos hacia Ilión. El muy astuto hijo de Laertes logró convencerlos, y todos, de mala manera, regresamos a hacer los sacrificios, a cenar, a preparar nuestras armas, carros y escudos, y a alistarnos para reanudar los funestos combates. No logramos comprender las intenciones de Agamenón, porque, mientras él pedía retirada, otros jefes nos incitaban a seguir luchando. Sin embargo, pude concluir que todo había sido un plan, concebido en consejo secreto, para ponernos a prueba y saber quiénes éramos fieles a la empresa y quiénes no. Ninguno de los aqueos tuvo el valor de enfrentarse a Agamenón, excepto Tersites, cuyas atrevidas palabras algunos, como yo, compartíamos a plenitud. Así, durante la cena que siguió a los sacrificios pude conocer a este hombre singular.
Al contemplarlo lejos de los demás y sentado sobre una roca, comprendí que esta guerra no era asunto de todos. El pobre Tersites aún sobaba su espalda y sus hombros y sollozaba como un efebo, después de haber sido golpeado por Odiseo en la asamblea, mientras era blanco de burlas y merecidos. No lo conocía muy bien: sólo nos habíamos visto unas pocas veces durante los combates, cuando era necesario ayudarnos y hacer frente a los aguerridos troyanos, y en las asambleas. El último recuerdo que poseo de él, antes de que muriera a manos de un troyano, fue el instante en que caía arrojando negra sangre por su boca y con un frío porqué en sus ojos, que ni los mismos dioses podían contestar. Me le acerqué un poco sin decidirme a hablar. Mi timidez nunca me ha permitido entablar conversación con una persona desconocida. Sin embargo, le dije:
—Hablaste bien en la asamblea, Tersites. Muchos pensamos como tú.
Él levantó su rostro y yo pude ver sus ojos enlagunados. Era de mirada desviada, de cabeza alargada con una pelusa escasa en la parte superior, jorobado y cojeaba de un pie. Me dijo:
—Gracias.
Pensé que hasta ese momento llegaría nuestra precaria conversación. Pero cuando pretendía darle la espalda para alejarme a mi tienda, me dijo:
—Espera. Perdona si fui grosero contigo. Dime, ¿quién eres y de qué tierra provienes?
—El linaje y el lugar, tanto el tuyo como el mío, no importan para los que no pertenecemos al favor de los dioses. Mi nombre es Eleuterio.
—Bonito nombre, pero contrasta con las cadenas que esta guerra nos ha impuesto —dijo con voz apesadumbrada, fija la vista en el campo de batalla.
—Sí, es cierto —confirmé.
—Entonces debes pertenecer a algún señor. Dime, ¿quién es él? —preguntó con la mirada hacia mí.
—Aquiles, el de los pies ligeros, oriundo de Ftía, hijo de la diosa Tetis y del mortal Peleo…
—Sí, sí, sí, ya sé quién es. Por tus palabras siento que al parecer lo admiras —dijo interrumpiéndome.
—No tanto como al valor que mostraste cuando te enfrentaste a Agamenón en la asamblea. En verdad no pareces de tu clase.
—Gracias de nuevo. Pero dime, ¿te trata bien Aquiles?
—Sí, no me quejo, siempre y cuando se le obedezca. Pero quisiera tener tu temple para decirle cuanto tú has dicho, porque también estoy harto de esta guerra. ¿Podrías nombrarme al dios que infundió en tu pecho ese valor?
—Tú mismo me has dicho hace poco que nosotros no pertenecemos al favor de los dioses. Ningún dios podría inspirar un valor similar a quien aborrece el arte de las armas.
Después de estas puntuales palabras se levantó y creí que pensaba retirarse; pero una actitud particular, una mirada amplia y profunda hacia el ágora, me hicieron pensar que en su mente no sólo estaba yo, sino que toda la congregación de los dánaos nos rodeaba. Y empezó a hablar:
—¡Nobles Pelasgos, héroes valientes que llevados de la mano de Agamenón combaten con fiereza y osadía! Si a cambio de mi vida contribuyera con mis palabras a modificar su parecer, yo, gustoso y contento, la entregaría a su libre disposición. Pero ésta no es considerada tan valiosa para que alguien se pregunte quién se atreve a proferir semejante reto. Mas les diré que esa vida pertenece a Tersites, el hombre sin linaje y el más odiado por muchos de los aqueos, que ven en mí a alguien diferente a sus tallas; pero represento a la mayoría, que es todos los aqueos y los pueblos de la Hélade. Así como se ve mi figura, así nos encontramos: deformes, pobres y agotados. Yo también gozaba de la altivez propia de los Atridas, mas esta funesta guerra, este morir día a día, que derrama sangre en la lucha de griego contra griego, ha horrorizado mi aspecto. Nadie me habría convocado a este holocausto, si en un principio hubiera sido patizambo y feo como lo soy ahora. Si no hubiera sido como los valientes Atridas, tendría que haber hecho mejor el papel de loco que hizo Odiseo o vestirme de mujer como Aquiles para no venir a esta guerra: para los oficios de Ares se necesitan hombres íntegros; pero la suerte estuvo de mi lado y aquí estoy, no por mi propia voluntad, luchando hombro a hombro al lado de cada uno de ustedes. No obstante, que este mi aspecto, cuya figura tanta repugnancia produce, no perjudique, ilustres dánaos, la excelencia valorada y reflejada en nuestros líderes, y que no sea un motivo para desvirtuar y ensordecer mis palabras.
»Así como el patizambo Hefestos, tan odiado por los dioses a causa de su apariencia, logró conquistar el corazón de Afrodita, y su ingenio le bastó también para descubrir su infidelidad con el belicoso Ares; así también, con mi aspecto, conquistaré sus corazones, y, valiéndome de mi ingenio, descubriré sus ojos para que puedan ver mejor. Así como el dios dueño de la forja tampoco dejó de demostrar bellos sentimientos, pues el rencor no inundó su ánimo cuando fue arrojado por Zeus desde la cima del Olimpo, sino que, por el contrario, todavía pone al servicio del hijo de Cronos su fuego y los rayos fabricados en su forja cuando éste desea hacer sentir su poder en las alturas, y su talento lo plasmó en agraciadas construcciones que adornan el excelso Olimpo; asimismo no sentiré rencor hacia ustedes por los constantes vituperios y pondré a su servicio el fuego de mi alma y los rayos de mis palabras.
»De esta manera, ¡belicosos aqueos!, ¿qué es, entonces, más transparente? ¿No se engaña con más facilidad con la belleza, que con un corazón desnudo y sincero? Los Atridas, hombres altivos y nobles, encauzan sus intereses por una vía oscura y nos conducen con habilidad a una muerte fija. ¿Por qué no descubren sus corazones y dejan de engañar con su nobleza? Comprendan, aqueos, que peleamos por razones ajenas, abandonando nuestras tierras y el calor de nuestros hogares para vengar una infidelidad incitada por la belleza. ¿Nos compete a nosotros ese conflicto conyugal? Si a alguna de nuestras esposas le ocurriera lo mismo que a Helena, pienso que una guerra de esta magnitud no la librarían millares de hombres, como nosotros lo hacemos, sino uno solo, al que le compete el asunto, la llevaría a cabo, no luchando con otros, sino sufriendo en su propio corazón. ¿Cuál es, entonces, la diferencia? Es simple, si observamos las tiendas de nuestros ilustres guías. Allí, con la disculpa de vengar la injuria proferida a Menelao, encontrarán abundantes riquezas y mujeres para continuar llenando sus palacios, todo guardado para sus deleites, gracias a nuestra sangre y a nuestro sudor en las batallas. ¿Desean, además, todo el oro, todos los esclavos y mujeres de Troya para satisfacer sus almas?
»Por otro lado, no creo que un padre busque el mal para su hijo, aunque sea éste el más rebelde y odioso entre todos los de su linaje. Soy yo, como todos ustedes, un aqueo que espera de nuestros padres, de los Atridas y demás, la paz y las tierras para trabajarlas al compás de la música de una cítara y con el deleite del vino al bajar por nuestras gargantas. Los dánaos no queremos grandes lujos, ni encerrar en nuestro ánimo el terror a los constantes enemigos que por la fuerza hemos sometido, ni tomar las armas ante un llamado a traspasar los cuerpos de hombres que asustados se defienden, ni batirnos entre dos bandos como niños temerosos; preferimos gozar de una vida descansada y de hogares tranquilos, llegar a casa con los frutos del campo entre los brazos, tomar el arado, sembrar la tierra con abundantes árboles y recoger el producto de la vid. Así con ello honraría, y ustedes, aqueos, conmigo, a los dioses de los bosques y de los campos y no sería perjuro al solicitar sus beneficios, que puedo obtener mimando nuestro hogar, la tierra fértil. ¿Acaso prefieren, descendientes de Dánao, sembrar la tierra con sangre en vez de vino y árboles y alimentos de muchas clases? Eso negro que emana de nuestros cuerpos cuando una lanza perfora las entrañas no agrada a los dioses subterráneos. Quieran ellos, esos dioses, a quienes durante nueve años hemos insultado, que nos sigan ayudando como antes.
»Pero, claro, ¡aqueos y nobles juntos!, que mis palabras de nada sirven si sus corazones no saben escucharlas, y a ellos me dirijo, porque la vida merece más que razones ajenas y superfluas. ¿No les dice algo el viejo Éolo cuando pasa y trae entre sus silbidos los llantos de un niño y los lamentos de una madre? Sí, aqueos, nuestras casas y nuestras familias están abandonadas. ¿Encontraremos a nuestro regreso, después de la guerra, si es que aún vivimos, algo diferente de la desolación? ¡No! Desolación produce la odiosa guerra en los campos de batalla y en las tierras que no sienten el arado y el paso de los bueyes. Si ganamos la guerra, ¿qué obtendremos aparte de esto? ¿Vengar una injuria, un adulterio? ¿Devolverá la vida a nuestros hermanos caídos restablecer el tálamo de Menelao? En sus mentes, dánaos, está la reflexión y el sosiego que un corazón temeroso y agitado necesita. ¿No es grato, acaso, llegar al hogar después de un día de arduo trabajo y encontrar alegría en el tierno rostro de nuestros hijos, que abriendo sus bracitos nos esperan, y a la mujer complaciente que nos detiene en la puerta y besa nuestros labios? A ustedes les toca preferir las palabras de un insensato como Tersites o las de un hombre sabio y noble como Odiseo que los conduce en masa hacia los brazos de Hades. Si la sensatez reina en sus corazones y en sus mentes, entonces ¡Vamos a casa! Regresemos con las naves y dejemos a los interesados aquí mismo reinar sobre cadáveres, para que puedan meditar si en verdad nosotros, con nuestra ayuda y nuestras vidas, somos o no valiosos en algo.
Emocionado, como si el aliento se escapara de sus pulmones, terminó sus palabras y un silencio se impuso; pero en la asamblea creada por su mente, el bullicio y el alboroto parecían invadir a la multitud que anhelante deseaba el final de los combates. Dos lágrimas se desprendieron de sus ojos como el único consuelo para aquellos a quienes no les está permitido utilizar la voz sino los oídos. Al verlo, sentí que no lloraba por la alegría del efecto de sus palabras, sino porque en realidad preveía un nuevo derramamiento de sangre que aguardaba tanto a troyanos como a aqueos, tanto a griegos como a griegos, como él decía.
—Mira a Agamenón convocándonos de nuevo al campo de batalla. Es hora de cumplir con el deber de todo aqueo: luchar y morir. Es el sentido que ellos han dado a nuestros sordos corazones —dijo Tersites, y me dejó solo.
Miré hacia el campo de batalla y contemplé a la Muerte desplegándose como las grises nubes que preludian una tormenta. Decidí, entonces, esconderme y esperar la noche. Amparado por la oscuridad, me reuní con algunos aqueos, para hurtar una nave y escapar hacia nuestro hogar a sembrar los campos. Asesinamos a los vigías que custodiaban una de las naves de los mirmidones, y emprendimos la marcha. Pero Atenea, cuyos ojos glaucos siempre están donde menos se los espera, alertó a Odiseo, quien en compañía de Diomedes se hizo a la vela, y, pronto, con la ayuda de Poseidón, nos dieron alcance. Después del abordaje se entabló en la nave un fuerte combate y todos mis otros compañeros terminaron muertos; yo fui el único a quien tomaron como prisionero por haberles demostrado fiereza al defenderme. Después de torturarme y apalearme sin descanso, me llevaron ante Aquiles, por ser su sirviente. Me dejaron afuera de su tienda, atado a un palo que alguna vez sirvió de mástil a un barco en sus travesías, mientras algunos de los más ilustres aqueos deliberaban qué se habría de hacer conmigo. Aquiles trató de defenderme, pues yo era uno de sus mejores sirvientes. A escondidas y con la complicidad de Patroclo, de vez en cuando una de las esclavas me traía un poco de agua y comida. Ella me dijo que Agamenón había propuesto la sentencia de dejarme morir de hambre y de sed ante la mirada de todos los aqueos, como escarmiento para los que intentaran repetir una cosa semejante a la que hice. Pero el consejo de Néstor se había impuesto y se determinó dejarme continuar en los combates: “Es bueno en el arte de Ares. Pero, de todas maneras, vivo no regresará a su tierra”, éstas habían sido sus últimas palabras. La esclava me dijo también que se había acordado enviar a algunos hombres bien armados hasta mi lugar de origen, para custodiar a mi mujer y a mis hijos por si incurría en alguna otra insurrección. Sé que el fin de mis días será determinado por la espada de algún guerrero troyano, cuando el cansancio y la estupidez de esta guerra se hagan más resistentes que mis fuerzas.
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Hermes Ogmios Psicopompos >> Alberto Durero
Guillermo Ríos Bonilla nació en Florencia-Caquetá, Colombia, 1976. En el año 2004 adoptó la naturalización mexicana. Realizó sus estudios de licenciatura en Filología Clásica en la Universidad Nacional de Colombia. Continuó por esta línea de formación académica con la maestría en Letras Clásica en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha sido profesor, investigador, traductor y corrector de estilo. Ha publicado los libros de cuentos: El árbol de las hojas palabreadas, Réquiem por un polvo y otras senXualidades, Minimágenes, El viejo, Burbujas de aire en la sangre, Los vástagos del ocio e Historias que por ahí andan. Ha formado parte de diversas antologías publicadas en México y Colombia. Ha ganado primeros, segundos, terceros lugares y menciones en diversos concursos literarios en Colombia, México, Argentina, Estados Unidos y Cuba. En estos momentos dedica su tiempo a labores bucólicas y a escribir literatura, explorando en géneros como el cuento, el microrrelato y la novela.
