—Buenos días, señor Agapito.
—Buenas. ¿Tú no eres el hijo de Juanito Pamplinas?
—Sí señor. El mismo que viste y calza.
—Me lo parecías, porque eres igual de esmirriado que tu padre, que en paz descanse.
—Es lo que me dice todo el mundo.
—Juanito y yo hemos sembrado, durante muchas décadas, estas dos huertas colindantes. Y yo me acuerdo de ti cuando eras un mocoso de doce años. ¡Cuántas manzanas me robaste, mamón! ¡Menudo gandul estabas hecho!
—Y, ¡cuántas tundas de zapatilla me dio mi madre, por aquello! Ahora, que ya soy un adulto, le pido me perdone, señor Agapito.
—Perdonado estás. Pero…, ¿cómo podíais comer aquellas manzanas rollas de mis árboles, teniendo tu padre diez buenos manzanos en su huerta? ¿Y qué haces por aquí? Yo te situaba en el extranjero.
—No, siempre he vivido en la capital. Y ahora cuido de la huerta de mis padres.
—Con estas tapias tan altas, no podemos ver lo que siembran los vecinos —se quejó el señor Agapito.
—Pase usted, que le enseño lo que tengo plantado en mi huerta.
El señor Agapito, apoyado en su bastón, entró renqueante en la parcela de Andrés, el hijo de su colega hortelano, Juanito Pamplinas.
—Se puede saber… ¿qué es lo que tienes sembrado en este terreno, que más bien se parece una chacra? —aseveró, con cierta sorna, el señor Agapito.
—Ya lo está viendo usted —le mostraba Andrés la siembra, mientras sujetaba por un brazo al tío Ceñudo, que era el sobrenombre como todos conocían al señor Agapito—. Zanahorias, ajos, patatas, cebollas, acelgas…
—¡Las acelgas para el ganado! Ya veo que tienes sembrado de todo un poco, hasta caléndulas. Tu padre sembraba esas flores, que según dicen sirven para cicatrizar las heridas. Y allí tienes plantadas las capuchinas, ¡qué buenas son esas flores para los catarros! Y…, ¿en estos surcos, se puede saber qué has sembrado?
—Letras —afirmó Andrés.
—¿Letras? —se sorprendió, con cierta intriga, el tío Ceñudo.
—Aquí, en estos dos surcos he sembrado algunos poemas. En los otros cuatro surcos están las narraciones, los ensayos, los textos dramáticos…
—¿Y qué fruto dan todas estas cosas raras que has plantado?
—Pues a veces recolecto ideas, pensamientos, consejos literarios, lecturas increíbles… Y, ¿ve aquellas otras aradas, pegando a la tapia del fondo? Allí tengo plantados sentimientos positivos: algunas matas de gratitud, varias plántulas de confianza, ya crecen los cogollos de alegrías de la huerta, esos son retoños de esperanza y también he sembrado raijos de amor.
—¡Vaya pérdida de tiempo! —exclamó, con cierta ironía, el señor Agapito.
—No, señor Agapito, todo lo que he sembrado está muy bien. Pero las letras y los sentimientos son los que hacen que esta sea una especie de “Huerta del edén”
El señor Agapito, alzando el tono de voz, agarró con fuerza el hombro derecho de Andrés, al tiempo que le iba dando unos pequeños empellones
—¡Ahora vas a saber lo que es una huerta, chaval! —exclamó enfadado el anciano.
Cruzaron los dos el pequeño camino que separaba las dos huertas y Agapito abrió el portón de su huerto, cerrado por diez candados.
Cuando Andrés accedió a la huerta de Agapito vio sembrada toda la parcela, de media hectárea, de una especie de plantas garbanceras.
—Y esta plantación, que parece de garbanzos, ¿qué frutos da?
—Esto es el futuro. Talé todos los árboles y arranqué todas las hortalizas Y he sembrado toda mi huerta de pasta, de guita, de parné. Todo lo que ves aquí es una plantación de céntimos de euro. Y la recolecta me da el suficiente dinero como para pagar los gastos de la finca. Esta planta llamada euorparné, que se parece mucho a las vainas de garbanzos, me suele dar unos dos o tres céntimos de euro por cáscara, algunas vainas suelen producir hasta cincuenta céntimos, nunca llegan al euro. Pero lo mejor lo tengo en esta nave, a la que yo llamo el búnker.
El señor Agapito condujo a Andrés hasta una nave inmensa llena de grandes surcos y macetas. Y el tío Ceñudo le fue explicando al hijo de Juanito Pamplinas, su increíble sembrado.
—Todas estas semillas, que la verdad sea dicha, son muy caras, aunque merecen la pena, ya son palabras mayores. Esta es una inversión a largo plazo. Todos estos surcos producen monedas de uno y dos euros. En aquella maceta nace una planta que produce billetes de cinco euros. Luego están los billetes de diez, veinte, cien, cincuenta… Y hasta los billetes de quinientos euros, que los produce aquel árbol que está plantado en el centro, que me costó todo un capital. Y pienso plantar una arbolada, que me van a traer de California, que en muy poco tiempo produce dólares. Cuando llegue el tiempo de la recolecta, tendré que contratar a todo un ejército de seguridad, porque estos frutos son muy golosos.
El señor Agapito hizo una pausa, respiró profundamente e hizo una súplica a Andrés. —Espero que no vayas contando por ahí, lo que tengo sembrado en mí finca.
—Puede confiar en mi discreción, señor Agapito. Bueno le tengo que dejar, porque voy a regar mi huerto. ¡Pase un buen día!
—Lo mismo tú, por cierto…, ¿cuál es tu nombre?
—Andrés.
Cuando el hijo de Juanito Pamplinas salió de la huerta del señor Agapito, para dirigirse a regar su plantación, el tío Ceñudo, se quedó murmurando mientras se le dibujaba en sus labios una risita sarcástica:
—Sembrar letras y emociones. ¿A quién se le habrá ocurrido semejante majadería? . ¡Je, je, je…! ¡Esta cosecha mía ¡sí que es una huerta del edén!
***
Imagen
Aguador >> Óleo sobre lienzo >> Jesús Villar
Francisco Rodríguez Fuertes nació en La Bañeza (León) España, aunque su residencia desde hace más de cincuenta años es Madrid. Se ha dedicado desde muy joven a la literatura, principalmente cuentos, relatos y ensayos, y a la dramaturgia con más de veinte obras estrenadas en el teatro profesional. Sus últimos libros son Cuentos y zarandajas, Pierrot…, Pierrot y Los dueños del aire dos obras teatrales. Compagina la escritura con la docencia, impartiendo clases de teatro y escritura creativa en universidades, centros culturales, en la Comunidad y Ayuntamiento de Madrid. Sus últimos premios son: Premio Internacional de Canarias (2023), por un relato de ficción de la “PEPA 1812, sobre la primera Constitución Española; Premio de relato corto (2023) del Diario El Norte de Castilla- Valladolid- España; Premio de teatro Pamplona- Navarra-España (2016) y Premio Madrid (2006) por la obra de teatro ¡Guau!. Colabora en varios semanarios y revistas literarias.
