Una extraña aura de extrañeza había invadido al pueblo ocho años atrás, cuando en junta oficiosa se decidió dar por muerto al viejo Fulgencio aprovechando una de sus crisis, pues padecía de ataques de una catatonia difusa, de etiología indeterminada a pesar de que había ido en su momento al hospital comarcal que estaba en la ciudad para hacerse algunas pruebas, no como aquellos pueblerinos, que se limitaban a ser visitados por alguno de los dos adocenados médicos locales con tal de no moverse del terruño, cosa que solo hacían en ocasiones manifiestamente graves y razón por la cual eran tan proclives los lugareños a desarrollar cánceres que ya no tenían vuelta atrás. Aquel viejo insoportable siempre fue un incordio para todos, pero de su estancia en Barcelona vino ya rematado, sabiéndolo todo. A todo le encontraba defecto y a todos les enmendaba la plana. Hablaba con una extraña mezcla de acento catalán y el deje propio del pueblo, de Destripaburras, y ello a pesar de haber pasado solo dos años en la Ciudad Condal, viviendo con un hijo que tenía allí, hasta que, a lo que se vio, regresó a causa de una morriña no reconocida. Por el amor de Dios… si hasta vino chapurreando cosas en catalán y defendiendo la independencia de aquel trozo de la vieja Iberia. A Destripaburras iban a venir con esos asuntos de la independencia; a ellos, precisamente.

Pero el extraño caso de la muerte de Fulgencio no fue más que el primer síntoma de lo que estaba por pasar, aunque fuese un síntoma más espiritual que otra cosa, o una inspiración o una idea, porque él no murió de la peste que habría de empezar a diezmar a la pequeña población inmediatamente después.

Acusaba Destripaburras, desde tiempo inmemorial, una pertinaz propensión al aislamiento. Sumido en aquel valle de escarpado acceso, dormitó durante siglos su particular duermevela histórica, desde la que se esmeró en permanecer ajeno al trasiego, la grandeza, la vileza, la bondad, la ignominia de los hombres que habitaban allende sus fronteras físicas. Y, aunque siempre, en todo tiempo, hubo hombres y mujeres que allí llegaron, y que lo hicieron por pura curiosidad (no de paso, porque aquel lugar no estaba de paso a ninguna parte), siempre igualmente fueron tratados con diplomática hostilidad para que no permanecieran más que el tiempo necesario para tomar resuello antes de regresar de donde fuera que viniesen, a ser posible ese mismo día. Con todo, claro, siempre hubo idas y venidas, fugas y filtraciones que rompían con la aparente necesidad de paz ancestral del lugar, como si el poblado hubiese sido el enclave elegido por alguna instancia preternatural para redimir al hombre de toda su querencia a la barahúnda. Comerciantes locales que iban a la ciudad; ínfimos intereses industriales externos que asomaban sus narices en la pequeña población la mantenían lo suficientemente conectada al resto de la comarca como para sortear el estatus de tribalidad pura. Pero los aperturistas nunca pudieron históricamente con el sector duro del pueblo, abiertamente hermético, así que hubieron de elegir si marcharse del lugar o permanecer allí semiaislados de por vida. Algunos optaron, cuando pudieron, por una solución intermedia, y consiguieron pareja de fuera para llevársela a residir al pueblo.

Tampoco se plegó nunca la aldea, no del todo, a la irresistible tenaza histórica de la inmersión católica, prefiriendo mantener un cierto hilo de contacto en sus fundacionales creencias paganas de endriagos habitantes de los bosques ascendentes que flanqueaban el pueblo; monstruos que aprovechaban los espacios crepusculares para acechar a niños, a ancianos, a borrachos, pero que permanecían escondidos entre la fronda más apartada de las cimas tanto durante el día como en la oscuridad de la noche. No desaprovecharon los naturales estas creencias para asociar, siquiera de manera juguetona y aunque solo fuera a ojo de los niños, a los eventuales forasteros con aquellos seres predadores de débiles de la foresta, capaces, en interesada adaptación predadora, de adoptar forma nítidamente humana con tal de inmiscuirse a escudriñar dentro de la villa para ir eligiendo a su próxima víctima. Como no podía ser de otra forma, la consanguineidad acumulada hacía acto de presencia en forma de brotes de estupidez, de malformaciones incluso, de ciertas desfiguraciones más o menos comunes en algunos habitantes del pueblo que, conocedor consuetudinario de las consecuencias de sus usos y costumbres, veía con buenos ojos las escasas incorporaciones de fuera que procuraban los lugareños que se ayuntaban con forasteros. Así, se las venían arreglando para atraer hasta el pueblo nuevas matrices procreadoras, pero también nuevos sementales de poblaciones cercanas, que accedían a vivir allí a condición de gozar de mayor libertad de movimientos que sus pares. No resultaba extraño, tampoco, que hembras en edad de procrear saliesen por una temporada con la intención de encontrar pareja, aunque alguna hubo que abandonó el nido para siempre. Bienvenido fue, por arrojar justicia sobre los condicionantes sociales atávicos del pueblo, el niño negro como un tizón que le salió de la entraña a la Petri nueve meses después de su comentado paseo de todo un fin de semana por la capital de la provincia, nada menos, que contaba con sesenta mil habitantes, y de cuyos autos, luces y calles interminables; de esa sensación de estar en un crucero donde muchos viajeros estaban a punto de saltar al mar acuciados por la hostilidad sin fisuras de los que deberían ser los camareros, regresó la mujer medio tarambana.

Todo fuera, pues, por mantener cierto posibilismo genético en el pueblo, donde dos o tres apellidos abundaban de manera cada vez más monstruosa, donde, como una maldita ironía del destino, cada vez eran más los engendros fruto de la consanguineidad que terminaban por escuchar la llamada de la naturaleza y pasaban a habitar los densos bosques del monte que constreñía a la población, proporcionando así, de paso, una inédita carga de credibilidad al mito de los monstruos de la espesura.

A pesar de todo, del reñido pulso entre el secular apartamiento y las hasta entonces fallidas intentonas de incorporación al mundo de los hombres, parecía abocado a terminar, tal vez en esa misma generación, hacia el lado de la derrota, de la conquista definitiva del progreso, de su ideología, de su rumbo: modernidades cibernéticas de todo tipo se abrían paso ya en las rústicas casas, como garrapatas adheridas a las tomas de electricidad que succionaban la valiosa energía que, al parecer, el lugareño estaba dejando de valorar. Incluso, el nombre del pueblo parecía claudicar definitivamente hacia el genérico de Destripaburras, adjudicado en su día por los de fuera a aquel remoto e irredento lugar por el uso que habían logrado testimoniar de las bestias de carga para subir por las empinadísimas laderas que lo flanquean. Otros hubo, sin embargo, ya en desuso hasta por los naturales: Libérlula lo identificó el más aplaudido de sus cronistas oficiosos (en el pueblo, casi todos los cargos eran oficiosos), don Miguel, llegado (a decir de algunos huyendo de sí mismo, según otros en su propia búsqueda) de algún lugar de la asfixiante nación que al poblacho circunda, en algún momento del tiempo que igualmente los de fuera se empecinan obsesivamente en compartimentar. Lo grave, con todo, resultaba el progresivo abandono del nombre vernáculo, a decir de los nativos, Poza: articulado por algunos con la delectación propia de quien se sabe relicto, automarginado y extraño al ojo foráneo; con el mero pragmatismo del acomodaticio, otros.

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Ocho años más tarde, la Pisuerga seguía allí, aún en pie, a un paso de la octogenia dentro de su escala ontogénica. Aún de aquí para allá para buscar sus frutos, destripar sus entrañas, macerarlos, tratarlos para conseguir la más deliciosa de sus esencias; con ello, se sacaba un buen dinero, que al principio le servía para complementar su exigua pensión de viudedad del Pedro el vallisoletano, que la conoció un día porque ella pasaba por allí, pero que la dejó en la soledad de su eterno luto con apenas treinta y dos años, cuando a él lo partió un rayo en lo alto del monte. La Pisuerga llevaba varias temporadas centrada en la compota de peras, pero esta primavera la ocupaba la elaboración de confitura de higos chumbos. Hacía muchos años ya que no la preparaba, pero el creciente éxito de sus recetas la llevó a tener que introducir cambios, so pena de terminar empachando al cliente y perder su general beneplácito. Saludada por toda su grey había sido, asimismo, su ingrediente especial, su cantárida. El primer año temió algún tipo de repercusión, de conjetura, de “investigación interna” después de la muerte del marido de la Javiera, que fue quien se comió casi entero el frasco de compota que, a todas luces, contenía las partículas del insecto. Al parecer, se trató de una muerte lenta y extremadamente dolorosa, y sucia y apestosa de diarrea y grumos de heces sanguinolentas; y de una erección continua que a la Javiera le recordó a sus años mozos del principio del noviazgo. Pero para sorpresa de la Pisuerga, Marta García se presentó otra vez en su casa apenas enterrado el marido de la Javiera, para hacerle otro encargo de compota. Marta García era la esposa del único procurador que había en Destripaburras, una mujer de buena posición, cultivada a su manera aprovechando la estela de su marido, hombre amante de la Historia y de las letras, con firmes contactos en el exterior, pero, por alguna razón, acomodado y feliz en aquel poblacho ajeno al vértigo constructor del mundo, como si considerase que estar fuera de este resultase el mejor lugar para observarlo. Por eso temió la Pisuerga que aquella mujer pudiera buscarle las cosquillas con lo del envenenamiento del marido de la Javiera, que la asociación entre su compota y la pudrición interna de aquel hombre terminase por tomar cuerpo en la mente de la señora, que para más inri era la cabeza visible de la cofradía que se dedicaba a preparar la celebración anual del rito a las Almas Perdidas y Carniceras del Bosque. Por fortuna, nada de eso había ocurrido: más al contrario, su inexplicable arrebato envenenador no solo no parecía haber puesto en pie de guerra a la mujer, sino que, para su sorpresa, aquella misma primavera los pedidos se sucedieron por parte de esta. Y no solo eso: vinieron expresamente acotados con una expresión: “a ver si consigues darle el punto exacto de la última vez”. Confusa, la Pisuerga desechó enseguida, no obstante, que la petición albergase segundas, oscuras intenciones. Muy pronto regresó la mujer del procurador a renovar el encargo, pero esa vez su rostro se constreñía en una expresión crítica, casi severa. Como preocupada por la falta de entendimiento de la vieja, esta vez trató de ser más clara: “como hemos perdido el tiempo con la remesa anterior, ahora la próxima tendrá que ser más conseguida… tendrá que lograr darle su toque especial más que la primera vez. Ya sabe… más su ‘toque verde’”.

Ahora, ocho años más tarde, ya no hacía falta que nadie le dijera nada. Sabía la dosis de cantárida que, razonablemente, debía imprimirle al producto. Aún pensaba a veces si lo que aquella mujer quiso decirle con lo del toque verde se refería, como todo parecía apuntar, a la inclusión en la receta del deletéreo insecto, o bien pudiera referirse al mero verdor natural del producto, de la pera. La lucubración, no obstante, no parecía resistir la evidencia de que, a pesar de la sucesiva incorporación del pequeño escarabajo, de manera creciente, en todas y cada una de las partidas entregadas desde que la “procuradora” le diese el aviso muchos años atrás, y el consiguiente y creciente encadenamiento de crudelísimas muertes en el pueblo (que los propios médicos locales atribuían sin empacho a una cepa vírica local y recurrente —cosa que a su vez era utilizada por el sector duro aislacionista para espantar a los posibles visitantes—), aquella solapada mujer la siguiese incitando a realizar su labor de idéntica manera y, aún más, a aumentar progresivamente la dosis en cada partida de suculento postre; de modo que ella continuaba arrojando pequeños bichos color esmeralda a razón de uno más en cada encargo, que ya eran hasta cinco esta primavera y, presumiblemente, al menos otros tantos en verano. Tal era ya la orgía insectívora, que llegaban a ser más de la mitad de los frascos los que llevaban el “obsequio” en esta ocasión.

Nunca fue la Pisuerga especialmente calenturienta de entendimiento, pero se imaginaba a la procuradora allá en su congregación, junto a sus acólitas, colocando los frascos sobre una amplia mesa para después revolverlos tal y como hace el jugador de cinquillo antes de repartir las cartas. Cada mujer, un movimiento, un frasco cambiado de su lugar de origen sobre la mesa, así con todas las mujeres de la congregación, como un pequeño ritual implementado en el cuerpo de toda su ritualística interna de grupo, orientada al ensayo para el día de las Almas Perdidas y Carniceras del bosque; solo que esta vez, el pequeño ritual introducido desde aquella segunda cantárida (la primera caería en el frasco de manera accidental ocho años atrás, mientras la Pisuerga vertía el producto en su interior y lo veía, y luego estrujaba el insecto con el asidero del cucharón de madera para que se viese lo menos posible; pero parece que la procuradora lo vio y, a pesar de ello, allí lo dejó. E hizo eso de estrujarlo la Pisuerga en una especie de retorcimiento de las entendederas que le entró, de arrebato como de locura pasajera; y la procuradora, no sabemos por qué lo haría) estaba destinado a su objeto principal y directo: el del consumo aleatorio del producto emponzoñado por parte de los adquirientes de este, que eran siempre e inequívocamente del grupo de los custodios de la pureza de la aldea, porque solo entre ellos se vendía.

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Casi atorada por imprimir a su viejo cuerpo enjuto toda la velocidad de la que este era capaz, atravesó la Pisuerga el poblacho en dirección a la congregación. A su paso, casi como en un ensueño a causa del profundo esfuerzo, pudo ser testigo de una afabilidad inédita para ella: una suerte de gratitud callada que le salía al paso cuando cruzaba la calle central, en la esquina de los dos vientos… a su paso por la puerta de la farmacia casi se topa de bruces con el marido de Bernarda la Carbonera, que había perdido a su mujer la primavera pasada por culpa del “virus”. El hombre, que pareció sumido en un halo de bonhomía al ver venir a la Pisuerga, a punto estuvo de pararla para saludarla, a pesar de que no recordaba ella haber cruzado una sola palabra con él en su vida, y eso era difícil en ese foso donde vivían. Con todo, entreverada con toda aquella pasarela de aceptación, también pudo sentir el pinchazo de alguna mirada truncada, enseguida camuflada, hostil siquiera fuese de manera testimonial, pero de un testimonio que a la propia mujer se le antojó enterrado, amputado, sin posibilidad de ejercer verdadera influencia bajo la sólida capa de aceptación popular de la que estaba siendo testigo.

Casi exhausta llegó a la casa antigua que el ayuntamiento les había cedido a las mujeres de la congregación, y, encima, con el corazón en vilo por lo que le tenía que decir a la procuradora. Cuando por fin pudo vérselas a solas con ella, tuvieron, aproximadamente, esta conversación:

—¿Por qué hacéis esto de la rifa del veneno, es que no os parece macabro?… Por si fuera poco, solo con los de aquí, con los viejos del lugar.

—Porque todos estuvimos de acuerdo con ello, con la rifa, en junta oficiosa. También mi marido, qué te crees tú, Pisuerga… El pueblo se apaga, se acaba. Los otros ya han llegado y acabarán por darnos la puntilla. Y preferimos irnos nosotros a nuestro modo. ¿Me dirás que no lo sabías, precisamente tú?

—¿Precisamente yo?

—Pues claro, dejémonos de tonterías. Tú lo empezaste, con el primer escarabajo.

—Sí, pero fue un accidente… tal vez, seguido del desliz mental de una vieja. Y, de todas formas, tú lo permitiste, lo sé.

—No exactamente. Verás: ya veníamos pensando en algo cuando tú tomaste la iniciativa. Luego, cuando lo del primer insecto, lo planteamos en junta oficiosa y estuvimos de acuerdo con el plan.

—¿Plan?; ¿qué plan?

—El de que serías tú, Pisuerga, la que decidiría sobre nuestro final. Al principio debatimos sobre si el final se habría de producir de manera natural o, digamos, echándole una mano. Cuando nos decidimos por esto segundo, también lo hicimos porque serías tú, Pisuerga, la que decidiría cómo y a qué ritmo. Tiene su lógica: eres tan de aquí como estos bosques (de hecho, si te quedaras quieta el tiempo necesario, la gente, los niños te tomarían como el tronco muerto de un árbol más, de uno cualquiera). Tus raíces están tan ancladas a esta tierra como la de los árboles milenarios de arriba del cortado, como demuestra que jamás has salido del pueblo. Eres su alma, Pisuerga, la misma alma del pueblo… ¿Se te ocurre alguien mejor para decidir sobre su destino?

La Pisuerga miró a la mujer con gesto recriminatorio, como afeándole que depositase toda la responsabilidad sobre ella. La procuradora le procuró una explicación:

—Por supuesto, yo debía de pincharte para que continuases con tu labor, pero la decisión final, por descontado, era tuya. ¿O vas a decirme que no pudiste prescindir de meter esos bichos en los frascos?

—De modo que esas tenemos, ¿eh? ¡Pues se acabó! —Dijo la Pisuerga con el rostro enrojecido por un contenido acceso de rabia. Se sonrió entonces la procuradora, con cierto asomo de jactancia.

—No te alteres, Pisuerga. Ya solo quedamos cincuenta y siete. Y en la congregación sabemos perfectamente en qué cesto ponemos los huevos… ¿acaso crees que somos unos panolis? Te conocemos, Pisuerga… sabemos que eres incapaz de entregar un trabajo mal hecho… o a medio terminar.

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Quaremm tenebrus >> Calister Castillo

Juan Manuel Caballero Parejo nació en Sevilla (España), el 12 de julio de 1970, aunque se crio en Extremadura. Residió en Madrid entre 1992-2007, donde alternó el trabajo con estudios de cine en la Escuela de Artes Audiovisuales, y de Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado dos libros de relatos (Por de Dentro y Nieve sobre Quantico, Virginia). Publica en revistas como El Coloquio de Los Perros, Almiar, El Espejo, Espacio Fronterizo, El Narratorio o Letralia. El verano pasado fue entrevistado por la revista The Citizen; la entrevista fue publicada en el número correspondiente. Ha firmado ejemplares en algunas Ferias del Libro, como la de Mérida (España). Entre sus influencias literarias se encuentran Ribeyro, Horacio Quiroga, Cheever, Sherwood Anderson o Hemingway. Trabaja en el sector de la Seguridad Privada.

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