TRES DETECTIVES

por Diony Scandela

El sábado trece de octubre murió el detective Pedro Núñez. Tenía sesenta y seis años cumplidos y veinte de lucha contra el crimen organizado. Núñez era gran amigo del gobernador, un hombre de acción y carisma; de posible origen judío sefardí, aunque él siempre lo negó. Simón Jacobsen, el forense, fue uno de los que pronunció el espléndido discurso en el Cementerio Municipal de Puerto Aztur.

Yo me hallaba en la recién remodelada sucursal del Bar Engels, en las afueras de la ciudad. Tenía entre mis manos una fascinante novela policial de tapa dura; una de esas portadas noir que tanto me recordaban a Pedro Núñez.

Mucho se teorizó sobre la procedencia de aquel hombre de complexión hercúlea: que era un agente de la CIA, que era el prófugo de un grupo de sabios que renunciaron al estudio de la cábala, o que guardaba una conexión con alguna sociedad iniciática. ¿Y qué podía pensar yo? En mi labor como periodista, siempre he sabido rasgar las capas para hallar la verdad. Simplemente, apareció de la noche a la mañana en el Departamento de Policía, buscando trabajo entre aquel gremio de incompetentes agentes de la ley.

Pedro Núñez era un sujeto alto cuya figura obligaba a los demás a levantar la vista. Tenía el rostro cuadrado, la nariz fina y el cabello negro ondulado. Sus ojos oscuros, bajo dos líneas gruesas de cejas, le conferían un aire moruno. En una ocasión pude comprobar que su puño era mortal: en un enfrentamiento físico, Pedro despachó a dos matones del «Ludópata». Investigando en internet una entrevista que le hizo el Diario Babalon un año antes de su muerte, noté que algunos colegas solían llamarlo «Arquímedes» por afecto.

¿Arquímedes? ¿El físico griego? Su posible origen judío nunca pudo comprobarse (el detective lo cambiaba según la ocasión). También comentó al diario que prefería leer a Cervantes antes que una novela de detectives; que Dios era una idea sagrada y… aquí es donde todo se enreda. Pedro decía en muchas ocasiones que era agnóstico, pero conocía muchísimo sobre religiones. En una ciudad como Puerto Aztur, donde hervía la locura de las ideas con el crimen serial, resultaba toda una gama de esquizofrénicos y paranoicos que rayaban en la teatralidad a la hora de asesinar personas.

Pero el insomnio, ese malnacido duende de la ansiedad, me jugó una mala pasada los días posteriores a la muerte del buen detective. En internet había muy poca información sobre él. Con el pasar de los días me enfrasqué en terminar de leer mi novela y cubrir un escándalo en la oficina de un concejal. El domingo fui a misa en la Catedral de la Resurrección, donde el padre hizo mención del caído campeador de la ley: «Su lucha nos guía, al igual que Dios lo hizo con su pueblo a través del desierto. Y en todos los mundos brillará la luz de Cristo para él». Al finalizar la liturgia, cuando los feligreses ya se habían ido, me quedé absorto en la estatuilla de un santo. Cuando iba saliendo, noté a alguien de traje negro y mirada inexpresiva que me seguía; yo le hice un gesto de saludo al cruzar las puertas de la iglesia.

Dejé la novela a la mitad y caí en un sopor que duró hasta las tres de la tarde, justo cuando sonaron las tres campanadas del reloj de péndulo en la sala. En el teléfono había tres llamadas perdidas de Margarita, una colega periodista, pero yo estaba en mi momento sacro del café mientras aún resonaban las palabras del padre: «Y en todos los mundos brillará la luz de Cristo para él». Di un sorbo al café mientras veía el cielo nublarse y las calles vacías. «¿En cuántos mundos podrán existir más Pedros?», pensé con sorna. Al terminar el café, llamé a Margarita.

—¡Carajos, Miguel! ¿Para qué tienes ese teléfono? —Margarita, hoy es domingo. Mañana terminaremos de averiguar el escándalo en la oficina del concejal. —Pues deja por un minuto esa novela policial… Hallaron algo frente a la antigua casa de Pedro Núñez.

Hay momentos en la vida que significan el desvanecimiento de todas tus realidades. Como el inesperado relámpago en un terreno inhóspito del Salvaje Oeste. Minutos después de haber conducido a la urbanización Abraxas, en la calle 33, pude darme cuenta de que la verdad se esconde tras capas. En una piedra gris estaba una mano cercenada, atravesada con una moharra. La sangre aún estaba seca y, lo más sombrío, un raro símbolo dibujado a la perfección con tinta. Bajo la tarde nublada de aquel domingo que caía como un fantasma, la casa de estilo americano del difunto Pedro Núñez parecía ser el punto de convergencia de todos los enigmas de la existencia.

Otra vez me puse en alerta cuando descubrí que el ADN correspondía al de un tal Rex Bellator. Un estafador de origen italiano cuya cercanía a las mafias locales resultó en su muerte un mes antes que la de Pedro Núñez. El símbolo, según averiguamos Margarita y yo, se trataba de un diagrama hermético del siglo XVI: Sigillum Dei Aemeth (Sello de Dios de la Verdad). Supuestamente, otorgaba poderes sobre arcángeles y espíritus. Descubrí también que Pedro Núñez mantuvo relaciones con la esposa del concejal y que encerró un par de veces al tal Rex Bellator; pero aquel lobo estafador siempre salía bajo fianza.

—La casa estaba hipotecada —me dijo Margarita mientras íbamos al Departamento de Policía—. Nadie está al tanto de esto, solo nosotros y los policías. Y aún tengo la irresistible curiosidad de saber quién era realmente Pedro. —Tal vez esa estúpida novela de detectives podría darte las respuestas. Ahora el lío es más grande: el sello en la mano del estafador. Una superstición que utiliza “magia enoquiana”.

Para ella todo era un mal chiste; para mí aquello era algo serio, más grande que cualquier caso periodístico. Olvidé durante días el escándalo del concejal e incluso pude reunirme con el gobernador. Bajo una noche lluviosa, en el Bar Engels, me confesó algo tétrico:

—La última vez que nos vimos, Pedro estaba en total estado de ebriedad. Me dijo cosas locas sobre que el universo era una red de copias y que él pertenecía a otra realidad. Es obvio que el hombre estaba ebrio… pero muchos dicen que el borracho siempre dice la verdad. —Desde luego —respondí. —Lo que viene a continuación es más extraño aún. Dijo que había matado a otro detective y tomado su vida: Artemio Valenti, otra figura legendaria en el panteón de luchadores contra el crimen.

En la Biblioteca Municipal hallé recortes de las hazañas de Valenti; se dice que rescató a un grupo de niños de una secta siniestra. Era un hombre de mano dura, violento e incorruptible; su rumoreada conversión al calvinismo lo posicionó como líder de una congregación. Lo que me voló los sesos fue que nunca se supo más de él. Mi reloj marcaba las once de la noche cuando el teléfono sonó:

—Mira el archivo que te envié —dijo Margarita.

Eran fotos de Artemio Valenti y de Pedro Núñez en su juventud. Eran como dos gotas de agua: Artemio usaba el cabello engomado y Pedro el cabello un poco largo con un bigote tupido. Al salir a la calle, el aire olía a ozono y salitre. Conduje de vuelta a la urbanización Abraxas. Recordé lo del «universo de copias». Si Pedro era realmente Artemio, ¿quién yacía en el cementerio? Saqué mi novela y en la página 133 leí una frase subrayada: «Para que el Sello de la Verdad se abra, el guerrero debe morir dos veces: una en el mundo de la carne y otra en el mundo de los nombres».

Fui empujado al suelo; escuché que alguien rompió la ventana de mi automóvil y hurtó mi chaqueta junto con la novela. Lo perseguí por toda la urbanización Abraxas, pero aquel sujeto corría como un maratonista. Se desvaneció en el bosque. Allí, en el suelo, brillaba algo metálico: una pequeña llave de bronce con una etiqueta de cuero que decía «Arquímedes» y un grabado del sigilo.

En el cementerio municipal se hablaba de la profanación de la tumba de Pedro Núñez. Al día siguiente, el concejal fue hallado muerto cerca de un prostíbulo. Margarita me mostró una foto: en el pecho del concejal estaba el mismo sigilo y el número tres.

Esa noche, me propuse averiguar sobre el sigilo, un diagrama mágico, compuesto por dos círculos, un pentagrama, dos heptágonos y un heptagrama, inscrito con los nombres de Dios y sus ángeles. ¿Cuál Dios? Yavé, Alá, el Todo… Tuve la surrealista teofanía de un Pedro Núñez siendo Artemio y Rex Bellator a través de un mapa cósmico.

Al despertar, Margarita entró apresurada. Le hablé del incidente en Abraxas y del blog «Bajo el rostro de nueve mundos» que Pedro escribió. Yo imaginaba que éramos piezas de un multiverso, pero ella me miró como a un idiota. Tal vez Dios era el arquitecto de nueve mundos cuyos habitantes eran el reflejo infinito. El detective en su transitar terminaba siendo guerrero, estafador y viajero del tiempo…

Esa noche, el aire se volvió denso. Miré la llave de bronce. «Arquímedes». El nombre no era una referencia al físico, sino a la palanca capaz de mover el mundo fuera de su eje. Regresé a la Catedral de la Resurrección. Encontré al hombre del traje negro sentado en el último banco. Al acercarme, no vi un rostro, sino una repetición: era el mismo hombre de las fotos, pero despojado del tiempo.

—Usted busca una verdad de tinta y papel —dijo sin mirarme—, pero la verdad es una arquitectura de espejos.

Me entregó mi chaqueta y la novela. Al abrirla, descubrí con horror que el texto narraba, palabra por palabra, mi propia llegada a la catedral y nuestra conversación.

—Pedro Núñez no murió el sábado trece —continuó la voz—. Pedro Núñez es una cifra en un cálculo que se repite cada trescientos años. Fue Artemio el calvinista, fue el arqueólogo que buscó las ruinas de Puerto Aztur, y fue Rex Bellator, que se dejó cercenar la mano para que el Sello tuviera una entrada en este plano. — ¿Y quién soy yo? —pregunté. —Usted es el que escribe la historia para que el ciclo no se pierda. Usted es la memoria del que olvida.

Me condujo hacia el espejo del baptisterio. No vi mi reflejo. Vi un desierto bajo nueve lunas y una torre donde un hombre idéntico a mí terminaba de escribir una novela policial. Comprendí que Dios no es el arquitecto, sino el lector de una obra infinita que se escribe a sí misma. El universo es su tablero.

Saqué la llave de bronce y la arrojé al pozo del bautisterio. Cuando volví a mirar el espejo, ya no estaba el hombre del traje negro. Solo estaba yo, pero en mi mano derecha faltaba el dedo con el que solía señalar las verdades en mis artículos.

Salí a la calle. El domingo agonizaba. En el quiosco de la esquina, el titular del Diario Babalon anunciaba: «Muere el periodista Miguel; se busca a un tal Pedro Núñez para cubrir la vacante». Un predicador se tropezó conmigo cruzando la calle, me miró fijamente y dijo en tono solemne: En todos los mundos brillará la luz de Cristo para ti.

Sentí el alivio de la predestinación. Entré en el Bar Engels, pedí un café y empecé a hojear una novela policial que acababa de aparecer sobre la barra. La primera frase decía: El sábado trece de octubre murió el detective Pedro Núñez…

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Diony Scandela nació el 3 de julio de 1993 en  Apure, Venezuela. Iniciado formalmente en el mundo de la escritura con la publicación de su novela Perros de la Prehistoria. Autor de varios relatos, entre ellos “El cíclope de los bosques”, “El caso del sindicalista”, “Caballero andante” y fundador de la Revista Paladín. Integrante del equipo editorial de la Revista Paladín.

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