“Acción y reacción. Causa y efecto. No podemos escapar de lo que hacemos”.
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Octubre de 2022
LUNES — UNA SEMANA DESPUÉS
Ese lunes se cumplía una semana del hallazgo del cuerpo de Roberto Nájera. La doctora Farina y la psicóloga Esquivel se reunieron muy temprano.
—En breve llegarán la viuda y los hijos —dijo la Fiscal—. La coartada de la mujer se pudo probar hasta el momento en que se retiró de la cena con las amigas. Ellas afirman que fue alrededor de las 02.00 hs. Después, no se puede verificar dónde estuvo ni qué hizo, porque su hijo llegó recién al atardecer del domingo.
—Doctora, me parece necesario profundizar en la dinámica familiar; aún no podemos descartar a ninguno de ellos como potencial asesino.
Poco después la viuda de Nájera estaba ante ellas. Al igual que Susana Delgado, la viuda se mostró primero sorprendida y después nerviosa al ver a la psicóloga. También esta vez vestía una remera con mangas largas, aunque el clima había mejorado y el día estaba soleado. La Fiscal se preguntó qué opinaría Roberto Nájera si viera a su esposa en las condiciones en que estaba una semana después del crimen: aún más ojerosa, despeinada y sin maquillaje; las uñas ya no lucían pintadas, sino desparejas y con las cutículas mordidas.
—Señora Frías, la Licenciada Esquivel es la psicóloga que nos ayudará a entender las posibles razones por las que alguien mató a su marido.
—Señora —dijo la psicóloga—, por lo que sé ustedes tienen un hijo que es guía de turismo y que eso era fuente de conflictos con su marido…
La psicóloga dejó la frase en suspenso.
—Sí, Roberto decía que eso no era una profesión, que eran unos cursitos elegidos por los vagabundos, para no trabajar.
—¿Por qué pensaba eso?
—Él siempre decía que una profesión seria era la Abogacía o la de médico, como hace Federico.
—¿Y con respecto a la suya, la Kinesiología?
—Bueno, también le parecía… no sé… inferior, la menospreciaba…
—¿Puede contarnos alguna situación de ese menosprecio?
—Bueno… a él le gusta… le gustaba contar cosas de… no de trabajo, pero sí de sus pasiones: el trekking, el surf cuando íbamos a la playa, los kilos que levantaba con las pesas en el gimnasio, no le gustaban los juegos en equipo porque decía que podían lastimarlo, sobre todo la cara y él se cuidaba mucho, y si yo quería contar algo mío… no sé… por ejemplo, que había empezado a ir a natación, se reía y me decía que eso lo tendría que haber aprendido de chica.
—¿Y si usted daba su opinión sobre lo que él hacía?
—No le gustaba que lo interrumpiera; menos todavía que lo contradijera. Estaba siempre muy seguro de lo que decía y se mantenía firme en su opinión. Era feliz cuando le daban la razón.
Después de un breve silencio, preguntó:
—Doctora —sus ojos se llenaron de lágrimas—, ¿cuándo nos van a dejar llevarlo para velarlo?
Sin terminar la frase, empezó a llorar.
—Ya daré orden de que les entreguen el cuerpo. Y le reitero mi pésame por lo ocurrido.
Cuando la mujer salió, fue el turno del hijo menor.
—Federico —dijo la psicóloga, después de presentarse—, ¿cómo era la relación con su padre?
—Pésima —dijo el joven—. No porque esté muerto voy a decir que era una buena persona. Se ganó el odio de muchos.
JUEVES ANTES DE LA FIESTA
Federico había estado estudiando desde muy temprano cuando su madre lo llamó para almorzar.
—¿Tenés un examen? —su padre ya había empezado a comer.
—Sí.
—¿Cuándo?
—El miércoles.
—¿Y necesitás desde el jueves para preparar un examen?
El hijo no respondió. Sandra le sirvió la comida y él empezó a comer en silencio.
—Yo no necesitaba estudiar tanto tiempo. Con unas horas me alcanzaba y tenía las mejores notas. En el secundario recibí la medalla al mejor promedio, y en la Universidad no tuve las notas más altas porque dos profesores me hicieron rendir las dos materias.
—Roberto —intervino Sandra—, ya lo sabemos. Nos contaste muchas veces…
—¿Y a vos quién te preguntó algo? Si vos te recibiste a duras penas.
Federico terminó de almorzar y se levantó para volver a su habitación. Siempre se preguntaba por qué iba a comer cuando su padre estaba en la casa.
LUNES — DESPACHO DE LA FISCAL
Esa mañana también habían sido citados Enrique Moretti, Pablo Martínez, Graciela Abadi y las mellizas Fenoglio.
—Señor Moretti, entiendo que usted estuvo entre los últimos en retirarse de la fiesta.
—Así es. Eran casi las 05.00 hs. cuando nos fuimos los últimos que quedábamos. Yo, Graciela Abadi y Estela Fernández, que se fueron juntas, Pablo Martínez y también Nájera y las mellizas un poco antes que él.
—¿Usted está seguro de que esas fueron las últimas personas que quedaban en el salón?
—Sí, doctora.
—¿Puede decirme por qué Avenida se fue cada uno?
—Yo tomé la Oeste, Graciela por la Sur y Pablo venía atrás mío. Por la Este, Roberto un rato después que las dos Fenoglio, digo, las mellizas.
—¿Usted está seguro de que ningún otro vehículo salió por la Avenida Este?
—Hasta donde sé, doctora, sí, o sea, estoy seguro de que no.
—Muy conveniente…
—¿Cómo dice, doctora?
—En algún momento, cuando se alejaba del salón, ¿usted oyó algún sonido extraño?
—¿Extraño? No, doctora.
Se quedó en silencio unos segundos y después dijo:
—Doctora, ¿usted se refiere a si escuché el disparo que mató a Roberto?
—¿Usted qué cree, señor Moretti?
—No sé, no, no escuché nada que me llamara la atención. Además, usted sabe, en estas ocasiones… bueno, uno toma un poco de más. Sí, ya sé que no tendría que haber manejado…
Pablo Martínez no fue de mayor ayuda. El psicólogo había conducido por la misma avenida que Moretti hasta llegar a la calle principal. Desde ahí, tomaron rumbos opuestos.
—Tenía las ventanillas cerradas, había puesto el aire acondicionado y con lo de la fiesta y los reencuentros me había puesto nostálgico, así que busqué en el iPad unas canciones de la época. Estas cosas movilizan mucho, ¿sabe? Además, yo me divorcié hace seis meses y…
Uno tras otro los asistentes a la fiesta fueron interrogados.
—Señora Abadi, cuando usted y la señora Fernández se marcharon, ¿el vehículo del doctor Nájera todavía estaba allí o él ya había salido?
—Nosotras salimos un poco antes. Un buen rato antes se habían ido las mellizas. No sé por qué pensé… bueno… con Estela pensamos que se habían citado en algún lado y que Nájera se había quedado un rato más, disimulando. Los tres pasaron la noche hablando entre ellos. Él parecía todo un seductor y ellas siempre fueron un poco… daban qué hablar…
—¿En qué sentido? —preguntó la psicóloga.
—Con Estela nos reíamos porque… ahora me da vergüenza decirlo, pero pensamos que a lo mejor les gustaría hacer una fiesta privada entre los tres. Sí, ya me imagino lo que estarán penando, pero durante toda la noche estuvieron así, pegoteados, toqueteándose….
—¿Ustedes escucharon algún sonido que les llamara la atención?
—Si quiere decir que si escuchamos el ruido del disparo que mató a Nájera, no, doctora. Le diría que ninguna de las dos, porque lo hubiéramos comentado.
A continuación comparecieron las mellizas Fenoglio. La Fiscal y la psicóloga no podían distinguir a una de la otra, excepto por la vestimenta; hasta se complementaban al hablar, como si cada una terminara el discurso de la otra. Las dos afirmaron que habían pasado una noche “alucinante”, que había sido “genial” encontrar a su excompañero tan atractivo y con una conversación tan amena.
Cuando la psicóloga les preguntó sobre su relación con Roberto Nájera en la escuela secundaria, ambas dijeron que habían sido muy amigos y que el adolescente era extrovertido y que tenía la costumbre de hacer bromas graciosas, aunque algunos compañeros eran tan “agrios” que no lo toleraban.
—Esa noche nos sentíamos tan bien que no queríamos que terminara nunca, pero ya todos se estaban yendo.
—Sí —agregó su hermana—, nos daba pena tener que separarnos.
—¿A qué hora fue eso? —preguntó la Fiscal.
—Un poco antes de las 05.00 hs.
—¿Ustedes y el doctor se despidieron en ese momento? —intervino la Licenciada Esquivel.
Una de las mujeres se pasó la mano por el cabello y bajó la mirada. La otra se encogió de hombros.
—Bueno…. la verdad es que nos sentíamos tan bien que…
—Nos pusimos de acuerdo para seguir un poco más en otro lado.
—No queríamos que los demás supieran.
—Siempre hablaron mal de nosotras, así que dijimos de esperar a Roberto en un bar conocido.
—Pero lo esperamos más de una hora y él no llegó.
—¿Qué hicieron entonces? —preguntó la doctora Farina.
—Pensamos que se había arrepentido.
—Nos dio rabia que nos dejara plantadas…
—Y que no fuera capaz de avisarnos.
—El lunes supimos…
—Sí, tuvimos terror de pensar que le podíamos haber pasado al lado al asesino.
—Fue una suerte para nosotras no habernos ido con él.
—Habríamos corrido la misma suerte.
Después de un silencio, una de las Fenoglio dijo:
—Las cosas del destino: un hombre exitoso, atractivo, inteligente, culto, y que venga a terminar en esa forma…
—Sí, una cosa así es tremenda —dijo su hermana.
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Después de las últimas declaraciones, la Licenciada Esquivel dijo:
—Sobre el doctor Nájera, pienso que el Licenciado Martínez, aunque haya hecho un análisis salvaje, como él mismo dijo, estuvo acertado en su diagnóstico sobre la personalidad de la víctima: era un narcisista.
—Explíqueme, por favor.
—El hombre necesitaba admiración constante; se ocupaba exageradamente de su aspecto físico: el gimnasio, los centros de estética, la ropa, el calzado. Era arrogante y autorreferencial, a veces exageraba sus logros y no le importaban las opiniones ni los sentimientos ajenos. Menospreciaba a los demás; por eso, los juicios sobre sus hijos y obligar a su esposa a someterse a cirugías y actividades que la hicieran digna de él, según su mirada, aunque pensaba que nunca lo lograría. Sobre su conducta en la fiesta antes y después de la llegada de las mellizas, lo que se ve en la filmación es que fingía sentirse alegre, sonreía y se paseaba entre los demás, pero se lo notaba cada vez más tenso, con los hombros rígidos, los ojos entrecerrados… Cuando ellas concentraron su atención en él, se mostró halagado y desplegó toda su capacidad de seducción. No sabemos qué habría ocurrido si ellas no hubieran estado presentes.
—Con respecto al seguro de vida, ¿usted qué opina?
—No era la clase de persona que se preocupara por los demás, todo lo contrario; por eso lo que dijo con respecto a su mujer y sus hijos como beneficiarios. Además, estas personas se creen invulnerables.
—¿Usted cree que todo esto puede ser motivo para que alguien quisiera matarlo?
—Como le había anticipado, estos rasgos de personalidad, las relaciones con los demás, sumado a otras situaciones de riesgo derivadas de su profesión fueron factores decisivos para ese desenlace.
—Quizás por eso practicaba tiro al blanco y llevaba un arma con él —manifestó la doctora Farina.
—Doctora, esto no se lo diría a nadie excepto a usted, pero creo que tuvo suerte de que no le ocurriera antes —dijo la psicóloga. Luego sonrió y agregó—: esto es poco profesional, ¿no le parece?
—A veces, Licenciada, en profesiones como las nuestras necesitamos descargarnos un poco. También a mí me resultaba odioso ese hombre. En cuanto al homicida, ¿qué hipótesis tiene?
—Esto no resulta tan sencillo. Estamos ante un asesino organizado, meticuloso, que seguramente actuó con premeditación: no dejó rastros, aunque el clima pudo ayudar a que algunos se perdieran; recogió el casquillo de la única bala disparada, lo que nos da la pauta de que es un buen tirador; debió usar una estrategia que infundió confianza en la víctima, por eso pudo acercarse tanto sin que haya señales de defensa.
—En ese caso, las sospechas se alejarían de Delgado.
—Pienso que sí —respondió la psicóloga—. Ella conserva mucho odio y el deseo de ver muerto al doctor Nájera, pero justamente ese mismo odio la hace ser impulsiva. Estamos hablando de un asesino que actuó con calma.
—Sin embargo, en el desempeño de su profesión, Delgado necesita ser meticulosa.
—En su trabajo sí, pero creo que si hubiera matado a Nájera lo habría hecho con varios disparos y habría dejado más señales de violencia —manifestó la Licenciada Esquivel.
—Tampoco el novio de la secretaria encajaría en ese perfil. Si hubiera conseguido un arma, le habría disparado varias veces y habría huido. ¿Qué más puede decir sobre el modus operandi? —preguntó la Fiscal.
—Vuelvo a decirle: es alguien experto en el disparo de armas de fuego. Necesitó sólo una bala para acertarle en el corazón, por más que estaba a escasa distancia.
—Licenciada, algunas de las personas que desfilaron por este despacho tienen armas y saben disparar, aunque en ningún caso se trata de una Glock registrada a su nombre.
—Si el doctor Nájera estaba por tomar un caso que comprometía a personas poderosas, sería lógico pensar en uno o varios autores intelectuales y, como es lógico, elegirían como autor material a un experto.
—Por otra parte, los hijos tenían motivos suficientes como para matar a su padre, pero, según declararon, no poseen armas ni saben disparar. Sin embargo, tienen una coartada que los cubre mutuamente durante un amplio lapso de tiempo que incluye la hora de muerte del doctor. Lo mismo ocurre con su esposa.
—¿Usted cree tener evidencias concretas que justifiquen investigarlos más, doctora?
—No hace falta que me lo diga, Licenciada —respondió la Fiscal con un tono que nunca había usado con la psicóloga—. No tengo elementos materiales que desvirtúen la presunción de inocencia. La ley es muy clara en eso.
La doctora Farina se resistía a abandonar la causa, pero tenía que aceptar que habían llegado a un punto muerto: lo que tenían era todo lo que podrían lograr. Sin embargo, la Fiscal insistía con que estaban pasando por alto algo importante, pero no alcanzaba a descubrir de qué se trataba. Era algo que había dicho uno de tantos que había declarado. ¿Una palabra? ¿Una frase? ¿Una actitud? A veces le parecía que estaba a punto de tener una iluminación —decía—, como cuando se tiene “una palabra en la punta de la lengua”, pero el momento pasaba y le quedaba la frustración.
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Diciembre de 2022
Después de dos meses la causa seguía sin novedades. Varias coartadas eran endebles, pero no había pruebas irrefutables de la culpabilidad de alguno de los involucrados.
Nuevos expedientes se acumulaban sobre el escritorio de la doctora Farina y debía ocuparse de ellos aunque se resistiera a abandonar la causa Nájera.
A pesar del tiempo transcurrido, los padres del Suboficial seguían insistiendo para que su hijo les contara qué ocurría con la investigación.
—Lauti —ese día su padre no había necesitado la morfina para atenuar sus dolores y se encontraba animado—. ¿Qué va pasando con la investigación? ¿No hay nada nuevo?
Él solía contarles algunas insignificancias; nada que no supiera la prensa, pero así ellos se sentían partícipes de la vida de su hijo.
—No, papá, ya lo saben.
—Los noticieros dan a entender que no están haciendo nada —dijo su padre.
—Justo a vos te vino a tocar este caso, hijo…
—Mamá, ya te lo dije cuántas veces: que el muerto haya sido un abogado reconocido, a mí no me afecta para nada. Sería igual que un desconocido cualquiera. Lo que corresponde es investigar a fondo, y no es culpa mía si no se descubre al autor del crimen. El problema es para la Fiscal, que está en el ojo de la tormenta.
—Hijo —manifestó su padre—, vos me dirás que no podés contar cosas, el secreto de sumario y todo lo demás, pero yo estuve pensando y estoy convencido de que el que lo mató estaba en la fiesta.
—Entonces sabés más que los investigadores, papá, ya te lo dije otras veces.
—La verdad, hijo, no lo lamento para nada. Ese tipo me arruinó la vida. Tu madre siempre me dice que esas son palabras de novela barata, pero es así, y no me puedo sacar esa idea de la cabeza.
Gustavo quedó con la mirada perdida en algo que su hijo no podía ver.
Continúa…
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Capítulos:
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La casquería, bodega >> Alias Torlonio >> Óleo sobre madera
Liliana Fassi reside en Villa María (Córdoba, Argentina). Es Licenciada en Psicopedagogía, graduada en la Universidad Nacional de Río Cuarto (Córdoba, Argentina). Entre los años 2010 y 2018 publicó tres libros que recrean, con entrevistas y ficciones, la historia de la inmigración llegada a su país entre las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Participó en diez antologías de cuentos editadas por instituciones culturales de Argentina y de Uruguay y recibió numerosos premios y menciones en ambos países. En 2023 tres de sus obras integraron una antología editada por la revista mexicana Sombra del Aire. Colabora con revistas digitales de Argentina, Canadá, Guatemala, México, Colombia, Ecuador y España. Es correctora de textos y fue prologuista de libros de autores de las provincias de Córdoba y de Buenos Aires. Actualmente, su obra aborda un amplio abanico de temas relacionados con la condición humana.

