SOBRE LAS ANTÍPODAS DE LOVECRAFT (2/2)

por Alberto Curiel

Estoy sentado junto a Gaby en el asiento trasero del automóvil de Ángel, partimos de la fiesta en cuanto mi amigo conductor apreció el desenlace de aquel combate de un solo puño. Presenciome aún con mi arma contraída, congelada en un movimiento concéntrico, mi brazo, mi mazo fatal. Frente a mí yacía el cuerpo del caperuzo, un ridículo durmiente que expelía cómicos estertores que musicalizaban la escena. Nadie se movía. Mis manos ingresaron seguras en el bolso delantero de la sudadera roja del desmayado matón, apoderándose de mis posesiones, recuperando mi depósito catorcenal intacto ante la mirada atónita de los simios que cesaron sus vítores al vencido número uno.

—Vámonos —expresé determinadamente.

—¿Pero por qué? —excusó Ángel, mientras mi mano izquierda lo empujaba firmemente desde su abdomen alto. Orlando, en silencio, asintió.

—¿Y por qué se quiso pasar de verga ese cabrón? —interpelaba Ángel a Orlando, quien se encontraba sentado en el asiento del copiloto.

—Pues es que ese wey es así —explicaba Orlando, —es de esos “buleadores” que nada más están chingando a los demás, en cada fiesta se rifa un tiro; antes de que saliera a marcarte ya estaba molestando a un pobre pendejo.

—¿Pero por qué empezó contigo, Beto, qué pedo? —cuestionó Ángel.

—De seguro lo vio todo pendejo y enano y le dieron ganas de romperle la madre; no lo culpo —afirmó Orlando con su típico humor ácido.

—¿Estás asustado, Beto?, ¿estás bien? Te veo muy callado —insistió Ángel con preocupación.

—¿Te pegaron, Beto? —continuó Gaby.

—No, ese we se madreó a un cabrón, se vio bien chingón —aseveró Ángel.

—Tú ni lo viste, we, ya chúpasela —sugirió Orlando.

—Estoy bien —respondí mientras oteaba hacia la ventana, vislumbrando la insólita iluminación que caía sobre el pavimento y las banquetas, una diáfana melena que nadie parecía notar, extendiéndose por la ciudad a incoas de la noche, siete de la noche con treinta minutos para ser más preciso —, sí me pegó, pero muy poco —dije rotando hacia Gaby. —Solo estaba pensando…

—¿En qué, we? —musito Ángel.

—En nada —murmuré esbozando una sonrisa; —en el terror de Lovecraft.

—¿Pasamos a cenar a “Milenio” (Milenio es un sitio en el que comúnmente comemos tacos) antes de irnos a la casa? —interrogó Ángel al tiempo que se respondía afirmativamente a sí mismo. —Cuéntanos bien cómo estuvo el pedo —solicitó imperiosamente.

Escuchamos música a volumen medio, el departamento de Ángel se abruma por la inusitada brillantez de la noche, la luz se cuela por las ventanas, es imposible permanecer afuera, el exterior ha transmutado en un martirio, el insólito fulgor de la noche es tan potente que pareciera que en el firmamento existiesen dos soles, empero, no hay sol, no hay luna.

El internet es intermitente, lo notamos porque la reproducción de la música a través de YouTube se interrumpe una y otra vez; todo se detiene, para abruptamente. No hay llamadas, la red cae, no hay programación en la televisión. A lo lejos una vieja radio suena, no escuchamos del todo bien; “lluvia de estrellas”, eso nos parece escuchar.

Salimos de los aposentos del departamento de Ángel, nos posicionamos con prudencia en la azotea del edificio, colocamos ridículos anteojos oscuros sobre nuestras dilatadas pupilas, observamos el cielo, miramos hacia la calle. Desde la altura de un quinto piso, desciframos el destemple que sumerge las avenidas que cruzan bajo nuestros pies, decenas de personas aturdidas navegan en círculos sobre el pavimento, haciéndose la misma pregunta: ¿De dónde viene la luz?

Los minutos discurren a través de las ciudades, de los países occidentales adornados con flamígera bisutería de anónima procedencia. Súbitamente nos advertimos abrazados, rodeados por un atroz retumbo, resuena en las paredes un sonido pedregoso, una aterradora melodía de rompimiento y quiebre violento atesta la metrópoli; vibración imponente. El firmamento es dividido con proyectiles rocosos que legan esquelas plomizas en la bóveda celeste, la atmósfera parece arañada, corrompida por extranjeros cuerpos humeantes con próximo domicilio aciago.

Ingresamos prestamente al departamento, extasiados, asombrados, aturdidos y temerosos. Para nuestra buena fortuna, la música retornó a la intranquilidad del luminoso recinto por medio de una memoria USB. Conversamos sobre los acontecimientos recientes, eso intentamos, no obtuvimos conclusiones, ningún juicio es decente a las doce y media de la mañana, a plena luz del día. Más drogas cayeron en la mesa: LSD, hierba, coca para amenizar, para contener la explosión de nuestra limitada inteligencia que contempló un hecho sin precedentes: la caída del firmamento, la extinción de la noche. No consumo LSD, ¿o lo hice?, de lo que estoy seguro es de que no ingerí coca, jamás me gustó. Pienso en el terror de Lovecraft, en Poe.

El tiempo es una constante, una interrogante constante que no encuentra absolución ni respuesta, para comprobar esto basta con aceptar que un poco de luz nos ha cegado. Desconocemos la naturaleza de nuestra existencia sin el tiempo, sin la luz que nos permite la percepción del tiempo, del día y la noche; estamos vacíos, drogados, felices, siniestramente alegres, lúcidos y comunicativos.

Orlando se encarga de asignar la música para la estremecedora situación, Ángel reposa pasmosamente en el sofá que designé para orinarme en la última borrachera en la que perdí el control, Gaby permanece remojando su cabeza bajó la confortante llovizna tibia que proporciona la regadera, yo pienso, como de costumbre, como si no pudiera parar de hacerlo; estoy maldito.

Qué culposo goce representaría visitar la mente del otro, acampar en la periferia neuronal de un cerebro ajeno, hacer turismo en la monotonía del pensamiento que sucede en cada cabeza, presentarme por ahí y saludar, o no hacerlo, sentarme en silencio a escuchar, inspeccionando furtivamente los acaecimientos que sobrevienen en un universo totalmente impropio. Lo mismo me satisfaría una intrusión de terceros al interior de mi sesera, soportando cruceros enteros convidados a mi entendimiento, pasando revista a los millares de ideas que horadan día con día mi imperturbable semblante. Quizá entenderían la razón de mis prolongados mutismos, de mi reservado carácter y de mi ininterrumpida huida, mi “Hégira”, como diría Zaid. Quizá los cruceros serían un fracaso, un manicomio insoportable, un incendio de corduras, cuando mis ensimismados invitados acostumbrados a procesar ideas con lentitudes ordinarias comenzaran a verse agobiados, asfixiados hasta la demencia bajo toneladas de cavilaciones surgidas de la aparente nada, los excursionistas en turno se verían perforados por centenares de flechas puntiagudas de filoso discernimiento provenientes de todas direcciones, sepultarían sus cabezas bajo tierra como avestruces, postrarían sus desesperados cuerpos en el suelo de mi consciencia, suplicantes, incesantes en sus plegarias, —¡para! —gritarían, —¡no más ideas!, ¡ya no más!, ¡deja de pensar! —¿De qué se me acusaría en caso de ser posible semejante periplo?, ¿tortura?, ¿genocidio?, ¿se me acusaría de ser un farsante?, o ¿de ser un verdadero mamón?

Me viene a la mente un capítulo de una singular serie bien llamada Malcolm el de en medio, en este episodio que rememoro, a Malcolm, un brillante adolescente, le es asignado un tutor para auxiliarlo en sus labores académicas, dicho tutor es un niño menor que Malcolm, y mucho más brillante que éste, pero lo que recuerdo es una frase portentosa referida por el tutorcito al ser cuestionado por Malcolm sobre el andamiaje de su intelecto: “Mi cerebro funciona como una gigantesca colmena de abejas, y cada una de esas abejas tiene un cerebro como el tuyo”. ¡Bah!

La noche ha caído inopinadamente en horas cercanas al amanecer, la oscuridad conforta, reblandece los agitados corazones de mis coetáneos, las otrora temidas tinieblas traen consigo la vuelta a la normalidad —como si aquello representara un hecho benigno.

—Ya anocheció, we —deduce Orlando brillantemente.

—¿Qué? A ver… —responde Ángel al tiempo que desliza suavemente la cabeza de Gaby, quien se hallaba dormitando sobre su hombro.

Orlando y Ángel echan un vistazo por la ventana que refresca directamente el sillón en el que nos posamos los cuatro; ante sus redondos ojos solo hay neblina bruna y silencio. Ambos amigos despiertos principian una conversación, comparten sus impresiones sobre las vacaciones pasadas y las futuras, departen y descifran las quejas de Orlando acerca de su salario, coinciden, coincidimos —aunque ellos no lo saben— en las impropias condiciones de trabajo y la dificultad para encontrar remuneraciones adecuadas. Yo… me mantengo en silencio; pienso en el terror de Lovecraft.

“Asusta pensar en la brecha existente entre lo que es bueno para los inversores y lo que es bueno para la sociedad, para la gente”, dijo… una mujer especializada en cuestiones financieras, económicas y empresariales durante una mesa de análisis que tuve la oportunidad de presenciar. La poderosa trasnacional HSBC fue investigada y acusada de lavar dinero proveniente del crimen organizado, la Big Pharmaestadounidense fue señalada por anteponer sus intereses comerciales por delante de su función para desarrollar nuevos medicamentos que eviten la propagación de enfermedades y salven vidas, por manipular ensayos clínicos, dejando de lado medicamentos que podrían curar enfermedades como la malaria, por aumentar deliberadamente los precios de medicinas con patente, o de presionar a gobiernos para que aprueben sus medicamentos bajo la amenaza de dejar de fabricar algún otro que solo ellos poseen, sin importar las cientos de miles de vidas que dependen de sus laboratorios. Todas estas imputaciones fueron comprobadas y llevadas a juicio ante tribunales norteamericanos; no pasó nada. Más allá de algunas multas millonarias, que para los colosales monstruos de los que hablo no valían más que centavos, la industria, el capitalismo, el neoliberalismo salvaje continúa empeorando.

¿Será por esto que los jóvenes no temen a Cthulhu, a Azathoth, al gato negro, al cuervo, al corazón delator? ¿Será que los personajes, las circunstancias y las tramas reales son más aterradoras que lo escrito hace más de un siglo en relatos de ficción?

Retorno al aquí y al ahora después de mis rumiantes cavilaciones, Ángel mira atónito el protector de pantalla de su gigantesco televisor plano de 90 pulgadas, el ácido le permite distraerse ampliamente con cualquier objeto que emita luz, Gaby no aparece en mi radar, intuyo que ha caído rendida en cama, no suele permanecer despierta durante toda la noche. Me pregunto si aún es noche.

Orlando mira al cielo de manera franca desde el borde de la ventana que da a la azotea común del edificio, lo escudriño laxamente y me dirijo a él.

—¿El cielo está muy azul o es el ácido? —Duda sin desviar su vista del firmamento.

—Está muy azul, claro, despejado —respondo.

—¿Reconoces ese punto de allá? —Eleva su mano derecha, y con su dedo índice me muestra un lejano sitio del universo, una esfera que no habíamos presenciado con anterioridad, una rareza de la bóveda celeste, un círculo cobalto, perfectamente redondo, pequeño, pero luminoso, lo suficiente como para ser percibido con una oteada ordinaria.

Permanecemos algunos minutos disfrutando del espectáculo, del éter de la existencia, trasmutamos, formamos parte de todo, también somos estrellas y polvo y nada, también vagamos en el universo sin derrotero evidente, nos percibimos en un espejo infinito, flotamos, somos ligeros y grávidos, pletóricos, diminutos… nada. Reincorporamos nuestra atención al pequeño objeto azul que nos engaña, simula moverse hacia nosotros, queriendo alcanzarnos, del mismo modo que nosotros a él.

—¿Es impresión mía o se está acercando? —Interpela Orlando.

—Es el ácido seguramente —le confirmo.

Aún no hay transmisiones en televisión, la internet ha muerto, nos hallamos en la edad de las cavernas, bajo la única luz de… nada, no hay luna, pero el universo se presenta sorprendentemente claro, como si quisiese protegernos de la negrura que representamos, de la locura, de nuestra obsesión dicotómica que nos obliga a castigar todo aquello que no consideramos normal. Orlando, Ángel y yo cerramos los ojos, escucho a Ángel roncar, Orlando reflexiona sobre la parsimonia que percibe, la quietud y conciliación del silencio; los celulares marcan las cuatro de la mañana.

Me aproximo nuevamente a la ventana para sentir caer sobre mí el velo de la madrugada, el aire frío empantana mis pulmones y acaricia mis fosas nasales; escruto el panorama en búsqueda de una luna que juguetea, que se esconde detrás de algún árbol, quizá tras algún edificio, tal vez detrás de la contaminación, probablemente hoy no está de buen humor para exhibirse en sociedad. Inevitablemente ubico el punto azul cobalto, luce más grande, detallado, bello, nuboso, como un reflejo del planeta Tierra. Recuesto mi cuerpo en el sillón que converge con la ventana, a través del espacio en donde debería haber una puerta, puedo ver a Orlando, que está semirecostado en la sala, a unos cuatro metros de mí. No decimos nada, nos hacemos parte del sigilo y la prudencia, del secreto que aguarda el porvenir; sobriamente nuestros ojos van cerrándose, nos camuflamos como la luna y dejamos de vernos.

Despedazado, fracturado, un florero yace en el suelo, las ventanas y puertas parecen crujir sincronizadamente. Orlando se yergue en un solo movimiento de su letargo, Ángel apenas despierta a su lado, veo agitarse con violencia encarnada las cortinas blancas de las ventanas, un rumor uniforme se esparce desde las calles y las avenidas, por los aires, debajo de los sillones, sobre las escaleras y en todas las recámaras, incesante, agudo, afilado, como un silbido ahogado que sale despedido desde la boca de un gigante.

Las ventanas se rompen, las puertas de todo el edificio comienzan a abrirse por la coacción del viento, cientos de objetos surcan los aires, Gaby aparece en la sala tras abandonar la recámara del fondo, corre, se agita, dice algo que no puedo escuchar, pero leo su pantomima desesperada mientras me sujeto de los márgenes de lo que alguna vez fue una ventana, curioseo en el exterior entrecerrando los ojos, tragando la poderosa brisa que me obliga a mantener mis mejillas desorbitadas, no detento más que polvo y sombras errantes, la materialización de la corriente de aire me imposibilita disfrutar íntegramente al menos dos de mis sentidos, mis oídos son asaltados por el enérgico siseo imperante en toda la Tierra, una resonancia brutal que amenaza con reventar mis tímpanos, empero, mis ojos se arriesgan a abrirse nuevamente, soportando la basura y polvareda que empuja incluso el bióxido de carbono que expele mi nariz, persevero, prosigo con las cejas fruncidas y realizo un examen fugaz del exterior.

Anquilosado, paralizado, aterido e insensible, siento desmayarme, consigo centrar mi observación en aquel gigante en flujo, en el coloso imparable, mis tímpanos estallan, solo escucho un zumbido punzante, grito, me desgañito y siento mis cuerdas vocales romperse, no escucho lo que sale de mi boca, pero Orlando me percibe, se acerca con dificultosa empresa, Ángel y Gaby se abrazan hincados en el suelo, en un mar de vidrios rotos. Orlando se ase de donde le es posible, me descubre ahogado en llanto durante mi encolerizada rutina, mi caricaturizada mímica que le demanda divisar por la ventana; lo hace.

El vigoroso viento empuja el cuerpo desmoralizado de Orlando hacia atrás, impactándolo con autoridad en la pared posterior, su mirada ha muerto, aunque su cuerpo no lo ha hecho. Exhalo el quejido más potente, largo y desgarrador que pude haber emitido jamás, mi último grito. Me arrodillo sin soltar el metal que sirvió como marco de la ventana, y oteo nuevamente al círculo azul que detectara horas antes, acercándose con voracidad vehemente, como si tuviera prisa, lo veo crecer con presteza, aparenta tener las dimensiones de la Luna, no, es más grande cada segundo, veinte veces más grande, treinta, cuarenta…

Titán cobalto, hermoso planeta que salió expedido junto con sus hermanos de su sistema solar tras la irrupción de un cataclismo cósmico; Goliat inmenso que vio morir a su familia planetaria que impactó con nuestro Sol, desviándolo de su posición, brindándonos más día que noche; bondadoso Hércules que envió postales de su advenimiento, misivas rocosas de su hermandad celeste ya calcinada que surcó nuestros cielos.

Advierto la última imagen del bello gigante azul que supera decenas de veces el tamaño de mi roca vagabunda, admiro su atmósfera, acaricio sus nubes que la engalanan realizando elipses en forma de garra, pienso, como de costumbre, a pesar de encontrarme ante mis últimos alientos, en todo lo escrito y lo dicho, en la guerra y la paz, en todos los seres que caminamos, vivimos y disfrutamos de esta fortuita cuna de vida. La canica cobalto inicia el impacto, cierro los ojos sin alcanzar la calma, el estoicismo, las paredes se rompen y me parece escuchar la voz del coloso diciendo: Nunca más.

 

IMAGEN

El noveno círculo del infierno >> Gustave Doré., Francia, 1832-1883.

 

Alberto Curiel nace un 5 de octubre del año 1990 en la Ciudad de México, o al menos eso es lo que nos ha hecho creer. Comienza a escribir poesía a la edad de once años, más tarde obtuvo un segundo lugar en un concurso de poesía en el que participó durante su estancia en la educación secundaria, ya en la preparatoria esboza sus primeros cuentos y ensayos. En 2014 ganó el concurso de cuento organizado por la Universidad de Ecatepec y el escritor Zaid Carreño, posteriormente participa en los cursos de Creación literaria y Didáctica del arte, impartidos también por Zaid Carreño. Alberto estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, así como un posgrado en Medios de Comunicación en la Universidad de Ecatepec. Actualmente es productor, guionista, conductor y locutor del proyecto radiofónico y audiovisual “Bestiario”, además de que trabaja en la elaboración de rutinas de “Stand up” propias, y en sus dos primeras novelas: “Entropía” y “El Psicopompo”, en donde se ven reflejados su gusto por la filosofía, la ciencia, el arte, el humor, la historia, la sociología, entre otras disciplinas. Algunos de sus textos han sido publicados en diferentes medios electrónicos.


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