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12 julio
2019
Literatura Narrativa Relato
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RESEÑANDO LOS SUEÑOS

Por Iván Dompablo R.

Mucho de drama y de título robado tiene la película Sin final feliz del director anglosajón George Kings. Allí se cuenta la historia de dos hermanos pertenecientes a una familia pobre que entran en conflicto en un momento determinante de sus vidas, sobre todo de la vida del mayor. La historia en sí tiene poco de novedosa, la salvan la fotografía y la manera enredada en que se van construyendo las historias, lo que mantiene al espectador en una incertidumbre que no baja de nivel —aunque, a decir verdad, tampoco sube— a lo largo de toda la película.

El joven director atrapa la atención con una escena inicial que comienza con un fondo completamente negro y el estruendo de un arma que sigue escuchándose como un zumbido persistente en los oídos del espectador; mientras va corporizándose en la pantalla la silueta, en blanco y negro, de una mujer de sangre africana; quien permanece estática de espaldas. El rostro de la joven está ligeramente inclinado hacia su izquierda; la cámara sigue la dirección de la mirada hasta encontrar —detrás de una especie de mostrador, los objetos no se distinguen del todo porque al parecer es de noche— el cuerpo de un hombre con el cabello revuelto, un boquete a mitad del pecho y en la mirada un gesto de incredulidad.

Lo anterior es una muestra de los matices de color, en este caso la ausencia de él, que se aprecian en el film. Enumero a continuación dos escenas más que dan una muestra de los tipos de cambios que podemos apreciar en esta película.

En una de ellas —en donde los colores se saturan al máximo— hay un árbol que tiene las dimensiones de una secuoya roja; de cuyo tronco nacen unas flores violetas y carnosas con el borde ondulado, son enormes, con forma de campana y parecieran salir de una pintura del Bosco. Una excepción rompe esta pintura: la sombra gris tenue de un hombre parado frente al árbol. Se escucha una voz, al parecer proveniente de la sombra, que dice: “¡Es extraño que amemos tanto el aroma del sexo de las flores!” La voz es triste, reflexiva. Nada más en la escena, sólo algunos movimientos de la cámara que debelan un paisaje alucinante, no así al hombre misterioso.

Un cambio más. Surge en pantalla un settelevisivo común. La conductora anuncia que después de los mensajes dará la notica policiaca de la mañana, ¿acaso se refiere a la escena primera? No podemos afirmarlo, el director se empeña en no permitirnos hacer una aseveración categórica. Todo parece normal, hasta que durante la pausa televisiva nos enteramos de que hay un problema con el drenaje del estudio: se escucha la voz robótica de un programa de computadora que se dirige a la conductora para informarle que el problema persiste, pero que puede tratar de remediarlo inyectando agua a presión por medio de la tubería. La conductora, preocupada porque se les acabe el agua, cuestiona al programa sobre lo estrictamente necesario del acto, quien le señala que hay suficiente líquido para intentar la maniobra y una reserva para salvar el día; el único riesgo es que la presión rompa la tubería y el setse inunde. Se autoriza al programa a proceder. Segundos antes de volver al aire el estudio comienza a inundarse.

Para finalizar, narro un resumen de la escena principal de la película. En una cocina a media luz, probablemente al atardecer, se perciben cuatro personas: dos mujeres y dos hombres, hay tensión en el ambiente que permanece en silencio. La mujer de más edad y de complexión grande sale de la escena, durante el dialogo posterior se deducirá que es la madre de los dos hombres. El más joven de ellos le recrimina al otro diciéndole que va a destruir la vida de todos: la suya propia, la de su cónyuge y la de la madre; quien no está enterada de lo que vendrá. El mayor, que permanece junto a su mujer, le grita al otro que no tiene idea de lo difícil que es la vida; la esposa del mayor no se pronuncia, pero se nota en su expresión facial que está de acuerdo con su pareja. Los ánimos crecen, hay gritos: “Te van a matar y a ella la van a detener”, presagia el más joven. El otro lo acusa de ser un soplón y saca una navaja muy pequeña y, tambaleándose —al parecer borracho—, avanza hacia él; quien a su vez encuentra un cuchillo de cocina que agita en el aire. Sus movimientos buscan disuadir a su rival, la mujer empuña un revolver, pero no interviene, permanece atenta desde el fondo de la habitación. El mayor parece regresar la navaja a su bolsillo y la mujer baja el revólver. El otro duda en deshacerse del cuchillo de cocina.

Este es nudo de la película. Dada la lentitud con la cual parecen transcurrir los hechos, el espectador tiene tiempo para unir el rompecabezas de las escenas, reflexiona y recuerda el subtitulo de la película, el cual sólo aparece dentro de la misma al comenzar la proyección, que dice entre paréntesis: (Un sueño). Se deduce luego que la escena inicial es el sueño premonitorio del más joven que trata de evitar la muerte de su hermano.

Cuando el hermano más joven suelta el cuchillo y el otro avanza para abrazarlo el espectador seguramente se siente defraudado. Aunque quizá también feliz de la conjuración del sueño (como me pasó a mí), sin embargo, la navaja aparece de nuevo en la mano del borracho, quien con un movimiento rápido corta la palma de la mano derecha del otro y se retira con la esposa. La perspectiva cambia: se mira una mano, como si fuera la propia, sangrar por una vena; la iluminación, que la muestra perfectamente, parece la de un quirófano —Dos ¿errores? (en mi opinión) tiran la escena: la sangre parece entre salsa de tomate y salsa de garnacha—. El hombre trata de detener el sangrado desgarrando un trapo blanco de cocina y atándolo a su muñeca con fuerza, pero la sangre continua fluyendo. Presiona nuevamente el nudo, ahora con más fuerza, hasta que le arde la muñeca y logra su propósito.

Finalmente sale de la casa, al parecer en busca de algún servicio médico; camina despacio en la noche. En medio de una calle desolada y vacía su vista encuentra un edificio con la puerta abierta, un ruido que proviene de él atrae su atención, desde su posición alcanza a percibir el rostro pétreo de la cuñada. Es la misma escena inicial narrada desde otra perspectiva. La mujer no intenta huir, vislumbra que ya todo estaba escrito, sólo mira al cuñado que desde afuera también la observa buscando la confirmación.

Nota: Releyendo, me doy cuenta que escribí que cuando el hermano menor aprieta el nudo del torniquete la muñeca le arde, como si la pantalla fuera capaz de transmitir también esa sensación. Debo el error a la capacidad del filmde colarse al subconsciente: al despertar hoy en la mañana (antes de escribir esta reseña) noté que me ardía la muñeca y recordé, con estupor, que había estado soñando que mi mano era la del personaje. Hay, sin embargo, una razón lógica para esto: mientras dormía me recosté sobre ella y el sueño y la memoria me han hecho unir estos dos acontecimientos en uno.

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Iván Dompablo R. nació en la Ciudad de México el 21 de septiembre de 1980. Poeta, narrador, editor y promotor cultural. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante seis años formó parte del taller de creación literaria que imparte el poeta Julián Castruita Morán en el Instituto Politécnico Nacional. Perteneció al Taller de la Gráfica Popular. Formó parte del equipo de edición de la revista Acta Poetica del Centro de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México y se desempeña como editor y corrector en Sombra del Aire. Algunas de sus obras han sido publicadas en diferentes medios impresos y electrónicos.

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