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30 enero
2019
Literatura Recomendación Reseña crítica
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LA ESTACIÓN DE LUCIANA, DE YESSIKA RENGIFO, O EL LIBRO DE LOS DESENCUENTROS

Por Nidya Areli Díaz

La existencia de la literatura femenina per se viene a ser desde su franco reconocimiento una especie de tema tabú, y es que parece ser que nos encontramos históricamente ante la escases de las letras femeninas versus la literatura masculina. A lo largo del análisis del tema, las diversas justificaciones parecen converger en el papel que ha desempeñado la mujer en la sociedad desde el nacimiento de lo que se pudiera llamar civilización; esto es: la mujer relegada a las tareas domésticas en el devenir cotidiano, la mujer que renuncia a su propia trascendencia en pos de la del compañero varón, la mujer que poca o nula voz ha tenido en los grandes temas de la universalidad, la mujer, en fin, que no tiene tiempo de andar inventando historias o en la búsqueda de un estilo propio porque la crianza de los hijos, que llena todo su mundo, se lo impide. No obstante, ya desde los albores del siglo XX, ha habido de pronto un estallido de autoras que, emancipadas de su condición de mujeres, se han arrojado a la nada fácil producción literaria, en un principio contra corriente, y ahora con el visto bueno del aparato social.

En este sentido, La estación de Luciana y algo más que contar de la escritora colombiana Yessika María Rengifo Castillo, viene a abonar como muestra de la producción literaria femenina de la actualidad. Pero, ¿qué escriben las mujeres? Me parece justamente que este libro bien podría tomarse como un ejemplo clásico de literatura femenina; es decir, hablando de una narrativa desde la óptica de la mujer del siglo XXI, y desde una mirada puramente femenina –creo insustituible–, aportando a la visión del mundo desde una voz que –parece paradójico pero es cierto– apenas comienza a cobrar fuerza. Se trata de una colección de relatos y cuentos en donde las protagonistas son mujeres, y sus voces narrativas van tomando cuerpo en historias que a veces se parecen mucho y que dejan, sin lugar a dudas, testimonio de múltiples realidades desde el pensamiento, el obrar, la entrega y la autoafirmación femenina.

Las mujeres de La estación de Luciana son personas preparadas, las más que estudian o se perfilan a hacer posgrados, mujeres independientes económicamente, de mundo, que viajan o han viajado; sin embargo, cojean de un pie, viven en la idea del amor romántico, esperando en los hombres a los que han elegido para amar por el resto de sus vidas, la correspondencia sentimental. No obstante, el desengaño y desencanto no se hacen esperar. Las mujeres de este libro, increíblemente, optan por la soledad antes que “traicionar” al amor. Los personajes que pueblan estos relatos son cosmopolitas, viajan de Argentina a Praga, escriben, son músicas, bailarinas, académicas… pero, como ocurre en la vida cotidiana, se dejan llevar tontamente por ilusiones banas y promesas de vidas que no serán: “Esa pérdida no se comparaba con ningún dolor que había experimentado, su cómplice, que la había alentado a estudiar artes en Dublín se había ido, sin enseñarle a continuar sin él”. Si pudiera elegirse un título alternativo yo propondría El libro de los desencuentros, y es que, ciertamente, la soledad parece ser el eterno némesis de sus personajes, la resignación a la vida que uno no hubiera elegido y que, sin embargo, es lo que se tiene, lo que quedó después del naufragio del desamor.

Los hombres, por el contrario, parecen ser criaturas incólumes que han elegido una vida e, inamovibles, optan por la figura de la santa esposa, la familia hecha, los hijos que aguardan el ejemplo paterno en la casa grande; son hombres también –los más– preparados, de mundo, que eligen siempre lejos del corazón, por lo que es materialmente más conveniente, más pragmático; hombres que prefieren el renombre académico o artístico, la publicación de sus obras o simplemente a la esposa, y que no se conduelen, a diferencia de las protagonistas, de hacer a un lado al amor. Los hombres de estos relatos sí traicionan al amor; de hecho, siempre ocupa en sus pensamientos un lugar secundario, como algo que pudiera dejarse pasar sin mayores consecuencias y que, de una manera unilateral, pudiera terminarse con una simple nota:

Viena requiere mis servicios y he aceptado, comprendo que tienes una carrera brillante como concertista en Oslo y no puedo permitir que renuncies a esta por mi nuevo proyecto. Perdóname por ser un cobarde y no esperar a que despertaras para despedirme, créeme que no hubiera podido irme, te amo tanto… Soledad, te llamaré, siempre tuyo Jerónimo.

En La estación de Luciana los hijos son una feliz prolongación del hueco que deja un amor ausente; las grandes ciudades sirven como lugares de encuentro para amores periódicos que se retoman una vez cada año por un solo día hasta la próxima vez; los cuartos de hotel son testigos de la entrega de mujeres atrapadas en la soledad del amor romántico no realizado y el éxito profesional nunca termina de ser suficiente para colmar la vida. Digamos que en estos relatos, las mujeres se han emancipado económica y profesionalmente, pero no han logrado liberar sus almas y necesitan el amor de un hombre para saberse mujeres y saberse vivas, y engendrar en sus vientres el fruto del hombre que cambió sus percepciones para siempre con tal de quedarse con un retazo de él a manera de vínculo indisoluble:

Las pruebas arrojaron el positivo, ese positivo que la angustiaba, pero lograba crear una extraña sensación que nunca antes había sentido. Era como si su vida, hubiera hallado la fuente de su ser, y estar, en el universo.

El argumento general se repite en la mayoría de los relatos y, no obstante, cada uno, con sus particularidades, aporta una nueva óptica al tema: una mujer cambia su visión del mundo a raíz de cruzar su camino con un hombre que la marca de forma irremediable; la mujer se enamora perdidamente, pero el hombre en cuestión termina yéndose, dejándola para siempre atrapada en la irrealización de lo que no fue. Algunas veces se culmina con un pacto de encuentros ocasionales de corte ritual, otras, en cambio, la mujer se contenta con un hijo que habrá de criar sola pero, no obstante, la hará sentirse unida al amor ausente de manera permanente. Existe el tabú de que las mujeres preparadas, de mundo, suelen ser también libres de pensamiento, o por lo menos más que el resto y, sin embargo, esta serie de historias desmitifican y contraponen dicha tesis, pues aquí –reitero– los personajes femeninos viven condenadas por el ideal del amor romántico y sus tormentosas irrealizaciones; se trata de mujeres dispuestas a renunciar a sus propias vidas, a sus libertades, a sus individualidades, etc., en nombre del amor, y, peor aún, de un amor no correspondido:

Al sentarse en el balcón del puente, encontraría la carta que Daniel escribió días atrás, para ella. En cuya carta le recordaba lo mucho que la amaba, lo feliz que era a su lado, y lo difícil que era mantener una relación con ella, siendo un hombre casado. Las lágrimas de Analía, invadieron su rostro. Comprendía que todo lo vivido con Daniel en el puente, era un sueño que hoy llegaba a su fin.

La prosa es poética, habitada por las figuras propias del Realismo Mágico, aunque no necesariamente hablamos de temáticas de la misma corriente. Los nombres propios evocan elementos de la naturaleza y colores: Azul, Nieves, Amatista, Celeste, Zafiro, Estrella, Lluvia, Brisa, etc. A menudo, la narradora recurre a la comparación como recurso retórico enriquecedor y que refresca la narrativa en la evocación de la naturaleza, de esta suerte se puede ser “tan sincera como las lágrimas del invierno”. Y del mismo modo, hace uso de la epístola, remembranza de la nostalgia de la correspondencia de antaño, pero que ahora se da por medio de la Internet, sin por ello, necesariamente, acortar las distancias como suele pensarse. Se trata, pues, de una prosa fluida, gozadora y casi siempre triste, netamente femenina o, cuando menos, que pone de relieve problemáticas y perfectivas femeninas.

El libro está disponible con acceso gratuito en https://www.ellibrototal.com/ltotal/

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Nidya Areli Díaz nació en la Ciudad de México el 30 de noviembre de 1983. Poeta, narradora, crítica, editora, promotora y gestora cultural. Egresada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Cursó durante varios años el taller de creación literaria impartido por el poeta Julián Castruita Morán en el Instituto Politécnico Nacional. Entre 2004 y 2007 fue miembro del Foro de la Décima Irreverente liderado por el productor, editor y etnomusicólogo Rafael Figueroa Hernández. Ganadora del segundo lugar en el Concurso Interpolitécnico de Poesía en 2001, y del primer lugar en 2002. Ganadora en 2012 del tercer lugar en el certamen de cuento Ciudad Imaginada organizado por Office Max y el Gobierno del Distrito Federal. Colaboró en 2013 con la Academia Mexicana de la Lengua en la revisión, corrección y actualización del Diccionario de mexicanismos. Su obra poética y narrativa ha sido publicada en diversas antologías y revistas impresas y electrónicas.

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