Después de muchas horas de viaje, por fin había llegado. Como vivía solo, no se vio obligado a dejar una miserable nota. De todas formas, él lo prefería así, sin el menor asomo de drama; por más que esto último, tratándose de él, nunca iba a pasar del eco de otro eco muy lejano. Como se veía impelido a dejar al menos una comunicación, prefería enviarle un mensaje telefónico a su madre, cosa que debería hacer justo en el momento antes de saltar, suponiendo que en aquel lugar hubiera cobertura. Escrito, desde luego: hacía ya más de seis años que no hablaba con ella, que vivía casi en la otra punta del país.
Su distimia caracterológica se había terminado aliando con el hastío existencial, y la muerte de su perro terminó por darle la puntilla. Deploraba la vida social, que ha tiempo ya que había dejado de servirle como válvula de escape; además, de unos años a esa parte era como si, de un lado, todos hablasen a una de cosas extrañísimas, como alienados; y de otra, las personas no hacían más que repetir lo mismo que diez, veinte años atrás, como una letanía sin fin y, seguramente también, sin principio conocido. Así que prefería ir a su aire las pocas veces que pisaba la calle. Al menos, recordaba, hacía un tiempo todavía encontraba cierto estímulo mirando el televisor, aunque sólo fuera con escasísimos programas, como el que daban por las tardes de ese tal Mr. Bean… en verdad que tenía gracia ese tipo, tan británico. Pero hasta aquello dejaron de echarlo hace mucho en la caja tonta, así que ya no podía llevarse a la boca ni ese azucarillo de vez en cuando.
Para ejecutar su plan había decidido unas semanas antes apuntarse a aquel viaje programado a la cascada del Salto del Nervión, y una vez allí, convenientemente hospedado junto al resto de viajeros en aquella bonita y amplia fonda del Parque del Monte Santiago cuyas fotos venían impresas en el folleto, hacer su particular visita, solitaria y nocturna, a la conocida caída.
Lo cierto es que, una vez decidido a poner punto final a su particular visión del mundo, había optado por aquella solución sin que supiera muy bien por qué. Diría que fue algo como dictado por su interior, por el inconsciente o cualquiera de esas instancias freudianas. Quizá sólo fuera porque cualquier otra manera de quitarse de enmedio le producía una grima insuperable: la soga, la vía del tren; incluso, el monóxido de carbono: consideraba esos métodos algo así como moralmente ilegítimos, o quizá exhibicionistas. Con relación a las pastillas no albergaba tanta reticencia, pero definitivamente prefería lo más parecido a desaparecer, y es aquí donde el descubrimiento casual de la excursión le abrió el camino. Naturalmente, había pensado en hacer el viaje solo, pero incorporarse a una salida organizada gozaba de algunas ventajas: podía escabullirse sin problemas para llevar a cabo “el acto”, y tal vez (era de esperar) su cuerpo sería descubierto más tarde allí abajo, como un pingajo desdibujado allá a lo lejos, pues no en vano la caída del Salto del Nervión contaba con 220 metros, nada menos. De esta forma, pensaba, satisfaría sus dos principales afanes: acabar con su existencia terrenal sin demasiadas estridencias para los ojos del prójimo, y que la recogida de sus restos fuese lejos de la vista de todos, y profesional y neutra.
Al principio, su estancia en el autobús le resultó sórdida. Junto a la ventanilla, miraba hacia un paisaje del que, dada su perseverancia observadora, pudo constatar su tránsito desde el amarillo al verde pálido. Empero, el verde intenso que llegaría no pudo ser motivo de su meticuloso escrutinio. Por culpa de ella.
Desde su posición paralela y algo más adelantada, unos ojos oscuros y almendrados hacía tiempo ya que lo taladraban por momentos con una mirada casi burlona. Él se había dado cuenta, pero sólo miró una vez, porque si algo le estaba quedando acreditado gracias a esa capacidad de decantación espiritual que tienen los viajes largos en el colectivo, era que su estado anímico era incluso peor de lo que esperaba, y podía considerársele febrilmente depresivo. Esto hacía improbable que aceptase el reto de aquella bonita joven para entrar en un juego de cortejo mudo, así que continuó mirando por la ventana aquel verdor ya consolidado que ahora casi se ennegrecía al albur de la veleidosa grisura de un cielo a punto de romper aguas. La insistencia, la seguridad de aquella mirada, la firmeza de una sonrisa innata, sin embargo, terminó por hacer su trabajo, y la terquedad introspectiva de él terminó claudicando: la mirada devuelta no pudo ser más, no obstante, que desnuda, inmisericorde de sí misma, sin fuerzas para el convencional ejercicio de parapetaje tras algún tipo de disfraz. Pero, para sorpresa de él, a ella no pareció importarle. De la nada, por mero instinto de justicia comercial, logró al menos corresponder por fin con una mueca agotada, aunque levemente ascendente.
Luego, una vez allí, mientras esperaban en pie a que el guía de la expedición certificase con el hombre de recepción de la calurosa fonda, pudo verla por completo, de espaldas. Era menuda, de constitución delgada pero enérgica. Su pelo a lo garçon le sentaba bien; también el cortavientos color caramelo que se había puesto al salir del autobús. Giró unos cien grados la cabeza para mirarlo de nuevo; su sonrisa, también allí, parecía encerrar la fórmula para mantenerlo a flote. Incluso, le pareció que albergara un gramo de sensual picardía.
En una especie de relajada recepción en el salón de la fonda, los anquilosados viajeros departían antes de ir a descansar para la visita a la cascada del día siguiente, que sería a pie por una vieja senda de caminantes, pues apenas un par de kilómetros separaban el salto de la posada; después, ya por la tarde, visitarían la bella localidad de Orduña.
Tal vez imbuido por el aspecto plomizo del cielo, pareciole, mientras miraba por la ventana en tanto que los demás charlaban y tomaban algún tentempié antes de retirarse a las habitaciones compartidas, que el anochecer había caído a plomo apenas en los escasos minutos que tardaron las confirmaciones con el recepcionista, en el recibidor. Reflejada en el cristal de la ventana, vio entonces cómo la joven se le acercaba por detrás, pero no quiso girarse para mirar. Notó a su espalda ese tacto metafísico que a veces se siente ante la cercanía de algunas personas; algo que, definitivamente, nada tiene que ver con la materia. Ella se le acercó aún más e, inopinadamente, le dio un beso en la mejilla.
Un ósculo tibio de piel, sin abandonar su espalda, que pudo ver representado en el vidrio. Y notó de nuevo su respiración; y el latido de su corazón, que llevaba días sin poder captar en su caja torácica, reapareció de súbito con la fuerza de bombeo que requiere un alpinista. Cuando giró la cabeza, aún pudo verla, con su cortavientos color caramelo, desapareciendo por la puerta del salón, como una hoja llevada por un soplo de viento bravío que el propio beso hubiera desencadenado. Miró de nuevo, él, a la noche de afuera, opaca del todo por mor de las nubes prietas color ceniza que la cubrían. Y sintió algo que le resultaba familiar. Y no sólo lo sintió, sino que pudo verlo con la misma insólita nitidez de otras veces, de otras crisis, en el reverso de sus párpados: una de esas bombillas cansadas, defectuosas, que trataba de iluminar un escenario de oscuridad plenaria, en un intento por hacer la luz que sólo lograba amarillear de manera pulsátil aquella nada negra. Así fue como se le representó otras veces, así de gráficamente (ahora lo recordaba), el comienzo de la salida de debajo del mastín negro de un brote depresivo. En ese momento, tras el beso de aquella joven mujer con la que no había llegado a cruzar media palabra, volvía a verla, a la bombilla, luchando por imponer su luz en la ceguera de dentro. Aunque ella se hubiera escabullido como un ángel disruptor que hubiese dejado su semilla de salvación para luego desaparecer.
Ya en la cama, le costó conciliar el sueño, como casi todas las noches desde hacía tiempo. Pero aquella vez era diferente, porque cuando cerraba los ojos seguía viendo la bombilla, que hasta se le antojó levemente más refulgente. Además, había empezado a notar como si la sangre, antes aparentemente detenida, solidificada dentro de su cuerpo, volviese a circular por sus arterias, proporcionándole una sensación de calor íntimo que tenía olvidada. Pensó en ella, y hasta se regocijó al imaginarla acostada en el cuarto que le hubieran asignado, que no habría de estar más que unos metros más allá, viéndolo a él cuando cerraba los ojos.
Por la mañana despertó con la primera luz del día, que entraba por la cortina semidescorrida de la ventana. Al ser lo primero que vieron sus ojos al abrirlos, pensó que no podía haber mejor metáfora para lo que le estaba pasando: como por aquella ventana, en su interior entraba ya la luz con cierta presteza. Nada excesivo, como el propio clarear de la habitación, pero seguramente, como éste, promesa de una apertura mayor a poco que el tiempo, las circunstancias, acompañasen.
Cuando rompieron a transitar por la vieja vereda de los caminantes, ella tampoco estaba allí, como en el desayuno. Tal vez se había quedado dormida después de una noche sin pegar ojo. Pensó en preguntarle al guía de la comitiva, que era también el representante de la organización en aquel lugar, pero le resultó embarazoso por lo que pudiera denotar. No obstante, su ánimo permanecía ágil, visiblemente recuperado. Dedujo, simplemente, que tal vez ella se había inhibido de visitar la cascada, pero que se reincorporaría después para la visita a Orduña. Más adelante, sin embargo, cierto cuchicheo en la parte delantera del grupo, presidido por el guía, mancilló de preocupación su renovado espíritu. Incluso, un velo de contrariedad le pareció que, por un segundo, apagaba un poco la expresión de aquel hombre. Algo instintivamente le hizo volver a mirar hacia atrás con la esperanza de verla venir, corriendo, hacia el grueso del grupo, disculpándose por su tardanza matutina.
A la altura del barranco, sobre la plataforma kárstica que hace las veces de mirador natural, a prudencial distancia de su filo, los miembros del grupo no se atrevieron a mirar al vacío para ver en plenitud la caída al abismo de la garganta del apretado cauce del río, vigoroso por la humedad otoñal recogida en su trayecto. Fue el guía, claro, el primero que se aventuró a dar unos pasos para acercarse un poco más al precipicio, pero, al contrario de otras veces, no invitó a nadie más a que lo acompañase. Ya allí pareció peinar el fondo del cañón con la vista que le salía del rostro fruncido para apurar la agudeza, basculando el cuello para tal fin. Después, su cabeza quedó rígida en un punto determinado. Apretó las mandíbulas y estrujó los párpados en un gesto de dolor, en tanto que se mesó la frente con la misma mano con la que se tapó los ojos por un momento…
Él se acercó en un movimiento casi inconsciente y, colocándose en paralelo al otro hombre, dirigió el tiro de sus ojos hacia la sima, hacia el punto donde el guía había hallado el motivo de su evidente turbación. Enseguida, pudo verlo: era apenas una mancha sobre las rocas que flanqueaban, allá abajo, al agua rota, casi atomizada, por la brutal caída. Una especie de desbaratado guiñapo. Color caramelo.
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Salto al vacío >> Óleo >> Silvia Arata
Juan Manuel Caballero Parejo nació en Sevilla (España), el 12 de julio de 1970, aunque se crio en Extremadura. Residió en Madrid entre 1992-2007, donde alternó el trabajo con estudios de cine en la Escuela de Artes Audiovisuales, y de Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado dos libros de relatos (Por de Dentro y Nieve sobre Quantico, Virginia). Publica en revistas como El Coloquio de Los Perros, Almiar, El Espejo, Espacio Fronterizo, El Narratorio o Letralia. El verano pasado fue entrevistado por la revista The Citizen; la entrevista fue publicada en el número correspondiente. Ha firmado ejemplares en algunas Ferias del Libro, como la de Mérida (España). Entre sus influencias literarias se encuentran Ribeyro, Horacio Quiroga, Cheever, Sherwood Anderson o Hemingway. Trabaja en el sector de la Seguridad Privada.
