Recuerdo que cuando tenía doce años, teníamos una mascota: Max, un perrito Dachshund de apenas dos años. Pequeño, de patas cortas, cuerpo alargado, y mirada alegre y enérgica, solía dormirse enroscado a los pies del sofá o correr como un rayo por los pasillos de la casa, ladrando a su propia sombra.
Vivíamos en la ciudad de Cali, mi papá, Ernesto, mi hermana, Verónica, que tenía apenas unos años más que yo, y, por supuesto, Max. Nuestra mamá nos había abandonado recientemente. Un día salió a trabajar… y nunca más regresó…
Al principio temimos lo peor: pensamos que algo malo le había pasado, que había sufrido un accidente o había sido secuestrada. Pero no. Simplemente se marchó a rehacer su vida con un hombre adinerado, dejándonos atrás como quien azota la puerta sin mirar. Tal vez estaba cansada de la rutina gris de la clase media-baja, del constante apretón del bolsillo, del deterioro lento de las paredes y de nosotros mismos. O tal vez, simplemente, se cansó de fingir que nos quería.
Aquella incertidumbre, ese vacío que no se llenaba ni con preguntas ni con excusas, nos llevó a varias sesiones de terapia. Pero ni siquiera los psicólogos sabían qué hacer con ese silencio abrumador, demasiado helado. Silencios que se volvieron tumbas vacías. Triste, realmente triste…
Mi papá, tras el abandono, empezó a beber más. No es que antes no lo hiciera —el trago ya formaba parte de su rutina como el cigarrillo o las noticias matutinas—, pero la diferencia fue brutal, casi obscena. Se atragantaba en licor barato como si quisiera borrar cada recuerdo, cada rastro de lo que fue nuestra familia. Se encerraba en la sala con las luces apagadas, ponía tangos de Gardel a todo volumen y se sentaba a beber en silencio, como si estuviera velando su propio cadáver.
Era una imagen difícil de soportar: un hombre destruido, bañado en lágrimas, con la botella en una mano y la mirada perdida entre los recuerdos lastimeros. A veces, incluso el vómito le caía encima mientras dormía encorvado en el sofá, hundido en su miseria.
Verónica y yo, pequeñas y exhaustas, intentábamos levantarlo, llevarlo hasta su cama. Pero nuestros brazos no bastaban. Y muchas veces lo dejábamos ahí. Inertes también nosotras, derrotadas por el peso de una infancia rota, que cada día se terminaba de desquebrajar.
Poco a poco, él mismo se fue diluyendo en su dolor. Se convirtió en una sombra rabiosa de lo que había sido. La frustración se le metió en los huesos, como un cáncer que lo carcomía desde dentro. Pronto, la violencia se abrió paso entre la carne como una bestia llameante.
Y afuera, el mundo no ayudaba…
En el colegio —no sé cómo se enteraron de lo de mamá— empezamos a sufrir acoso. Burlas, empujones, insultos. Verónica llegaba con los ojos hinchados y yo con las palmas blancas por los puños apretados.
Mi papá, después de enterarse, en una mezcla de furia e instinto protector, fue al colegio a hablar… pero la conversación terminó en gritos, y los gritos en golpes. Se enfrentó a puños con los papás de los agresores, como un animal acorralado.
Después de eso, algunos adultos lo vieron como un héroe desbordado. Pero nosotras solo veíamos a un hombre hecho pedazos, desgarrado, que ya no sabía cómo contener su enojo. Pronto empezó a pelearse con todos: profesores, vecinos, extraños en la tienda. Cualquier chispa era suficiente para hacerlo estallar. Hasta que también empezó a descargar esa furia con nosotras.
Primero fueron gritos. Los portazos se volvieron inevitables. Las palabras, cuchillos afilados. Y más tarde, desgraciadamente, también golpes.
Nuestro papá se estaba desdibujando, convirtiéndose en alguien irreconocible. Monstruoso. Su rabia crecía, deformándose en algo grotesco.
Empezamos a evitarle, no queríamos regresar temprano a casa.
Recuerdo aquella noche. Llegó a casa sucio, oliendo a alcohol barato. Sentimos miedo. Max, inquieto, se le acercó, le gruñó… y lo mordió. Entonces, mi papá, en un acto completamente cuestionable, lo pateó. Una patada brutal. Inhumana.
Pienso en lo increíble de cómo algunas personas no saben tramitar el dolor… y terminan desquitándose con otros…
Max chilló, cojeó, y terminó acurrucándose en una esquina. Desde ahí, silencioso y atento, observó con ojos llorosos a mi papá. Inmediatamente, mi papá, devorado por la culpa y el llanto, cayó de rodillas, jadeando, sin poder hablar. Se arrastró como pudo hasta el perro y lo abrazó. Y así si habló:
—Pe-Perdóname, Max… perdóname —gimió entre sollozos brutales, desgarradores. Nosotros sentimos ese desgarro en nuestros pequeños corazones.
Esa misma noche, Max murió. El golpe le había reventado algo por dentro. No pudimos hacer nada.
Lo enterramos en el patio de la casa. Nunca se lo perdoné a papá. Nunca se lo perdonamos. Lo odiamos. Con todo el corazón… aún lo sigo odiando… aunque la verdad no puedo evitar sentir tristeza por él.
Mi papá, solo y consumido por la culpa, empezó a perder la cordura. Decía que por las noches escuchaba a Max aullar en las cercanías. Que eran sus lamentos. Que lo buscaba. Decía que lo sentía.
La locura fue devorándolo desde dentro como un parásito.
Una noche, mientras la casa parecía sumida en una fría calma, vi a papá sentado en el suelo de la sala, con la espalda apoyada contra la pared. Tenía la mirada clavada en un punto fijo, como si más allá del concreto pudiera ver algo que el nosotras no. Su cuerpo temblaba levemente, como si el frío no viniera de fuera, sino desde lo más profundo de su médula.
Habló plano. Tono bajo. Dijo que lo había visto… A Max…
Pero no al Max de orejas suaves y ojos juguetones que nos lamía las manos cuando llorábamos. No. Lo que dijo haber visto era una cosa… Una aberración. Un engendro que arrastraba su recuerdo como una máscara podrida. Contó que se le apareció entre sombras, al borde de su cama, un cuerpo alargado y antinatural, como si se hubieran estirado más allá de lo posible. Tenía varias cabezas con bocas abiertas de dientes afilados como navajas y lenguas colgantes… Pero lo más perturbador, según él, eran los ojos… Decenas, esparcidos por todo el cuerpo deforme como testigos del horror. Se movían como si buscaran algo. Pero pronto se enfocaron en él. Nos dijo que esos ojos lo observaron con odio, con juicio, como si fueran la suma exacta de todo lo que él había hecho mal… De ser el causante de que mamá nos abandonara, del alcoholismo, de su enojo, de los gritos, de los golpes, de la muerte del mismo Max.
—Max volvió del más allá… —susurró de forma casi infantil—. Volvió del infierno a llevarme con él. Donde merezco estar.
Luego se quedó en silencio. Perdido en la nada…
Y no volvió a hablar.
Al día siguiente, al regresar temprano del colegio, lo encontramos…
Verónica fue la primera en ver la terrible escena. Yo solo escuché su chillido lastimero. Entré corriendo, y ahí estaba papá: colgaba de una de las vigas del techo. Como una piñata rota. La cuerda ceñida al cuello, apretándoselo de una forma feroz, sus extremidades descolgadas como un muñeco de trapo, la mirada perdida hacia el suelo. El cuerpo aún se balanceaba levemente…
Durante el levantamiento del cadáver, rodeadas de policías, estuvimos envueltas en un silencio absoluto. Pero dentro de mí, algo se quebró con un ruido ensordecedor, como si hubiese arrojado una copa de cristal contra la pared.
Antes de suicidarse ya no quedaba nada de él. Ni del hombre que fue. Sólo la sombra de una culpa que lo devoró entero, progresivamente. Vimos ese deterioro. Lentamente. Y no hicimos nada. Y no pudimos hacer nada. ¿Acaso podíamos hacer algo…? ¡Maldición! Estábamos en una mala racha, terrible.
Terminamos viviendo con nuestra tía, Gloria. Situación que tampoco ayudo demasiado porque era bastante distante, prácticamente entre líneas nos culpabilizaba por lo sucedido. Dormíamos en el segundo piso de su casa y una madrugada como cualquiera, escuché un alarido canino en la calle. Insufrible. Justo al frente de la casa. Inquieta, me acerqué a la ventana. Y ahí lo vi.
Al monstruo.
Era exactamente como lo había descrito mi papá, cada detalle, preciso… Sentí un terror profundo, un escalofrío que trepó por mi columna como un enjambre de arañas caminándome por la piel. Y fue aún peor cuando el perro —ese ser imposible, Max— me devolvió la mirada con sus incontables ojos monstruosos.
Y en aquel momento me habló. Gutural. Infernal. ¡Monstruo!
Lo juro: lo hizo.
—Tu papá ahora se revuelca en las llamas del infierno…
No entiendo cómo funciona el mundo. Como un único suceso desencadena tantos problemas como un castillo de naipes derrumbados por el viento. Cómo alguien puede destrozar a otros —a personas, a seres vivos— y seguir respirando tranquilo. Han pasado varios años. Mi mamá, quien nos ignora como el peor de sus errores, ahora vive en Italia, espera el segundo hijo de su nuevo matrimonio. Y Verónica y yo asistimos a proceso psiquiátrico. Tomamos fármacos, antipsicóticos, ansiolíticos; benzodiacepinas principalmente. Las imágenes de esa época… de mi papá… de mi mamá… de ese monstruo… de ese perro… Todavía me persiguen…
Ahora cada vez que escucho a un perro, revivo todas esas escenas escabrosas como una cascada enorme, imparable, que me abruma. Atormentándome hasta la médula.
Y creo que hay cosas —como ciertos perros— que no se van nunca… sólo cambian de forma…
***
Imagen
Asfixia >> Técnica mixta >> Alias Torlonio
Cristian Guevara (Cali, 1989) es escritor y psicólogo colombiano. Concibe la escritura como un territorio donde explorar los límites de lo real y lo imaginario. Su obra se centra en poesía y cuento, con afinidad por el suspenso, ciencia ficción y terror. Busca que cada relato genere un impacto duradero en el lector, sumergiéndolo en atmósferas inquietantes y despertando reflexiones que trasciendan la última página. Entre sus influencias figuran P. K. Dick, Chuck Palahniuk, Ursula K. Le Guin, Arthur C. Clarke, Clive Barker, H. G. Wells, Ray Bradbury, Stephen King y H. P. Lovecraft. Ha publicado en más de un centenar de revistas y antologías hispanoamericanas, entre ellas: Pactum, Dogevena, Codex Sulpurista, Albores caipell, Paladín, Inquisidor, Narrativa, Sonámbulo, El creacionista, Clan kütral, Sarape de neón, El nahual errante, La navaja extraviada, Nova talassa, Crónicas ómicron, Aion.MX, Casa Usher y Voces indelebles, consolidando su presencia en el panorama literario contemporáneo.
