Mi hijo no trabajará nunca, los hombres que trabajan no pueden soñar; la sabiduría se recibe en los sueños. —Nez Percé
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A tres días de escribir esta introducción, soñé con mi abuelo Antonio, después de hablar de él con mi madre. Antonio fue un taquígrafo excepcional ya que supo desarrollar su propio sistema, donde con un signo podía incluir una frase entera, lo cual le convertía en un taquígrafo muy solicitado. De aquella, la taquigrafía cumplía una función que hoy resuelve la tecnología: la de recopilar alegatos, declaraciones, presentaciones, discursos, etc. Mi querido abuelo despuntó entre sus colegas, tanto como para que el congreso de diputados, y también algunas de las mejores empresas del país (CONTRATACIONES y CONSTRUCCIONES o SOKOGUI), le tuviesen en activo durante años. En el sueño yo me disculpo con mi abuelo ya que su magnífica capacidad para la síntesis gramatical, se iba al garete con semejante nieto disléxico; entonces él me consuela haciéndome ver que lo que él hizo con el lenguaje, yo lo había hecho durante décadas con mi forma de dibujar más sintética. Por cierto, Antonio era bastante aficionado a los toros y siempre llevaba junto a su dinero y documentos, un atado de papeles amarillos donde dibujaba a estos animales, normalmente en movimiento, ya corriendo, ya envistiendo. Cuando venía a nuestra casa, él pedía ver mis dibujos mientras me dejaba ver sus toros. Ni perros ni gatos, solo toros perfectamente construidos. Pero volvamos a los sueños. Una vez despierto tomo consciencia de que, cuando olvido un sueño, al rastrear y traer de vuelta la ensoñación a través de una imagen, y aún con menos, con una difusa sensación que los sueños a veces dejan, se vuelve a dar el mismo ejercicio de síntesis con ese rastro escaso, y todo un episodio soñado, más o menos complejo según el caso, lo recuperamos por esa sensación que dura una fracción de segundo. Esto me lleva a corroborar que en el Reino de los Huesos, una palabra, un sonido, un olor, una imagen, o algo que no llega a ser ni un recuerdo, algo así como un vaivén de cabeza, puede llevar anexo el contenido de una vida compleja dentro del sueño, como hace un fractal; solo hay que concentrarse en ello, en la clave o residuo que aún nos queda de lo soñado, para que su información se abra como sucede con un libro.
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Me encuentro ante un grupo de personas que se inoculan enfermedades por vía intravenosa; no sé cómo llegué o qué pinto aquí, pero la perspectiva es terrorífica, de pesadilla (Entended que para mí la salud es un sacramento y el sueño es del fatídico 2020).
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Mi hermano y yo regresamos de una barriada muy pobre donde unos niños nos dan un cigarro para que lo fumemos; entiendo que semejante acto es un tratado de amistad. Entramos en una chamarilería donde encontramos al amigo Paco Martín. Entre todo tipo de género veo unos artefactos, inventos, aparatosos cachivaches, cosas que no sé para qué podrían valer, pero aprecio su aspecto preindustrial, denostado, e imposible.
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Voy en motocicleta por el camino de un descampado de algún extrarradio; feliz, después de haber rechazado una oferta de trabajo ofrecida por un ayuntamiento. Cuanto uno ha estado más cerca de pillarse los dedos, después, si escapa es más embriagadora la sensación de libertad; uno lo nota cuando las tripas al unísono nos aplauden y vitorean mientras el plexo solar irradia alegría. 20/9/20
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He quedado con Gerardo en el Parque del Retiro. Mi amigo espera cogerse un buen ciego, pero eso no va a pasar, ya que no estoy por la labor. 21/9/20
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En algún lugar campestre del norte de Europa, tal vez Irlanda o Gales, estoy con dos chicas que están embarazadas, la más joven es la más grandona y también la más espontánea; al lado de ellas hay un capazo con excrementos de gran tamaño; les aconsejo que traten de vaciar las tripas a diario; y mejor aún por la mañana, con lo cual, dado sus avanzados estados de gestación, esta práctica redundará en mayor bienestar para ellas y para sus fetos. Me queda la sensación de conocer a fondo a estas dos chicas. Tengo una casa de huéspedes donde, con los inquilinos, hacemos música, allí incluimos a todo el que esté presente.
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Frecuento una librería situada entre la plaza de Manuel Becerra y la calle Francisco Silvela de Madrid, decido bajar por esta. Me traslado con mi vieja bicicleta de carreras verde, de hierro y con un solo freno asintomático. Paro por darme un respiro en un bar continuo a la librería, regentado por dos mujeres muy simpáticas. El caso es que cada vez que monto en la bici, circulo por las calles de Barcelona, pero cuando la dejo estoy de nuevo en Madrid. Aun teniendo un paisaje urbano cambiante, consigo llegar a donde deseo. 22/9/20
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Vivo en Murcia con una mujer. Al principio experimento la situación en primera persona, para después pasar a ver los acontecimientos como espectador. Estamos de visita en casa de la madre de mi pareja, despidiéndonos para volver a nuestra casa. La madre de mi mujer le recomienda que se cubra las vías respiratorias con el bozal (la mascarilla, los pañales, aquel insulto a la inteligencia y muestra de sumisión), pero su hija le contesta que no, puesto que vamos de cabeza a la cama. No sé qué ha pasado, veo un coche dando votes por una carretera en el desierto. Es el escenario de un crimen. Alguien agarra mis manos, tal vez para atarme. Todo está oscuro. Demasiado rápido. ¿Es que han matado a mi pareja? Tengo un recuerdo: mi mujer y dos amigas suyas están sentadas en medio de un barrizal y el barro les cubre las piernas; esto parece divertido. En la oscuridad descubro un juguete desmontable, lo abro y dentro hay un gato que debía de estar ahogándose allí encerrado.
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Me acompañan Paco, Carlos y una mujer. Mientras hacemos café, Carlos y yo desparramamos un poco por la cocina. Paco, en el salón de la casa de su madre, está a punto de dormirse. Carlos decide prepararse un baño, pero antes la mujer se sienta en el bidé. Paco me da dos platillos de loza blanca con ribete dorado, me encarga dárselos a mi hermano Sagu, pues parece ser que este ha empezado a coleccionarlos; hay un tercer platillo, para las ostias consagradas en misa, dice Paco, no para mi hermano. 23/9/20
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Cierro los ojos. Ante mí hay un pueblo con una cuesta enorme. Gente de todo tipo baja por esta pendiente, todos en la misma dirección. Primero andan para después correr, de niños a ancianos.
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Cierro los ojos. En un gran salón de actos todo el público mira hacia un escenario vacío; unos sentados y otros de pie. Como en la cuesta anterior, tengo a todos de espaldas.
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Cierro los ojos. Estoy en un pasadizo subterráneo que es mucho más grande que un hangar, tanto que veo a la gente diminuta bajo este espacio inmenso.
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Reúno junto con mi hermano un montón de material literario que luego monto en cartulinas negras. Alguien trata de difamarme por un trabajo mal hecho donde yo no he puesto nunca las manos.
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Duermo. Despierto casi desnudo en un lugar extraño; bajo las escaleras de entrada de un edificio. Noto que me he perdido porque he andado sonámbulo. En una sala muy grande por fin veo a una mujer. Le pregunto por la salida. Ella se da cuenta de que estoy dormido, con suavidad mientras me besa, me tumba sobre un tatami. Su casa es espaciosa pero acogedora, hecha con maderas nobles, tapices de color azafrán para las paredes, y paños y lámparas azules. Después de dormir me encuentro en un local de copas con la mujer del tatami y una amiga suya; mientras, la dueña del sitio nos prepara unas bebidas. Al verme medio desnudo me percato de que aún sigo sonámbulo y no consigo despertar (Es que soy sonámbulo). 24/9/20
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En una zona de playa, vivo con dos amigos en la arena, como viven los cangrejos.
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Vivo con dos amigos, igual que antes, pero ahora estamos sobre un terreno de montaña y vivimos como las setas, entre la hojarasca del bosque. 25/9/20
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Un psicópata monta una escena con mi hermano y mi madre delante. Me lanzo a por él, rodamos por el suelo; pero de pronto me siento cansado de lo repetitivo de la lucha, de la sangre, del enfrentamiento, y sobre todo de alimentar todo aquello. Le dejo hacer, permito que me golpee con saña. Cuando él ve que mi cuerpo no reacciona a sus golpes, queda arrinconado frente a su locura. Creo que he entendido hasta lo más profundo de mi subconsciente, que los psicópatas necesitan una excusa que ellos mismos validan; ellos necesitan nuestra reacción, sentir nuestro menor latido como detonante para actuar sin límite pero con impunidad.
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Estoy con mi amigo Emilio, paseamos. Él se encuentra a dos tipos de un grupo que quieren que vayamos a comer con ellos. Luego nos cruzamos con una fila de pequeños colegiales, estos varían el rumbo hacia donde estamos Emilio y yo; Este pequeño desfase irrita mucho a una profesora jovencita con claras intenciones de educar a través del chantaje emocional. A través del enfado de la chica se crea ante nosotros un bucle espacial (flotante) con un sin fin de objetos de diversa índole, recuerdos e imágenes; Emilio me invita a cerrar el bucle. Sin saber cómo me pongo a ello.
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Vamos dentro de un coche por una carretera comarcal, mi hermano, otra persona, y yo. En cierto punto paramos el motor y nos dejamos caer por una cuesta. Con la inercia de la bajada, sin poder evitarlo salgo volando. Cuando vuelo soy muy feliz. 26/9/20
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Caigo, no sé de dónde ni hacia dónde, solo floto y caigo, y a mi alrededor veo caer unos pliegos enormes, grandes telones de una tejido semitransparente, que se abren con la inercia de la caída; al desplegarse, estos artefactos que nunca antes vi, muestran en su interior todo tipo de información. La situación es tan inusual que me digo: Busca las palabras adecuadas para luego poder explicar esto que estás viviendo. Las palabras que acuden son estas: Recopilo una caída de telares de conocimientos desplegados al revés. 27/9/20
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Cierro los ojos. Mientras se oye la narración de un libro de Oliver Fox, una mujer y yo nos besamos con pasión. A ella la conozco; se presenta en situaciones diferentes y puede cambiar su aspecto, pero cuando entramos en contacto, como ahora, inmediatamente la reconozco y me digo: Ah, ¿tú otra vez?
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Empiezo dando un paseo, creo que por el barrio de Vallecas. Después, durante una cantidad de tiempo indecible, imposible de determinar por la disparidad del tiempo/espacio del Reino de los Huesos con respecto al espacio/tiempo del Estado de los Vigilantes, reunifico mis células tras haberlas mandado a paseo repetidamente, como si fuese un juego, pero también un ejercicio. 28/9/20
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Junto a unos amigos, estoy en casa de una mujer a la que quiero mucho: una iberoamericana brasileña de caderas anchas y muy divertida, se trata de Ivy Aï; a ella la conocí en el Reino de los Huesos en febrero del 2020, luego volvimos a encontrarnos en julio del mismo año. Su casa es preciosa, de techos muy altos (yo siempre he vivido en casas antiguas y valoro mucho los techos altos); parte de la casa es como un escenario de teatro. Ivy me dice que sospecha que uno de los invitados es un ladrón. Mi amigo Paco está sentado en un sofá, está apartado de la gente y parece de muy mal humor, pero esto es frecuente así que no me preocupo; cuando reparo en él, alguien intenta salir de la casa mientras se acomoda una bolsa bajo la ropa; agarrándole con fuerza del brazo, le paro antes de que abra la puerta; el tipo me clava algo metálico en el vientre, una navaja o un puñal; al apuñalarme los presentes se encargan del miserable, para ponerlo en manos de la policía. Finalmente me veo discutiendo con los idiotas de la ambulancia por su falta de tacto y de educación. Han de curarme pero tengo tal enfado que ya no me dejo tocar (Esta escena la viví en el 2017, en el Estado de los Vigilantes, cuando a la hora y media de llegar a Madrid, el encargado de una tienda me golpeó en la mandíbula con una barra de hierro, acusándome de robo, ¡solo para tratar de robarme el chaleco que llevaba puesto!).
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Trabajo para los Juzgados de Madrid. Allí también estudio y nos solemos reunir algunos amigos, incluido mi tío Malvar. En un examen he de hacer una impresión en tres dimensiones de dos palabras aleatorias, y con esas dos palabras solo, las que sean, debo situarlas para que cuenten una historia con sentido. Luego, por los bajos de los de los juzgados me encuentro con Javier P y Susana, ella lleva puesto un mono naranja; Javier bromeando trata de darme un beso y yo pongo resistencia para hacerlo más cómico. Lucia se enfada con su hermana Susana por ponerse ese mono naranja (del corredor de la muerte) que resulta ser mío. 29/9/20
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Cierro los ojos. Al desplazar de sitio una mecedora, me hago daño en el dedo de un pie.
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En una habitáculo pequeño y oscuro interrogan a alguien. En la calle un camión volquete con una carga de toneladas de piedras, derrapa y queda a dos ruedas, a punto de volcar; en la otra dirección un auto corre a su encuentro a toda velocidad. Paralizo la escena justo antes de la colisión, congelando la imagen.
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Con Crispino y más gente, compartimos una casa que, entre todos, vamos adaptando a nuestras necesidades. Después somos examinados por un grupo de masones controladores y adictos al poder, para ubicarnos en un extraño programa espacial iraquí (Imagino a Crispino llevando el catering, y yo quitando con un trapo las telarañas de las toberas del reactor).
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Voy en la parte trasera de un taxi ranchera. Mi hermano Sagu va delante con el chófer, que no para de reír; le digo al conductor que disfruto mucho con las curvas; entonces este pisa a fondo el acelerador, haciendo el loco. Más risas. Finalizamos viendo una exposición de pinturas. Lo cuadros que veo en el Reino de los Huesos, suelen tener como característica, una nitidez, un brillo y un realce en los colores, como jamás he visto en el Estado de los vigilantes. 30/9/20
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Cierro los ojos. Ando descalzo sobre el empedrado nocturno de un patio, grande como una plaza. Puedo ver el reflejo de la luz de la luna en los adoquines. Con un impulso mental echo a volar y salgo de aquel claustro que, aun siendo holgado, lo sufro como el clautrofóbico irredento que soy.
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Cierro los ojos. Es de noche, estamos varios en el campo, mirando al cielo; de pronto aparece una figura dando brincos, nos rodea y acercándose a mi lado, señala con el dedo un punto en el cielo.
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Cierro los ojos. Ando por una calle que se va estrechando; en dirección contraria a la mía, avanza una multitud. Para no ser arroyado me elevo flotando por encima de sus cabezas. Nadie repara en mí, estos siguen su camino como una manada.
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Cierro los ojos. Una mujer con gafas y cara sonriente mueve ante mí sus manos, de forma rítmica y entrecortada, cuyo efecto es extraño y fascinante. Un auténtico hechizo cinético.
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Vamos varios en un coche. El conductor hace cosas rarísimas, como por ejemplo lanzarse hacia la escalinata de una calle en bajada y, justo cuando vamos a salir disparados al vacío, cambia el formato de la realidad y la secuencia temporal; en este caso nos sitúa entre las dos dimensiones de un cómic, dibujados a tinta; así es como salimos bien parados de cada trance; entonces me recreo en el aspecto de mis compañeros de viaje, con sus caras dibujadas en blanco y negro. Sospecho que el conductor nos está dando una lección magistral sobre como alterar la percepción de la realidad. Con tales cambios todos achacamos sensaciones desagradables y molestas; imagino que es porque, para conseguir su objetivo, el guía nos ha de poner en continuos estados de shock. Luego tengo una conversación con alguien sobre cómo en internet se ve que mucha gente ignora las palabras esdrújulas, españoles y no tanto (al margen de argentinos, chilenos y uruguayos), de tal forma que a veces hay que adivinar qué es lo que intentan decir.
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Cierro los ojos. En la jungla de Indochina, un hombre ataviado de manera elegante y ceremonial, espera, habiendo fijado su cuerpo en una posición, como un paso de baile congelado, creando entre sus manos y su cara, un espacio notable. El hombre permanece a la espera de recibir algo, una iniciación, un objeto de poder, un conocimiento, una respuesta, una señal, una visión, una albóndiga cayendo del cielo (ver Robert Crumb), etc.
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Cierro los ojos. Con un par de cables de acero trenzado y algo oxidado, confecciono unos tirantes para unos pantalones que caen sin sujeción.
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Acudo, junto a una compañía de teatro, a la tarde del estreno, cosa que finalmente no sucede por algún problema técnico. Sin embargo, elenco y técnicos de la compañía siguen tan contentos, bromeando por todo. Finalmente aparece Paco M, y nos hacemos todos juntos una foto, entre risas y bromas.
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Veo a la gata Daniki. Sobre una caseta de perro hecha con ladrillo viejo y cubierta de hiedra está la gata Esmeralda I, madre y abuela de todos los gatos que han vivido conmigo; está tumbada, dando la tripa al cielo. Después veo a la gata Milagros, primero la veo sin problemas, para luego observar que tiene una calva en el lomo (El verano del 2020 de forma inexplicable llegué a contar hasta veintiún gatos cuando ponía la fuente llena de carne).
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Un ladrón de arte perteneciente a una logia masona, trata de pasar por la frontera una pieza de Francisco de Goya, robada cuando los museos no tenían ni sistemas de seguridad ni demasiado público (yo viví los museos medio vacíos); lleva el Goya precintado en el trasero de otra pintura de calidad pésima, dentro de un lote deplorable, del tipo de cuadros que dañan las corneas de quienes osan mirarlos: caballos blancos con la melena al viento, o vistas de paisajes impresionistas impresentables, tal como los veríamos después de sufrir un empacho con carne de ballena podrida. 1/10/20
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Cierro los ojos. Una puerta automática de garaje se va cerrando a mi lado. Me pregunto si debo entrar en el garaje, antes de que la puerta complete el cierre, o debo quedarme fuera. Pego un brinco y echo a volar. Cuando algo no está claro en el Reino de los Huesos, opto por volar, las alturas nos dan buenas perspectivas.
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Estoy con mi amiga Pepa y mi hermano Sagu en la casa de este último. Me asomo a la ventana de su habitación y al primer golpe de vista creo percibir una urraca; pero no, el pájaro es blanco y negro, pero mucho más grande que la urraca, se trata de un secretario africano de aspecto impresionante, sobre un tejado de cinc, con las plumas negras del cogote azotadas por el aire; no lejos de él, en el mismo tejado hay un gran carroñero oscuro, es un buitre con su cogote calvo hundido entre los hombros. Ambos parecen acechar algo. La imagen con la ciudad de fondo es imponente. Luego, en un rincón del bosque de la casa familiar de mis padres, donde solía pasar ratos a solas, meditando, veo a la gata Milagros parir una camada numerosa (Milagros ha resultado, con mucho, la peor madre que he visto en mi vida, tanto que aquí el sueño apunta a pesadilla).
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Por el Parque del Retiro andamos José María (hacedor de marcos), Manolo (guitarrista flamenco), y yo (mis labores). Lanzo una pelota de tenis a José María. Andando encuentro dos pelotas verdes más. Al llegar a la calle de Menéndez Pelayo, José María encuentra en un coche abandonado, una pelota de baloncesto que daba por perdida. José María ahora está dentro del coche y lo pone en marcha. El coche aún funciona. En el asiento de atrás hay una chica que me gusta, porque me recuerda a una amiga que quise muchísimo, siendo ambos adolescentes. ¿O es ella realmente?
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Mi primo Carlos está esperando a alguien, mi hermano y yo le acompañamos; estamos en un local de un amigo de Carlos, tomando unas cañas de cerveza mientras hablamos con las camareras. Yo calzo unas botas muy extrañas y visto solo un calzón bóxer y un chubasquero. Dentro del local juegan dos perros. Mi hermano Sagu se come la comida que trajeron para mí; le lanzo una coz jugando, y uno de los perros, también jugando, trata de morder mis botas. Entonces toda la gente baila. 2/10/20
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Mi amigo Mikel tiene un lío enorme entre cables, calcetines, cajas, papeles y trastos. Estamos en la casa familiar de la calle Goya. Yo tengo dos computadoras abiertas y reviso correos electrónicos.
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Me encuentro en la calle Narváez con mi amigo Aristarco. Él está acompañado por un yonky del barrio. Le digo a Aris que mandé al yonky a freír espárragos. Más tarde oigo una explosión y veo una densa polvareda gris saliendo de una calle; sé muy bien que ha sido Aristarco el causante de aquel caos.
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Veo un camino por donde la gente se dirige a una playa; a algunos los conozco. Luego hablo con alguien que me hace reír tanto que me voy a mear en los pantalones. Entonces advierto que justo antes de que suceda esto, en una fracción de segundo, tal posibilidad pasa primero por nuestra mente sin que nos demos cuenta. Lo que este factor de anticipación implica se puede aplicar al Estado de los Vigilantes, ya que la mente es solo una, la que sueña y la que luego vigila es la misma. Si pudiésemos ralentizar nuestros pensamientos o conversaciones internas, podríamos aclarar de manera sustancial nuestras percepciones, entonces nada nos cogería por sorpresa. Esto sería algo más que la intuición, se trata de una previsión total activa. 3/10/20
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Vivo en una casa del sur de España donde todo el mundo entra y sale a su gusto. En un pasadizo encuentro a una mujer muy agradable, ella hace pruebas midiendo el campo energético de la gente que por allí pasa. En este momento prueba con un niño, un antiguo compañero de mi colegio (JM). Luego trabajo en una colección de dibujos muy interesantes, donde todas las imágenes están fraccionadas; por ejemplo, en vez de perros vemos algunas colas de estos, y sus pezuñas, trozos de plantas del desierto, pedazos reconocibles de objetos, todo caóticamente aliñado como en una ensalada.
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Soy miembro de una sociedad donde vivimos en grandes domos, y donde cada uno aparca su cuerpo donde mejor le parece. Se forma un tumulto rodeando a un ser humanomorfo, alto y de pelo cano, la piel es también blanca como el papel y no tiene rostro; en su cara solo hay una boca. La gente vocea como loca, ¡y es que parece que se lo quisieran comer! El ser extraño acaba expresándose con palabras que le salen de la boca en letras de molde, aunque nadie entiende lo que dice, pero por lo menos a estos animales se les ha pasado el apetito. Por suerte para el humanoide ya no quieren guisar un puchero con él. Joder, ¡así andamos!
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Ahora vivo en una sociedad parapolicial donde, aún peores que la policía son los ciudadanos: delatores, mezquinos, cobardes y mentirosos (Menuda putada, este sitio me recuerda, hoy más que nunca, al Estado de los Vigilantes donde dejo mi cuerpo cuando duerme). 4/10/20
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Pertenezco a una familia de granjeros. Todo son diarias labores de campo sin remunerar, pero al aire libre por lo menos. El caso es que no paramos de faenar en todo el día. Sudo tierra.
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Asisto a un concierto de piezas de música clásica, todas de autores contemporáneos desconocidos, pero maravillosos.5/10/20
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Mi amigo Gerardo ha cometido un crimen. Yo le acompaño. Pretende esconderse en casa de una mujer que no sabe nada de este asunto; a mí esto de ir a esconderse sin dar noticias de cuanto haya acontecido, tanto como lo del asesinato en sí, me angustia mucho. 6/10/20
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Trato de escapar de una prisión, con mi hija Elvira y un hombre eslavo. Andando por las instalaciones doy con un ventano de ventilación que da a un patio, con rejilla de alambre, pero sin barrotes. Esta es la vía. Trato de que mi hija me preste atención, la llamo pero, aunque está solo a unos metros de mí, no se entera; le lanzó una cucharilla para que me mire. Fuera nieva y hace frío.
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Un periódico pone en la calle puestos propios, mi hermano Sagu les ayuda con este asunto. Yo me las ingenio para montar escuelas de enseñanza libre de propaganda política y falsa historia, tocando aquí y allá, hablando con unos y con otros.8/10/20
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Monto muebles en un lugar horrible, una nave vacía, tenebrosa y desolada. Laude trata de supervisar mi trabajo, pero odio esto tanto que no dejo margen de error en lo que hago (Odio a aquellos que nada hacen con sus vidas pero se adjudican el derecho de criticar el esfuerzo ajeno de quienes encauzan su voluntad haciendo cosas). 9/10/20
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Tomo apuntes en mi libreta, al pie de una carretera. Junto a mí hay un hombre centro europeo que no es otro que Michael, mi amigo predicador y suizo, pero parece como si no le conociese de nada. Más tarde vuelvo a encontrar a Michael acompañado por mi padre en un bar donde la gente come mejillones. El suelo del local está lleno de cáscaras que crujen al pisarlas, y huele a mejillones a la cazuela, a laurel y a cerveza. El hombre me ve entrar y sonríe; puede que finalmente me haya reconocido.
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Amaso barro y hago en el torno, piezas útiles (En 1986-87 llevaba el horno, construía los moldes y manejaba la prensa, en la incipiente empresa cerámica de mi buen amigo Javier).
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Sigo con la cerámica, ahora enseño los rudimentos a mi hija Elvira.
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Continúo amasando barro pero la cosa se complica. Me dirijo a una base militar para oír cantar a una mujer venezolana, acompañada por su hija. 10/10/20
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Cierro los ojos. A través de éter paso ante cientos, miles de estrellas. Vuelo y me traslado a enorme velocidad, sin rumbo premeditado. Brego extasiado entre una belleza sobrecogedora y la libertad absoluta. 10/10/20
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Continuará…
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La plaza >> Alias Torlonio >> Técnica mixta
Alias Torlonio, David García. Pintor. Disléxico. Ermitaño. Bosquimano. Vegetariano. Íbero. Guerrero pacifista. Extraterrestre mientras no se demuestre lo contrario. Nombrado en 2018, 14o Rey Natural de los Gatos del Bosque. Se declara objetor de conciencia desde 1982, apartándose para siempre de la industria militar, el estercolero político y los infiernos religiosos.
Frases poco conocidas de de Alias Torlonio: El silencio pule el alma. Los malos son tontos, los tontos son buenos, los buenos son listos, los listos no tanto. La miseria viene de la mente; la abundancia sale del espíritu. Me da igual un traje a topos que un campo de minas.

