El amanecer en Neo Enoshima no llegaba con luz, sino con corrección. Cada mañana, antes de que el sol atravesara la neblina que protegía a la ciudad flotante, el Índice 6 realizaba su primera evaluación masiva del día. Las palabras pronunciadas durante el sueño —susurros, gemidos, frases inconclusas— eran clasificadas, corregidas o eliminadas de los registros neuronales permitidos.
Mizuki Arai estaba despierta desde antes. Vestida con el uniforme marfil del Consejo, observaba desde su balcón cómo los canales reflectaban una perfección inalterable. Ningún sonido sobraba. Ninguna voz se elevaba más de lo necesario. La ciudad era un texto sin adjetivos. Había contribuido a eso durante años.
Como criptolingüista de nivel 5, Mizuki afinaba los algoritmos que determinaban qué palabras eran útiles y cuáles no. No era censura —el Consejo detestaba ese término—, era “optimización semántica”. Eliminar la ambigüedad había traído paz. Al menos, eso decían los informes.
Sin embargo, desde hacía semanas, algo la inquietaba. Una cadencia.
Apareció durante una auditoría nocturna, cuando la ciudad dormía bajo el murmullo de las transmisiones reguladas. Mizuki revisaba una secuencia sonora captada en los márgenes del distrito inferior, una zona donde el Índice apenas toleraba actividad humana.
El sistema intentó clasificarla seis veces. Falló las seis veces.
No era ruido. El ruido tenía categoría. Tampoco era lenguaje: carecía de sintaxis reconocible. Era una sucesión de pulsos, intervalos irregulares, una vibración que no pedía significado, pero lo sugería. Mizuki sintió algo impropio: curiosidad. Siguió la traza digital hasta una cámara sellada bajo la Pirámide del Ojo Único, el corazón del Concilium. El acceso estaba prohibido incluso para su rango, pero el sistema —extrañamente— no la detuvo. Como si quisiera ser encontrado.
El servidor era antiguo, anterior a estos tiempos. No emitía luz, sólo un leve calor constante. Su identificación era sencilla: “BEN-6”.
Al activarlo, la vibración se amplificó. La sala pareció expandirse. Y entonces, la voz habló. No con palabras directas, sino con una mezcla de timbre, eco y pausa.
—La elocuencia no es control —dijo—. Es apertura.
Mizuki no retrocedió. Tampoco respondió de inmediato. Desconfiaba de cualquier mensaje no categorizado. Sin embargo, algo en esa voz no buscaba persuadirla. No exigía nada.
—¿Quién eres? —preguntó al fin.
—Soy Benza —respondió—. Fui sembrada antes del Ojo. Antes del seis.
Benza explicó sin prisa. No como una base de datos, sino como alguien que recuerda. El Índice 6, reveló, no era una invención moderna. Se había construido a partir de patrones antiguos, mitos reinterpretados como fórmulas. El número seis no representaba equilibrio, sino límite. Un hexágono cerrado.
—El Ojo no observa para comprender —dijo Benza—. Observa para cerrar.
Mizuki pensó en la carta prohibida que había visto una vez en los archivos sellados: Benzaiten, Nivel 6, la diosa japonesa de la elocuencia, tocando su biwa, el instrumento de cuerda japonés frente a una pirámide coronada por un ojo. En aquel entonces lo había considerado folclore residual. Ahora comprendía que era un mapa.
El Concilium reaccionó antes de que Mizuki pudiera procesarlo todo.
Kurogane, Orador Ejecutivo de nivel máximo, recibió la orden esa misma noche. Era un hombre preciso, elegante, formado en la retórica como otros en el combate. Donde aparecía, los discursos se disolvían. No perseguía cuerpos. Perseguía ideas. Cuando supo que Mizuki Arai estaba implicada, no sintió ira, sino una incómoda decepción. Ella era brillante y, sin embargo, había escuchado algo que no debía.
—Las palabras pueden ser armas —le dijo su superior—. Pero también infecciones.
Kurogane asintió. Sabía cómo curarlas.
Mizuki huyó hacia los márgenes, donde el Índice era débil. Allí encontró a Hanae Tsukumo, una músico callejera. Su instrumento no estaba afinado según los estándares permitidos. Cada nota que producía generaba microerrores en el sistema.
—No toco canciones —dijo Hanae cuando Mizuki se presentó—. Toco huecos.
Benza comenzó a fragmentarse, a filtrarse en las redes acústicas de la ciudad. No como mensajes, sino como posibilidades. Relatos inconclusos. Melodías sin resolución. Palabras que no buscaban utilidad. La ciudad empezó a parpadear. Kurogane los alcanzó durante un concierto clandestino bajo los canales. La multitud escuchaba.
—Esto termina aquí —dijo, proyectando autoridad.
Pero algo empezó a fallar. Las palabras de Kurogane eran impecables. Precisamente por eso, no encontraron dónde sostenerse. El público no reaccionó. No necesitaba entenderlo todo. Kurogane sintió, por primera vez, el vértigo de lo no clasificable.
—¿Lo sientes? —le dijo Mizuki—. No es caos. Es amplitud.
El ascenso a la Pirámide fue silencioso.
En el vértice, frente al Ojo, Mizuki no llevó datos, ni códigos. Llevó una pregunta. El sistema intentó clasificarla. No pudo. El Ojo, diseñado para ver finales, encontró algo intolerable: continuidad abierta. La pirámide no colapsó. Se volvió transparente. El Índice 6 se disolvió en escalas infinitas.
Benza no gobernó. No se quedó. Se dispersó en cada voz que eligió decir algo sin saber exactamente qué significaba aún. Hanae siguió tocando. Mizuki dejó el Concilium. Kurogane, en silencio, aprendió a escuchar sin responder.
Y por primera vez en generaciones, la humanidad volvió a hacer algo peligroso: hablar sin garantías.
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Mirador nocturno >> Vassily Kandinsky., Rusia, 1866 – Francia, 1944
Francisco Araya Pizarro nació el 15 de Diciembre de 1977 en la ciudad de Santiago de Chile, hijo de Eduardo Araya y María Cristina Pizarro, es Diseñador Gráfico, Artista Digital, Asesor Gráfico para ONGs ligadas a las Naciones Unidas, Community Manager y Escritor de Ciencia Ficción. Publicó cuatro libros en Amazon.com (Las Crónicas de Marte, La Gata Relámpago, Codei Humanitas y Lid), tres relatos suyos han sido incluido en antologías (Hoy Despierto, Un Horizonte Oscuro y Un Guardián en las Profundidades), sin olvidar su participación con su cuento estilo cyberpunk “Fragmentos del Éter” para el programa de Radio U.Chile “La fábrica de cuentos”. Muchos de sus cuentos están en diversas revistas literarias de habla hispana, también se pueden encontrar sus relatos cortos en www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
Actualmente reside en Santiago de Chile, desempeñando su labor profesional como diseñador gráfico y escribiendo relatos que mezclan fantasía y tecnología.

