ALIMENTA LA TINTA (1/2)

por Lord Crawen

Un primer indicio fue el de un ataque frontal de una enorme bestia, la cual había embestido al hombre, ahora occiso, tirándolo en el suelo y arrancándole las entrañas. La sola imagen era, sin duda alguna, un caso completamente cerrado. Pero, de haber sido una bestia lo suficientemente hambrienta, habría comido otras partes del antes hombre, no sólo del pecho. La policía no daba crédito a tan sangrienta escena.

—Cada día esto se pone peor. Y nosotros tenemos que tener estómago para estas cosas. ¡Maldita sea! ¡Quiero unas vacaciones o cambiar de trabajo, aún no sé qué ocurra primero! —comentó el oficial Aguirre.

El investigador oficial, el señor Valencia, escuchaba las quejas de su compañero mientras continuaba examinando el cadáver y el resto de la habitación.

—Hay algo que no cuadra con la escena, mi querido Aguirre, si gusta, y creo su estómago lo agradecerá, salgamos de la escena a tomar el aire y sacaré algunas deducciones al respecto.

—Bien, hagámoslo de una puta vez entonces. Me… Me encantaría. Iba a decir, “me muero”, pero dadas las circunstancias…

Ambos descendieron las escaleras y salieron del apartamento, donde ya una congregada y amplia multitud había ido para cubrir la noticia, más temprano que los medios locales.

—Las redes sociales, amigo, ya son más rápidas que “El Clarín”.

Valencia sonrió levemente. Fueron detrás de la casa y entablaron una breve conversación.

—Esto, compañero… No lo hizo una bestia. Es más, dudo que haya sido un hombre.

—¿Un fantasma o una bestia proveniente de otros mundos? Ahora tenemos que, aparte de buscar al culpable, creer en cuentos apológicos de Lovecraft o King… Amigo, ésa no te la voy a creer.

—Según el primer reporte…

—El primer reporte de una chica completamente asustada porque su novio la llamó de noche a su celular diciéndole que escuchaba cosas en su casa. De haber sido así, ¿por qué el tipo no nos llamó a nosotros? Y su novia lo hace una vez que éste ya estaba…

—Aguirre. No hay forcejeo de puertas. No he visto una sola ventana abierta, huellas de entrada o salida, algún elemento en el suelo o paredes de forcejeo. El tipo murió dentro de su habitación, retorciéndose hasta…

Aguirre comenzó a sentir náuseas y a cambiar su rostro de color.

—¿Y así quieres seguirme el paso, viejo? Mira, de momento es lo que voy a poner en el reporte.

—No creo que el chico se haya suicidado de esa forma…

Un grito ensordecedor acabó la conversación que tenían los policías cuando aparecieron los forenses al llevarse cubierto y en camilla el cuerpo. Una joven se abrazó fuertemente a la camilla, queriendo dar un último vistazo a lo que quedaba del ser dentro de la cubierta. Llegaron para intervenir, mientras la chica forcejeaba para poder entrar en la camioneta de forenses e ir junto con el occiso.

—¡Déjenme, maldita sea!

—¡Niña, basta ya! —espetó Aguirre.

—Oye, niña, ¿tú llamaste a la policía?

—Fui yo. ¿Quién mierda es usted? ¿Quiero ver a Javi?

—Soy el detective Valencia, estoy a cargo de la investigación. Necesito que me aclare algunos puntos si no es mucha molestia, jovencita. Sé el duro momento que estás pasando, pero no querrás ver lo que vimos. Recuerda a tu… novio con…, como lo quieras recordar, pero en vida.

La joven sollozaba y pataleaba mientras Aguirre menguaba sus brazos sobre ella, a quien mantuvo abrazada. La camioneta con el cuerpo ya estaba muy lejos.

—El nombre de la víctima era Javier Valle.

—Sí, así es.

—¿Cuándo se conocieron?

_De toda la vida. Él adquirió este departamento hace algunos días, íbamos a mudarnos juntos.

—Es una zona muy urbanizada, ¿algún vecino les ha hablado sobre ataques animales?

—No. Era un sitio seguro, por eso queríamos mudarnos aquí.

—Correcto. ¿Enemigos de su novio?

—Ninguno, puedo contactarlo con su familia si eso puede ayudar, pero que yo sepa nadie.

—¿Algún trastorno o conducta extraña que pudiera usted describir?

La chica se quedó pensando. Ambos oficiales observaron a la niña, joven, casi mujer, pensando y a la vez sosteniendo largamente las lágrimas en sus ojos, para no sollozar en lo que tendría que decir.

—Era muy tranquilo. Adquirió el departamento hace tan sólo dos semanas, estaba muy precipitado en esos días. Me dijo que era necesario que viviéramos juntos ahora que tenía un buen empleo y podía pagar un sitio para ambos. Yo también comencé a trabajar para ayudarle con los gastos y, de pronto, llegó con esta noticia. Me trajo aquí. “Es un lugar tranquilo”, me dije. Pensé que funcionaría. Hubo días en los que al llamarle, su celular me enviaba a buzón. Eran los fines de semana, dormía mucho.

—¿Estuvo ese tiempo en el departamento?

—No, estuvo en casa de sus padres. Ellos decían que dormía más de lo acostumbrado. Ocasiones en que de noche se levantaba a comer, como si fuese de día. Hacía ejercicio por la madrugada y luego, en el día, tenía mucho sueño y cansancio. Otros días, todo lo contrario, solía ser muy activo.

—Él la llamó antes de lo sucedido, ¿qué fue lo que le dijo?

—Aparte de que me amaba; en general, que no tendría nada de por qué preocuparme. Me indicó dónde estaban los papeles del departamento entre otros documentos. Escuché otra voz en el cuarto, pero parecía no provenir de ahí. Me aterré y fue cuando colgué y los llamé.

Ambos policías se miraron y avanzaron un tanto lejos de la joven.

—Valens, no hay indicio alguno de que esta niña hubiese cometido crimen pasional o alguien más. Creo que éste es un caso, como dices, fuera de nuestra jurisdicción…

Una llamada entró al celular de Aguirre, quien tuvo que dejar un momento a su amigo para contestar. Valencia se acercó nuevamente a la joven para hacer una última pregunta.

—En el reporte que nos dio el sistema de ayuda telefónico, diste como seña particular un tatuaje en el pecho de tu novio. ¿Es correcto?

—Así es.

—Bueno… En este caso, tal vez haya sido un tatuaje temporal; no hallamos nada de eso.

La joven lo miró alegrada pero a la vez lo suficientemente extrañada. ¿Quién era entonces a quien sacaron del apartamento? Había una ligera esperanza. Valencia la dejó para reunirse nuevamente con su compañero, a quien le habían notificado preparativos del cuerpo y algunas indicaciones de trámites policiacos a seguir.

La policía analizó el cuerpo sin llegar a una conclusión. La autopsia no arrojó dudas y sí un enorme misterio. La familia en efecto supo que era su hijo. Por la noche llegó la chica y con todo valor, admitió que se trataba de él. Su leve esperanza se había esfumado.

Con todo lo ocurrido, a Valencia aún le temblaba la mano, y es que ningún policía halló rastro alguno del tatuaje señalado por la chica en el reporte telefónico. Una y otra vez, en su oficina, Valencia leía la descripción: “… Tiene un tatuaje de un tigre en el pecho…”

El caso iba y venía. Lo mejor era enterrarlo en una carpeta dentro de un archivero de metal como muchos otros. Ése no era el estilo de Valencia, quería llegar al fondo de esta situación. No hallaba la forma, aun dando vueltas a su asiento en el mismo lugar de su oficina, igual que el caso. Aguirre se mostró menos especulativo y sólo pensó en dejar ir todo.

—Vamos, amigo, tal vez…. Tal vez tenía un animal salvaje que se le escapó o… No sé, lo hizo él y escondió muy bien el arma.

—Sabes muy bien que nada de eso ocurrió y conoces perfectamente el procedimiento. No podemos descartar a nadie en esta situación.

—Y sigues leyendo el parte médico de una llamada telefónica de una niña nerviosa…

—Esta niña nerviosa dijo que tenía un tatuaje. ¿Quieres que niegue la primera declaración de la única persona que lo conocía de pies a cabeza?

—¿Y si el tatuaje era sólo temporal?

—No lo era. De ser así hubiese señalado el cabello de color, los ojos de alguna tonalidad, alguna marca en la piel. No un tatuaje en el pecho… ¡Me lleva!

Arrojó todos los papeles al suelo, intentando comprender lo que había sucedido aquella noche.

—Mejor deberíamos irnos a descansar. Mañana será otro día, te prometo que encontraremos una salida para esto. No cerraremos esta carpeta hasta que… no tengamos algo.

Arrojó los papeles al escritorio y salió por la puerta.

Valencia se quedó pensando unas horas más. No había nadie en casa que lo esperara, excepto su perro raza pastor alemán. Aun él esperaba que llegara con las manos llenas de comida más que a su presencia, así que no tenía nada ni nadie en aquella fría noche. La pared recibía la pelota una y otra vez. Qué tan dura puede ser la soledad cuando juegas con la pared y esta misma te regresa la pelota. Sonó el teléfono. Inusual, pero alguien sabía que el detective solitario estaba en su oficina.

—Diga…

Silencio largo en la habitación. Alguien le explicó por el auricular largamente un suceso nocturno.

—Que nadie haga nada. Voy en camino. ¡No toquen nada! Llame a Aguirre, voy a necesitarlo urgentemente.

Tomó su abrigo y salió a abordar uno de los muchos autos de la policía. Halló uno libre y por fin se encaminó hacia la dirección que le dieron. Era un maldito detective, no necesitaba papel para memorizar la calle, las avenidas que tomar, el camino a seguir. Lo tenía en la mente mientras conducía. ¿Sería otro caso más en un solo día de aquel asesino?

Al llegar a la dirección, tal como había dicho, sólo había un cerco policiaco en la casa. Los padres de la víctima, aterrados, yacían fuera, en espera de alguna respuesta. Vociferaciones, gritos, llantos, sirenas de las patrullas y de la ambulancia, sollozos, respiraciones profundas, algunas veloces; estaba acostumbrado a escuchar todo aquello. Tras una hermosa puerta de madera, en una casa donde habitaba gente adinerada, le esperaba el segundo caso del día. Nunca pensó en retirarse a dormir, pensó en resolver, si es que solía ser lo mismo, ambos casos. Entró a la casa. Sabía que afuera, todos lo miraban, tal vez como una esperanza extra ante aquel suceso.

Ingresó sin miedo a la casa. Algunos oficiales ya estaban en la zona.

—¿Qué tenemos?

—Joven de al menos 17 años, mujer, cabello negro. Se encerró en su habitación y se escucharon algunos gritos hasta esto.

Y señaló el horror. Aquel cuerpo parecía intacto y hermoso si se le veía de frente. Mas, uno de los oficiales al levantar ligeramente la cabeza, dejo ver que no había nada de soporte en el rostro de la chica; exento de cráneo y por ende, de cerebro. Valencia se aterró al ver aquello. No conocía fuerza alguna que pudiese hacer aquella atrocidad.

—Entre sus cosas, hallamos un diario. Tenemos que hablar con los familiares, ellos reportaron que esta noche su hija se comportó de forma muy extraña, se aisló de ellos, escucharon gritos ensordecedores dentro y no pudieron entrar a la habitación hasta que… los gritos cesaron.

—¿Dónde encontraron el diario?

—Ella lo tenía en sus brazos. Lo sostenía bastante fuerte. Como si algo quisiera arrebatárselo de las manos. Tiene algunas contusiones y moretones en los brazos, propios de la fuerza que imprimió.

Valencia miró nuevamente al ángel ya sin vida, sin poder quitar de su mente la imagen de aquella niña sin la parte craneal. Sus ojos no fingían la muerte, tampoco la vida. Pero fue lo único que le quedó.

—Necesito descansar unos minutos, esto ha sido demasiado por el día. Voy a estar en la habitación de al lado para examinar esto. Si llega Aguirre, que no me moleste por favor, debo hacer algunas notas. Entrevisten a la familia o vecinos, hallaremos el final esta noche. Aquí debe haber algo.

Salió y se encerró en la habitación de al lado. Cerró la ventana y consecuentemente la cortina de una pequeña ventana que había. Sin analizar, encontró que era un tipo estudio donde había ido a parar para su análisis profundo. Tomó el diario y lo puso en una pequeña mesa para propósito de estudio. Encendió las luces. Un pequeño armario, una silla, un ordenador sobre el escritorio de atrás y la mesita. Era un cuarto de estudio y nada más.

Se golpeó la cabeza repetidas veces. Trató de sacar la imagen. Las sirenas aún sonaban fuera, al igual que los gritos, posiblemente de la madre que buscaba una explicación. Se sentó, algo incómodo, en la silla de la mesita y abrió el diario. ¿Qué buscaba? Su ojo clínico lo hallaría al pasar las páginas.

Lo hizo bien, de atrás hacia adelante y entonces encontró. Letras grandes, marcadas a rayones, pidiendo ayuda. Sangre en algunas hojas. Algunos pedazos de masa gris. El ataque perpetrado fue bastante intenso. Suspiró. Respiró. Sentía que las entrañas saldrían por su boca si no se calmaba. Abrió la ventana y los sonidos fuera se intensificaron.

Los reporteros se habían dado cita en el lugar. Gritaba fuertemente a sus compañeros que sacaran a la escoria del lugar, pero al parecer, nadie lo escuchaba.

Cerró nuevamente la ventana y siguió buscando a través de las páginas sanguinolentas y entintadas del diario. Retrocedió bastante, halló una caligrafía bien marcada, con tiempo y sentido; sí, cuando la niña era cuerda y aún permanecía viva.

Adelantó un poco y comenzó a leer. Se estaba metiendo en la vida de una niña muerta. ¿Ese era su trabajo? Ya no lo sabía…

12 de Mayo de 20…

Querido diario:

Ya suena estúpido escribirte. ¡A quien chingados le importa! “Chingados”. ¿Nunca antes escribí palabrotas en tu cuerpo, mi amigo? Bueno, creo que vas a irte acostumbrando. Eres muy importante para mí…

—¡Basura! ¡Sólo basura!

Iba a arrojar el diario a la próxima estupidez que encontrara escrita. Guardó la calma y continuó buscando. Aquel libro era un tanto extenso para una joven de diecisiete años aproximadamente.

14 de Junio de 2000000 y tantos…. Jijijijiji

Al fin, amigo, ¡lo conseguí! ¿Sabes lo mejor? Me dio su dirección y teléfono. Sólo tú y yo sabremos esto!!!!!!!

—¡Más basura! Vamos, niña, ¡debiste dejar un separador o algo!

No tardó en hallar una caligrafía hecha de manera veloz. Retrocedió algunas páginas —o días— y entonces:

21 de Agosto de 20…

He vuelto a ver a ese chico. Hizo realidad cada una de las fantasías que tenía. Pero también me mostró sus tatuajes. ¿Sabes una cosa? No es que me haya enamorado o algo así, sólo es algo casual, sé el tipo de chico que es, uno de esos que buscan encuentros de ocasión. Lo interesante fue ver cada uno de los tatuajes que tenía. Me dijo que ni en sus peores pesadillas tendría algo parecido. Me agradó bastante conocer una parte extraña de su vida y, a fin de cuentas, le pedí que me llevara a aquel sitio. Tendré que esperar tres largos días empezando hoy para poder visitar el lugar. Créeme, quisiera hacerme uno, todos en la escuela tienen uno, puedo pensar que hasta los nerds tienen uno de Yoda o Darth Vader, o tal vez hasta del logo de una empresa de cómputo. Mantenerlo oculto va a ser una tarea difícil, no quiero los sermones de mi madre, sé cómo se pondrá en cuanto lo vea y lo mal que la voy a pasar en lo que se acostumbra.

Continuará…

 

IMAGEN AL EXTERIOR

El joven dibujante >> Jean  Siméon Chardin., Francia, 1699-1779.


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