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01 febrero
2019
Literatura Narrativa Novela por entregas
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XXIX. LO QUE UNO SABE

INTROSPECCIÓN

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Por Alejandro Roché

—¿Tener seguridad en lo que uno sabe no está bien?

—Seguridad sí, pero no la confianza en el dominio sobre el tema. Porque cuando uno tiene seguridad y certeza absoluta en algo, automáticamente tu mente se cierra a nuevas perspectivas.

—¿Pero y eso no denota inseguridad y poca confianza? —pregunta Tyndas.

—El conocimiento e ignorancia siempre van de la mano o como un vaso de agua y el vacío para que el vaso este repleto. El punto es cómo saber qué tan grande es una respecto a la otra como para decir yo tengo dominio de esto o de lo otro cuando en realidad eres un ignorante del tema y sólo posees lo básico.

Por ejemplo, antes se pensaba que la tierra era plana y sin más cualquier otro conocimiento fue desechado, y fue ahí cuando cayeron en la ilusión del conocimiento absoluto y en el principio de la ignorancia. Y no fue hasta que se flexibilizo el criterio y dio oportunidad a la idea de la redondez y de ahí se pasó a un ovoide irregular y de ahí a un objeto aún más informe. ¿Y será ese el conocimiento pleno sobre la forma del planeta? Pero como podría el conocimiento humano alcanzar tal detalle sin la apertura del criterio.

—Pero y si no podemos llegar a algo, ¿entonces vale la pena tanto esfuerzo?

—Si vale o no el esfuerzo es relativo. No lo vale si reducimos el pensamiento a un valor enteramente práctico y mercantilista; como habíamos hablado previamente, pero inevitablemente todo conocimiento siempre conlleva un uso práctico guste a no los amantes del conocimiento per se.

Por ejemplo, al principio para el mundo era irrelevante si la tierra era plana, redonda, cúbica, etc. Pero para el comercio marítimo y, más aún, para los imperios tuvo gran sentido porque ello implicaba comercio, nuevas tierras, conquista, dominio y todo lo que ello conlleva.

—Pero y si nunca sabes qué tanto sabemos de algo. ¿Para qué seguir?

—La verdad absoluta o plena la mayoría de las veces no es más que una ilusión al final del camino, de un camino que parece no tener fin y al contrario a cada paso se bifurca una y otra vez y en vez de hallar certeza se encuentran más y más interrogantes y si enfocándonos aún en un solo punto este pareciera ser sólo un espejismo, y lo más que podemos conformarnos es con obtener una sucesión de verdades aproximadas y cada una de ellas más cerca y más precisa que la anterior o quizás más lejos de lo que podría considerarse una verdad absoluta, pero y eso es lo más hermoso de esta paradoja, porque para los amantes del conocimiento esa verdad aproximada es mejor a una verdad absoluta que a final de cuentas sólo puede ser una mentira, por cerrarse a cualquier otra idea.

—¿Y eso de que serviría a mujeres como nosotras?, ¿no es mejor una vida sin complicaciones?

—Tanto uno como lo otro es válido, la ignorancia en sí no es mala, una vida simple quizás es más apacible que una vida obsesionada en el afán de adquirir más conocimiento, un hambre voraz que llevará la vida entera y no sólo eso, quizá te consuma el espíritu en la intranquilidad y la pesadumbre y quizás ambas vidas sean plenas y felices a su modo.

¿Por ejemplo tú, dices que si sólo eres una mujer? Hasta antes de esta plática te considerabas una puta porque el mundo eso dice de ti, y diste por verdad absoluta tal afirmación, hasta hoy que cuestionas ese título que la gente te da. ¿Eso te dará más dinero? ¿Te hará más bella? Seguramente no, y aun así, me pregunto: ¿Cómo será la perspectiva que tengas de ti? Considerando que no sólo eres lo que la gente dice de ti. Hay muchos tipos de ideas; de conocimiento; pero creo que el más útil de todos es el que abre nuevas perspectivas hacia adentro, el que nos permite desnudarnos ante nosotros mismos y ver ese enorme mundo que hay en nuestro interior.

—Entonces si nunca podemos estar seguros de nada, ¿cómo vamos a saber qué somos?

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Alejandro Roché nació en el Edo. de Méx. en 1979. Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el Instituto Politécnico Nacional. A la par de su desarrollo profesional como programador informático, se ha ejercitado desde temprana edad en la disciplina de la Literatura, sobre todo en el campo de la narrativa. Lector ávido. De 2000 a 2005 formó parte del Taller de Creación Literaria del escritor Julián Castruita Morán dentro de las instalaciones de la ESIME-Zacatenco del IPN. Durante los próximos años escribió la novela Abraxas, hoy publicada por entregas y disponible en este medio. Colabora con profusión en Sombra del Aire desde mayo de 2015.

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