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01 enero
2018
Literatura Narrativa Novela por entregas
158 Vista(s)

XVIII. AIRES CÁLIDOS

INTROSPECCIÓN

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Por Alejandro Roché

Un hombre casi calvo viene hacia nosotros en su bicicleta, se detiene y saludándonos con gesto de mano y cara.

—¿Qué hay?

—Pues no mucho, ¿qué hay, difunto?

—¿Sí? ¿Y quién se nos adelantó?

Se rascó la cabeza, pero más que nada por el sol que por muestra de asombro.

—Pues mira, no me vas a creer e igual y haces bien, pero soy yo, yo soy el futuro difunto.

—¡No me quieras ver la cara!

—Pues sí, bueno no. No te quiero ver la cara, pero mira, es una larga historia y ahorita voy a ver al padre, pero ando apurado y quiero ver si me puedes echar la mano con el padre en lo de la misa, el repique de las campanas y todo eso.

—Pues sí, de que puedo, puedo. Pero, ya sabes…

Y señalando la bolsa de su pantalón vacía.

—No seas así; échame la mano.

—Qué más quisiera yo, pero tengo cinco bocas que alimentar y una esposa que para todo quiere dinero. Somos amigos, pero eso es aparte.

Don Bryan saca unos billetes y los mete en la bolsa vacía de Solorio, pero éste con los dedos le dice que aún no es suficiente, y mete otros tantos. A lo que el otro sonriente aprueba la suficiencia de dinero.

—Bueno, así sí repicarán y repicarán las campanas. ¿Para cuándo quieres la misa?

—Para mañana, lo más temprano posible.

—Ya rugiste, al rato paso a tu casa y te aviso.

Y sin más se sube a su bici y nosotros continuamos.

—Es un buen tipo y lo entiendo, todo se mueve con dinero. ¿Te imaginas como sería el mundo sin dinero? ¿A veces imagino lo respondería el Jassiel a una pregunta como esa? Pero para el que vive de sus pensamientos el dinero es irrelevante, para los pobres, esos sí que nos pesa, es como vivir condenados, entre más trabajemos menos dinero. Oye, espera, se me estaba olvidando el pan para la noche, vamos a pasar a esta panadería.

—¿Tiene pan?

Un anciano de sombrero y bigote y rechoncho señaló un canasto con algunas cuantas piezas de bolillos y teleras.

—No, pero quiero más pan.

—¿Pues cuantas piezas?

—Unas 300.

—No, no tengo tantas. ¿Para que las quieres?

—Es para velorio.

—No, joven, para difunto debe avisarme con uno o dos días de anticipación.

—¿Ni porque se las aparte desde ahorita?

—No, joven, debe avisarme con uno o dos días de anticipación; si me hace el pedido ahorita, se las tendría por muy rápido hasta mañana en la tarde y seguro hasta pasado mañana en la mañana.

Don Bryan da media vuelta y salgo tras él.

—Qué cosas, ¿no? Nadie cree que esté muerto y organizando mi propio velorio y este señor me pide que aparte el pan con dos días de anticipación. ¿Puedes creer? Igual y es lo mejor, esta panadería está lejos de la casa, ya veremos otra que esté más cerca. Mira, ahí está el panteón —señalando un gran terreno lleno de árboles—. Pero, ¿qué crees? —y deteniendo su andar—  De todas formas tenemos que ir con el padre a bendecir las cosas, bueno; ya después pasamos, ahorita vamos a rascar la sepultura —y reanuda el pasó—.  Pasamos con el sepulturero que nos preste sus cosas para rascar.

Ya en camino, una hilera de carretas con toda una cuadrilla de hombres ABARAJABAN los baraños de heno que habían ABARAÑADO otros peones, era realmente todo un espectáculo de trabajo y sincronía.

—Mira, todo eso es de palacio. Un tiempo fui peón, pero es una friega, la comida es buena y la paga también, bueno; eso fue hace tiempo, porque el trabajo se ha ABARATADO mucho y pues no, no vale la pena tanta friega; los años pasan.

Ahora el paisaje cambió un poco, pues en lo que parecía ser la cima, un grupo de unos cinco hombres trabajaban rascando la tierra.

—¿Qué hacen esos hombres?

—No lo sé, pero ahorita preguntamos.

—¡Eh!, Nicolás; ¿qué hacen?

—Estamos ABARBERTANDO, así va a quedar todo alrededor de la ciudad.

—Pero la guerra nunca ha llegado hasta aquí.

—Pues no, pero ya sabes, ciudad guarnecida es más difícil de atacar. Y tú, ¿a dónde vas?

—Tengo un mandadito por aquí. Bueno, luego nos vemos.

Ahora inicia el camino hacia el panteón, el sol en su esplendor y la tierra caliente a cada paso dificultaba penosamente la cuesta abajo en la que ahora estábamos, piedra tras piedras, parecía más empedrado para que las bestias de carga no resbalasen que para pies humanos; el camino sinuoso parecía terminar en cada curva, pero en cada vuelta solo era descubrir otra más y otra y bien parecía un laberinto: lo único que parecía indicar que realmente avanzábamos era el panorama, una vista casi al infinito, un mar verde en la tierra, un mar azul en el cielo y el sol más que abrasándonos, sazonándonos en nuestros jugos. Ocasionalmente un aire llegaba y nos refrescaba, pero eran más aires cálidos.

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