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23 abril
2017
Cuento Literatura Narrativa
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UNO DE FANTASMAS

Por Víctor Hugo Pedraza

Caminaba, ya de regreso, a mi casa. El centro de la ciudad, su noche, sus cantinas me despedían. Había bebido algunas cervezas y la calle de López me cobijaba. El luminoso letrero del Hotel Emporio alumbrara mi camino. De pronto, se apagó. ¡La ciudad se apagó!

Sólo veía algunas sombras y escuchaba el chillido de las ratas.

Me detuve. Las luces de un carro que pasó junto a mí, me ayudaron a ver que estaba frente a una casa vieja, de ésas de portón de madera, como las de la época de la revolución. Entonces escuché que varios niños corrían y gritaban detrás de aquella puerta. Lo dudé, claro, no estaba muy consciente luego de esos tragos, pero aún tenía un poco de consciencia sobre la hora. Ya era tarde para que esos chamacos estuvieran jugando.

Luego de unos minutos sentí frío y cerré la chamarra que traía puesta; era raro, estábamos en abril. En tanto pensaba en aquellas leyendas de fantasmas que se contaban de las casas antiguas del centro. En eso estaba cuando los gritos y los pasos se acercaban. Quería irme, pero estaba entumido, con los ojos pelones mirando la puerta. El cerrojo se abrió, la puerta rechinó y dejó pasar a una niña con los cabellos en la cara. Su vocecita me preguntó: “Ernesto, ¿tienes miedo?”. Yo estaba aterrado y no pude responder. La niña dio media vuelta y entró a la casa.

La luz regresó detrás de ella. Miré el portón. Éste tenía un candado enorme sujetando una cadena oxidada. La casa estaba en ruinas. Nadie podía vivir ahí.

Salí corriendo y juré no regresar, mucho menos dudar de lo que se cuenta de las casas del centro.

ILUSTRACIÓN

Fotografía “Fantasmas” >> de Víctor Hugo Pedraza

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