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24 septiembre
2015
Literatura Narrativa Relato
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TIEMPO LÓBREGO

Por Alberto Navia

Sin nada que ocultar, camino con pasos acompasados por las aceras que van cambiando sus ángulos según su propio humor inspiradas con la luz solar que devoran a raudales. No me interesan los declives y planadas que se van sucediendo bajo mis pies, no corresponden a mis emociones. tiempo lóbregoCamino bajo una esplendente luz solar perseguido de cerca por mi eterno oscuro compañero que intenta rebasarme algunas veces y otras tantas perderse de mí. Pero no hay manera, al camino lo tengo bien sujeto entre mis pasos y mi mirada.

¿De dónde ha salido ese pájaro tornasolado?

Mis pasos van formando la partitura de mis pensamientos. Observado por nubes altas y vaporosas desdoblo las esquinas y enderezo los senderos con mis huellas. Derecho, siempre recto hacia el día subsecuente. El aroma de los recuerdos colorea mis visiones pero no logra hacerme retornar. Hay un único sentido. Es imposible la ruta desandar.

¿De dónde vienen tales murmullos?

Mi sombra logra adelantarme empujada por el Sol. Ahora va por delante de mí, como si quisiera marcarme un sentido, pero es sólo una ilusión: si levanto mi pie y luego lo bajo y apoyo sobre el piso mi sombra me imita sin censura ni pudor, sin alternativa. Su verdadero y único logro es poderse deformar contra las incidencias del camino y se estira desde mis pies hasta donde más logra alcanzar, como si quisiera obtener personalidad propia, como si tramara una conciencia, una independencia, ¡una insurrección! Pero somos perennemente uno. Pero seguimos siendo irredimibles.

¿De dónde se origina aquel cosquilleo en mi nuca?

Camino. Comencé a caminar cuando aún no conocía la manera de caminar erguido. Comencé a caminar primero apoyándome en mis manos, después con unos pasos inciertos, tambaleantes. Desde entonces descubrí al ser sombrío que me acompaña siempre que una luz, cualquier luz, me ilumina. A veces es de mi tamaño, mi camarada; a veces es más grande que yo y me desafía o, también, a veces se hace más pequeño, entonces me desconcierta y no sé qué esperar. Empero, permanece siempre unido a mí, sólo me abandona mientras el mundo oscurece, entonces se confunde con las tinieblas y torna a su propio mundo, liberado de mí, sin atadura alguna, independiente de mis actos y mis movimientos. En esos momentos voltea a mi mundo y maldice las leyes que a él y a mí mismo le sujetan, ¿o son tan sólo desvaríos míos? ¿Qué hace mientras es libre? ¿Cómo voy a saberlo? No puedo penetrar esa irreductible barrera turbia que separa nuestros mundos. No me está permitido, pero casi puedo oír sus sonoros gritos silenciosos desde aquel su oscuro mundo. Quizá sea esa la razón de su humor huraño cuando de repente alguien enciende alguna luz y se ve arrastrada a mí violentamente. Lo confieso: más de una vez ha logrado asustarme, incluso, alguna vez, no pude reconocerle.

¿De dónde proviene este temblor en mi mano?

Hoy ha sido un día soleado y mi instinto me inspira a recorrer calles y plazas enlazadas una a otra como en un largo rosario de cuentas urbanas. Todo el tiempo bajo el sol, obligando a mi fuliginoso compañero a mantenerse bien vivible y a permanecer firmemente atado a mis pasos. Pero el día se acaba y va llegando la hora de las sombras largas; el mundo se va volviendo un lugar umbrío. Mi eterno acompañante se agita entre los papeles mugrientos que corren por la calle perseguidos por el viento. Hoy muestra un humor acechante. Las sombras se van volviendo más profundas y, de repente, pierdo a mi acompañante que se hunde en la oscuridad de uno de los callejones que bordean la avenida, ha llegado la hora de su espacio.

¿De dónde viene ese sonoro golpeteo?

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