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05 mayo
2016
Cuento Literatura Narrativa
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POLVO DE CORAZÓN PARA PECES EN CAUTIVERIO

Por Equum Domitor

Para Dante, el perro, nunca los psicólogos habían sido de su entera confianza, pero los días duros del mes de febrero, y el consejo de su mejor amigo, lo obligaron a considerar la asistencia de uno de ellos. Con reticencia llegó al día de su primera consulta. El sitio de reunión, de ambiente colorido y relajado, contrastante con los días grises y lluviosos del exterior, le hizo salir, en primera instancia, del círculo depresivo y del aislamiento que no le permitían estabilidad mental.

Peces-Ester Salguero Amaya

Peces » Ester Salguero Amaya

 

Había escogido a una psicóloga joven, de mirada levemente caída, sonrisa mesurada y un cuerpo torneado que pretendía disimular con su buen vestir.

La psicoanalista se dedicó a escuchar su interminable historia; la de todos sus clientes. Le hizo preguntas clave, dirigió la plática descartando traumas y haciendo anotaciones. Dante no estaba acostumbrado a externarse, pero su pasividad le inspiraba confianza y detalló, con sus propias palabras, el sentimiento de caída libre y sin fondo que lo embargaba, a lo cual la joven secundó afirmando con la cabeza. En silencio atendía sus movimientos, de los cuales Dante fue cuidadoso, ya que es bien sabido que los psicólogos conocen, basados en el lenguaje corporal y otros recursos, hasta lo que cenarán sus pacientes sin necesidad de que se les mencione. Al final de la consulta, le encargó realizar ciertos ejercicios que servirían, dijo, para sentirse mejor hasta que encontrara la raíz medular del problema.

Terminada la sesión, Dante se dirigió a la salida y permaneció en el pasillo. Aprovechando que los demás cubículos habían cerrado, dejó entreabierta la puerta para husmear en la intimidad que la psicóloga procuraba al despedirse de su labor. Se consideraba exculpado, ya que estaba hipnotizado ante su belleza. Una abertura vertical en la parte trasera de su blusa, le permitió vislumbrar vagamente un tatuaje, pero al sentirse observada, lo ocultó colocándose el saco que completaba su vestimenta para seguir con sus tareas. Sustrajo un estuche de madera, y del estuche una porción de algo que trituró en un mortero, como si preparara una pócima. El polvo resultante lo dio como alimento a unos peces que nadaban apartados de la vista de sus clientes. De entre todos escogió a uno de ellos, al que más alterado se veía después de la consulta, y lo cambió a una pecera de menor tamaño. Habiendo concluido, salió al exterior con paraguas en mano, subió a su auto y abandonó el estacionamiento, acompañada del pez.

Las siguientes visitas fueron más relajadas por parte de Dante, atendía las instrucciones de la profesional y llevaba consigo sus tareas. El pez excluido a la pecera pequeña continuaba acompañando a la psicóloga en sus consultas y a la salida, donde Dante continuó esperando a que partiera antes que él; convirtiendo el acto en un ritual obsesivo del que nunca le habló.

En poco tiempo, los arrebatos de coraje habían cesado para Dante, las depresiones habían descendido a grado de ansiedad y los instantes de ansiedad eran cada vez menores. A pesar de la mejoría, Dante no procuraba el final de las consultas, ya que la sola presencia de la psicóloga lo mantenía en el fluctuar equilibrado. Derivado de eso mismo, la psicóloga le pidió que evaluara su desempeño y si consideraba que su trabajo había culminado. Pasando por encima de su sentir, Dante convino a la propuesta, aparentando desinterés.

—Bueno —dijo la Psicóloga, tomando el pez y atendiendo sus pendientes finales, como si la plática fuera ajena a la consulta—. Entonces necesito que hagas una última cosa por mí y por las mujeres que llamen tu atención.

El corazón de Dante repentinamente se puso a la defensiva.

—Últimamente te las has pasado hablando de lo que sientes por algunas mujeres, de la manera en que las acechas y creo que tu problema radica en ello; para mí tu estabilidad no tiene sentido, aún peor, creo que no tienes cura sino que has regresado a tu zona de confort; me extraña, sinceramente, que alguien haya soportado tantos años contigo. Ten —le dijo, y le entregó al pez solitario—, este medio simboliza tu estado, el agua son tus lagrimas de eterno mártir; trata, por lo que más quieras, de escapar de esa actitud. Cuando te consideres libre, puedes regresar conmigo para evaluarte —terminó e hizo un ademán, invitándolo a salir.

—No sólo llamas mi atención —agregó Dante antes de abandonar el cubículo—, sino que estoy enamorado de ti.

—Eres un imbécil —respondió la psicóloga—, no sé qué pretendas con eso; ve con alguien que te libre de ti mismo, que yo me rindo —terminó y esperó su salida para cerrar el local y un poco más para no toparlo en el pasillo.

Al llegar a su auto encontró al pez de Dante sobre el cofre, recibiendo con beneplácito el agua de lluvia. Lo tomó consigo y volvió su vista a los lados para constatar que no estaba cerca. Subió al auto sabiéndose observada, sin precisar desde dónde.

Los días transcurrieron y una vez por semana Dante continuó yendo a las afueras del despacho, conformándose con verla de esa forma. Lo que le extrañaba, era que seguía acompañándose del pez y eso le bastaba para malpensar muchas cosas.

Después de afianzada la rutina, se atrevió a ir más lejos y se dispuso a seguirla. La psicóloga subió al auto, la lluvia arreciaba formando arroyos en el camino. El tráfico era menor a altas horas, lo cual le permitió integrarse rápidamente a la calle principal y darle la espalda al hado nocturno del centro. Después de varios kilómetros, se allegó a un bar poco concurrido, cercano a la periferia y bajó acompañada del pez. Dante esperó unos minutos y luego ingresó también al bar. La psicóloga aguardaba en la barra y no se extrañó de su llegada.

—Espero que estés aquí porque te consideras curado —dijo, bebiendo de su vaso y mirándolo a los ojos.

—Es la primera vez que me miras a los ojos —contestó Dante—, siempre usas el recurso de verme a las cejas, como para que crea que lo haces.

—Necesitaba ver la reacción de perro-loco-apaleado que te caracteriza —contestó.

—¿Aceptas que me extrañabas entonces?

—No, en eso te equivocas. Déjame decirte que tampoco estás enamorado de mí como afirmas; tú lo que necesitas es coger —dijo y detuvo para ver su reacción—. Necesitas liberar esa libido que te hace pensar locuras.

Se sentó a un lado de ella, lo más próximo que se lo permitió, e iniciaron una charla tranquila, sincerándose en lo que veían el uno del otro, siendo más francos aún que en el consultorio, ya que esta vez Dante formulaba también preguntas. Al calor de las copas decidieron bailar en la pista y cuando hubo desaparecido todo intento de repulsión, pidieron usar el cuarto del segundo piso y subieron acompañados por el pez.

El cuarto de servicio, así llamado, estaba iluminado por una lámpara de mesa, la única en el interior, de baja luminiscencia, con la que se pretendía ocultar la miseria de los desconocidos que hacían uso de las instalaciones. Olía a concentrado de cigarros y cerveza, era un lugar no adecuado para una dama acostumbrada a otros niveles, pero a ella parecía no molestarle. Dante intentó sacar su cartera y ella lo detuvo al momento.

—Esta sesión va por mi cuenta —dijo sonriendo.

Comenzó por sentarse en la cama y se quitó el saco. Al intentar quitarse la blusa, Dante se adelantó y lo hizo por ella, lentamente, para descubrir sus hombros y sus hermosos pechos ocultos. Le besó el cuello y al llegar al dorso, se percató del tatuaje en forma del signo de Piscis que abarcaba parte de su espalda, a la altura de los omoplatos; lo acarició levemente y bajó con un solo beso por su espalda. La tumbó delicada, sobre la cama para observar su desnudez, besarle el vientre, explorar sus curvas y pasar sus labios por la sensibilidad de sus pezones. Se acercó a su cara, tomándola con la mano izquierda, con la derecha tocaba sobre el pecho del corazón, e intentó robarle un beso, mas esperaba que lo secundara, pero ella, conocedora de su lenguaje, sabía que esperaba un te amo y lo apartó bruscamente, mirándolo a los ojos; queriendo, a pesar del rechazo, desbordar su carga en un extraño que decía escuchar su llanto interno.

—Ya te dije que si no funcionas sexualmente sin amor no es mi problema —le recriminó pasivamente—, yo no soy apta para eso —dijo separándose de la cama.

La Luna alumbraba la silueta de la hermosa psicóloga, desde la ventana, haciendo resaltar su aura no visible para cualquiera. A pesar de como ella se concebía, para Dante era una hermosa Náyade con cabellos color de mar. Lo veía en su rostro, la única ventana que ella permitía que observaran por sus complejos, el mismo rostro al que decía que nunca habían amado, y que miraba con exaltación al de Dante, deseoso de amar. Dejando de lado las palabras, se abalanzaron en un abrazo y se besaron en un fragor desesperado. Las lágrimas de ella formaron parte del instante y él las aceptaba como si integraran su unión. Rendidos ante el deseo, se dejaron conducir e hicieron un solo signo sobre la cama, entrelazado por dos psicologías tan diferentes y tan equiparables por su aprehensión; siendo peces que nadaban en sentidos contrarios, símbolo de disolución que los embargaba, pero empatizando en el sexo.

Dante la tomó de espaldas, y desde esa perspectiva, pudo ver el tatuaje moviéndose con cadencia, a un mismo ritmo, y de la barra que unía a los paréntesis en oposición, parecía emanar sangre; como si los hubieran querido arrancar de un tirón. La luz de la Luna se había apartado de sus cuerpos y sólo el pez, desde su sitio, podía observarla con claridad. Con el cobijo de la penumbra, y los humos del alcohol, el símbolo en la espalda de la joven mutó semejando a un par de ojos, y eran unos ojos tristes que lo miraban y lloraban con desdeño. Al sentirse observado, la libido de Dante se esfumó repentina. Aquella imagen le recordaba a unos ojos similares a los que había amado, entonces entendió que no era amor lo que necesitaba para funcionar, sino que su miedo a ser juzgado por ellos, lo mantenía alejado del deleite del placer, a pesar de que ya no le pertenecían. Se paró de la cama y se vistió rápidamente. La chica se acercó, mutando también en apariencia ante los ojos de Dante, quien permanecía en shock al verla de nuevo, y teniéndolo en la mira, al reaccionar a abrazarla, Ella lo empujó para que cayera de espaldas, por la ventana, a un vacío que esta vez sí tenía fin.

Aprovecharé el instante de la caída de Dante para una metaficción. Cierto día mi psicóloga me preguntó, ¿tú sabes por qué últimamente te maltrato y te digo que ya no vuelvas y lo sigues haciendo? En verdad no lo sé, le respondí, y me dijo: lo hago a propósito, necesitaba evaluar tu punto de quiebra; muchos no hubieran regresado por menos de eso, dijo y me miró a los ojos. Me gustaría extraerte el corazón y que vieras lo maltratado que está para ver si sigues pensando que lo que sientes es amor. Tú problema es mayor, no es que no te gusten las discusiones o que seas una buena persona, tú tienes un desfase en lo que llamo el umbral de la realidad con respecto al dolor, te engañas fácilmente; me sorprende que aguantes tanto y peor aún, que no lo sientas. Eso es lo que quería decirte, lo demás son patrañas…, el amor no existe.

Al abrir los ojos, Dante pudo observar un cielo azul y sentir una llovizna frugal que decía adiós al temporal. Se levantó aturdido y miró al pez que lo había acompañado en la caída, sobre el suelo, debatiéndose por la vida a pesar de no tener esperanza. Lo tomó en sus manos para depositarlo en el arroyuelo que se hacía a la orilla de la carretera, dejándolo libre a su destino, lo cual el pez agradeció dando círculos para después partir.

Cuando la psicóloga salió del bar, lucía una sonrisa en su rostro. Se agachó justo donde Dante había caído, recogió su corazón del suelo, y subió al auto sintiéndose satisfecha. Dante le debía la tranquilidad repentina, había logrado apartar su corazón, aquel que sujetaba con uñas y dientes por mor del recuerdo de un bello pasado; no existen recursos inválidos cuando se trata de salvar la psique. Dio marcha al carro y siendo ahora un perro sin principios que lo retuvieran para alcanzar la satisfacción de sus deseos primitivos, se integró a la hilera de carros, en un acuario más amplio, donde muchos como él, nadaban a la deriva y sin amor.

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