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10 junio
2019
Literatura Narrativa Relato
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PIROFILIA

Por Eleuterio Buenrostro

Los carrizos encendieron sin nuestro consentimiento. Mi hermano Emigdio me pidió que no dijera que estuvimos jugando con fuego, minutos antes de que las llamas alcanzaran el habitáculo de Calvillo. Me veo en el recuerdo, viendo también de lejos como las lenguas alzan por encima de los cuatro metros de altura que dan las cañas secas. Mi rostro se torna sereno y contemplativo. Mi prima Adriana nos señala, pero negamos cualquier acusación.

Nunca he sabido a qué huele el fuego, sé a lo que huele lo que se consume y reconozco el olor de algunos combustibles. Podría asegurar que al igual que a su elemento hermano, el agua, es inodoro, pero jamás incoloro o insípido; esto último lo deduzco, solamente, por la sensación que deja el sabor del miedo. La danza hipnótica, de sus llamas, produce un sonido grave, como exhorto a tener cuidado de su poder, obligándonos al respeto en su descontrol.

Pirofilia es una palabra femenina, que denota amor por el fuego y a la incitación abstracta, como efecto de encumbrar su poder. Se diferencia de la palabra piromanía, que define a la tendencia patológica a la provocación de incendios. Aunque proceden de la misma raíz, la primera elige a la creación como sentido. Puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que no soy un pirómano, y que si el fuego me atrae, no me permito provocarlo sino en las letras.

En mi juventud no supe explicar la diferencia. El que no existiera una palabra lo complicaba y callé para no ser mal interpretado. Me preguntaba qué sería de nosotros, los mortales, antes de que se nos legara el fuego. Al recibirlo fuimos imbuidos por su carácter transformador, y corre ardiente, desde entonces, en nuestra sangre, otorgando libertad. Es la chispa que obliga a la forja, a reinventarnos para sentir y seguir en movimiento.

En esa búsqueda constante de la Pirofilia, y de mantenerla en su estado puro de inspiración, la hallé en Janelle Mendoza, en una noche de letras. El rojo fulgurante de los reflectores la envolvía y provocaba el mismo hipnotismo de saberme ante algo que me sobrepasaba. Me sentí un tonto, al recordarme un instante antes gritando su nombre, frente a la baranda que nos dividía. Ella volteó, sin verme, mientras daba hacia al escenario que la exigía en aplausos.

El espacio fue suyo, explotó en un grito ordenado, desde su voz diva, incapaz de ser dominada. Me veo desde lejos, como cuando niño, bañado en lo blondo de su resplandor, erizado de pies a cabeza, venerando y saboreando el miedo del ritual incontrolable. Por supuesto que lo mío no es un amor de instinto, es una adoración pura y a la distancia; de fervor musical solamente. Como buen pirófilo, tampoco me atrevería a provocarla.

En un video contengo su flama, y me dejo llevar por el destello, igual a cuando la escuché en vivo. La prefiero en todas sus formas, pero el Arunima, en especial, me vuelve al instante en que vi al amigo de los mortales abdicarme el mismo fuego al que temo, amo y pretendo mantener vivo en el tallo ardiente de las letras. Larga vida a esa eternidad que permite que la luz exista, y a las musas que cuidan y provocan, desde su voz ardiente, la Pirofilia.

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IMAGEN

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Eleuterio Buenrostro Calatrava, de profesión, escanciador de almas, es un ser inmortal insuflado, no nacido, el 14 de marzo de 2002 en Manuel Núñez. Sobre este último se sabe que es un seudoescritor intuitivo, que se escuda en heterónimos, y latinismos que desconoce, por falta de credenciales como escritor. Vino al mundo un 16 de julio de 1972, en Benjamín Hill, Sonora, cuando el tren de las seis de la tarde anunciaba su llegada. Fue entintado por los tipos de una vieja imprenta, perteneciente a su padre. Marcado en su niñez, se fue a bañar, desde los cuatro años, a las playas de Puerto Peñasco, Sonora, y a secar, desde los dieciocho, en el sol de Mexicali, Baja California, donde reinicia como escritor de tiempo incompleto. Colaboró a finales de los noventa en la sección de música, en la revista Ahí Tv’s. Debido a la apertura que otorga internet fue publicado en la página Ficticia.com, y actualmente colabora en Sombra del Aire, siendo Eleuterio Buenrostro —su nombre de tinta y verdadero artífice—, quien guía su pluma desde el escondrijo. Non plus ultra.

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