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09 octubre
2017
Cuento Literatura Narrativa
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PIGMALIOFOBIA

Por Eleuterio Buenrostro

La visita a los sitios de libros viejos era la práctica preferida de Hectoro, formaba parte de un ritual asistido de tiempo atrás. Ahondaba en el cúmulo de títulos, inhalando el olor de sus hojas, sintiendo su ritmo en una ojeada inicial, para al final decidir con cual quedarse. Se consideraba un lector lento, buscador de insignificancias que le descubrieran el mundo del autor. Seguía su rastro con insistencia, subrayando citas, redundando en detalles que lo transportaran al más allá de sus letras. En sus viajes procuraba esas mismas islas, y de todas ellas y de todos los libros, había uno que gustaba comprar sin importar condición o precio, era: En busca de la ninfa Siari de Gordiano Tauro. De ese particular título conservaba cuanta edición encontraba; incluso si se repetían. La única condición para tomarlo era que fuera un libro sin plastificar, con signos de haber sido leído previamente y si lucía subrayado en su texto, mayor era su aprecio.

La afanosa búsqueda en los libros viejos había iniciado desde el tiempo en que no podía pagar por ellos, el de la obsesión por En busca de la ninfa Siari, tenía apenas tres años. Su primer encuentro fue una edición de mil novecientos sesenta y nueve. Salvo algunas citas y palabras resaltadas, a tres diferentes colores de pluma, y anotaciones de un lector anterior, era un libro con buen aspecto. El adhesivo conservaba flexibilidad y el costo había sido el adecuado.

Aquella primera lectura fue caótica para Hectoro, perdía concentración debido al subrayado. Terminó por no añadir nada a lo agregado y tratar de enfocarse en la intención de sus líneas. Al final logró salvar la emoción o quizá la sola lectura lo había conectado a la esencia del libro. Después de haber cedido el poder de descubrimiento, regresó al rastro de quien lo marcara. Algunas citas estaban resaltadas con pluma roja. En la parte baja de la página veintiuno, una anotación, a tinta azul, pretendía mejorar la traducción al castellano: “Existen muchas ninfas pero hay una de ellas que no es tierra, agua, aire o fuego, sino todos los elementos, y siendo invisible, como Éter, es la más difícil de atrapar en el amor”, sugería, en vez de: “Existen muchas ninfas empero hay una de ellas que no es ni tierra, ni agua, ni aire, ni fuego, sino todos ellos y siendo transparente Éter, es la más difícil de atrapar en el encanto”, de la traducción original. Hectoro sonrió por la audacia y regresó para indagar sobre las páginas restantes, las cuales cambiaban el color de subrayado. Con el cambio se adicionaba un número a los extremos de cada anotación, sin linealidad aparente, ya que de un número saltaba a otro sin consecutivo. Había más en aquellas claves, pasaron de ser oraciones completas, a sólo palabras aisladas. Hectoro realizó la recolección, asignando una columna para palabras y otra para los números en una libreta; después las ordenó ascendentemente pero no hubo coincidencia, hasta que lo hizo a la inversa; leyendo del final al inicio. Su corazón latió airoso al notar que las palabras formaban frases y que estaba ante un mensaje oculto. Volvió al inicio del libro, en la hoja del título, escrito con la misma grafía que la del final de la página veintiuno, en color verde, se develaba el nombre de quien proporcionaba las claves, se llamaba Lorraine, y bajo su nombre y el del autor, había escrito un símbolo de desigualdad. Si el final era el principio, era natural que al inicio estuviera la firma del remitente. Después del hallazgo, Hectoro inició la transcripción inversa del mensaje y con ello su lectura:

Mi muy querido señor H, ¿recuerda el día que me regaló el presente libro? Yo lo tengo muy a la memoria, y también las palabras que lo acompañaron a mis manos. Me dijo usted que, “no teniendo consigo nada, éste libro representaba su mayor riqueza”. Lo he conservado desde mis quince años en que su fortuna pasó a ser la mía, y lo sostuve en mis manos, a los dieciséis, cuando se comprometió conmigo en la capilla, alejados de mi familia, para los que usted era mal visto por no poseer riquezas. A mis dieciocho decidió conquistar el mundo, y me dejó sola, con esta parte de usted como esperanza y en mi vientre a una hermosa bebé que nació al año siguiente. No lo culpo por abandonar a su hija, por que al momento de partir usted no lo sabía, ni tampoco por no haber regresado cualquiera fuera su condición; yo siempre lo acepté tal cual era. Mi mayor deseo es que se encuentre usted bien. He decidido desprenderme de este libro, esperando que el destino lo regrese a su dueño, y que si usted se encuentra extraviado y siendo meticuloso como es, recuerde el título que en algún tiempo nos unió, y vuelva hacia mí con su presencia. Lo estaré esperando en: […]. Al tocar la puerta no dude en preguntar por su bien amada; la siempre suya ≠ Lorraine.

Los pensamientos de Hectoro desbordaron en ideas sin control, desde buscar en registros el nombre de Lorraine hasta seguir la dirección, que para su buena suerte, pertenecía a su ciudad actual. Decidió dar seguimiento a las pistas y a las primeras horas del siguiente día, con poco dormir y cargado de emoción, tomó un transporte que lo llevó al centro y transbordó a otro que lo dirigió al oriente de la ciudad. Eran sitios desconocidos, ya que, por lo grande que se prestaba la ciudad, nunca tuvo necesidad de transitar en su otro extremo. Llegó siendo temprano a la dirección. El frontis de la casa era una pared blanca, alargada y alta, que rodeaba una manzana completa. Su única entrada era una puerta al centro, sencilla, sin ventanas que permitieran indagar en su interior. Estaba ubicada en una zona de poco tránsito, y lo único sobresaliente, eran cuatro macetones, que permanecían vacíos y olvidados en el exterior. Tocó a la puerta, seguro de que si la tal Lorraine existía, debería andar por los cincuentas en edad. Se escuchó un cuchicheo al otro lado, pero nadie atendió al primer llamado.

—¿Quién es? —preguntó enérgica una voz de mujer, al insistir.

—Busco a… ¿Lorraine? —dijo Hectoro, con tono de pregunta en vez de respuesta.

La puerta abrió atendida por una mujer madura, diez años menor a lo calculado por Hectoro. Lo miró de arriba abajo, incrédulamente. Era alta, delgada, vestía con un vestido de una sola pieza color aperlado, con collares al cuello y pulseras en su mano izquierda. Su cabello era dorado y canoso, aparentando una mezcla de oro y plata, recogido hacia atrás, haciendo que sus pómulos resaltaran la hermosura y amplitud de su rostro.

—Vengo por lo del libro de Gordiano Tauro —se apuró a apuntar Hectoro, al advertir la negativa en su rostro.

—Aquí no vive ninguna Lorraine —dijo la dama y cerró la puerta con fuerza.

Se escucharon pasos sobre madera alejándose, luego una sorda discusión: —Te estoy diciendo que no es él— se escuchó en reprimenda, seguida de un ruego. —Pero entonces ¿cómo explicas que haya dicho lo del libro?—. —Porque cualquier tonto pudo haberlo descifrado, por eso—. Los pasos regresaron hasta la puerta y abrió una joven con sonrisa animada, muy parecida a la primera que abriera, pero que gozaba de juventud.

—¿Quién eres? —preguntó y al sonreír sus ojos, que aparentaban tristeza, brillaron al verlo.

—Soy Hectoro —contestó estupefacto ante la belleza de la damisela.

—Pareces una buena persona, pasa —ordenó.

La habitación de entrada era amplia y se iluminaba por tragaluces que exaltaban el colorido. El piso era de madera, como el sonido lo previera. El decorado era antiguo, aunque se percibía de nueva adquisición. La mujer mayor aguardaba al lado izquierdo, al inicio de una escalera. Lo miró airosamente y al momento de subir, apuntó a la joven que recordara que no podía estar mucho tiempo allí. La chica tomó a Hectoro de la mano, en dirección a un patio exterior que daba después de cruzar un piso color rojizo, y a unas columnas que sitiaban un corredor que clareaba conforme salían. El patio era también inmenso, lleno de vida. El canto de aves acompañaba al sonido de agua de arroyos artificiales y norias del doble de tamaño de una persona. El colorido verde de la vegetación resaltaba la frescura y limpieza del aire y parecía que, en conjunto, nada tenían que ver con el exterior. Si aquello fuera el despertar de un sueño, Hectoro hubiera creído que lo hacía en una cabaña, alejado de la ciudad.

—¿Qué sientes? —preguntó la chica al notar la contrariedad.

—No sé cómo explicarlo, siento como calor en la cara —respondió Hectoro—, pero no sabría definirlo —agregó viéndola a los ojos —. Lo único que sé, es que no quisiera salir de esto.

—Sígueme —ordenó la chica y lo tomó nuevamente de la mano.

Cruzando entre árboles llegaron a una meseta que daba a lo que en apariencia era un arroyuelo, con una caída de agua de un metro y medio. Sin dudarlo, la chica se despojó de su vestido, quedando en ropa interior. Saltó al rio que acompañaba a la cascada e incitó a su invitado a que lo hiciera, pero Hectoro no gozaba de la energía de la chica y al quitarse la ropa actuó torpemente, sintiéndose mejor hasta estar dentro del agua.

—¿A quién buscaba tu madre en ese libro? —fue lo primero que se le ocurrió preguntar.

—A mi padre —respondió—. Vino a América con la esperanza de hacerse rico y regresar por ella. Pero no fue ella quien la escribió, fuimos yo y mi desesperación. El orgullo de mi madre no se lo permite, aunque moriría si un día fuera él quien toca a la puerta.

—¿Cómo te llamas?

La chica sonrió.

—Se supone que deberías saberlo —contestó—. ¿Qué año es afuera?

Hectoro, quien no hubiera creído que su día se seguiría de esa manera, no se extrañó por la pregunta.

—Dos mil catorce —respondió—. ¿Cuántos años tienes? —preguntó seguidamente.

—Si dices que estamos en el dos mil catorce, supongo que te asombrarías si lo supieras —respondió—. Mi madre dice que nuestro tiempo no se rige por el exterior. Eso me recuerda que no debemos permanecer mucho tiempo aquí —agregó y lo tomó nuevamente de la mano.

Salieron del agua, cargando con la ropa, cruzaron el bosque, acortando por parajes, hasta llegar al otro extremo, donde se extendía un cálido desierto.

—¿No te gusta este calor que nos alimenta? —preguntó la chica empujando a Hectoro por delante para que admirara la desolación del horizonte.

—Sí —contestó, al tiempo que sintió el abrazo desnudo de ella por la espalda.

—¿Cuál es tu mayor deseo, Hectoro?, ¿qué buscas entre tantas letras?

En ese instante, en que no veía su rostro, recordó un sueño recurrente; era la misma pregunta en solitario repetida en cada uno de ellos.

—Desearía que alguien se enamorara de mí —respondió.

—Deberíamos fundirnos en ese juego nombrado amor, pero sabes que no puedo corresponderte, ¿cierto?

Hectoro permaneció callado, gozando de la tranquilidad apacible que la sola compañía de la chica le aportaba y renovando el ardor que sintiera en su cara.

—Además —agregó al no obtener respuesta—, creo que yo no conozco el amor, lo que sí sé, es que el amor no se suplica. Pero, en honor a la sinceridad, Hectoro, ¿qué es lo que sientes?

Permanecieron un instante en silencio, luego Hectoro preguntó por respuesta:

—¿Tú sabes lo que Pigmalión sentía, todas las mañanas, al despertar al lado de Galatea?

—Supongo que miedo de que su numen no fuera en la realidad de la vigilia —contestó la joven.

Al ser Hectoro consciente de su estado, y antes de que aquel mundo se derrumbara, sintió un golpecillo por la espalda, a la altura de los omoplatos.

—¡Que cursi eres, Hectoro! —expresó repentinamente la chica y lo volvió hacia ella sonriendo—. Ven, vayamos de regreso por este lado —ordenó vistiéndose—. Por acá no habrá necesidad de volver a mojarnos. Madre pegará el grito en el cielo, además, hay algo que intuyo te gustará.

De la mano, nuevamente de la chica, bordearon el límite del desierto y el bosque, hasta llegar a una cuadra ocupada por muchos caballos.

—Debemos apresurarnos —insistió la chica—, así que escoge el tuyo y lleguemos a casa en ellos.

Hectoro escogió uno capa negro y ella un alazán. Corrieron a la par, ella no paraba de sonreír, tratando de ganar distancia. Su cabello suelto brincaba en cada tranco y ondulaba con el aire. Pararon hasta llegar nuevamente al patio de entrada.

—Necesito que salgas rápido, antes de que mamá se entere lo que hemos tardado —dijo empujándolo para que bajara del caballo y señalando la salida.

En el exterior de Hectoro era tarde, la beldad permaneció con la puerta entre abierta, sonriéndole como cuando abrió por primera vez.

—Si en este momento volvieras a tocar, y tú preguntaras por mí, ¿cuál crees que sería mi nombre?

—No lo sé —respondió Hectoro—, ¿Lorraine hija?

Los ojos de la chica se enjugaron en lágrimas, opacando la animosa mirada; abatida ante el lector cabeza hueca. Desde las escaleras se escuchó la voz de su madre ordenando cerrar la puerta, lo hizo hasta un punto donde todavía miraba al exterior.

—El signo significaba que mi madre no era Lorraine —explicó—, si no, cualquiera hubiera sido el elegido.

Al terminar aseguró la falleba lentamente, como para no atemorizarlo. Hectoro no hizo el intento de llamar nuevamente, por temor a que lo experimentado viniera abajo; además de sentirse avergonzado por no presagiar el nombre de la joven. En el exterior parecía que habían pasado muchos días; mas no le importó el tiempo perdido, por lo ganado. Se guio de regreso a casa, sin prisa, acompañado por el calor nocturno de la ciudad.

Desde entonces, Hectoro inició la búsqueda de las nuevas claves que le abrieran las puertas de la ensoñación, pero en ninguna de los encuentros tuvo el mismo resultado. Aquel era uno de esos días, y extrañamente encontró, entre los libros viejos, un ejemplar más de En busca de la ninfa Siari. Era la edición más nueva, y por un momento pensó que lo habían cambiado de lugar. No tenía plastificado, y en su interior había indicios de subrayado a tres tintas, con el mismo cifrado que recordaba. Después de confirmar el hallazgo, pagó la cantidad sin regateos, y lo llevó consigo.

Hectoro tuvo que guardar la calma. Pensó que para que el encanto tuviera efecto, necesitaba darle lectura y realizar el ordenamiento de la misma manera que lo hiciera. Le tomo muy poco tiempo, ya que conocía el libro casi de memoria. Al terminar, ordenó las palabras y procedió a leer el mensaje desesperadamente:

Mi muy querido H, para por favor con tu búsqueda, en verdad te digo que no eres el elegido; eso lo sabemos tanto tú como yo. No te sigas haciendo daño. Podría abogar si quieres, por un momento como aquel que tuvimos. ¿Aún lo recuerdas?, ¿o en tu búsqueda desesperada lo has echado al olvido? En esta vida el amor puede ser sólo un instante y a veces ni siquiera eso; a veces es una sola oportunidad y muchas veces tampoco eso. Hay quienes no creen en su existencia, no arriesgan y no han querido ni llegado a sentirlo. Si tú decides enfrentarlo, la casa de mi madre estará abierta en una última ocasión para ti. La nueva dirección es esta: […]. Recuerda tocar primeramente, y esta vez, por lo que más quieras, pregunta por mi nombre. Ruego que esta vez lo sepas, ya que de lo contrario, la puerta no cederá. Por un instante tuya ≠ Lorraine.

Hectoro permaneció con la piel erizada. Leyó el mensaje varias veces. Parecían siglos los transcurridos, pero eso ya no incumbía, sino la urgencia del encuentro con la ninfa de alma vieja y sin tiempo.

Durmió pocas horas, como aquella vez, y, esta vez, transbordó tres camiones para llegar a la geometría que encerraba un mundo poco sondado. Su corazón latió fuerte al alzar la mano sobre la única puerta. Por un instante lo invadió un temor, no sabía si seguir creyendo en aquel sueño lúcido, ya que al tomar atención en su mano, en pos de llamar, percibió rastro de diferentes tintas en sus uñas de escritor. La pared blanca se erguía alta, palpable, y armada por las muchas letras de un solo libro, el primero que lo incitara a otros pasajes, el que le pertenecía a ella. Tocó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó enérgica la voz de la joven, imitando la entonación de su madre.

—Busco a Siari —dijo Hectoro, con seguridad.

Cada milímetro que la puerta abrió, a partir de ese instante, transitaba en eternidad. Hectoro quería apresurar el momento para mirarla de nuevo. Al abrir lo esperaba la chica, con la mirada fija en él. Sus ojos destilaban gotas de llanto que se evaporaban por el calor que radiaba su rostro de fuego y aún excitada en llanto alcanzó a decirle:

—Pasa, Tauro, pasa, que es mucho el tiempo que estuve esperando y, contrario a ti en la vigilia, estoy temerosa de que puedas despertar.

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