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19 noviembre
2018
Crítica Literatura Reseña crítica
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NUNCA SE SABE LO QUE TRAE LA NIEBLA, DE MARCELO RUBIO

RETORNO AL REALISMO MÁGICO

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Por Nidya Areli Díaz

Nunca se sabe lo que trae la niebla es la primera novela del escritor argentino Marcelo Rubio (1966), presentada en junio pasado bajo el sello editorial Indómita Luz, y va de la historia de Oscar Raimondi, un reportero de la revista deportiva Segundos Afuera, al que le asignan por misión entrevistar a Leonardo Ruiz, un legendario exboxeador cuyo retiro dejó mucho de qué hablar años atrás. La trama comienza en género policiaco; hablamos de una misión en la que el protagonista debe encontrar a un ídolo deportivo internado en un misterioso pueblo, con el objetivo de hacerle un reportaje que, el director de la revista cree, subirá las ventas. Previo a ello, nos encontramos con un panorama general del ambiente que circunda a Raimondi; esto es, una empresa editorial en crisis debido a la situación económica que asola al país, Argentina. Por ello, el periodista declara: “De la plantilla original formada por el director, el secretario de redacción, quince periodistas y ocho fotógrafos, solo quedamos el gallego Fernández, como director; el gordo Velázquez, y yo, Oscar Raimondi”.

Así, todo parece marchar, excepto que, apenas se interna el protagonista en su misión, comienza a aquejarle un tortuoso dolor de muela. Al llegar a Laguna profunda, se encuentra con un desolado pueblo, neblinoso, ya sin laguna, apartado de la civilización debido a las distancias físicas y a las carencias tecnológicas. Es entonces que la narración parece dar un salto en el espacio-tiempo para transportarnos a una nueva dimensión en la que el tiempo y la lógica transcurren de manera distinta a la realidad del resto del mundo. Queda atrás el género policiaco para abrir paso al realismo mágico. Es en el gran Hotel Deordás que comienza a materializarse un desfile de personajes inusitados que, reitero, parecen obedecer a la lógica de otra dimensión, el conserje trata de evocar a cada momento los tiempos mejores del pueblo y del propio hotel, mientras que el comisario y remisero (taxista argentino) maneja la patrulla-remise “Móvil 5-7-5” y escribe haikús. En Laguna profunda, por si fuera poco, la moneda de cambio es el conejo; “conejos” tal como suena y significa, roedores de pelo suave y espeso y orejas largas y puntiagudas, pues en tiempos de crisis se echa mano de todo y el valor del dinero per se se hace relativo.

Oscar Raimondi continúa con su dolencia, y la única que puede ayudarlo es una especie de bruja a cambio de un conejo. Del exboxeador no se ven ni sus luces y, a pesar de que toda la narración en primera persona transcurre bajo el hilo de la coherencia por parte del protagonista, los sucesos y conductas que lo circundan se salen por completo de las leyes de la lógica común. Pero una de las características del realismo mágico es la posibilidad de que los eventos sucedan a pesar de que sean poco probables; así, el lector se encuentra de pronto, inmerso en un mundo que parece irreal, pero que no deja de ser verosímil. Es ésta una obra en la que Marcelo Rubio nos transporta, como Rulfo, García Márquez o Carpentier, a uno de esos pueblos latinoamericanos donde todo puede pasar o, por lo menos, la leyes naturales parecen obedecer a una naturaleza distinta.

Al mismo tiempo, la prosa está pletórica de guiños poéticos, tal como ocurre en los autores antes mencionados; es decir, que el escritor se da permiso de ser poeta, de hacer metáforas y comparaciones y embellecer la estructura de su narrativa. La voz de los personajes da vida a las ideas y reflexiones sobre aspectos que —por qué no—quizá importen a la intimidad del autor. De esta suerte, Rubio reivindica el antiguo arte del haikú en la voz del comisario que se gana “una changuita extra” como remisero. De la brevedad de la estrofa oriental cuya métrica de 5-7-5 sílabas, nombre de su patrulla-remise, opina el comisario: “Yo creo que el arte debe ser así, breve, efímero. Las estatuas deberían ser de hielo, ser contempladas una sola vez. El artista podría volver a hacerlas, pero no serían iguales. Los libros escritos en barras de jabón o en tabletas de barro, para leerse solo una vez. El arte siempre es mejor cuando uno lo recuerda, porque la mente selecciona lo que la conmovió. Releer es descubrir desencantos”. Luego, de comisario a remisero ya no hay gran diferencia, en la crisis todo el mundo sobrevive como puede y el arte entonces se vuelve humano en manos de un hombre común con su propia perspectiva estética.

Las sorpresas continúan durante las pesquisas y la espera involuntaria del protagonista, pues se sabe que Ruiz, que probablemente está muerto, llegará en el barco que viene de manera periódica a Laguna profunda —un barco donde la laguna está seca—, pero no se sabe cuándo. Así que al reportero, que por fin ha sido curado de su dolencia dental por Julieta, no le queda más que esperar armado de toda la paciencia posible y bajo el asombro que le suscita cada nuevo descubrimiento, pues tanto el pueblo como el exboxeador están cubiertos de forma permanente por un gran halo de misterio. Raimondi no termina de explicarse qué fue lo que pasó realmente el día en que Ruiz abandonó la pelea y su carrera para siempre, pero intuimos a su lado, que ello tuvo que ver con la desaparición de la laguna y desde entonces la miseria asoló al pueblo; miseria que, por otro lado, se extiende a toda la Argentina en crisis, una situación en la que el narrador repara constantemente y sin tapujos.

Marcelo Rubio ha hecho en ésta, su ópera prima, un retorno al realismo mágico que tuvo su auge en la segunda mitad del siglo pasado; el protagonista se interna, cual Dante, en un cortijo espectral a buscar a un fantasma, sin sospechar que en la travesía, como Dante o Pedro Páramo, se encontrará a sí mismo. El autor, hijo de su tiempo, plantea su historia en el contexto bien delimitado de una Argentina arrasada por una severa crisis económica; crisis que, por otra parte, se extiende a toda Latinoamérica. Se trata de una novela breve, poética y bien escrita, con una trama donde la acción parece contraerse bajo el influjo de una ruptura tiempo-espacial para desembocar en un final inesperado y que deja en el lector con un excelente sabor de boca.

IMAGEN

Marcelo Rubio >> Fotografía tomada de su perfil de Facebook

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