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20 julio
2018
Crítica Literatura Recomendación Reseña
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NOTA CRÍTICA SOBRE LA FRONTERA DE CRISTAL DE CARLOS FUENTES

Por César Abraham Vega

La frontera de cristal es una novela constituida por nueve cuentos escritos por Carlos Fuentes entre los años1990 y 1995, momento en el que México atravesó una de sus peores crisis monetarias. Pero para brindar un mejor panorama del momento histórico que Fuentes elige para escribir su novela, sería pertinente dar algunos antecedentes:

México no cayó en crisis por sí solo; una serie de agentes de cambio surgidos tanto a nivel regional como a nivel internacional propiciaron un reacomodo en las finanzas mundiales, haciendo que los países en desarrollo, principalmente los latinoamericanos, cayeran en un bache económico del que hasta la fecha, muchas naciones, incluido México, no logran salir a cabalidad. La extinción de la U.R.S.S. como oponente macroeconómico de Estados Unidos conjuró por fin la llamada guerra fría; por ende, los EE.UU al superar esta tensión que consumía gran parte de sus recursos económicos en cuestiones militares y de espionaje, quedó económicamente inestable; así, el gobierno norteamericano emprendió una serie de estrategias harto agresivas con el afán de recuperar su fortaleza económica.

Estas nuevas políticas consistían en realizar pactos económicos de comercio libre con diversos países de la región; pero la estrategia maestra se centraba en un tratado con sus dos vecinos inmediatos; México y Canadá. En realidad, como lo hemos podido comprobar tras el paso de los años; el tratado era extremadamente desigual, pues la intención prioritaria de los Estados Unidos de América, e incluso de Canadá, era poder echar mano de los recursos y mano de obra mexicanos que con el afán de ofrecer un grado de competitividad ante sus socios, se vio obligado a malbaratar sus productos y servicios propiciando, así, que el TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) tuviera consecuencias funestas para la economía interna.

Además, esta andanada político-económica por parte del gobierno americano no era algo inédito hasta 1990, pues ya desde el régimen de López Portillo se vislumbraban las primeras acciones instauradores del neoliberalismo en México, auspiciadas desde la misma presidencia. Para 1992, año en que se firmó el TLC, México ya venía grandemente debilitado de numerosas crisis y devaluaciones, con una deuda pública estratosférica y altísimos niveles de inflación; la firma de Carlos Salinas de Gortari en el tratado le dio un puntillazo atroz a la economía Mexicana cuyas consecuencias conoceríamos, apenas once meses más tarde, como el infame error de diciembre[i].

Tomando todos estos antecedentes en cuenta, pero sobre todo, pensando en las consecuencias que tan mal escenario económico repercutían en lo social, Fuentes escribe La frontera de cristal como una novela que habla de la desesperanza social; concretamente, el ente social sobre el que Fuentes como autor pinta los grises nubarrones del desaliento son personajes de a pie, mexicanos de trabajo con salarios miserables y escasas prestaciones, y, sobre todo, con nulas oportunidades de sobreponerse a su tediosa miseria impuesta, en concreto: proletarios sin vientos de cambio.

Esta exacerbada desesperación queda manifiesta en las primeras líneas del cuento “Malitzin de las maquilas”; cuando abreva en la anécdota que justifica el nombre de la protagonista, Marina: “A marina la nombraron así por las ganas de ver el mar. Cuando la bautizaron, sus padres dijeron a ver si a ésta sí le toca ver el mar. En la ranchería en el desierto del Norte, los jóvenes se juntaban con los viejos y los viejos contaban que de jóvenes sus viejos les habían dicho, ¿cómo será el mar?, ninguno de nosotros ha visto nunca el mar” (Fuentes 131).

Así en este brevísimo pasaje, Fuentes nos aporta una diversidad tan numerosa de antecedentes que nos hablan de los rasgos sociológicos, culturales y económicos de los personajes que se insertan en este cuento y, de la misma forma, el autor retrata a un proletariado campesino tan humilde y explotado que vive con la mítica aspiración de ver el mar, sus medios son tan limitados que la posibilidad de visitar el mar se sujeta más a la probabilidad de una venturosa casualidad que de un porvenir próspero propiciado por la fuerza de su trabajo. Incluso el escenario se antoja un tanto irónico, pues una ranchería incrustada en medio del desierto del Norte hace una clara referencia al insostenible y perpetuo fardo que subyuga a los pobladores de ese yermo lugar que, salvo por el desierto, podría situarse en cualquier ranchería pobre de México. Como Sísifo, los congéneres de Marina emprenden el ascenso con la piedra de la iniquidad a cuestas, esperando un tanto escépticos encontrar en aquella cima alguna playa bañada por las aguas de mar que tanto anhelan y, antes de alcanza su meta, tropiezan y se precipitan al fondo; desengañados y retraídos empiezan de nuevo el ascenso y entre más alto suben en el peñasco, más grandes sus esperanzas se van haciendo; así hasta el infinito: “los jóvenes se juntaban con los viejos y los viejos contaban que de jóvenes sus viejos les habían dicho, ¿cómo será el mar?, ninguno de nosotros ha visto nunca el mar” (ídem).

“Todo acto cultural, creación o consumo, encierra la afirmación explícita del derecho a expresarse legítimamente, y por ello compromete la posición del sujeto en el campo intelectual y el tipo de legitimidad que se atribuye” (Bourdieu 162). Pero ¿qué mueve a un ‘señorito’ de la clase pudiente mexicana, hijo de embajador y a su vez embajador de Francia, con una trayectoria insuperable y tan acomodada que no debe pleitesía alguna a ninguna ideología y personaje a escribir una obra de vena tan social como lo es ésta?

Tal vez la explicación la encontremos en “El autor como productor” de Walter Benjamin; particularmente en la referencia que recoge sobre una encuesta emprendida por la revista Commune intitulada “¿Para quién escribe usted?” en la que Aragón entrevistando a Maublanc deja caer esta pregunta. A lo que el escritor contesta que es un burgués que quiere ser aliado del proletariado y lucha precisamente porque el aparato burgués le ha permitido tener una formación intelectual que le hace simpatizar con esta causa; por tanto, los escritos de Maublanc no están dirigidos a los proletarios revolucionarios; ellos, por su cuenta ,están ya bastante convencidos de la causa ocupan las trincheras partiéndose el alma. Por el contrario, él escribe para los burgueses que, como él, han sido educados en un seno burgués que les ha permitido vislumbrar las injusticias con las que su mundo se sostiene.

En ese mismo tenor, Fuentes no escribe, ni por asomo para las clases bajas; él escribe para su mismo estrato social tratando de ‘denunciar’ o al menos apuntar con el dedo una serie de implicaciones sociales que derivan de las políticas económicas que son implementadas por los de su misma clase. Así:

Ocurre que la restricción social se manifieste a veces bajo la forma directa y brutal de las presiones económicas o la obligación jurídica […]. Hay que preguntarse si aún el autor más indiferente a las seducciones del éxito y menos dispuesto a hacer concesiones a las exigencias del público, no debe tomar en cuenta la verdad social de su obra que le remiten el público, los críticos o los analistas y redefinir de acuerdo con ella su proyecto creador (Bourdieu 148).

Es evidente que a las alturas en que Fuentes escribe esta novela, no ponía ni un ápice de su prestigiosa trayectoria en riesgo. Era para entonces un ‘señorón’ de la literatura que podía darse esos caprichos sin siquiera resentir un escándalo.

De hecho, el que un hombre de sus vuelos osara abrazar las causas y oír los gritos de los de abajo, le brindaba un nuevo acogimiento entre aquellos que denostaban su calidad literaria por el simple hecho de su condición aburguesada. Bourdieu hace una peculiar reflexión en torno a este tipo de prejuicios sobre la calidad de una obra arrastrados por la nobleza de la causa que motiva al creador: “La afirmación de la autonomía de la intención creadora lleva a una moral de la convicción que inclina a juzgar las obras con base en la pureza de la intención del artista, y que puede culminar en una especie de terrorismo del gusto cuando el artista, en nombre de su convicción, exige un reconocimiento incondicional de su obra” (Bourdieu 143).

Para cerrar, nos gustaría resaltar que la motivación fundamental de Carlos Fuentes en esta obra es la de concomitar las causas económicas con sus efectos sociales. A veces parecería que las estratagemas de las macroeconomías mundiales son asuntos que se mueven en otros ámbitos muy alejados de la inmediatez por la que lucha el proletariado en su afán de ganarse el pan del día. Sin embargo, Fuentes logra clarificar las verdaderas intenciones, ventajosas y desleales, que tienen este tipo de tratados; para ejemplificarlo recurriremos al pasaje siguiente: “Las maquiladoras que le permitían a los gringos ensamblar textiles, juguetes, motores, muebles, computadoras y televisores con partes fabricadas en los EE UU, ensambladas en México con trabajo diez veces menos caro que allá, y devueltas al mercado norteamericano del otro lado de la frontera con el solo pago de un impuesto al valor añadido” (Fuentes 136).

Y para apoyar aún más el grado de perversidad implícito en esta estrategia económica, recurriremos al siguiente fragmento de un análisis del papel de las maquiladores en México hecho por Mónica Gambrill:

La legislación que permite el ingreso a los Estados Unidos de los productos de las maquiladoras, no liberaliza el comercio de productos provenientes de otros países, huéspedes de las empresas maquiladoras. Únicamente exime de impuestos arancelarios a los bienes estadounidenses retornados a Estados Unidos después de cierto tipo de procesamiento en el extranjero. Si los bienes estadounidenses son transformados por un proceso de manufactura en el país extranjero, si su identidad no se mantiene intacta durante el proceso de ensamblaje, entonces pierden su derecho a la exención arancelaria y, a su regreso a Estados Unidos, son sujetos a las mismas tarifas que el resto del valor agregado en el extranjero (Gambrill 1).

De lo anterior concluimos que el aparato neoliberal instaurado en México tras el TLCAN tiene como motor primordial el aprovechamiento de una serie de debilidades y vacíos tanto económicos como legales que caracterizan al integrante más pobre de este tratado; pues al ser un país todavía en desarrollo, hay una serie de desventajas que lo dejan como el gran perdedor de este triple pacto. En el afán de ser parte de este tratado, México y más concretamente los mexicanos se ven obligados a admitir las condiciones que imponen las empresas trasnacionales que instalan sus plantas de producción en el país y que se ostentan como ‘reactivadoras de la economía’ y ‘productoras de empleo’ con aires de altruismo, cuando son estos entes económicos los que juegan con la descompsición social de una población que está dispuesta a todo ante la falta de oportunidades con tal de cumplir sus sueños más guajiros… como visitar el mar.

OBRAS CONSULTADAS

Benjamin, Walter. «El autor como productor.» 1934. Archivo Chile. Ed. Centro Estudios “Miguel Enriquez”. PDF. 14 de 04 de 2017. <www.archivochile.com/Ideas_Autores/benjaminw/esc_frank_benjam0011.pdf>.

Bourdieu, Pierre. «Campo intelectual y proyecto creador.» Problemas del estructuralismo. Trad. G. Esteva y A. de Ezcurdia Julieta Campos. México: Siglo XXI, 1971. 135-182.

Fuentes, Carlos. La frontera de cristal, una novela de nueve cuentos. México: Alfaguara, 1995.

Gambrill, Mónica C. «El nuevo papel de las maquiladores en el desarrollo de México.» mayo de 2016. Coordinación de Estudios de Posgrado UNAM. Ed. UNAM. PDF. 13 de abril de 2017. <http://www.posgrado.unam.mx/sites/default/files/2016/05/2709.pdf>.

Goldman, Lucien. «Introducción a los problemas de una sociología de la novela.» Para una sociología de la Novela. Madrid: Ayaso, 1975. 15-36.

Wellek, René y A. Warren. «Literatura y sociedad.» Teoría literaria (1993): 112-131.

NOTAS

[i] La crisis de diciembre de 1994 irrumpió en México y el mundo como un evento sorpresivo, que derrumbó en pocas horas una de las economías más aparentemente exitosas y seguras del mundo en desarrollo, que gozaba del más amplio respaldos del gobierno norteamericano y la organización financieras internacional. Lo inesperado de la crisis tuvo que ver con el secreto con que la cúpula gubernamental mexicana manejó el deterioro acelerado de las cuentas externas del país a lo largo de 1994. Pero también, con la complejidad y novedad de la propia crisis, como colapso económico de nuevo tipo de naturaleza de mecánica poco estudiadas (Trejo Ramirez, Andrade Robles y Vargas Rangel 1).

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