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27 Julio
2017
Cuento Literatura Narrativa
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NIÑO

Por César Abraham Vega

Saúl siempre tuvo todo, siempre tuvo lo mejor; sus papás tenían mucho dinero y siempre le compraban todo lo que él quería. Para empezar, desde ahí la cosa ya estaba jodida, él tenía a sus dos papás, y yo sólo vivía con mi mamá y con mis hermanos, encima de eso, casi nunca veía a mamá, trabajaba demasiado y aun así no nos alcanzaba el dinero para gran cosa.

No, no odiaba a Saúl, para serte franco; a primera vista me cayó muy bien, era un chico muy amable, lleno de buenos modales, un niño hermoso con su cabello rubio y sedoso, con su piel perfectamente rosada, sin una mancha, sin ninguna cicatriz, sin ningún defecto aparente; tenía dos hermosos ojos azules, grandes y azules… nunca había visto unos de tal color fuera de la T.V. Era condenadamente inteligente, un buenazo para todo, en la escuela, en el fucho, en las biclas, en el chiras pelas, con el trompo y con el yoyo; además le caía bien a todos, y tiro por viaje se encontraba tostones por la calle o destapaba corcholatas premiadas el muy cabrón.

Y fue precisamente eso, su buena suerte, lo que en realidad me empezó a hinchar las pelotas. Era el favorito del destino, lo tenía todo, ya lo dije: juguetes nuevos, ropa nueva, comida suficiente y deliciosa. Yo nunca tuve esas cosas, mi piel siempre fue morena, consumida por el sol, mis dientes amarillos, faltos y rotos, igual que mis ropas.

Yo nunca tuve una prenda nueva, todo lo heredé de mis hermanos por ser el menor ―también los juguetes inservibles y rotos―. A esa edad cortita no supe nunca antes lo que significaba tener un juguete nuevo, jugarlo desde la nada, sacarlo de la inmovilidad y jugarlo con mis manos, con mis ojos, con mi mente hasta que perdiera las ruedas, hasta que se despintara, hasta que se llenara de mugre, hasta que ya no sirviera, hasta que lo olvidara…, no olvidar por desmemoria…, olvidarlo por desdeño…, ignorarlo perversamente y decirle desde lejos con un gesto de asco… ya no me sirves…, ya no te quiero…, me das igual… igualito a como el mundo me olvidó.

La cosa es, que al principio de todo, nos hicimos amigos, él llegó a nuestro barrio, y de entrada nos cayó muy chido… Ha de haber sido por lo güerito que estaba el chamaco, no pasaron muchos días cuando me invitó a su casa; sus padres no eran ricos, pero a esa triste edad y bajo esas perras circunstancias, su casa para mí era un palacio lleno de cosas que nunca antes había visto… y la verdad… también de algunas cosas que no volví ver a jamás. Su madre nos atendía con muchísima amabilidad, nos preparaba sándwiches de jamón mientras jugábamos en el patio, nos daba helados de sabores por las tardes, y cuando Saulito se lo pedía nos ponía la película que quisiéramos en la betamax.

Me la pasaba allí metido muchos días, mucho tiempo, alucinando que aquella era mi casa…, pero cuando daban las siete salía como flecha disparado para evitar que mamá no me viera en casa con mis hermanos.

Con el paso del tiempo, un coraje raro fue creciéndome acá adentro, cada cosa que era Saúl, cada cosa que tenía, la fui aborreciendo poco a poco, empecé a distanciarme, ya no iba a su casa, ya no lo buscaba en la escuela, ya no jugábamos juntos y siempre que tenía la oportunidad les contaba a mis amigos cosas terribles sobre Saúl, cosas terribles y mentirosas para que ellos también lo odiaran. De ser mejores amigos pasamos a ser extraños.

Uno de esos días ociosos del verano se me ocurrió la maravillosa idea de ganarme unos centavos lavando los carros de los vecinos, al principio fue difícil, pero me fui haciendo bueno con los días. Cuando junté cincuenta pesos me vino la tierna idea de salir corriendo a la tienda a comprar pan blanco, jamón y mayonesa para prepararle unos sándwiches a mi mamá y a mis hermanos, justo como los que preparaba la mamá de Saúl cuando jugábamos.

Pero a la mitad del camino me detuve en el puesto de don Fito y admiré mucho tiempo todos los juguetes que vendía. Cada juguete me suplicaba que lo comprara y que lo jugara, pero la que más me cautivó fue una bolsa completa de canicas de muchos colores, tipos y tamaños; una descarga me sacudió por entero y, como si se tratase de un crimen, compré las canicas y corrí frenético a casa para esconderlas. Estaba tan feliz y tan triste al mismo tiempo porque ya no me alcanzaba para comprar lo de los sándwiches.

Días después salí a la calle a jugar con Manuel y Jorge, nos divertimos un buen ratote hasta que vino Saúl, yo no quería invitarlo pero Manuel y Jorge lo hicieron; al poco rato se arrepintieron, la destreza de Saúl era tremenda y de poco en poco nos fue ganando las canicas a todos. Cada canica mía que iba a parar a sus manos era un motivo más para odiarlo. Me quedaba un ágata hermosa, yo no quería perderla, pero la aposté a cambio de todas las canicas que Saúl tenía, el aceptó sin recelo, le daba igual ganarme una o perderlas todas. Para él todo esto era un juego, para él solo eran juguetes que podría reponer sin miramientos.

La suerte estaba echada, y con voraz chiras pelas arrasó con mi ágata hermosa, con el diablito de Jorge y con la agüita de Manuel. Habíamos perdido todo, yo más que nadie, mis amigos entregaron sus apuestas… Yo me rehusaba… ―Es mía―, dijo sonriendo inocentemente…, y la hice suya, suya como nunca había sido nada suyo… se la arrojé en el ojo con todas mis fuerzas, con todo mi odio… con toda mi desesperación.

Ahora tantos años después, a las cinco de la tarde en punto, me acerco a la ventana y, discretamente detrás de la cortina, con un cigarro entre los labios, me siento a esperarlo, a verlo llegar de lejos a su casa, aplastado, pusilánime, entristecido. No me arrepiento del canicazo…, digamos que… equilibré un tanto las cosas, ajusté los caprichos del destino. Lo sé…, soy un nacido para perder… ¿Y qué? De cualquier modo, el podrá ser el güero de ojo azul, bien parecido, amable, inteligente, bien educado, adinerado, con un gran empleo, de carrera brillante, buen mozo y con tantas otras virtudes fanfarronas, pero todo vale una chingada porque la gente no notará nada de eso, cuando lo miren no verán sus cualidades, sólo podrán pensar en el horror y en el asco que les produce aquel muchacho… porque para ellos solo será el muchacho del ojo virolo.

Niño es un trabajo de Emiliano Lazo Andrade con el que me topé una tarde mientras caminaba sobre la avenida Miguel Ángel de Quevedo, en una exposición al aire libre denominada “Afuera del Cubo” y en la que se exponían diversos trabajos plásticos de artistas de diversas disciplinas de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”.

Debo confesar que de todos los trabajos expuestos, el que más poderosamente supo captar mi atención desde el primer vistazo fue esta composición de Lazo Andrade. Ciertamente, debo admitir que la temática tan estridente del retrato fue uno de los factores que más cautivaron mi atención sobre esta pieza, sin embargo, al detener mi caminata y ver la obra con más detenimiento, encontré una serie de cualidades que me obligaron a cruzar la avenida, puesto que la exposición se hallaba montada en el camellón, para admirarla de cerca y tomarle un par de fotografías.

Probablemente para algunos (inicialmente también fue así para mí) esta pintura posea una carga de crueldad y esperpento irreductible, pero si echamos un vistazo más cercano, nos percataremos de que este cuadro posee y enarbola un valioso arquetipo de belleza renovadora. ¿Por qué habríamos de aludir a que la intención creativa de nuestro pintor está cargada de crueldad?, ¿por atreverse a pintar a una “pobre” criatura con un ojo terriblemente salido y desviado?, ¿qué, acaso ese tipo de cosas no suceden en la vida real?, ¿es acaso la madre naturaleza perversa, cruel y maldita al procrear a este tipo de seres?, ¿seres de cuál tipo?, ¿son distintos a nosotros?, ¿o acaso son menos?, ¿y por ser menos “afortunados” necesitan más?

¿Es cruel el pintor por lacerar el frívolo estereotipo de belleza que además nos ha sido impuesto contraviniendo nuestra propia naturaleza mestiza? ¿Acaso el cabello rubio, los ojos azules, la piel blanca, los labios rosas, deben ser, intransigentemente, cánones inamovibles que todos debemos perseguir desesperadamente? Un niño con “duros” rasgos indígenas comúnmente es catalogado como “feo” al confrontarse con los esquemas de “belleza” que compartimos muchísimos mexicanos.

Qué poco hace falta para derribar esas barreras mentales y esos ídolos falsos ante los que nos arrodillamos. El niño de la pintura de Lazos, reúne con facilidad los rasgos de belleza con los que nos han lavado el coco, pero este brainwash se ve destruido con unos pocos trazos, un ojo desorbitado y desviado es más que suficiente para echar por tierra todos esos rasgos artificiosos de “belleza”. Ya no podemos ver el resto, lo que más vemos es ese ojo…, ese ojo que parece murmurarnos: –Mírame–.

Entonces recapacitamos y pensamos que aquel niño indígena de rasgos “duros” que antes mencionamos, en realidad no es feo, al menos no tanto como éste, porque aquel tiene los dos ojos “sanos”. Entonces la contradicción nos atormenta, nuestra amalgama social se sacude y nos rehusamos a que la “belleza”, como tantas otras ideas que habitan en nuestras cabezas, sea sólo un concepto y, como todo concepto, es relativa, y en tanto que relativa es subjetiva y, por lo tanto, sólo depende de la óptica de quien la piensa o quien la mira. ¿Qué tal si en realidad los que tenemos los ojos chuecos somos nosotros?, ¿entonces nuestra belleza es chueca de igual forma? Hablo de los ojos más importantes, lo que tenemos en el “raciocinio”. Sólo recordemos la caverna de Platón y pensemos que probablemente todo lo que vemos son sólo sombras de otras cosas.

Por último, quiero proponerle un ejercicio de apreciación: cubra con su palma derecha la mitad izquierda del rostro del Niño, a modo que sólo pueda mirar el lado del ojo sano; mire sus rasgos, estoy seguro de que muchos coincidiremos en que el niño que vemos ahí es “hermoso” ¿no le parece? Haga lo mismo pero a la inversa para mostrar el lado del ojo extraviado” ¿qué mira ahora?, ¿qué le parece?, ¿se mantiene hermoso?  Sus rasgos son idénticos a la otra mitad del rostro, salvo una sola cosa que cambia, el ojo, es el ojo el que precisamente nos impide ver el resto pero ¿cuál ojo?, ¿el del niño?, ¿el nuestro? Dígame usted.

IMAGEN

Este cuento está inspirado en:

Niño >>  Acrílico sobre cartón con tela, 2012 (23 x 30.5 cm) >> Emiliano Lozano Andrade

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