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15 diciembre
2015
Literatura Poesía
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NACIMIENTO

 Por Roberto Marav

 

En la oscuridad

pende la luna

de los ojos que no alcanzan a sostenerla

y no hay luz que ilumine esta cercanía de sombras

cernida a un prisionero corazón.

 

Pero si de la torre más alta

refulge el presagiado nombre

que ha de llamar a enderezar los instintos

y la voluntad responde con dinámico ingenio

a toda disposición especulativa,

entonces, sólo así,

el pensamiento se tornará

faro de los ojos

alzándose sobre todas las cosas,

con las manos firmes y los deseos corpóreos,

para sostener la palabra

que designe a cada sombra su luminosidad

y le devuelva a todo claro su sosegada lobreguez.

 

Vendrán las revoluciones

con enarboladas pretensiones de que la ausencia

ya no ondee con impudicia la bandera de la deserción

y demandando que el corazón abandone su menguado llanto.

Regresarán a su vez los ejércitos salidos al frente

a defender su estadía,

incluso si la melancólica impaciencia

no pueda someter a la rigurosa realidad.

 

Entonces, los cielos tendrán cada uno su nombre:

Sol, Luna, Espejo, Verdad,

y por las calles los hombres se encontrarán

designándose las miradas,

en silencio, sin romanticismo alguno,

asumiendo su soledad inmaculada

y la responsabilidad de expresar

cada fibra y célula de su ser,

desde la ínfima duda de su contingencia

hasta el inconmensurable cimiento de su edificación.

 

Sólo así, las esferas se alinearán

en múltiples combinaciones

y no habrá cabida

para el tiempo

porque la luz y la sombra

se harán presentes

en ambos lados

de la experiencia humana

de su nuevo amanecer.

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