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26 septiembre
2018
Literatura Narrativa Relato
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MAÑANAS DE OTOÑO

Por Paloma Jiménez

Llega el otoño con sus lindas mañanas frías y nubladas, aunque las ramas aún están vestidas de verde, poco a poco irán cambiando de color y el frío se encargará de desvestirlas, para pintar el hermoso paisaje característico de la temporada de fin de año, la favorita de algunos y de nostalgia para otros. Recuerdo una mañana de tiempo atrás, era nublada y fría, la música que sale de la consola de mi padre, es de un grupo de esa época, que incluía, como instrumento notable, el órgano en sus interpretaciones, que fue lo que me hizo despertar y, los  olores a naranja, canela, levadura y harina, entrar corriendo a la cocina. Eran días previos al Día de Muertos y mis padres elaboraban el más rico pan de muerto. Imagino a mi padre golpeando la masa en la mesa, y a mi madre preparando un atole de guayaba. Esos aromas me conectan la memoria del recuerdo de mi infancia. Cuando en la actualidad los percibo por casualidad en el mercado o cerca de una panadería, me llevan a momentos felices de mi vida.

Los domingos me levanto tarde y casi todo el día me la paso en la cama, mientras tomo el desayuno escribo o leo, también pienso en Benedetti, en su nostalgia por los domingos. Si por mi fuera, comía y cenaba los domingos en la cama. Hoy, por ejemplo, desperté después de las nueve, y, a pesar de que anoche olvidé cerrar las cortinas, la mañana está gris, así que el sol no interrumpió mi sueño, y más ganas tuve de quedarme en la cama.

El estruendo de la cortina del local que está bajo de mi departamento, anuncia la apertura del negocio y se empieza a escuchar música de alguna estación de radio, el órgano resalta  las notas de la melodía y me viene a la memoria el recuerdo de mi padre, su sonrisa, su mirada, su plática en alguna fría mañana tomando café. Las hermosas mañanas grises también me recuerdan a  Alberto,  él nostalgiaba cuando amanecía nublado, y si duraba todo el día así, se ponía triste. Las pocas veces que amanecimos juntos, Alberto me lo dijo. Ese día yo desperté primero y lo contemplé un rato, sólo estába tapado con la sábana de la cintura para abajo, su espalda y un pie los tenía afuera, lo acaricie y su piel era suave y tibia, su sueño plácido y y dulce, siempre tenía cuidado en su peinado, pero esa mañana tenía todo el pelo alborotado. Recordé la escena de mi infancia, la de los días nublados, la que que me ponía  feliz, entonces me acurruqué con él, medio abrió los ojos y sonrió, me apretó a su cuerpo y los volvió a cerrar.

Sentir su cuerpo tibio y su respiración tranquila era lo propicio para mi mañana nublada, sentirlo en mí, sus besos, sus caricias, reposar su amor desnudos,  abrazados, así el frío no importaba, amé más estos días. Cuando terminamos de alistarnos para el trabajo, Alberto corrió  las cortinas y se ensimismó con el panorama gris. Mientras se abotonaba la camisa, sin poner atención a lo que hacía,  dijo “con las mañanas y los  días nublados me  pongo triste”. No me atreví a preguntar por qué, fui egoista, yo era felíz. Alberto me hacía mucho recordar a mi madre, a ella también la ponían tristes las mañanas nubladas, decía que porque auguraban un día triste si no salía el sol.

En los últimos años de su vida, mi madre padeció una enfermedad que poco a poco la fue dejando inmóvil y, a pesar de esa condición, yo me sentía protegida con ella; cuando había pasado un mal día siempre iba a su lecho y me acurrucaba junto a su cuerpo tibio, también su respiración era tranquila, esto me hacía sentir tan bien.  Tal vez por eso idealicé a Alberto con mi madre, aunque nunca tuve idea de quién era él.

Una mañana de mis favoritas, lo vi en la estación del metrobús, estaba ensimismado, tal vez debido a las nubes grises, o porque se le hacía tarde. Así, la llegada de una mujer no interrumpió sus absortos pensamientos, venía como retrasada en tiempo, lo saludó con un buenos días y dijo su nombre, se acercó a su mejilla para darle un beso, pero él retiró la cara abruptamente y ni la miró. De reojo pude ver que era mayor que él. La mujer se dió cuenta que los miraba y le tomó la mano. Él siguió en lo suyo. Ignoré por completo la presencia de la acompañante y no dejaba de mirarlo, quería penetrar su mente y conocer sus pensamientos, cuando llegó el metrobus decidí no abordarlo. Él volteó y me sonrió, era lo que me faltaba para mi mañana perfecta.

Cuando mi madre vivía, no sabía que las mañanas nubladas la ponían triste, ahora lo sé porque cuando ella murió, en su buró tenía un cuaderno de escuela, de los que dejan con hojas los niños; ahí había escrito, como en un diario, todo lo que acontecía en su día a día en el último año de su vida. Empezó con el año nuevo y terminó con “el día del corazón de María virgen”, y ahí narraba su tristeza por las mañanas nubladas. Desde que lo supe, también me entraba la nostalgia. Nunca sabré la causa de la nostalgia de Alberto esa mañana que lo ví, así como nunca supe hasta que murió, la de mi madre, y nunca tampoco sabré  la de mi padre. Él era un hombre poco expresivo, después de la muerte de mi madre en las fechas importantes, él se enfermaba, y tal vez era de nostalgia.

Ahora, para evitar que me invada la nostalgia y hacer que las mañanas nubladas me pongan feliz, decidí recordar a mis padres horneando pan de muerto, y ponerme aún más feliz cuando algunos olores o melodía me lleven a su recuerdo. Pero a Alberto no lo volví a ver. A veces regreso a esa estación, más a menos a la misma hora, y nada. Nunca olvidaré que me sonrió en una mañana nublada…

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